Mi yo contigo

Bela Marbel · Capítulo 25 de 30

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Mi yo contigo

Capítulo 24

 

Toca atrevimiento

 

Lester sintió la caricia aún entre sueños. Su cuerpo cobró vida de repente. Su miembro se había puesto duro y pedía atención por parte de Leo, este lo intuyó y lo tomó con una mano.

—Buenos días —dijo Leo besándole en la mejilla.

—Sí que lo son —contestó Lester moviendo la cara para recibir el beso en los labios. Un sonido interrumpió el lujurioso despertar—. ¡Mierda! ¿Qué hora es?

—La última vez que he mirado el reloj eran las ocho. ¿A qué hora comienza el juicio?

—A las diez, pero tengo que recoger a Lucy y llevarla al juzgado, te lo dije, ¿no? —declaró levantándose y metiéndose en el baño sin dar tiempo a Leo a protestar. Este se acomodó en la cama de nuevo.

—No, no me lo dijiste y ahora voy a tener que hacerme una paja.

—¿Decías algo? —preguntó Lester desde el baño a gritos. Leo podía escuchar el sonido del agua de la ducha correr.

—Que si quieres que prepare café o algo de desayuno —chilló a su vez.

—Café. Gracias.

Leo se resignó a posponer su desahogo y, poniéndose el calzoncillo, fue a la cocina. Sacó unos bollos de un armario que calentó en la tostadora mientras salía el café. Se concentró en el sonido de las burbujas del agua hirviendo para no pensar en toda la libido que le corría por las venas en este momento. Tampoco quería saber por qué a Lester le estaba resultando tan fácil aquella carencia.

Lester se sentía aterrado. Había llegado el momento de mostrarle a Leo todo lo que sentía por él, y no solo con palabras. Y no es que no lo hubiera hecho antes, la diferencia estribaba en que ahora estaba sobrio y plenamente consciente después del tiempo de reflexión, de lo que significaba el momento, más allá de los hechos. Por mucho que lo deseara, la verdad era que se sentía como si fuera aquella primera vez. La primera vez que lo amó.

 

Lucy miró el traje que le había entregado Jeremy de parte de Stuart la noche anterior. Ella nunca se había puesto algo así. Sobrio, ceñido aunque pudoroso, gris claro, con una camisa blanca inmaculada, le había indicado que debía maquillarse discretamente y recogerse su excesiva melena, así la había llamado él, y cuando ella le había preguntado por qué excesiva, él le había contestado que era demasiado para los sentidos, los hombres y tal vez algunas mujeres, solo podrían pensar en el atractivo de esa cabellera, y el resto de las mujeres y tal vez algunos hombres, envidiarla.

Estaba coqueteando con la idea de presentarse en el juicio con sus sempiternos vaqueros y una camiseta, solo por disfrutar de la cara de cabreo que pondría Stuart, cuando sonó el teléfono y, como si lo hubiera conjurado, su nombre apareció en la pantalla.

—¡Mierda! Me ha pillado —susurró para sí misma con una sonrisa—. ¿Sí? —contestó.

—¿Te has puesto la ropa que le di a Jeremy?

Lucy hubo de contenerse para que su sonrisa no se convirtiera en una profunda risotada.

—Estoy en ello.

—Recuerda lo que te dije del peinado.

—Lo recuerdo.

—¿Estás bien? ¿Tranquila?

—Estoy bien. Tranquila.

—Por lo menos uno de los dos lo está.

—Muy gracioso. ¿Nunca te han dicho que bromear no es lo tuyo?

—Bueno, no se me da muy bien, no. —Se hizo un silencio que por fin rompió Stuart—. ¿Te lleva Lester al juzgado?

—Sí. Candy me ha dicho que los periodistas están apostados en su puerta desde anoche, y parece que también han descubierto la dirección de Jeremy y pretenderán seguirlo.

—Seguramente lo harán.

—Tanto Jeremy como Byron los perderán rápidamente. Sus raíces son profundas.

