Mi yo contigo
Capítulo 20
El gran atrevimiento
No dormía desde hacía dos días. Stuart no podía parar de darle vueltas en la cabeza a la conversación que se desarrolló en el despacho de Jake. Le había amenazado, y de forma muy efectiva, debía reconocer. Estuvo tentado de ceder, pero… su combativo yo se resistía, y debía reconocer que no era solo por Lucy, también se trataba de él, no le gustaba perder, nunca, ante nadie. No estaba en su temperamento.
Por otro lado, pensaba en la vehemencia con que la chica defendió su caso y la necesidad de ir a juicio, y se le revolvieron las tripas con la sola idea de la traición que supondría llegar a un acuerdo.
Durante dos días había evitado el gimnasio. No tenía valor para enfrentarse a ella, estaba seguro de que la joven leería en sus ojos los problemas. Sí, ya, eso no era posible, no se conocían tan bien, por lo menos ella no lo conocía tan bien a él, sin embargo, él sí creía conocerla bien a ella y algo así la destrozaría, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que había trabajado para llegar al punto en el que se encontraba en ese momento, la de fantasmas a los que se había enfrentado y a los que había tumbado con su valentía innata.
Finalmente giró la silla de su despacho para mirar por los ventanales el ruido de la ciudad a media mañana y, sacando su móvil, marcó el número previsto.
—Hola, Kin, sí, sí, mucho tiempo… bueno, las cosas van… déjate de rollos, ya nos pondremos al día en otro momento. ¿Sigues teniendo contacto con tu amiga del Houston Chronicle?
Lucy golpeó nuevamente el saco, el sudor le chorreaba por todo el cuerpo. Se había puesto un pantalón corto de entrenamiento y un top con el logo del local. Por algún motivo con ese último puñetazo le vino a la memoria la primera vez que entró allí, buscó dentro de sí misma un poco de la mujer que era en aquel momento y no lo encontró. El pájaro asustadizo había huido y solo podía pensar en ponerse frente a sus agresores y darles una paliza. Fantaseaba con una sentencia que consistiera en dejarlos con ella a solas en una habitación, uno a uno para poder darle una patada en sus asquerosos huevos.
Sin darse cuenta la palabra huevos la había dicho en español, tal y como le había enseñado Nat, y en voz alta, acompañándola de una middle kick demoledora.
—Jovencita, el que se ha llevado ese golpe ha sido derrocado. ¿Te encuentras bien? —se interesó el entrenador.
Lucy paró a respirar un poco antes de contestarle:
—Sí, sí. Todo bien, es que la fecha del juicio se acerca y cada vez que pienso en lo que pasó me pongo más y más furiosa.
—Bueno, no es para menos. Lo que te pasó fue terrible, pero no debes dejar que controle tu vida. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, lo sé. Y aun así… —La chica se puso las manos en las caderas y miró al suelo.
—Tengo algo nuevo para ti —le confesó Kangaroo.
Lucy levantó las cejas con una interrogación reflejada en su rostro.
—Krav Maga. Es una modalidad de defensa personal. Charlie me ha convencido para que le deje formar grupos de mujeres a los que darles clases. Y tú, querida mía, vas a ser una de las primeras.
—¿Charlie? —se extrañó ella.
—Sí, ese chico nuevo es una mina. Al parecer es un experto. Bueno, ¿te apuntas?
—No quiero dejar el boxeo y no sé si tendré tiempo…
—Lo tendrás, es una vez a la semana, lo que te permite seguir entrenando el resto de los días.
—Creo que probaré —se decidió ella.
—¡Estupendo! Porque empezamos en diez minutos. Por cierto, te recuerdo que en boxeo no se permiten las patadas… aunque sean merecidas.
Lucy rio ante el toque de atención de su entrenador y miró alrededor buscando a Charlie. Sus miradas se cruzaron, los ojos castaños del chico chispeaban con alegría, era muy mono, con ese revuelto cabello pelirrojo y esa sonrisa blanca como la nieve. Quizá tuviera uno o dos años más que ella, no era aún un hombre completo como Stuart, sino tan solo un chico. Un momento, ¿por qué había pensado en el fiscal en ese instante? Lo apartó de su mente y fue hacia el joven.
—Hola, campeona —la saludó Charlie.
—Hola, Charlie. El jefe me ha dicho que tengo clase contigo, que eres una especie de experto en lucha.
—Algo así —confesó él—. Ven conmigo, vamos a la sala privada. —La cogió de la mano para dirigirla, pero notó cómo ella se ponía tensa y la soltó de inmediato—. Lo siento, no quería incomodarte…
—No pasa nada, me acostumbraré… tú solo actúa con normalidad, como si yo fuera normal, y no me hagas caso.
El chico se paró en seco haciendo que ella tropezara contra su atlético cuerpo.
—¿Como si fueras normal?
—Bueno, ya sabes a lo que me refiero. Todos estáis al tanto de lo que pasó y…
—Creo que deberías dejar de verte a ti misma así. ¿No te parece? —la amonestó.
Lucy lo miró un momento a los ojos. Tal vez el chico no era tan chico después de todo. Le gustaba, debía admitirlo. Y quizá, estaría bien darle una oportunidad.
—Sí, tienes razón. Debo hacerlo.
El joven sonrió y entraron en la sala adyacente donde tres mujeres los esperaban.
Charlie se colocó delante de ellas.
