Mi yo contigo

Bela Marbel · Capítulo 6 de 30

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Mi yo contigo

Capítulo 5

 

 

Otra vez verdad

 

Byron había paseado por delante de la puerta del despacho con ganas de tirarla abajo. Pero la secretaria de Olga lo había tranquilizado. La doctora le había prometido que saldría a pedirle ayuda si era necesario. No lo hizo.

Cuando por fin salieron, Stuart pasaba el brazo por los hombros de Lucy en un claro gesto protector. No sabía si eso lo tranquilizaba o lo ponía más nervioso. La joven tenía el rostro demacrado y lleno de restos de llanto, pero eso era algo normal en las sesiones con la terapeuta.

—¿Estás bien? —le preguntó directamente.

—Estoy mejor de lo que pensaba que estaría.

—Eso es bueno.

Ella asintió en respuesta.

Byron abrió la puerta de la salida.

—Trabaja en los ejercicios de respiración —se oyó la voz de Kierlovsky.

—Lo haré —contestó Lucy.

—Sé que lo harás, querida. Le decía a Stuart.

Él la miró con cara de pocos amigos y se fue despidiéndose con un gesto de cabeza, cuando ya había pasado la puerta se volvió hacia Lucy.

—Nos vemos mañana en el gimnasio y, por favor, no pegues tan fuerte — le pidió guiñándole un ojo.

En la boca de la chica apareció una tímida sonrisa.

Una vez en la furgoneta, Byron y Lucy abrieron las ventanillas para dejar pasar el frescor ya nocturno.

—No voy a preguntarte qué ha pasado ahí dentro, si quieres contármelo sabes que te escucharé.

—Quiero contártelo, pero en casa, con Candy presente y una taza de té.

Byron puso en marcha el motor y se dirigió a Wellstone, eran unos cuarenta minutos. Sabía que los harían en silencio, pero eso era algo que a él no le importaba, al contrario, lo disfrutaba.

 

Stuart conectó el motor del potente deportivo que conducía por la ciudad, el pequeño vehículo rugió en la oscuridad, tal como estaba haciendo su pecho.

De nuevo le atacaba la sensación de algo quemándose dentro de él. No quería ir a urgencias, pero mucho se temía que fuera algo serio. Sacó su teléfono y buscó el número que había grabado cuando habló con Jeremy.

Sonaron cuatro tonos antes de que el tal Leo contestara.

—¿Sí? —se oyó una voz tranquila y melodiosa en un solo vocablo.

—Hola, soy Stuart Lyon, de la fiscalía, ¿me recuerdas?

Al otro lado se hizo el silencio durante quince largos segundos.

—No sé qué ha hecho Lester esta vez, pero yo no tengo nada que decir ni sé dónde está —contestó por fin.

—¿Lester? —se extrañó Stuart—. No llamo por Lester, es por mí… yo… tengo un dolor terrible en el pecho, Jeremy me dijo que te llamara.

—Oh… bien… yo… sí, claro. Pasa por el hospital, estoy de guardia.

—Preferiría no ir al hospital, no puedo permitírmelo.

—¿No tenéis seguro médico en la fiscalía? —se burló Leo.

—Quiero decir que no puede saberse que estoy enfermo.

—Seremos discretos, créeme, soy el mejor en eso. Te estaré esperando en la puerta de urgencias. Houston Methodist Hospital. ¿Dónde estás ahora?

—Estoy… —pensó en cómo explicarle que estaba en la puerta de un hospital en el que no tenía la más mínima intención de dejarse atender. Ahí lo conocían y si había algo podría salir a la luz—. Da igual, te aviso en cuanto esté llegando. Y oye…

—¿Sí?

—Gracias.

Leo no podía estar más sorprendido. Buscó al doctor Estévez, era un veterano de guerra reconvertido en pacifista, pero con un aspecto de los que impresionan. Grande, muy fuerte, con barba y una importante cantidad de tatuajes.

—¡Doctor! —lo llamó cuando lo encontró en cafetería.

—¡Brewster! Qué placer verte, ¿cómo te va?

—La noche está siendo tranquila —contestó sentándose a su lado con la confianza de los que han pasado juntos muchas horas, algunas en lugares más privados.

—Necesito algo —le dijo sin preámbulos.

—Como todos —contestó el otro removiendo su café a la vez que se zampaba media rosquilla de azúcar de un bocado.

Leo conocía muy bien esa boca.

—Lo que yo necesito es un favor —le dijo mirándolo a los ojos.

—Y cuándo no —contestó el otro con cierto resentimiento.

—Jordan…

—Perdona, no sonaba tan mal en mi cabeza.

—Déjalo, hablaré con Tami.

—No. —Dejó el donut a medio terminar sobre el plato y se acabó el café de un trago—. Soy todo tuyo, ¿qué necesitas?

Leo dudó unos instantes, apreciaba a Jordan, pero no lo amaba, no podía amar a otro que no fuera el capullo de Lester, no sabía por qué tenía que ser así, pero así era.

Jordan era un gran tipo, con principios muy marcados, sin problemas con su sexualidad. En una de sus noches de pasión le había contado que fue una decisión que tomó tras volver de la guerra, y sus compañeros del ejército, aquellos que seguían vivos, lo entendieron. Cuando la muerte te toca cerca, comprendes muchas cosas que hasta ese momento te son vedadas.

—Tengo un amigo…

—¿Qué clase de amigo? —le interrumpió el doctor.