—Prefiero no arriesgar, los periodistas también tienen raíces, aunque tienen más que ver con el morbo que con la ascendencia. Lucy…

—¿Sí?

—Todo va a salir bien.

—Sí. Gracias.

Tras colgar la llamada, Lucy comenzó a sentir la enorme presión de lo que estaba a punto de suceder. Dejó el aparato sobre la mesilla y se dio cuenta de que le temblaba la mano. Se la cogió con la otra y respiró hondo, tal y como le había enseñado Olga.

Media hora después, estaba sentada en una de las sillas de la zona del comedor, la vista fija en el reloj de pared, la chaqueta sobre el regazo y la cartera negra en la que llevaba su documentación, un paquete de pañuelos y una pluma de águila que le había regalado su bisabuelo antes de morir.

El minutero avanzaba despacio y ella sentía las gotas de sudor correr por su espalda y las manos húmedas. Escuchó el sonido de unas llaves forcejeando en la entrada. Lester. Había llegado la hora.

Hicieron el camino hasta el juzgado en un tenso silencio. Aparcaron cerca y el último tramo lo recorrieron a pie. Intentaron mezclarse entre el gentío que subía las interminables escaleras hasta la entrada, evitando así que los periodistas apostados allí los acosaran. No fue hasta que casi estaban entrando que los divisaron, los flases comenzaron a saltar y los pulsadores a percutir. Los gritos de los periodistas sobrepasaron el ruido que hacía la gente y en ese momento Jeremy salió del juzgado y la abrazó protectoramente a la vez que la empujaba dentro; tras él, Stuart se enfrentó a los periodistas con un discurso reprobatorio a la vez que cariñoso hacia el gremio. Los quería de su parte, a pesar de que la única opinión que contaba era la del jurado que estaría aislado por orden del juez mientras durase el juicio.

 

Los primeros testigos llamados por la defensa la describían a ella como una mujer fatal, alguien que desayunaba hombres cada mañana y luego escupía sus huesos al cubo de basura. A Lucy le estaba costando escuchar todo aquello y seguir poniendo cara de buena. Tenía ganas de tirarse al cuello de alguno de aquellos chicos y chicas y arrancarles los ojos. Sintió cómo Jeremy le daba un pequeño apretón en la mano.

—Mantén la compostura —le recordó Stuart—, ya nos tocará a nosotros.

—¿Por qué no has interrogado a ninguno de esos testigos?

—No me interesa nada de lo que tienen que decir.

—Tienes que demostrar que mienten.

—No. Tengo que conseguir que el jurado se olvide pronto de ellos o, en su defecto, que le dé igual los buenos chicos que fueran antes de los hechos, y crean sin lugar a duda en ti y en que lo que dices que pasó, pasó realmente.

Lucy se puso pálida. ¿Qué era lo que quería decir con eso?

—¿Acaso tú no me crees?

—Lo que yo crea no importa.

—A mí sí.

—¿El señor fiscal y su representada tienen algo que compartir con la sala? —les interrumpió el juez.

—No, señoría. Lo siento mucho.

—Mantengan el orden, por favor. Tendrán tiempo de sobra en estos días para intercambiar impresiones —sentenció el hombre—. Prosiga, letrado.

 

Al final del segundo día el abogado defensor pronunció el primer nombre que haría que la piel de Lucy se erizase y las arcadas amenazaran de nuevo.

—Jackson Phelps.

—Que el señor Phelps suba al estrado a declarar —aclaró el juez.

El chico iba vestido con un traje impecable y su cabello rubio claro peinado con gomina hacia atrás. Lucía un rostro compungido y los ojos rojos como si hubiera estado llorando. Era el líder del grupo y el de la clase de teatro, y se notaba, porque hasta ella estaba a punto de tragarse su actuación.

—Señor Phelps, ¿puedo llamarte Jackson? —preguntó el abogado defensor apoyando las manos en su prominente barriga.

—Sí, señor —contestó el chico mirándolo a los ojos.

