Mi yo contigo
Capítulo 23
Toca verdad
—¿Qué has hecho qué? —le preguntó Lucy fríamente, demasiado fríamente para significar calma.
—Yo no he hecho nada, me despisté un momento y cuando salí estaba fisgoneando…
—Tío —lo interrumpió Jeremy—, dejaste a una periodista sola delante de la documentación del caso —lo acusó.
—Estaba cansado y en pelotas, solo quería vestirme y ella…
—Ahórrame los detalles, ¿quieres? No me interesa saber qué hacías con ella ni con ninguna otra —lo atacó Lucy.
—No estaba haciendo nada con ella, de eso se trata, por eso no estaba ocupada y se puso a cotillear.
—¡Eres un idiota!
—De nada, Lucy. Acabo de mandar mi carrera a la mierda por ti, ¿sabes?
Eso la ablandó lo suficiente como para rebajar la tensión.
—Tienes razón, es que lo siento por Byron y Candy, ellos se han portado muy bien conmigo y no se merecen el acoso al que los están sometiendo para encontrarme.
—No te preocupes por ellos, cuando se cansen, Candy sacará la escopeta y los ahuyentará. ¿Te quedarás en casa de Lester?
—Sí, él pasa casi todo el tiempo con Leo o en el rancho, así es que…
—No me gusta, no quiero que estés sola durante el juicio —aportó Stuart.
—Sabré cuidarme. En todo caso puedes darle las gracias a tu amiguita.
—No es mi amiguita y ¿podemos olvidarnos ya de eso?
Ella cruzó los brazos haciendo un mohín con los labios.
—¿Crees que vio mucho más? ¿El nombre del que los va a delatar? — quiso saber Jeremy.
—No, no creo. Me prometió que, en todo caso, no dinamitaría el juicio.
—¿La crees?
—Sí, creo que sí. Pero vamos a centrarnos en el juicio. Lucy, repasemos una vez más tu declaración.
—Lo hemos hecho cien veces.
—Y lo haremos otras cien, el juicio comienza en dos días, Lucy. Todo tiene que estar bien atado.
—¿Cuándo les vas a dar la lista de testigos? —le preguntó Jeremy.
—Ya la tienen.
—¿Ya saben quién los va a traicionar?
—Ese testigo aún no está confirmado, seguramente será algo de última hora.
—Me gusta, es arriesgado, pero colará.
—Eso creo. Llamaré a Rina.
Leo colocó el plato de pasta a la albahaca delante de Lester mientras este rellenaba las copas con agua con gas.
—La próxima vez podríamos salir —sugirió.
—Sí, es buena idea —aceptó Leo pinchado los espaguetis casi sin ganas.
—Estás muy callado —comentó Lester.
—¿Tú no estás nervioso?
—Estoy que me subo por las paredes, ni siquiera puedo hacerme una puta paja, claro que estoy nervioso. Pero estamos cumpliendo y no nos hemos peleado y eso es… no sé… nuevo, y… me gusta.
—A mí también me gusta —sonrió Leo—, pero echo mucho de menos el sexo, eso también me gustaba, ¿sabes?
—Pero tú crees que solo estoy contigo por eso y tienes, tenemos que conocernos más, hablar y, no sé, esos rollos.
Leo se rio por la forma en que Lester le decía que para él era importante.
—¿Estás totalmente reconciliado contigo mismo? ¿Con quién eres?
—Si te refieres a lo de ser gay, la verdad es que no sé si lo soy. Eres el único hombre con el que me he acostado, el único con quien quiero hacerlo en un futuro. No me gustan los hombres, me gustas tú. Quiero estar contigo, siempre.
—En realidad no lo sabes, pero me acabas de decir algo muy bonito.
—Enmárcalo, pero no te acostumbres.
—Te quiero, Les. Siempre te he querido, desde que te vi por primera vez cuando éramos unos críos.
—Yo también te quiero, Leo. Más que a nada en el mundo, pero no va a pasar nada esta noche, el plazo que nos dio Olga termina en breve y vamos a cumplirlo.
Leo asintió con fastidio y volvió a pinchar la comida.
—¿Te vendrás a vivir conmigo? —le preguntó sin mirarlo.
—No quiero dejar sola a Lucy durante el juicio. Cuando acabe…
—Es cierto, no pasa nada. Pasaremos más tiempo en tu casa.
