Mi yo contigo
Capítulo 27
Nuestra prenda
Stuart estaba metiendo en una caja su último objeto, una planta que le había regalado Rina, mientras su secretaria lloraba y gritaba con el mismo entusiasmo. Uno muy elevado, demasiado para los nervios de Stuart.
—¿Podrías calmarte?
—No. No me da la gana. Es más, voy a dimitir, eso haré.
—No lo harás, estás a punto de jubilarte y no…
—Serás grosero, no soy tan mayor.
—Rina, cariño. Sé práctica, no sé qué va a ser de mi vida. No te voy a arrastrar a un mundo de incertidumbres.
—Pues anda que no te pones dramático tú también.
—Eso no cambia los hechos.
—¿Trabajarás con tu amigo el comanche?
—Es posible, no lo sé. Llevo tanto tiempo metiendo gente en la cárcel que no sé si sabré hacer todo lo contrario.
—Puedes ser la acusación en juicios civiles.
—Lo sé. Tengo que pensarlo.
Stuart cogió la caja, que la verdad es que no pesaba nada, le dio un beso a Rina y se dispuso a salir del despacho tras un último vistazo. Mandaría a una empresa de mudanza especializada a por sus muebles y sus libros.
Antes de que le diera tiempo a salir, apareció en la puerta Jake.
—Stu, muchacho, no hemos tenido ocasión de hablar. Deja un momento esa caja.
—En realidad está todo dicho, Jake.
—Bueno, tal vez me precipité… La cosa ha salido bastante bien después de todo, he ganado muchos votos nativos gracias a ti. Aunque también es cierto que he perdido una fortuna en apoyos económicos, pero podremos recuperarlo. Estoy seguro.
—¿Podremos?
—Tú y yo. No sé si te has dado cuenta, pero hacemos un gran equipo.
—Jake, estoy despedido, ¿recuerdas?
—Minucias, Stu, los jóvenes sois tan poco prácticos. Aun así eres el hombre del momento y te quiero conmigo. En mi campaña.
Vale, pensó Stuart, era eso, Jake quería seguir rentabilizando el juicio.
—No me interesa.
—Si prefieres seguir optando a la fiscalía, las posibilidades están bastante a tu favor en este momento. —El hombre se acercó y le puso una mano sobre el hombro—. Tienes que pensar en tu futuro, Stuart, y tu futuro puede estar en la política, sé que eres ambicioso, piénsalo bien antes de tomar una decisión. —Con un pequeño apretón lo soltó y salió del despacho.
—Es una gran oferta —le dijo Rina.
—Lo es.
Alguien dio unos golpecitos en la puerta que permanecía abierta. Stuart se giró y vio a Lucy. Vestía una falda vaquera, botas camperas y una camisa también vaquera, el cabello negro azabache descansaba sobre un lateral de su cuerpo y estaba trenzado. Preciosa, era la palabra que le vino a la cabeza a Stuart.
Escuchó la voz de Jake por detrás de la joven.
—Señorita Toyer, pase, pase. No he tenido la ocasión de felicitarla en persona por el resultado del juicio. Ha sido un gran éxito.
—Gracias, supongo —contestó la joven mientras se acercaba a Stuart sin mirar a Jake.
—¿Viene a ver a nuestra joven promesa? Si tiene alguna influencia sobre él, convénzale de que no nos deje. —Stuart pudo ver la sonrisa lobuna, incluso el brillo en uno de sus dientes. Jake se relamía con anticipación—. Rina, vámonos, dejemos a los jóvenes hablar de sus cosas.
Cogió a la secretaría por el codo y la sacó fuera casi a empujones mientras esta protestaba. El hombre, al salir cerró la puerta tras ellos.
Stuart dejó la caja en la mesa y se apoyó despacio en el borde de la tabla, cruzó los brazos y la miró directamente a los ojos.
—Hola —le dijo ella suavemente.
—Hola. ¿Qué haces aquí? —le preguntó cortante.
—Yo… —La joven miró a su alrededor como buscando una respuesta. Por fin, dejó su bolso en un sillón y se acercó a él—. Quería darte las gracias por lo que has hecho. Sé que te ha costado tu puesto y yo no…
—Tranquila, no lo he hecho por ti, ya sabes que soy un egoísta.
—No seas sarcástico —le reprochó ella.
—Es lo que hay, aunque prefieras creer en las hadas, la realidad es que yo no dejo que me pisoteen, ni siquiera el puto gran Jake Murdock.
Lucy lo vio darse la vuelta y revolver el contenido de la caja. Se acercó aún más a él y lo agarró del brazo.
—Stu, mírame —le ordenó. Él se giró quedando a pocos centímetros de ella—. Gracias.
—De nada. Ejem… —carraspeó Stuart—, debo irme. Ha sido un placer volver a verte.
