Mi yo contigo
Capítulo 1
Atrevimiento
—Dame un segundo —le pidió Stuart sacando el móvil.
Abrió la aplicación de su seguro médico y solicitó cita con el cardiólogo. Lo que estaba sintiendo en el pecho últimamente no era normal. Tampoco era del todo desagradable, no sabía muy bien qué era, pero sin duda lo mejor sería acudir al especialista. Tendría que ser cuidadoso, no iba a alarmarse ni alarmar a nadie sin motivo. Y discreto, sobre todo tenía que ser discreto. Nadie quería tener trabajando a un fiscal enfermo. Ni un atisbo de debilidad. Laura Johnson estaba al acecho, esperando el momento de tirársele al cuello y arrancarle de cuajo la yugular para ocupar su sitio como mano derecha y virtual sucesor de Jake Murdock, el actual fiscal jefe.
Stuart había luchado toda su vida por conseguir aquello. Es cierto que su transcurrir en este mundo no había sido nada complicado. Fue delegado de curso en el colegio, líder nato de debates y equipos de deportivos, guapo y con carisma. Perseguido y admirado por chicas y chicos indistintamente. Pasó al instituto entre ovaciones de profesores y compañeros con notas inmejorables y grandes recomendaciones. Sus padres, adinerados y cariñosos, le matricularon en un prestigioso instituto privado, pero le quitaron la presión de ser el mejor en todo, le decían que lo importante era llegar a la meta, no hacerlo el primero. Él nunca lo creyó. En esa etapa destacó aún más que en la otra, pero no sufrió para conseguirlo, fue feliz; de nuevo delegado de su clase, portavoz de los alumnos, quarterback del equipo de fútbol, capitán del equipo de ajedrez; amado por las chicas y algunos chicos, envidiado en silencio por el resto. Eso no hacía que no tuviera amigos, los tenía, y de los buenos.
No había un motivo en su infancia que justificara que él fuera un cabrón sin corazón. Tampoco lo buscaba. Él solo quería una cosa en la vida: ganar. Y era algo que conseguía siempre. Porque se lo merecía.
Nunca se había enamorado, ni siquiera había estado cerca de hacerlo, y estaba encantando con ello.
Su hermana y su madre le insistían en que debía buscar una buena chica o chico, lo que necesitara para enamorarse, ilusionarse y compartir su vida con alguien. A Stuart no le molestaba que hubiesen insinuado que era homosexual. Su familia sospechaba porque nunca había llevado una chica a casa. No lo era. Tenía relaciones heterosexuales, solo que no de la clase que esperaba su familia. Cuando llegara el momento escogería a la mujer adecuada para él. Había renunciado a eso del amor, por lo menos tal y como se lo presentaba su familia.
Sus padres se adoraban, cuando peleaban eran temperamentales y cuando se reconciliaban lo eran aún más. Su hermana tenía a su marido; Mario, agarrado por las pelotas, el pobre hombre besaba el suelo que ella pisaba, y lo hacía encantado.
Para Stuart no sería así, él no había conocido una mujer que le hiciera sentir esas cosas de las que ellos presumían como si fueran algo maravilloso. Él escogería a la compañera perfecta, alguien compatible con él y su carrera. Sobre todo, alguien sin complicaciones y sin mochila que él tuviera que ayudar a cargar. Tal vez Melisa, su actual amiga. Ella era una mujer profesional y segura de sí misma, con un negocio del que ocuparse y ninguna complicación. El tiempo lo diría, pero era una buena posibilidad, debía comenzar por presentársela a su familia, sin duda sería una dura prueba. Él los quería mucho, pero reconocía que aun siendo personas que habían triunfado en la vida, no eran lo que se dice, sofisticados. Y Melisa… ella sí lo era. Y mucho.
—¡Stuart! ¿Estás aquí? —preguntó Jeremy.
—¿Qué? Perdona, me he distraído.
—¿Distraído? Has hecho un viaje astral. Llevas como diez minutos con el teléfono en la mano, mirándolo como si fuera un extraterrestre.
—¿Puedo confiar en ti? —le preguntó con cara de circunstancias.
—Sabes que sí.