—Gracias, Leo. Siempre antepongo mis problemas a tus necesidades, lo sé, pero es que Lucy…
—No pasa nada, lo entiendo, me parece bien, en serio.
Para Leo era una tortura estar cerca de Lester y no poder tocarlo, parece que lo de la abstinencia lo llevaba peor él, a pesar de que habían pasado tanto tiempo diseccionando su relación que por fin comenzaban a entenderse. Leo quería comenzar de cero, ya había decidido darle una oportunidad a lo suyo y quería empezar cuanto antes, pero para Lester cumplir la terapia al pie de la letra era importante, y él sabía que debía apoyarlo en eso.
Ya estaban en la cama, pero ninguno de los dos dormía.
—Les, ¿por qué no me llamaste durante la terapia?, ¿por qué me echaste de tu lado aquella noche? Necesito la verdad.
Lester se puso boca arriba en la cama, encendió la luz de la mesita y se sentó acomodando la espalda contra las almohadas.
—He pensado mucho en esa noche. Ojalá hubiera hecho las cosas de forma diferente, pero la verdad es que estaba desquiciado. Te deseaba tanto que me dolía de todas las maneras posibles. Aunque supiera que Jack era un cabrón, fueron muchos años escuchando lo que opinaba de los que tenían nuestras inclinaciones…
—¿Nuestras inclinaciones? —lo interrumpió Leo.
Lester lo miró con dulzura.
—Ya me entiendes. Lo que quiero decir es que en ese momento, y por más que te quisiera, yo estaba convencido de que algo en mí estaba mal. Quería cambiarlo. Para serte sincero, cuando comencé la terapia pensé que si dejaba de beber también desaparecería esa parte de mí.
—Creías que dejarías de ser homosexual.
—Que dejaría de amarte. No quería amarte, Leo. Soy un gilipollas, pero esa es la verdad.
—Está bien, continúa.
—Cuando terminé y volví al rancho y al trabajo, por un tiempo me sentí bien, pero luego comencé a pensar en ti de nuevo, a desearte a… no podía no estar contigo. Simplemente esa era la verdad.
—¿Cómo llegaste a aceptarme?
—No debía aceptarte a ti, Leo. Tenía que aceptarme a mí mismo. Pero para ello primero debías perdonarme. Por eso me planté en tu casa en un principio, quería que me perdonaras, pero pasó lo que pasó y luego te vi con el médico ese y todo se complicó.
—Gracias por contármelo.
—¿Me has perdonado?
—Hace mucho que lo hice —le contestó cogiéndole la mano.
—Leo… —le amonestó ante la incipiente caricia.
—Olga no se tiene por qué enterar, además, qué más da unos días menos que más.
Lester se soltó y apagó la luz. Le dio un beso suave en los labios y se dio la vuelta dándole la espalda.
—Pronto —prometió.
Segunda cita. Estaba en una segunda cita con un buen chico. Hasta el momento Charlie se había mostrado respetuoso, aunque con un punto de apasionamiento, amable a la vez que firme en sus principios, era un caballero a la antigua usanza, alguien con quien sentirse protegida y, seguramente con el tiempo, querida.
Entonces, ¿cuál era el problema? Se preguntaba. Constantemente pensaba en Stuart. Cómo sería pasear con él: probablemente caminaría rápido y sin prestar atención a su alrededor; ir al cine con él: se pelearían porque querría ver una de acción y ella prefería las llamadas películas en versión original; si fuesen a tomar un helado, lo más seguro sería que terminara estampándoselo en la cara. Podrían ir a algún mercadillo a ver antigüedades, había observado que él tenía muebles verdaderamente bonitos…
—Tierra llamando a Lucy —interrumpió sus pensamientos Charlie.
—Perdona, me he distraído —confesó con cierto rubor.
—Sí, lo has hecho. ¿Puedo preguntarte en qué pensabas?
—En Stuart —se le escapó sin pensar.
—¡Vaya! Eso sí es sinceridad. Por favor, si vuelvo a preguntar algo así, miénteme un poquito. Sé clemente.
—¡No! —se arrepintió ella—. Quiero decir en el juicio, claro. Es solo que en este momento pensaba… —tuvo que estrujarse la sesera para no mentir absolutamente— en… en cómo reacciona él a lo que le digo y a no sé… a todo. Por el caso, ¿sabes?
—Claro, por el caso —contestó con lo que a Lucy le pareció una extraña sinceridad.