Leo debería haberse ofendido, pero decidió dejarlo pasar, Jordan se mostraba algo resentido con él, era normal, él se había sentido así muchas veces con Lester. ¿Era eso? ¿Él amaba a Lester, pero Lester solo sentía cariño y deseo por él? Sacudió la cabeza en un intento de ahuyentar los sentimientos que le estaban invadiendo.

—Hetero.

—Lo siento, de nuevo te pido disculpas.

—¿Estás bien?

—Sí, sí. Dime, qué le pasa a tu amigo hetero —replicó sonriendo con pocas ganas, y se zampó el resto del donut que había dejado olvidado en medio de la conversación.

—Dolor torácico dice. Por cómo me estaba hablando tranquilamente, diría que es una indigestión leve.

—O mal de amores.

—No lo descarto.

—¿Y cuál es el favor? Si es por el pago, no te preocupes, ya despistaremos lo que haga falta.

—No. Al contrario, puedes meterle lo que te dé la gana. Tiene pasta a rabiar. Pero necesita discreción.

Leo fijó su mirada en el desfile de profesionales que no dejaban de acumularse en la cola del mostrador en busca de su dosis diaria de cafeína. Solo con el café que tomaban los sanitarios se podría mantener un país.

—¿Un famoso?

—Eso se cree él. No, en realidad es ayudante del fiscal, pero el caso en el que está trabajando será famoso en breve y no quiere demostrar debilidad.

—Tiene bastante sentido. Si tiene algo de corazón realmente, le aconsejaré dejar las emociones fuertes, y desde luego eso incluye un caso famoso.

—Por lo que lo conozco, creo que escogería muerte.

—Bueno, vamos por partes. ¿Quieres tomar algo?

—No. Tengo que volver a urgencias, estará a punto de llegar.

—Está bien —claudicó Jordan—, soy un hombre paciente. Ve haciéndole electrocardiograma, placa y analítica completa, ya sabes, enzimas cardíacas y demás. Tengo que hacer una visita en planta y después os buscaré por urgencias. Lleva el ecógrafo al box, le haremos un repaso completo para descartar toda posibilidad.

Leo sonrió y, tras levantarse, se encaminó hacia la zona de salida de la cafetería.

Los pocos minutos que tardó en llegar los dedicó a pensar en Lester, siempre era así, intentaba comenzar algo nuevo y él se le metía en la cabeza. Desde que apareció en el apartamento había vuelto a remover todo su mundo. Y su cuerpo.

Se situó en la puerta de urgencias a esperar a Stuart. Un par de minutos después lo vio dejar su coche en la zona reservada para trabajadores. No le dijo nada, en fin, era el fiscal, ¿no? Si se ponía a malas con él era posible que Lester no pasara la próxima revisión. Y eso era algo que a él no debería importarle, ¿verdad?

 

Dos horas después con los resultados en la mano, el doctor Jordan Estévez lo miraba con interés.

—Lo que usted describe se parece a los síntomas de mi hija de quince años cuando me habla de su novio —le soltó.

Leo agachó la cabeza intentando aguantar la risa. Stuart se arrancó los cables del electrocardiograma de malos modos y se puso en pie.

—Mire, doctor, entiendo que a usted le parezca muy gracioso, pero yo no me puedo permitir estar preocupándome por mi salud en estos momentos.

—No debería hacerlo desde luego, está usted como un roble. Como un roble sano, claro.

—Suficiente —levantó la voz Stuart.

—Mire, en cada uno de los episodios que usted ha descrito estaba con una chica en concreto.

—No estaba con una chica, estaba con un caso.

—De acuerdo. Existe algo que se llama Síndrome del corazón roto; eso quiere decir que una acumulación de stress puede provocar síntomas parecidos a los de un ataque cardíaco, pero en realidad solo necesita descanso. Si se lo provoca una chica o un caso deberá averiguarlo usted mismo. Aquí tiene una receta de melatonina, es algo inocuo para la salud, pero que le ayudará a dormir. Acépteme un consejo: analice sus sentimientos y tómelos con calma.

Stuart arrugó la receta y la tiró al suelo.

—Puede meterse sus consejos por…

—Lyon —le cortó Leo—, te acompañaré a la salida.

—De nada —se rio Jordan cuando los otros dos salían.

Stuart sacó la tarjeta de crédito en el mostrador y le pasaron los cargos. No quería que la compañía de seguros tuviera constancia de las pruebas que se había hecho. Leo lo acompañó hasta la salida, y cuando el otro iba a seguir su camino lo cogió del brazo.

—Puedo decirle que te recete algo para tranquilizarte cuando te pones nervioso, pero todo tiene efectos secundarios: sueño, cansancio…

—No, si estoy bien no necesito nada, debo mantener la cabeza clara, es importante.

—Mira, yo sé lo que le pasó a Lucy, lo que no has querido contar ahí dentro, eso es normal que te afecte. Prueba con el yoga, es una gran terapia.

—Prefiero el boxeo, pero gracias.

Leo vio a Stuart afectado, Jordan no había sido precisamente agradable, pero el diagnóstico no admitía error. A Stuart lo ponía enfermo Lucy, en su mundo eso se llamaba amor, en el del fiscal era un desastre, y de los grandes. Él había visto a la chica, era muy guapa, una dama en apuros, curioso, no es lo que él suponía que le pegase al insufrible ayudante, pero la vida es así, tampoco él debería estar pillado con Lester y ahí seguía más de diez años después de haberlo conocido.