Mi yo contigo

Bela Marbel · Capítulo 17 de 30

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Mi yo contigo

Capítulo 16

 

Paga prenda

 

—Ya que la puerta está abierta, es hora de que también tú te marches —le dijo Leo.

Lester miró al suelo durante un largo minuto, mantenía las manos en las caderas y una actitud combativa, solo había consentido en ponerse el calzoncillo y a Leo le dieron ganas de comérselo.

—¿Me estás echando de nuevo? —le preguntó Lester.

—Eso parece.

Esta vez, el otro hombre no contestó, fue hacia el dormitorio y salió ya vestido. Se puso delante de él y muy despacio inclinó la cabeza para darle un ligero beso.

—Vale, pero estamos saliendo.

—No.

—Sí, te recojo en el trabajo y nos vamos al cine. ¿A qué hora sales?

—A las seis, pero no vamos a hacer nada juntos. Necesito… no sé lo que necesito.

—A mí, me necesitas a mí.

—No.

—Luego te veo. —Sin darle oportunidad a replicar se marchó rápidamente.

Leo estaba sentado en la cafetería del hospital, observaba los asientos rojos de imitación a piel como si la vida le fuera en ello. No podía dejar de rememorar la amenaza de Lester de pasar a por él para salir como una pareja normal. Hace un año habría dado cualquier cosa por cumplir ese sueño. Entonces, ¿qué se interponía ahora en su camino?

—¿En qué piensas? Se te ve absorto —le dijo una voz conocida.

—Doctor Estévez. Estaba distraído —le contestó señalándole un asiento.

El otro aceptó el ofrecimiento.

—¿Algún día me vas a confesar cuál es el objeto de tu distracción? — preguntó moviendo el azúcar en su café.

—Nada que importe.

—¿Estás seguro?

—Lo estoy, o todo lo seguro que es posible.

—Bien, entonces quizá quieras venir al cine conmigo esta noche.

Leo lo pensó, sabía que Jordan después del cine le pediría algo más, y no tenía claro estar preparado para eso.

—¿Solo cine?

—Para empezar, sí.

—Ya, bueno, no sé si es buena idea.

—Tú decides, pero déjame decirte que yo voy a ir de todas formas, así es que si me elijes, solo dímelo. ¿Te vas a comer ese donut?

—¿Cómo te mantienes así a tu edad con lo que comes?

—No estoy seguro de que eso sea un halago —contestó el doctor mostrando su blanquísima dentadura en una sincera sonrisa.

—Lo es, créeme. Y un poco de envidia también. —Ambos se rieron en esta ocasión—. ¿Sabes qué?, iré contigo. Me apetece, y por lo general lo pasamos bien. Sin dramas.

—Sin dramas es mi lema.

 

A las seis de la tarde Leo estaba tan nervioso que no era capaz de atinar con la cremallera de su chaqueta.

—Joder —musitó.

—Tú diciendo tacos —intervino Jordan.

Se acercó hasta él y cogiendo las dos alas de su chaqueta se la enganchó sin problemas.

—Ya ves, me estoy convirtiendo a la religión de los malhablados.

—No te pega. ¿Estás listo? —le comentó el doctor.

—Sí —murmuró Leo, y antes de que se hubiera podido dar cuenta Jordan había tomado sus labios y le había besado, primero apenas un roce, luego algo más intenso, con su lengua en la boca Leo solo podía pensar en que terminase pronto, porque solo existía una lengua que fuera bienvenida ahí, y no era esa.

—Estás… frío.

—Lo siento, ya te dije que no sabía si era buena idea…

—Está bien, vámonos. Ya veremos cómo van las cosas.

Hacía ya un par de horas que le había enviado un mensaje a Les para que no lo recogiese, y ahora se arrepentía, no quería reconocerlo, pero era con el otro con quien deseaba estar, no solo acostarse, sino disfrutar también de pequeños placeres como el cine, quizá una hamburguesa después y luego… bueno, lo de siempre, el mejor sexo de su vida.

Salieron del hospital cogidos de la mano, y Leo rezó para que Lester le hubiera hecho caso, naturalmente no fue así. Lester estaba apoyado en uno de los pilares que sujetaban la puerta de entrada, de modo que se lo toparon de frente.

Leo pudo notar que los ojos de Lester viajaban de su cara a la mano que lo unía a Jordan y vio también la crispación en su gesto.

—¿Qué haces aquí? —le dijo.

—Dije que vendría a buscarte y he venido. Lo que no me explico es lo que estás haciendo tú.

Leo no pudo evitar soltarse automáticamente de Estévez.

—Voy a salir con un amigo, te dije que no vinieras.

—Sí, me lo dijiste, pero anoche cuando te acostaste conmigo me dio la impresión de que te gustaba mi compañía y que…

—¡Les! —lo cortó poniéndose colorado—. Ya basta.

—¿Queréis que os deje un momento a solas? —propuso Jordan.