Stuart intentó coger de nuevo la caja, pero unas pequeñas manos se lo impidieron. Miró hacia ellas como hipnotizado, sentía el corazón a punto de salir de su pecho. Un pecho que le escocía como una herida abierta, su vida era un caos en este momento y no debía empeorarla más enredándose en la negrura de esa mirada.
Pero esos pequeños dedos se aferraron a los suyos. Los llevaron hasta las caderas de la joven, redondas, sensuales, electrizantes. Otra fuerte sacudida bombeó su ya débil corazón, pero la joven no paró ahí, no. Llevó esos jodidos y curiosos dedos hasta la nuca de él, Stuart sintió que bajaba el rostro y que era llevado como en trance hasta quedar a un suspiro del de ella.
—¿Sabrás seguir desde aquí? —oyó que le decía la muy bruja.
Porque si algo tenía claro era que estaba hechizado, era incapaz de pensar o tomar una decisión coherente, necesitaba esos labios para poder seguir respirando, el deseo estaba a punto de partirlo en dos.
No le contestó. Se agarró a ella y la besó. Con una pasión desmedida, sin contención, unió su lengua a la de ella y la saboreó a placer. Dejó que el dique se abriera y desbordara todo lo que estaba sintiendo. La paz inundó su ser, se dio cuenta de que esa era la medicina que curaba su corazón y a la vez la que lo mataría. Aun así no paro. Giró con ella en brazos hasta poder colocarla encima de la mesa. Le subió la falda por los muslos mientras seguía besándola, no tenía suficiente, necesitaba tocar su carne, la piel le ardía y los pantalones estaban a punto de estallar, como su corazón.
De un tirón le abrió la camisa y dejó al descubierto su pecho, se apartó de ella lo justo para admirarla a placer. Le acarició los senos con la punta de los dedos, jugó con el pezón de uno y otro pecho hasta que los sintió duros y después los chupó, los quería húmedos y dispuestos. Quería sentirlos vibrar. Volvió a su boca y metió la mano entre los muslos, la notó mojada y se le escapó un gemido, ella suspiraba y se retorcía.
—¿Te gusta? —le preguntó Stuart.
—Sí, sigue, por favor, sigue.
Stuart le metió la mano dentro de las braguitas y con delicadeza buscó su clítoris, lo encontró terso, tirante, preparado para él. Lo tocó, movió su dedo en círculos mientras escuchaba cómo la respiración de la chica se interrumpía y disfrutaba del movimiento de las caderas que buscaban un encuentro más íntimo. Stuart abandonó su boca y volvió al pecho de la joven, lo succionó a la vez que introducía un dedo en su interior y con la palma de la mano continuaba friccionando el punto más sensible de la joven. Ella se tensó unos instantes antes de gritar. Stuart sintió el orgasmo de Lucy como si hubiera salido de dentro de él. Regresó a su boca y se bebió el sonido de su placer. Cuando la joven terminó, él se bajó la cremallera y acercó su miembro al sexo de ella.
Algo hizo clic en su cabeza. ¿Qué coño estaba haciendo? Lucy no se merecía eso.
Se apartó tan bruscamente que la joven se tambaleó. Stuart se arregló la ropa y fue hasta la pared de enfrente. Apoyó la cabeza en la estantería y contó hasta veinte respirando hondo para relajarse.
—¿Stu? —lo llamó Lucy con un asomo de duda en la voz.
—Será mejor que te vayas, Lucy, no tienes nada que agradecerme.
—Pero… Stuart, yo…
—Intenta olvidar esto, por favor —le pidió dándose la vuelta para enfrentarla.
—¿Olvidarlo?
Stuart se dio cuenta de que Lucy estaba confundida de verdad y se sintió como un cabrón, deberían cortársela por capullo. Se pasó la mano por el cabello y volvió a intentarlo.
—Lo siento, Lucy, de verdad, esto no tendría que haber pasado. Tú no te mereces…
—Yo he empezado, Stuart.
—Lo sé, pero tú estás confundida y eres joven, tu experiencia con el sexo es poca y mala y no…
—Gracias, Stuart. Por una vez había conseguido olvidarme por completo de todo lo que pasó, gracias por ensuciar lo que para mí ha sido un gran momento —le reprochó.
—¡Por Dios, Lucy! ¿Un gran momento? He estado a punto de follarte sobre la mesa de mi despecho.
—Exdespacho. Y yo quería que lo hicieras, idiota. ¿Te has parado a pensar lo que significa eso para mí? Pensé que nunca volvería a querer sexo, pensé que estaba perdida en ese aspecto para siempre, y llegas tú, me tocas y exploto como un cohete, quiero hacerlo contigo, ¿te enteras? Pero no es solo eso. Te quiero, Stuart. No sé cómo ha pasado, pero me he enamorado de ti.