—No. En realidad, no lo sé.
—Bueno, pues sí. Puedes —le confirmó su colega.
—Desde hace un tiempo siento un dolor en el pecho. Algo extraño, no es exactamente molesto, pero… no sé, creo que debo ir a examinarme.
—Claro, tío. No debes dejarlo.
—El problema es que tengo que ser cuidadoso, ya sabes, este caso está siendo mediático, y no nos beneficiaría en nada que mi cara se asociara a debilidad.
—Estar enfermo no debe traducirse exactamente como ser débil. En cualquier caso, tu preocupación no es por el caso, es por tu futuro, ¿no?
—Tal vez.
—Regla número uno de la amistad: la sinceridad.
—Amistad. ¿Somos amigos?
—Eso creo.
—Vale.
—Llama a Leo, es enfermero en el Houston Methodist Hospital. Puede conseguirte una cita con discreción.
—Leo es el novio del borracho, ¿no?
—Si hablas así delante de él, no te va a hacer ningún favor.
—No me lo va a hacer igualmente. Metí a su chico en la cárcel.
—En un centro de rehabilitación, en realidad. Y hace mucho que no es su chico.
—Es verdad que llegamos a un acuerdo —Jeremy asintió con la cabeza—. Lo llamaré. Debo tener su teléfono por alguna parte.
Stuart comenzó a rebuscar entre las carpetas de la mesa de su despacho. Un buen montón se apilaba encima de una bandeja metálica sobre su escritorio de estilo victoriano Maple. El mueble había sido un capricho, una de esas extravagancias que se permitía. Era una pieza que había comprado por internet a un tipo de Tijuana. Le costó cuatro mil quinientos magníficos dólares y otro tanto la restauración, pero quedaba impresionante con su sillón Chester conseguido en una subasta en Abalarte Subastas Internacionales en el año 2014. David, su especialista en restaurar, sonreía de oreja a oreja cada vez que lo veía entrar por la puerta, en este caso, poner a punto el sillón le costó más que el artículo en sí.
Melisa le sugería cambios en el despacho cada vez que pasaba por allí, no en vano era decoradora. Quería dejarlo como uno de esos lugares luminosos y minimalistas con muchos blancos y mucho metal.
—Te lo he mandado por WhatsApp —le informó Jeremy.
—¡Ah! Gracias. Bueno, dejemos las tonterías y pongámonos con lo que nos interesa.
—Lucy nos ha contado la maravillosa idea que se te ha ocurrido para que confíe en ti —le dijo con tono reprobatorio.
—Va a funcionar.
—Estás como una cabra, tío. De verdad crees que lo mejor para una mujer traumatizada por un ataque de un grupo de hombres es que entre en una sala llena de machos agresivos. —No era una pregunta.
—También hay mujeres —se quejó Stu.
—He estado contigo. No es un gimnasio, es un tugurio. Algo que, por cierto, a ti tampoco te pega.
—No, claro, el único con derecho a ser hombre aquí es Byron.
—Si mi mujer te escuchara te daría un sermón de los grandes.
—Por eso procuro no decirlo delante de ella.
Jeremy negó con la cabeza.
—La cuestión es que, aunque haya aceptado, en cuanto entre por la puerta saldrá corriendo. No va a poder…
—Kawosa —lo cortó—. Lucy es más fuerte de lo que pensáis. Vino a nosotros traumatizada, pero ahora la habéis convertido en un conejillo asustado. Y no habéis conseguido mejorar su trauma.
Jeremy pensó un momento en lo que acababa de decir su colega.
—¿Quieres decir que la estamos sobreprotegiendo?
—¿Está acudiendo al psicólogo?
—Más o menos…
—Jeremy…
—Casi siempre, pero…
—Jeremy…
—Está bien —reconoció—, va cuando la obligamos y por lo general no abre la boca.
—Creo que saber que puede defenderse la hará sentirse segura y, además, me lo agradecerá y comenzará a confiar en mí.
—Por descabellado que parezca, creo que puedes tener razón. Pero ¿no podías haber escogido otro sitio?
Stuart sonrió ladino.
—El lugar forma parte del plan.