—Las cosas de las que te acusa esta… jovencita, son muy graves. Toda tu vida, tu prominente carrera, tu círculo social impecable y tu…

—Protesto, señoría —se quejó Stuart poniéndose de pie—. ¿El letrado va a hacer una pregunta en algún momento del discurso del club de fans de Phelps?

—Señores, por favor, en mi sala procuren comportarse o me veré obligado a tomar medidas. Y les aseguro que no les va a gustar.

—Sí, señoría —contestó el abogado rascándose la barba compungido.

—Nada de truquitos ni opiniones personales, señor Rainbow. —El abogado levantó las manos con las palmas a la vista en respuesta—. Fiscal Lyon, deje los sarcasmos para su vida privada.

—Lo intentaré —contestó Stuart.

—Lo hará —confirmó el juez. Stuart asintió—. Prosiga, abogado.

—Señor Phelps, cuéntenos cómo era su relación con la… susodicha.

—Abogado… —lo convino el juez.

—Perdón, señoría. Descríbanos su relación con la señorita en cuestión.

—Yo… nos conocíamos de la facultad. Estábamos cursando el último curso, los dos.

—Y ¿qué pasó a raíz de los… supuestos hechos?

—Al principio nada, pero luego ella comenzó a mentir y a inventarse cosas…

—Señoría, nuevamente protesto. Está dando su opinión, eso no son hechos.

—Se acepta. Procure ceñirse a los hechos sin dar opinión alguna, caballero.

—Sí, señoría.

—Continúe —le indicó su abogado.

—Pues, luego Lucy empezó a decir que la habíamos forzado y dejó de ir a clase y al final nos denunció, y el rector nos ha apartado hasta que se resuelva todo.

—No se preocupe, todo se arreglará —le animó el letrado.

—¡Señoría, por favor! ¿Es esto un salón de té?

—Solo estoy animando a mi cliente para poder conseguir respuestas, fiscal.

—Está intentando que el jurado lo vea como a una víctima inocente…

—Que yo sepa aún no le han nombrado culpable y…

—«Aún» es la palabra clave aquí.

—Suficiente, acompáñenme a mi despacho.

Stuart se levantó y le hizo un gesto a su adversario para que le precediera, ambos siguieron al magistrado.

Lucy se retorcía las manos apoyadas en su regazo bajo la mesa. Miraba al suelo sin atreverse a dirigir sus ojos hacia Phelps, pero la traicionaron y se encontró con los vidriosos iris apuntándola directamente y una sonrisa socarrona en los labios. Lucy se echó a temblar y en ese momento le vinieron a la cabeza imágenes de Stuart y sus enseñanzas.

Mira al jurado, es importante que vean lo que sientes. Que se identifiquen

contigo. Y nunca, bajo ningún concepto pierdas los nervios, una lágrima, bien, pero no te pongas histérica.

No hubo de esforzarse para que una cristalina gota resbalase por su mejilla, los miró uno a uno. Más de la mitad le sonrieron. Luego lo miraron a él. Juraría que lo vieron sonreír antes de volver a poner el gesto compungido con el que había estado durante todo el juicio. Se sintió algo más fuerte, pero notaba la ausencia de Stuart como si le hubiesen cortado un brazo. De repente sintió una de las manos de Jeremy rodear las suyas.

—No te preocupes, Stuart maneja como nadie estas situaciones.

 

El juez se sentó detrás de la mesa.

—¿Están decididos a convertir mi sala en un circo, señores?

—No, señoría —confirmó Stuart—. No obstante, tiene que estar conmigo en que aquí mi colega tiene una forma muy… particular de plantear sus preguntas.

—Solo hago mi trabajo, Stuart. Ya sabes cómo va esto.

—Y yo solo hago el mío, Floyd. Ya sabes cómo va esto.