—Sí.
—¿Y puedes decirme en qué en concreto?
—No sé. En todo. Por ejemplo, en cómo me presiona cuando preparamos el juicio como si estuviéramos en la sala.
—¿Quieres que le pegue una paliza? —le preguntó él en tono de broma.
Lucy se echó a reír, no pudo evitarlo. Stuart probablemente dejaría hecho papilla al bueno de Charlie, no solo peleaba muy bien, sino que sabía jugar sucio y no dudaba en hacerlo. Y eso la aterraba, se le cortó la risa.
—Perdona —se disculpó Lucy al ver que Charlie la miraba confundido.
—¿Crees que no podría con él? —la interrogó más serio de lo que requería la chanza.
—No es eso, es que Stuart no es como tú.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Ninguna de las dos cosas.
Charlie asintió.
—Hemos llegado —la informó al ver el portal del bloque de apartamentos en el que residía junto a Lester, desde que la prensa se había enterado de que vivía en el rancho de Candy.
Era el momento del beso, y Lucy se descubrió deseando que pasara rápido. Solo era un beso, podía pensar en otra cosa y no darse ni cuenta. Eso era lo que habría hecho la antigua Lucy, pero no la nueva. La de ahora se respetaba a sí misma y apreciaba lo suficiente a Charlie como para ser sincera. Cuando él bajó la cabeza y acercó sus labios, ella se puso tensa y colocó las manos a modo de barrera contra su pecho, a la vez que un casi imperceptible no era dibujado con un leve movimiento de sus labios. En el fondo de su corazón estaba enterrado el temor a que él siguiera con sus intenciones sin pararse a valorar los deseos de ella. Era como una burbuja que vibraba presta a saltar; el terror. En los meses que siguieron a la violación, dijo sí muchas veces para evitar las represalias del no, a pesar de que iba en contra de sus deseos. Lo había hablado con Olga, sabía que no era racional, pero esa pequeña bolita llena de aire y pánico seguía ahí. Fue tan solo un segundo; el tiempo que necesitó Charlie para desviar sus labios hasta la frente de la joven y depositar allí su cariño en forma de casto beso.
—Si necesitas tiempo, te lo daré, no tengo prisa, no contigo. Pero si tu corazón está ocupado, me gustaría saberlo.
—No, yo no… —Por algún motivo sintió que le estaba mintiendo. Stuart. Su imagen se coló en la conversación como por ensalmo—. ¡Oh!
—¿Te acabas de dar cuenta? —le preguntó él con media sonrisa mientras le cogía la cara entre las manos.
—Yo no… yo… es que… no puede ser… no…
—Uno no elige de quién se enamora, Lucy.
—Pero es totalmente inapropiado, ni siquiera puedo decirte quién es — musitó ella.
—Me da la impresión de que Stuart y tú sois los únicos que no os dais cuenta de lo que hay entre vosotros.
Lucy abrió los ojos hasta sentir toda la presión del aire en ellos.
—Pero…
—Sh… no pienses en eso ahora. Sube a descansar, concéntrate en el juicio, y cuando termine, ve a por él. Me parece que al caballero le va a hacer falta un empujoncito.
Lucy sonrió, ante ella se abría un enorme cráter lleno de posibilidades y trampas.
Ahí estaba él, jugándoselo todo si lo pillaban y, aun así, dispuesto a estar con ella esa última noche antes del juicio. Quería darle todo su apoyo y ella… ella andaba besuqueándose con el pelirrojo de los cojones.
Stuart sentía el corazón latiendo de tal forma que ni mil infusiones de Leo harían efecto. El pecho le escocía, ¿era eso posible? Sintió un nudo en la garganta que se iba haciendo tenso y grande, pero sobre todo tenía ganas de interrumpir la tierna escena y liarse a hostias con el niñato ese. Estaba poniendo su caso en peligro, y Lucy era una inconsciente que no se daba cuenta de que lo que el tonto ese quería era acostarse con ella y punto. No era el hombre que ella necesitaba, que merecía. Cuando esa persona llegara, él lo reconocería y sería el primero en animarla a… ¿a qué?, ¡joder! Estaba cansado y ya no sabía ni lo que pensaba.
Sería mejor marcharse y dejar a la parejita despedirse. Puso el coche en marcha y antes de marcharse dio un último vistazo. Charlie tenía la cara de la chica entre las manos. ¡Maldito idiota!