—¿Y cómo piensas hacer que entre ahí?
—Las primeras veces supongo que irá su autonombrado guardaespaldas.
—Te apoyaré en esto porque vamos justos de tiempo y entiendo que es necesario que confíe en ti.
Stuart afirmó con la cabeza y le rebatió:
—Y porque no suelo equivocarme, dilo, no te vas a atragantar.
Jeremy obvió el comentario y se centró en el juicio.
—La fecha de la vista para elegir al jurado se ha fijado para dentro de tres meses.
—El hecho de que sea con jurado nos favorece.
—No estoy seguro. Si no los seleccionamos con cuidado podemos encontrarnos con odiadores profesionales.
—Seremos tendencia en Twitter. Tenemos que contactar con alguien que maneje bien las redes sociales.
—Esto puede explotarnos en las manos —le advirtió Jeremy.
—Tienes razón. Buscaré a alguien —acordó Stuart—. Y ahora tengo que dejarte, mi cita con la joven es apenas en media hora y tengo que prepararme.
—¿Prepararte? ¿Para ir a ese antro? —le preguntó extrañado Jeremy.
—Sí. Siempre es importante estar preparado y, además, supongo que Byron tratará de darme una paliza, lo está deseando, y esta vez no va a irse de rositas.
Jeremy sonrió, no, en realidad sonrió Kawosa, porque esa forma de ladear los labios y achicar los ojos era digna del mejor de los coyotes.
—Pues esta vez ha cambiado de guardaespaldas, va con Chack.
—¿Chack? ¿Quién es Chack?
—El Gigante rubio.
Stuart se dejó caer de nuevo en el sillón, disfrutando de la calidez del cuero. Ese tío era un peso pesado, le iba a partir las piernas, estaba claro. En fin, el juego era el juego y tenía que continuar.
Stuart dudó de su propio plan una vez estuvo delante de la puerta del club de boxeo Iron Man. La verdad es que por fuera parecía un tugurio y por dentro más. Olía a sudor y a pies, sin duda, a veces a sangre y siempre a dolor. Sin dolor no hay gloria, o eso decía el psicópata que tenían por entrenador, a él esa expresión le sonaba a película de los ochenta, algo entre La chaqueta metálica y Rocky. Sí, además de los muebles antiguos le gustaban los grandes clásicos.
—Allá vamos —se dijo a sí mismo infundiéndose ánimo.
Lucy miró fijamente el sitio en el que se ubicaba el gimnasio. Chack había apagado el motor de la furgoneta y le había informado de que la puerta de metal roja, que estaba a falta de un palmo para perderse en la parte superior de la fachada, era la entrada del gimnasio, lugar en el que habían quedado con el fiscal, o ayudante, o lo que fuera. Lucy esperaba que por dentro pintara mejor. Por fuera parecía un antro a punto de ser derruido por una de esas bolas gigantes. En las paredes que rodeaban la puerta metálica, se podían ver diversas pintadas de grafitis, algunas más artísticas que otras, aunque ninguna con mal gusto, eso debía reconocerlo.
El Gigante rubio seguía mirando al frente, no hacía amago de bajar y tampoco la presionaba para que lo hiciera ella, tan solo estaba allí, esperando con una paciencia infinita.
Lucy se dio cuenta de que se estaba mordiendo el labio. Sentía el corazón retumbar en su pecho. No era capaz de acostumbrarse al rubio abogado del Estado. A él se le llenaba la boca cuando decía eso. Abogado del Estado. Como si fuera la gran cosa. Además de todos sus defectos, que eran muchos, se mostraba como un engreído patán.
Lucy consideraba que había superado en parte lo que pasó. Lo que pasó. Qué gran eufemismo, pero así solían llamarlo todos, incluso ella. Vivía rodeada de hombres ya que en el rancho los había a montones, pero la jefa era Candance, sin duda alguna. Con esa bonita sonrisa y ese acento tejano dulce y servicial era capaz de descuartizar a cualquiera que se opusiera a sus deseos. Por algún motivo en el rancho siempre se sintió segura. Y cuando tenía dudas, o flaqueaba, solo tenía que correr a las cuadras, allí la esperaba su querida yegua.