—Pues ahora voy a hacer yo el mío —les interrumpió el juez—. La próxima vez que me pongan en esta situación, les acusaré de desacato. Rainbow, no sea tan descarado a la hora de manipular al jurado; Lyon, limítese a protestar, sin coletillas, por favor. Informaré al jurado de que no tenga en cuenta el comentario de su colega.

—Sí, señoría. No obstante…

—¿Otro no obstante fiscal?

Stuart sonrió y prosiguió.

—… todos aquí sabemos que no existe una frase más vacía que esa. Siempre lo tienen en cuenta —contestó Stuart.

El otro asintió.

—Me temo que eso es cierto. Ahora salgan y hagan su trabajo, pero háganlo sin tocarme las pelotas porque les aseguro que soy más que capaz de dejarles pasar la noche en el calabozo, amén de hacer que les duela el bolsillo.

Lucy vio salir a Stuart con una sonrisa ladeada que indicaba que las cosas habían ido bien, y no pudo evitar suspirar.

—¿Te ha castigado? —le preguntó Jeremy.

—Es posible que en algún momento del juicio duerma en el calabozo.

Jeremy se rio.

—¿Cómo puedes reírte, Jer? Stuart, lo siento, yo…

—Tranquila, no será la primera vez —aseveró Stuart.

—Probablemente, tampoco la última —apuntilló Jeremy.

—¿Qué puedo decir? Tengo un don.

El martillo resonó en la peana y el Juez informó:

—Podemos continuar. El jurado no tendrá en cuenta la última… apreciación del señor abogado.

—Cuéntenos con sus propias palabras… —Se escuchó un carraspeo en la mesa de la fiscalía— qué pasó la noche en cuestión.

—Nosotros… es decir, mis amigos y yo estábamos bebiendo y llegó Enola con su novia…

—¿Puede señalarnos a la novia de Enola?

—Sí, es esa —marcó con el dedo índice el lugar en el que Lucy estaba sentada.

—¿Y qué pasó después?

—Ella… la acusada…

—¡Señoría! —gritaron Stuart y Jeremy levantándose a la vez.

El juez dio con el mazo un nuevo golpe.

—Señor Phelps, el acusado aquí es usted, téngalo muy presente en lo que resta de juicio, y también el jurado. No toleraré un nuevo ataque de ese calibre, ¿estamos?

—Sí, señoría. Lo siento. Ha sido sin querer, yo…

—Eso lo dudo, joven, pero si esta treta se repite, no se irá de rositas. Siéntense, caballeros.

Stuart y Jeremy tomaron asiento, Lucy pudo escuchar perfectamente a Stuart susurrarle a Jeremy:

—Lo voy a machacar.

—Deja algo para mí —contestó el otro.

—De este, ni los huesos.

—Se nota que es hijo de un abogado, se sabe todos los trucos.

—Eso solo va a hacer que lo disfrute más.

—¿Estamos seguros de que nuestro testigo estrella no se echará para atrás?

—Lo estamos.

—Comparten abogado.

—Lo sé. Forma parte de la estrategia. Tengo un precioso acuerdo con él y con su padre. Lo firmamos con los abogados de la familia, pero todo se ha hecho en secreto.

—¿El hecho de que no lo presentes como testigo de la acusación no puede traer problemas?

—No te preocupes, está controlado.

Lucy volvió a concentrarse en la declaración de Jackson, seguía contando cómo ella lo provocaba con sus bailes, cómo se quitó la camiseta delante de todos. Miró a Stuart desesperada.

—Es mentira… no puedes dejar que diga esas cosas.

—Debo dejar que lo diga, llegará nuestro turno. Mantén la compostura.

Ella no sabía cómo iba a poder escuchar esas mentiras una y otra vez sin explotar. Ojalá le hubiera hecho caso a Stuart, ojalá hubiese llegado a un acuerdo.

—Ella, la chica —continuaba diciendo Jackson—, se plantó delante de mí y se quitó el sujetador mirándome con ganas de que yo la tocara y…

—Señoría, protesto, eso más que un hecho parece una escena de American Pie —se quejó Stuart.