Stuart se quedó paralizado, notó que perdía por completo el color de la cara y que las piernas comenzaban a fallarle. ¿Qué estaba diciendo aquella loca?
—Lo que sientes es agradecimiento por el juicio.
—No me digas lo que siento. He mentido, sí sé cómo pasó. Has soportado todos mis llantos, mis gritos, mis ataques de pánico, y siempre podía contar contigo. Has tolerado a mis amigos acosándote y zarandeándote, me acompañaste a las sesiones de terapia, me enseñaste a pelear y a enfrentarme a mis miedos. Me enseñaste a besar de nuevo… —Se tocó los labios al decirlo—. Y con cada uno de esos actos me robabas un trozo de corazón. Dime que tú no me quieres, podré aceptarlo, sobreviviré, tú me mostraste cómo hacerlo, pero no me digas lo que siento.
Stuart sintió que la cabeza le iba a explotar. ¿Amor? ¿Estaban hablando de amor? Era una locura. Él no se enamoraba, no le pasaban esas cosas. La presión en el pecho creció hasta hacerle imposible respirar, estaba a punto de desmayarse. Decidió decir lo necesario para hacerla marcharse, si seguía mirándola acabaría por enterrarse dentro de ella y no iba a hacer eso, ¿verdad?
—No te quiero, Lucy. Todo lo hice por el caso.
Lucy sintió las palabras como una bofetada. Sabía que había arriesgado mucho, pero había decidido que, pasara lo que pasara en el juicio, ese día comenzaría su vida, una vida que había pospuesto demasiado tiempo. Volvería a la universidad, sabía que le iba a costar mucho emocionalmente, pero lo haría con la ayuda de sus amigos, su familia y Olga Kierlovsky. Le habría encantado que Stuart formara parte de su vida, pero no estaba preparado, era evidente que estaba a punto de tener un ataque de pánico, ella conocía muy bien los síntomas. Decidió darle algo de espacio para que se enfrentara a sus propios fantasmas.
Stuart esperó escuchar un fuerte portazo, pero la puerta se cerró suavemente. No pudo soportarlo fue hasta ella la abrió y la empujó hasta que escuchó el fuerte ruido al cerrarse. Algo más tranquilo se dejó caer en el sofá, se estaba mareando. El dolor del pecho estaba comenzando a bajar de intensidad, pero el desasosiego no le dejaba respirar. Lo que Lucy sentía era un reflejo del agradecimiento o una transferencia, o algo así. Había leído sobre ello, no podía ser cierto, en un tiempo volvería a su vida, conocería a otros chicos, como el gilipollas pelirrojo, y se enamoraría de verdad. Dio un brinco y el corazón le dio un vuelco. ¿Por qué le dolía como el demonio pensar en Lucy enamorada de otro? ¿Qué coño le pasaba? Tenía que hablar con la psicóloga rara esa, sí. Ella le diría si estaban los dos sufriendo alguna especie de rapto emocional.
Cuando cogió el teléfono de mesa del escritorio, se dio cuenta de que le temblaba la mano, lo dejó en su sitio y respiró hondo unas cuantas veces antes de volver a intentarlo.
El tono de la llamada sonó cuatro veces hasta que por fin una voz al otro lado le contestó.
—Consulta de la doctora Kierlovsky, dígame.
—Tengo que hablar con la doctora.
—En este momento está en consulta, deme su mensaje y en cuanto esté disponible ella se pondrá en contacto con usted.
—Eh, no. Necesito hablar con ella ahora.
—¿Puede decirme de qué se trata?
—No.
—¿No?
—Pero es un asunto de vida o muerte.
—Dígame su nombre, señor.
—Soy el fiscal Lyon —mintió. Ya no lo era, o tal vez sí. Su vida estaba patas arriba y él no estaba acostumbrado a eso.
Un par de minutos después, por fin escuchó a Olga a través de la línea.
—Señor Lyon, ¿está bien Lucy?
—No.
—Qué raro, ha venido a verme esta mañana a primera hora y estaba estupenda, ¿qué le ha hecho, Lyon?
—He estado a punto de follármela encima de mi escritorio.
—¿Y ella estaba de acuerdo?
—Bastante.
—Bueno, tal como yo lo veo, eso no es precisamente algo malo.
—¿Cómo que no es malo? Es horrible. Ella… ¿se puede creer que piensa que está enamorada de mí?
Stuart escuchó un hondo suspiro al otro lado.
—Stuart, ¿está usted sentado?
—No.
—Siéntese.
Stuart obedeció, suponiendo que ahora vendría una larga explicación sobre algún trastorno que estaban sufriendo, ambos.
—Dígame, doctora.
—A ver, cielo. Un lápiz, a veces, es solamente un lápiz.