Lyon se parecía al cabecilla de los que la atacaron, era ese tipo. Rubio, guapo, delgado, pero con músculo, triunfador a todas luces. Con una sonrisa que relumbraba como un faro en la noche. No sentía miedo estando con Lester, que era un perdedor, ni con Chack, que era un tierno gigante. No se trataba solo del físico, era también el carácter, la presencia, los modales. Todo en Lyon le recordaba a ese monstruo con unos años más.
Dejó de mirar a la puerta y se fijó en su acompañante, él seguía con la vista perdida al frente, esperando.
—Debería entrar —confesó ella.
—Estaría bien, sí —le contestó mirándola con una tímida sonrisa— ya que estamos aquí.
—No quiero verlo.
—Eso no es posible. Si no es ahora, será en el tribunal.
—Lo sé. Sé que tiene razón, pero esto no es una cuestión de razón. Es algo instintivo, me supera estar en la misma habitación que él.
—Lo has hecho otras veces, y lo has hecho bien. Además, ¿no te pone de mejor humor saber que puedes darle una paliza?
Ella lo miró con una sonrisa agradecida. Suspiró profundamente armándose de valor y agarró la manecilla de la puerta del enorme vehículo para enfrentarse a su destino, por lo menos al más inmediato.
Hacía ya rato que Stuart la esperaba, no dejaba de mirar a la puerta con ansiedad, comenzaba a notar esa picazón en el pecho, mira que si le daba un ataque en plena pelea… La distracción le costó un Cross en plena mandíbula. Sin la protección del casco se le habría saltado una muela.
—¡Joder! —gritó.
—O espabilas o te dedicas al pilates Niño Bonito.
Iba a contestar con algo que desmintiera el mote que le había puesto cuando notó que en el gimnasio se hacía el silencio. Todos los rostros girados hacia la entrada mirando al intruso.
El tío más grande que Stuart había visto en su vida. El tipo debía medir casi dos metros. El cabello largo y rubio cogido en uno de esos moños modernos y la barba muy poblada y también rubia. Vestía un pantalón de chándal cortado, botas altas de motorista y una camiseta desmangada que dejaba a la vista brazos como columnas griegas. Se miró a sí mismo con fastidio tras comprobar que sus cincelados músculos no pasaban de corrientes al lado de eso.
Los tipos más duros del gimnasio se fueron acercando a él, mirándolo retadores. ¿Estaban locos? Ese tío los aplastaría sin deshacerse el ridículo peinado de los cojones.
—¿Es esa la chica que esperabas? —le preguntó su entrenador.
—Sí.
—¿Eres consciente de que si a ese tío no le gusta algo de lo que haces te va a masticar y tirar tus huesos al río?
—Kangaroo, para eso estás tú, para entretenerle. Si me disculpas. —Se quitó los guantes que tiró al cuadrilátero y se dirigió a ellos.
Con una decisión que no sentía pasó de largo al lado del Gigante y se puso delante de Lucy. Ella se pegó a su amigo inmediatamente.
—¿De verdad no te asusta esta bestia y te asusto yo? —inquirió incrédulo.
La bestia en cuestión le puso en el pecho una mano del tamaño de Manhattan y frenó en seco su avance.
—Soy más agradable que Byron y más paciente, pero no voy a permitir que la obligues a hacer nada para lo que no esté preparada.
—Si fuera por vosotros estaría encerrada en el rancho hasta el día del juicio final.
El otro lo miró levantando una ceja.
—Vale, no ha sido una frase afortunada. Lo que quiero decir es que necesita esto. Necesita saber que puede defenderse y necesita estar en forma y segura de sí misma para el juicio y, sobre todo, necesita confiar en mí.
—¿Se puede saber por qué habláis de ella como si no estuviera delante? —les recriminó una voz chillona.
Stuart la reconoció al instante. La mujer de George, más conocida como la Tocapelotas.
—¿Qué hace ella aquí? —le preguntó a Chack.
—Jamás se me ocurriría contestar por ella.