—Os presento a nuestra última incorporación en este grupo, ella es Lucy. Lucy, ellas son Ronda, Mary y Amelie.
Las mujeres se saludaron y se colocaron en fila de forma instintiva.
—Muy bien, señoras, quedaros con esto: nariz, mentón, genitales y rodilla.
Una hora después Lucy había aprendido cuáles eran las zonas más sensibles en un ataque y con qué partes del cuerpo acometerlas. Habían practicado contra almohadillas, con las manos libres de guantes y vendas era otra cosa, algo muy práctico, y le había gustado mucho.
Cuando se despedían Charlie la había cogido de nuevo la mano y, esta vez, ella no se estremeció, no lo repelió, sino que dejó que el calor de él la acompañara y un leve cosquilleo se instaló en su corazón. Se estaba curando.
—Lucy, aquello que hablamos de ir al cine o…
—Sí —lo interrumpió ella. Después de todo ya había practicado el beso y no había pasado nada, bueno, no le había pasado a ella.
—¡Genial! ¿Este fin de semana?
—Sí, está bien.
—¿Quieres que vaya yo a Wellstone? Porque vives allí, ¿no?
—No, no. Vendré a Houston, puedo quedarme en casa de unos amigos y volver al rancho por la mañana.
—También puedes quedarte en mi casa.
Lucy se quedó blanca en ese momento. Le estaba proponiendo lo que parecía…
—Yo… —comenzó a contestar Lucy.
—No, no, perdona. No quería insinuar, es decir… tengo habitación de invitados.
—¿Qué cojones te crees que estás haciendo, niñato? —La voz de Stuart tronó tras ellos.
—Perdona… —intentó hablar Charlie sorprendido.
—Como le toques un solo pelo te juro que te meto todo tu Krav Maga por el culo, ¡gilipollas! —Stuart se puso frente al joven separado apenas por unos pocos centímetros.
—¡Stuart! ¿Qué crees que estás haciendo? —Lucy lo agarró con fuerza del brazo y tiró de él hacia atrás.
—¿No te habrás tragado nada de lo que te dice el tonto del culo este? ¿Verdad?
—¡Lyon! —lo convino ella.
—Si te lleva a su casa es para luego… bueno, ya sabes.
—Solo pretendía ser amable —protestó Charlie.
—A otro perro con ese hueso, niñato —le contestó Stuart para dirigirse después a Lucy a la que cogió de los codos—. Mira, Lucy, los tíos decimos cualquier cosa para llevarnos a la cama a una mujer atractiva.
—Eso lo harás tú, colega —intervino el joven.
Stuart le dio un empujón.
—Yo no soy tu colega, idiota —le dijo apuntándole con el dedo.
—Stuart —se interpuso Lucy—, Carlos y yo solo hemos quedado para ir al cine, me quedaré en casa de Jeremy o de Beatrix, tranquilo, no pondré el caso en peligro.
—No es eso lo que me preocupa.
—Pues no hay ninguna otra maldita cosa por la que tú debas preocuparte —le soltó Lucy poniéndose delante de él y mirándolo a los ojos.
—Lucy, yo… —intentó justificarse el hombre bajando el tono de voz.
—Vamos a comenzar de nuevo ¿de acuerdo?, ¿sí? —lo interrumpió ella. Ambos hombres se miraron con rencor, pero asintieron—. Stuart, este es Carlos.
—Charlie para los amigos —apuntó el joven en tono conciliador ofreciéndole la mano.
—Carlos —sentenció Stuart apretando más de lo necesario y, acercándose a su oreja, le advirtió—: Como le toques un pelo te arrancaré la piel a tiras. — Tras lo cual salió de la estancia sin mirar a ninguno de los dos.
Lucy lo vio marcharse sorprendida por cómo había reaccionado. Se giró para mirar a Charlie.
—Lo siento yo… no sé qué le ha pasado —se disculpó.
—¿No lo sabes? —se sorprendió el joven, que cogió una botella de agua y se la ofreció a la chica.
—No, yo… no, él y yo no… no somos nada, es decir, somos una especie de amigos, creo, aunque en realidad tampoco. Es el fiscal de mi caso.
—¿El fiscal de tu caso? —Levantó las cejas interrogativo.
—Sí, él es el único de este sistema que me ha tomado en serio, bueno, en realidad todo comenzó por un ranger, lo que es muy curioso dado el historial entre los rangers y los comanches. Pero George, así se llama, lo empezó todo y me dejó en manos de sus amigos que ahora son los míos. Me cuidan mucho, ¿sabes?
—Y Stuart es uno de ellos.
—En realidad, no. Stuart estuvo a punto de meter en la cárcel a Byron, que es comanche como yo… me estoy enrollando, y no es algo que haga normalmente. No suelo hablar mucho, ¿sabes?
—Pues me alegro de que no seas así conmigo. De todas formas, es una historia muy interesante y me encantaría que me la contaras completa. ¿Mañana? Cine, conversación, cena… ¿qué te parece? Quizá podamos comenzar nuestra propia historia curiosa entre mexicanos y comanches.
—Me parece perfecto —confesó ella con una gran sonrisa dirigiéndose hacia la puerta—. Por cierto —dijo antes de salir de la estancia—, ¿un mexicano pelirrojo?
—Madre irlandesa, ya ves, soy todo un tópico.
Y era un tópico encantador.