—Queremos que te pires para siempre —le contestó Lester.

—No. ¡Vámonos! —insistió Leo.

La pareja continuó su camino dejando atrás a un Lester frustrado y enfadado a partes iguales.

—Lo nuestro no ha terminado, Leo. El amor de verdad no caduca.

Pasados unos minutos en silencio, caminando hacia la parada de metro más cercana, Jordan dijo:

—¿Prefieres que lo cancelemos?

—No, no, en serio, estoy bien. Es solo que él… no termina de entender que hemos terminado.

—Suele pasar cuando te acuestas con alguien para decir se acabó. —Leo lo miró dolorido—. Perdona, eso ha estado fuera de lugar.

—Nuestra historia es complicada.

—Lo que quiere decir que hay una historia.

—La hay, y es… profunda, pero no quiero volver a sufrir.

Jordan frenó en seco haciendo que Leo se diese la vuelta para ver qué ocurría. Lo miró con una interrogación en los ojos.

—Lo que te dije antes de los dramas es cierto, no me gustan. Me gustan las cosas sencillas y no me gusta que me utilicen…

—Yo no…

—Sí, lo has hecho, quizá la culpa es mía porque te lo he puesto muy fácil, pero aquí y ahora vamos a poner las cartas boca arriba.

—¿Parados en medio de la calle te parece el mejor lugar y momento?

—¿Por qué no?

—¿Porque no te gustan los dramas?

—No me gustan, por eso quiero resolver esto e irme al cine.

—Irte. Solo.

—Eso lo decides tú, pero… debes tener claro que lo de antes no va a volver a pasar.

Leo se quedó pensando y tuvo que ser sincero consigo mismo, aun a riesgo de perder la comodidad que sentía con Jordan, sabía que no podía prometerle que no iba a volver a pasar nada con Les. Su Les, él lo amaba, y no parecía que se le fuera a pasar en los próximos días, o más bien en los próximos lustros.

—Lo siento.

—Ya, eso imaginaba. Cuídate, yo… me voy al cine —se despidió Jordan.

—Sí.

—Sí.

—Tú también.

—¿Qué?

—Que te cuides también —le deseó.

Leo volvió sobre sus pasos y lo vio. Ahí estaba, la misma figura delgada y desgarbada de sus sueños, seguía apoyado en la columna.

—¿Qué haces aquí todavía? —le preguntó.

—Te esperaba.

—¿Por qué?

—Sabía que volverías.

—¿Y cómo podías saberlo si no lo sabía ni yo?

—Te conozco y, además, ese tío no tiene lo que hay que tener.

—¿Ah, no? —le dijo acercándose—, y según tú, ¿qué hay que tener?

—Mucho amor por ti —le contestó. Y con eso lo desarmó por completo.

Llegaron a casa de Leo besándose por la escalera, habían desechado la idea del cine desde el primer momento. Cuando llegaron al dormitorio ya estaban desnudos y completamente excitados, aun así, ralentizaron el ritmo de sus caricias para tenerse por más tiempo.

A Leo le encantaba perfilar con sus labios los costados marcados de Lester y a este lo volvía loco agarrar a Leo entre sus brazos y besarlo sin contención. Cuando Lester se introdujo en Leo tomándolo también con la mano, este último se dio cuenta de que jamás podría estar así con otra persona, para él solo existía Lester, y de alguna manera tendría que superar las dudas y los baches del camino.

Soñolientos y relajados descansaban entre las sábanas enredadas, cuando Leo, acariciando la espalda de su amante, le preguntó:

—Cuando estabas en rehabilitación nunca me propusiste como visita, ¿no merecía verte?, ¿hablarte?

—¿Sabes lo que pasa en esas visitas? —lo interrogó Lester girando la cabeza, que tenía apoyada sobre la almohada para mirarlo a los ojos.

—Lo he visto en las películas. Os decís cosas que han estado… enquistando la relación.

—Más o menos. Yo… tenía que pedir perdón a Candy y a Byron y…

—Pero no a mí, ¿verdad?

—Nunca estuve preparado para enfrentarme a ti.

—¿Y ahora?

—¿Quieres que lo hagamos?

—Lo necesito.

Lester se levantó de la cama y tiró de él para que hiciera lo mismo.

—Será mejor que nos pongamos algo o no respondo de lo que pueda hacer.

Leo sonrió, todavía no entendía por qué le gustaban tanto sus fantasmadas, pero así era. Leo sacó dos pantalones de chándal de la cómoda, le ofreció uno a Lester, que hubo de reducir de cintura apretando la lazada, y él se colocó el otro. Lester lo cogió de la mano y lo llevó hasta el salón. Después colocó dos sillas, una frente a otra.

—Siéntate —le ordenó.

Leo lo hizo y, tras él, el propio Les tomó asiento en la silla de enfrente.

—Te pido perdón por ocultar que te amaba durante todos estos años.