—Señor Jackson, limítese a los hechos, no interprete lo que la chica quería o pensaba.

—¡Pero está mintiendo! —Lucy no pudo evitar levantarse y gritar, quería acabar con la absurda pantomima de una vez por todas.

—Señorita Toyer, cálmese, no me obligue a apercibirla. Tendrá su momento para replicar.

Lucy apretó los dientes y se sentó cruzando los brazos sobre el pecho y con cara de pocos amigos.

—Bien hecho —le susurró Stuart.

—¿Sí? —se sorprendió ella.

—Sí, pero no lo vuelvas a hacer hasta que no te lo diga, y ahora pon cara de arrepentimiento.

—… se acercó y me puso sus… bueno, su pecho en la cara y yo pensé… ella… pues, la toqué y… todo pasó muy rápido. Fuimos hasta el sofá y se tumbó en él, yo me puse encima y lo hicimos, pero ella quería más, así es que, bueno, mis amigos siguieron con ella.

—Cuando terminaron ¿qué pasó?

—Enola le dijo que no quería volver a verla, que era una puta, y la chica se puso a llorar. Yo intenté consolarla, pero se enfadó y se fue.

—Antes de irse ¿les dijo algo?

—Nos dijo que nos arrepentiríamos, que se vengaría de nosotros.

—Gracias, Jackson. He terminado, señoría.

—Señor Lyon, su turno, después tendrá el suyo el abogado particular de la acusación, el señor Jeremiah Hunter.

—Gracias, señoría —dijo Stuart poniéndose en pie muy despacio. Se acercó al estrado con su media sonrisa puesta en la boca. Se metió una mano en un bolsillo mientras que con la otra se rascaba una mejilla—. Jackson, Jackson, Jackson… perdona —le dijo—, ¿puedo llamarte Jackson?

—Sí, señor —contestó el chico levantando la cabeza con pose retadora.

—¿Conocías a la señorita Toyer antes de los hechos?

—No.

—¿No? Tengo que recordarte que estás bajo juramento, chico.

—Señoría, ruego al fiscal que trate con respeto al señor Phelps.

—Me disculpo con el acusado, señoría.

—¡Señoría!

—¿Acaso no es el acusado?

—No ha lugar. Prosiga, Lyon, si es que tiene intención de preguntar algo, claro —le indicó el magistrado.

—La tengo, señoría. Solo quiero asegurarme de que el… acusado es consciente de lo que supone mentir ante el tribunal.

—¿Es usted consciente de lo que supone mentir en el tribunal, señor Phelps?

—Sí, señoría.

—Repetiré la pregunta. ¿Conocía usted a la señorita Toyer antes de la noche de autos?

—La había visto por la universidad unas cuantas veces.

—Entonces, la conocía. ¿Nos ha mentido antes o nos miente ahora? ¿Tiene por costumbre mentir, señor…?

—¡Protesto, señoría! Está acosando al testigo y…

—Al acusado —intervino Stuart.

—¿Qué? —le contestó el abogado.

—Que estoy acosando al acusado, no al testigo.

—No me corrijas, imberbe.

—¡Señores! Acaban de ganarse una multa de mil dólares por cabeza, sigan así y harán rico a este tribunal. Reformule, fiscal.

Lucy se retorcía las manos por debajo de la mesa, no podía apartar los ojos de Stuart y se tuvo que recordar que ella debía mirar al jurado, mostrar sus sentimientos a esos doce desconocidos, entonces se dio cuenta de que los doce estaban hechizados por él. Por Stuart, lo miraban con ansiedad y expectación, a él, solo a él.

—Jackson, entonces quedamos en que sí conocías a la víctima.

—¡Señoría! —se quejó de nuevo el abogado.

Lucy pudo ver cómo Jeremy se tapaba la boca con la mano para esconder una sonrisa. Ella no entendía nada. ¡Pero si no le había hecho apenas preguntas, no había refutado lo que el chico había declarado!