—¿Qué coño quiere decir eso? —se sorprendió Stuart.
—Que, en ocasiones, las cosas son lo que parecen.
—Y…
—Que probablemente, sí esté enamorada de ti. La cuestión es… ¿sientes tú lo mismo por ella?
—¿Yo?
—Tú, Stuart. ¿Qué sientes?
—Yo… tengo una llamada, debo colgar.
—Stuart, antes de dejar esta conversación, piensa que la vida te está regalando algo hermoso; si lo quieres, tómalo.
Stuart colgó la llamada sin contestar.
Habían pasado dos semanas desde la increíble declaración de Lucy. Stuart acababa de salir de la ducha y se disponía a vestirse para comenzar la jornada en su nuevo trabajo. Había dedicado todo ese tiempo a decidir qué hacer con su vida. Pasó mucho tiempo con Jeremy viéndolo trabajar, le gustaba lo que hacía, podía serle de ayuda y la verdad es que disfrutó regalándole un enorme no a Jake. Que, por supuesto, seguía sin darse por vencido. Había bloqueado en su cabeza todo recuerdo de la joven, bueno, casi siempre, o algunas veces, por lo menos, cuando lo conseguía. Casi nunca. Nunca. Pensaba en ella constantemente y las infusiones ya no ayudaban.
Llegó al despacho con tiempo para preparar la investigación del caso que estaban llevando, acababa de dejar el maletín sobre la mesa de su despacho cuando escuchó unas voces en el hall de entrada donde un joven recepcionista nativo atendía las llamadas.
Jeremy entró en su despecho.
—Perdona el retraso, he ido a llevar a Lucy a comprarse unas maletas.
Eso llamó su atención.
—¿Unas maletas?
—Sí. ¿Le has contestado ya al gobernador acerca de presentarte a la candidatura contra Murdock?
—¿Para qué?
—¿Cómo que para qué? Te dio una semana de plazo para que le contestaras.
—Para qué las maletas, ¡joder!
—Para poner ropa, supongo. ¿Para qué va a querer unas maletas? ¿Qué has decidido?
—Acaso… ¿se marcha?
—¿Lucy?
—Claro que Lucy, ¿de quién coño estamos hablando si no?
—Yo intentaba hablar de tu futuro, pero tú te has vuelto monotemático últimamente. ¿No se suponía que Lucy no te interesaba? Por lo que nos contó no sientes lo mismo que ella.
—¿Tú también con la cantinela? Y no soy monotemático.
—Stuart, te voy a contar algo. Cuando conocí a la Loba me enamoré de ella de inmediato. Siempre lo supe, incluso cuando estábamos separados, sabía que era mi mujer. Mi única mujer. No voy a decirte que sé cómo te sientes porque no tengo ni idea de lo que tiene que ser negarse a uno mismo los propios sentimientos.
—¿Crees que estoy haciendo eso?
El otro se encogió de hombros.
—Renunciaste a tu carrera por ella, Stuart, no te niegues también eso.
—Le había hecho una promesa.
—Y por algún motivo para ti, eso era lo único importante en ese momento.
—Supongo.
—Eso es lo que pasa cuando quieres a alguien. Además de que no puedes dejar de pensar en esa persona y de que hablas de ella a todas horas y de que te gustaría estar con ella en todos los momentos de día, y que te la follarías incluso sobre la mesa del despacho.
Stuart levantó la cabeza de golpe.
—¿Lo sabes?
—Me lo contó Lucy. Está tratando de entenderte.
—Yo también.
—No lo hagas. Déjate llevar por una vez en tu vida. Te gustará.
Stuart miró el reloj y se preguntó dónde estaría Lucy en ese momento.
—¿Se va de Houston?
—No. Va a mudarse a casa Les definitivamente, él vive con Leo. Quiere ser independiente.
—Ya.
—Va a volver a la universidad y trabajará aquí a media jornada.
—¿Aquí? —casi gritó Stuart.
—¿Algún problema?
—No voy a poder soportarlo.
—Es lo que tiene el amor.
—Sí.
—¿Has dicho sí?
Stuart sintió que por primera vez en mucho tiempo el nudo que le apretaba la garganta se deshacía. La opresión en el pecho dejaba paso a un cálido cosquilleo, y por algún tonto motivo no podía dejar de sonreír.
—Sí. He dicho sí. Estoy enamorado, tío. La amo con locura.
—Deberías decírselo a ella antes de que le dé por volver a salir con el chico ese.
—¿Es que lo ha vuelto a ver?
—No lo sé. ¡¿Qué vas a hacer con el gobernador?! —le preguntó gritando al vacío que había dejado Stuart al salir corriendo.
Stuart no escuchó la pregunta porque ya estaba saliendo del despacho.