—Gracias, además de estar muy bueno eres inteligente —le dijo la pequeña pelirroja dándole una palmada en la espalda con tanta fuerza que Stuart pensó que se le saldría un pulmón—. He oído que ibas a enseñar a pelear a mi amiga y he decidido unirme, a mí me gusta pelear, ¿sabes?
—Lo sabe todo el mundo en Houston.
—Pues eso. ¿Cuándo empezamos? —Y se marchó directa a Kangaroo.
¿Cómo había sabido esa bruja quién era el jefe? Tras un minuto hablando con la chica el viejo soltó una carcajada, la primera que Stuart le había visto desde que lo conocía. Negó con la cabeza y se volvió hacia Lucy.
—¿Preparada? —le preguntó tendiéndole la mano.
Ella escondió la suya detrás de la espalda e intentó meterse detrás del Gigante. Este se movió casi imperceptiblemente, pero impidiéndole esconderse. Bien, ese tipo le gustaba.
Stuart dejó caer la mano y se dio la vuelta, cambiando de táctica.
—Sígueme —le ordenó. Ella no se movió del sitio—. Vamos Lucy, has llegado hasta aquí, tienes que poner algo de tu parte. Mira la loca de tu amiga.
Nat le daba golpes a un saco que vez sí, vez también se le venía encima, mientras uno de los chicos trataba de corregirle la postura. De repente, la chica se volvió y dio un codazo en la zona baja del vientre al hombre que la ayudaba, de forma que cayó al suelo retorciéndose de dolor.
Stuart no entendía suficiente español para saber qué diablos le estaba diciendo, pero desde luego no eran halagos. ¡Joder! ¡Qué bien sonaban los tacos en español y cuánta variedad! Tendría que decirle que le enseñara. El entrenador se reía apoyado en una columna, Stuart se sintió obligado a intervenir cuando vio cómo un minúsculo pie iba a acertar en las joyas de la corana del pobre infeliz.
—Eh, tranquila, pelirroja. Solo estaba intentando ayudarte con tu postura.
—Eso —gimió el incauto.
El ayudante del fiscal se dirigió a la chica recriminándole su actitud.
Estaba muy graciosa dando pequeños brincos con unos pantalones que le llegaban más allá de las rodillas. Se preguntó si llegaba al metro y medio.
—¿Y con qué me ibas a colocar? ¿Con tu tercera pierna? Mira que te doy otra patada en los huevos.
—Vale, vale. Perdona —imploró al borde de las lágrimas el chico.
Chack había escuchado suficiente, se acercó, lo cogió del pantalón levantándolo en el aire y lo tiró a la calle cerca de un contenedor. Con la basura, pensó, como debía ser.
Stuart volvió a mirar a Nat que seguía dando saltitos.
—¡Eh! Eso ha sido como en la serie esa de la tele, esa que siempre tiraban al amigo de la casa así —se reía mientras botaba.
Chack entró sacudiéndose las manos.
—¿Sabes? Alguien como tú le vendría bien a mi equipo de boxeo —dijo el entrenador mientras se acercaba.
—Lo siento, pero esto no es lo mío —expresó el Gigante.
—¡Ah, perdona! Claro, tú no nos vendrías mal, pero me refería a ella — señaló con el dedo a Nat.
—¡Guau! Soy genial, ¿a que sí? —dijo mientras levantaba las manos y seguía saltando.
—Quizá es ella la que tendría que enseñar a tu amiga y no tú.
—No soy su amiga —intervino por primera vez Lucy.
Lo dijo con tal determinación que todos se quedaron mudos esperando la reacción de Stuart.
—Sí, en eso estamos de acuerdo. Eres mi cliente, y ahora vamos a trabajar. —Se volvió a Kangaroo—. Esto no está saliendo como esperaba.
—Yo creo que ha estado bien. Ha visto que una mujer pequeña puede defenderse. Por cierto, qué mujer.
—No te enamores, es la esposa de un ranger con malas pulgas. En una ocasión la metió entre rejas para hacerla callar.
—Todas las buenas están pilladas —se quejó el viejo—. Pelirroja, a ti te voy a entrenar yo personalmente; la chica de los ojos tristes, con Stuart, y tú, Gigante, no machaques a muchos de estos, los necesito para competir.