—Reformulo, reformulo. ¿Conocía o no a la señorita Toyer?

—La había visto algunas veces por el campus con Enola.

—Algunas ¿cuántas? —El chico levantó los hombros con indiferencia—. Lo siento, no le he oído.

—¿El fiscal pretende llegar a alguna parte, señoría?

—Conteste con un sí o un no, joven.

—Supongo que bastantes, creo.

—Bien, se había usted fijado en ella, supongo.

—No sé.

—¿No sabe si se había fijado en ella?

—Supongo.

—Es una chica guapa, ¿eh?

—Supongo.

—¿Es cierto que usted les dijo a sus amigos, y cito: «Nunca lo he hecho con una salvaje, tiene que molar»?

—Puede.

—¿Sí o no?

—Sí —contestó el chaval mirando a sus amigos con cara de odio—, pero no significa que yo…

—Limítese a contestar a mis preguntas.

—Pero usted hace que…

—¡Señoría! —lo cortó Stuart.

—Señor Jackson, limítese a las preguntas.

El chico cerró la boca y miró a Stuart con odio reflejado en todo su ser.

—¿Se basta usted solo para satisfacer a una dama o siempre necesita la ayuda de sus amigos?

—¡Señoría! Esto es… insultante.

—Tiene un propósito, señoría.

—Eso espero, Lyon —contestó el magistrado—. Prosiga y no tarde en llegar a algún sitio.

—¿Era la primera vez que sus amigos y usted hacían algo como eso?

—Si refiere a practicar sexo en grupo, sí.

—Me refiero a que, sea lo que sea lo que pasó aquella noche, ¿era la primera vez que pasaba?

—Ya he contestado.

—Cierto. —Stuart se alejó del estrado y se acercó a la mesa en la que Jeremy le esperaba con unos documentos en la mano, sacó del bolsillo un mando a distancia y se dirigió al magistrado—. Solicito permiso para mostrar las pruebas 1a y 1b de la acusación federal y particular conjunta en el caso Toyer contra Phelps, Preston, Mathew, Simpson y James —anunció Stuart dejando en el estrado los documentos.

El juez los ojeó.

—Prosiga —le comunicó.

Stuart accionó el mando y la imagen de una captura de pantalla de unos mensajes de grupo se hicieron visibles para todos.

Un «oh» generalizado se escuchó en la sala.

—¿Puede leer lo que pone, señor Phelps? —le indicó Stuart. El chico apretó los labios y no dijo nada—. Yo lo haré por usted. «Lois: Tíos, hacerlo en grupo es una puta pasada. Richard: Sí, tíos, me encanta que nos follemos a la misma puta. Anthony: No deberíamos hablar de esto por aquí. Enola: creo que tengo algo muy bueno para la próxima. Jackson: Anthony tiene razón, por aquí no. Borrad la conversación».

»Tengo una noticia para usted, Jackson, en el mundo digital nada se borra, nunca. Ahora, tenemos aquí de nuevo otra mentira, porque este chat está fechado antes de la noche que estamos aquí tratando y sospecho que ya sé cuál era la sorpresa que les tenía preparada Enola.

—Señoría, protesto, especulativa —se quejó el abogado, aunque con poca convicción.

—Prosigo —claudicó Stuart avanzando hasta poner la prueba 1b en la pantalla—. ¿Es tan amable de leer lo que pone, señor Phelps?

El chico de nuevo calló.

—Señor Phelps, lea lo que pone la pantalla —le ordenó el juez.

Jackson apretó tanto los dientes que Lucy pensó que podrían rompérsele en cualquier momento.

—«Linda: cómo has podido hacerme esto, yo te quiero. Yo: no te he hecho nada. Linda: me violasteis, me obligasteis a todo, yo no quería, te lo dije. Yo: eso no es cierto, y no pienso hablarlo más contigo. Ve a tirarte a otro pardillo, si es que te quiere alguien, guarra».

—Señoría, quiero incluir a la señorita Linda Vincent en la lista de testigos de la acusación.

—Señoría, la señorita en cuestión no estaba en el lugar de los hechos, no puede testificar nada acerca de lo que pasó.

—Señoría, estoy tratando de demostrar un patrón, y creo que tengo una buena base, además de las mentiras reiteradas del acusado. Él mismo me ha abierto la puerta al hablar del sexo en grupo.

—Señoría, quiere hacer otro juicio con otros hechos diferentes.

—Por los pelos, pero estoy de acuerdo con Lyon. Además, me gustaría recalcar que, acabe como acabe este juicio, el señor Jackson Phelps será procesado por perjurio. Ni una mentira más en mi tribunal, les advierto. ¿Ha terminado el fiscal?

—Ni mucho menos, señoría.

Lucy vio cómo Stuart continuaba hostigando a su torturador, y por primera vez desde que todo ocurrió comenzó a sentir algo diferente al miedo al mirarlo. En ese momento su monstruo menguaba, aquel bicho grande y oscuro que la atormentaba por las noches se estaba convirtiendo ante sus ojos en un pobre y absurdo ser, humillado y acorralado por el fiscal.

Cuando Stuart terminó con él, el chico temblaba como una hoja llevada por el viento.

Fue entonces el turno de Jeremy, se acercó al estrado, colocó una de sus enormes manos en el borde del banquillo y sonrió. Llevaba el cabello suelto, el traje le quedaba a la perfección y en los pies vestía mocasines, no zapatos negros y brillantes, no, mocasines de ante, con dibujos indios.

—¿Estás bien? ¿Necesitas un descanso? —le dijo al chico.

—No, señor —contestó este cuya soberbia había desaparecido hacía ya mucho rato.

—Bien, voy a hacerte unas preguntas y te ruego que trates de ser sincero, ¿de acuerdo? —le insistió con voz melosa.

—Sí, señor.

—Jackson, tú y tus amigos ¿habéis disfrutado más torturando a una nativa o a una blanca?

—¡Señoría! —gritó Rainbow.

El mazo se descargó nuevamente y el juez suspiró con resignación.

 

Los siguientes días fueron un calco de este último: cada uno de los chicos subió al estrado, se sentó en el banquillo y repitió la historia que en un principio había contado su amigo Jackson, también Enola lo hizo, y a Lucy se le escaparon las lágrimas sin poder evitarlo, ella había pensado que sería él el que al final se habría echado atrás, pero no; por algún motivo eso le dolió aún.

Ellos no mintieron acerca de que era la primera vez que lo hacían, eso lo habían aprendido ya. Cuando les tocaba el turno a Stuart y Jeremy, primero uno y luego el otro, los destrozaban con conversaciones entre ellos y con algunas chicas y desmontaban su fachada de cachorros de pedigrí. Tan solo faltaba Anthony.

—Señoría, la defensa llama a Anthony Preston.

El chico subió al estrado con menos apostura que los otros, se notaba que el abogado defensor no había querido hacerlo hasta el último momento, no se fiaba de él, pero necesitaba que todos dieran la misma versión, era imprescindible para llevar el caso a buen puerto.

—Anthony, siento mucho lo que estáis pasando. —Hizo una pausa esperando la protesta de su colega, pero no llegó, y por algún motivo, eso lo puso nervioso—. Quisiera que nos contaras con tus propias palabras cómo pasó todo. Tómate tu tiempo, no te agobies.

—Yo… Enola llegó con su nueva novia, había estado un tiempo detrás de ella y por fin había conseguido que aceptara salir con él. —En ese momento hizo un alto y dirigió una mirada hasta ella, articuló un lo siento que a Lucy no le dijo nada—. Nos la presentó, le pusimos una copa, ella nos dijo que prefería un refresco y… bueno, le pusimos los polvos dentro para que no la liara mucho y…

De nuevo un «oh» de estupor se generalizó en la sala, el jurado se unió al sobresalto, incluso el juez gimió con estupor. El único que se mantuvo impasible fue Stuart.

—Señoría, solicito que se declare al testigo hostil —pidió Rainbow.

—Nuevamente le recuerdo que no es un testigo, es un acusado —le contestó el juez.

—Un receso, pido un receso para procesar esta nueva información que no sabía.

—No es problema del jurado que usted no haya hecho su trabajo, señor abogado.

—Pero, señoría… —Se volvió hacia Stuart, que se mantenía calmado con los brazos cruzados y disfrutando del espectáculo—. ¿Tú lo sabías?, ¿has actuado a mis espaldas? Anthony —se dirigió de nuevo al estrado—, ¿has llegado a un acuerdo con la fiscalía?

—Me temo, señor Rainbow —le interrumpió el juez—, que esta nueva pregunta tendrá que esperar a que termine de contestar la primera que usted le hizo. Continúe, señor Preston.

—Pero, señoría…

—Le apercibo, Floyd. Vamos a continuar, que tengo hambre y se hace la hora del almuerzo. Señor Preston.

—Ella nos dijo que se había mareado y que no se sentía bien…

Lucy desconectó, no quería volver a escuchar, y de boca de sus agresores, lo que había temido soñar cada noche, la noche en que todo pasó. No quería revivir el momento en que la desnudaron desgarrándole la ropa, ni cuando había despertado de lo que ella pensaba que era una pesadilla, solo para darse cuenta por el peso de otro cuerpo sobre el de ella de que, en realidad, la pesadilla continuaba. En algunos momentos quiso morir, porque sabía que así terminaría todo, y cuando pensó que por fin era libre, solo descubrió que su condena era perpetúa, que nunca olvidaría aquella noche, que nunca dejaría de revivir el horror.

—Ahora le repito mi pregunta anterior, señor Preston —escuchó Lucy que decía el abogado defensor—, ¿ha llegado a un acuerdo con la fiscalía para dar este testimonio?

—Sí, lo he hecho.

—No hay más preguntas, señoría.

—Su turno, fiscal.

—Anthony, puedes decirle al jurado en qué consiste el acuerdo al que hemos llegado por decir la verdad.

—Señoría, no está demostrado que sea la verdad. Es solo su versión.

—De acuerdo. Anthony, por favor, explica el acuerdo.

—Cumpliré mi condena íntegra en un centro de rehabilitación de conductas.

—Señoría, el fiscal no presentó al acusado en la lista de sus testigos.

—Ha sido algo de última hora, señoría. El chico ya estaba presentado como testigo de la defensa.

—Debiste informar.

—No me has dado tiempo.

—Ya basta. Lo voy a permitir, con muchas reticencias ante la maniobra del fiscal, pero el resultado, al final, habría sido el mismo. Le concedo cuarenta y ocho horas para refutar este testimonio, Rainbow. Continuaremos el lunes a las nueve de la mañana.

Tras el mazazo de rigor el juez desapareció por la puerta ante el estupor de la sala por todo lo acontecido.

 

La maniobra de la defensa fue intentar demostrar que Antony estaba desequilibrado y era adicto a ciertas sustancias, lo que aprovechó Stuart para demostrar que todos tenían acceso a la droga que usaron con Lucy para atontarla. Rainbow tuvo a bien no incidir en el hecho de que no se hubiera presentado al acusado en la lista de testigos de la acusación, ya que él mismo había aleccionado al chico para que mintiera en el estrado, era consciente de que con mucha probabilidad esto era algo que Lyon sabría, por lo que se abstuvo de acusar de nada a Stuart.

Linda testificó que también ella había sido víctima de los chicos, y como ella, otras tres jóvenes más.

Ante las preguntas de Stuart, Olga Kierlovsky habló de los ataques de pánico de Lucy, de cómo se sintió, además de humillada y ultrajada, traicionada por su novio, su gente. De lo difícil que le sería adaptarse a vivir con lo que pasó.

El miércoles era el día en el que Lucy iba a subir al estrado.