Mi yo contigo
Capítulo 15
Una nueva prenda
El rítmico trotar de Survivor relajaba a Lucy más que ninguna otra cosa, más incluso que las sesiones con Olga. La había llamado nada más levantarse esa mañana, antes de salir a montar; la doctora Kierlovsky había contestado al teléfono enseguida como era su costumbre.
—Doctora Kierlovsky —le había dicho.
—Doctora, soy Lucy.
—Hola, Lucy. Buenos días. ¿Cómo has amanecido esta mañana?
—Bien.
—Me alegro. ¿Quieres contarme algo?
—En realidad… anoche pensaba que me costaría dormir, pero no fue así.
—Y ¿por qué pensaste que te costaría?
—Fue un día… intenso.
—¿En qué sentido, Lucy?
—Ayer me dijo el fiscal que cabía la posibilidad de que llegáramos a un acuerdo.
—¿Cómo te hace sentir eso?
—Frustrada.
—Y ¿sabes por qué te sientes así?
—Creo que quiero pelea. ¿Eso está mal?
—Ni mal ni bien. Los sentimientos son sentimientos, no se les juzga, lo que se juzga es lo que hacemos con ellos. ¿Qué vas a hacer tú?
—Quiero machacarlos. Quiero que vean que no han podido conmigo, quiero… quiero volver a tener el control.
—¿Y qué opina el ayudante del fiscal?
—Él quiere juicio porque piensa que le vendrá bien la fama y todo lo que conllevará cuando gane.
—Es bueno saber que está seguro de ganar, pero tú debes prepararte para cualquier eventualidad.
—Eventualidad —repitió Lucy. Una forma como otra cualquiera de decir putada—. Jeremy y los demás prefieren que lleguemos a un acuerdo, dicen que el juicio será muy duro para mí.
—El juicio será duro, pero tú estás preparada si es lo que quieres.
—Es lo que quiero.
—Habla con tu abogado, dile lo que sientes y lo que necesitas, te apoyará, pero debes decírselo.
—Gracias, Olga.
—Yo también estaré contigo, Lucy. Y ese fiscal tuyo es muy bueno, los va a moler a palos.
Lucy se rio.
—Lo es. Voy a llamar a Jeremy. De nuevo, gracias.
Hubo un silencio durante el cual la doctora se preguntó si no había algo más que Lucy necesitara hablar, no sabía por qué, pero le había dado esa impresión.
—¿Quieres contarme algo más?
—Yo… Stuart… ayer…
De nuevo se hizo el silencio.
—¿Lucy?
—No es nada, nada. Adiós.
—¡Lucy!
Pero Lucy ya había interrumpido la comunicación.
En ese momento miraba el arroyo, sentada tal y como había estado con él. Desde que la había besado el día anterior, pensaba en Stuart de otra manera, no podía dejar de sentir las ridículas mariposas de las que hablaban en las películas y los poemas de amor.
Sabía que no era un hombre cariñoso, no se lo había parecido en ningún momento, pero la forma en que la había abrazado, la manera de besarla, a ella, no lo había considerado unas prácticas. Y pensar que solo unos meses antes sentía miedo con solo verlo…
Había cambiado, ahora era capaz de distinguir quién le había hecho daño, habían sido ellos, esos idiotas, salvajes, niñatos. Ojalá pudiera enfrentarse con ellos en el ring, les daría un golpe tras otro, sabía que su ring iba a ser el estrado y sabía, igualmente, que ella también iba a recibir, pero estaba preparada, quería hacerlo, necesitaba volver a ser la persona que era antes de la agresión, aunque era consciente de que eso no era posible, porque los recuerdos no se iban a evaporar como por arte de magia. Siempre los llevaría consigo, siempre la perseguirían.
Se puso en pie y se acercó a Survivor, le acarició el largo cuello y le susurró lo mucho que la quería, lo muchísimo que la necesitaba.
Debía tomar tres decisiones sobre su futuro.
Decisión número uno, apoyó un dedo en el cuello del animal: hablar con Jeremy; cogió su móvil y le mandó un mensaje que compartió con Stuart, para verlos a ambos a la vez. Al instante tenía dos mensajes nuevos, en uno Stuart los citaba a los dos en su despacho a las cuatro de la tarde, en otro Jeremy decía simplemente ok.
Decisión número dos: salir con Charlie, debía averiguar qué se sentía estando nuevamente con un chico, y era necesario comenzar por alguien más fácil que Stuart, pero con el que, a la vez, no se sintiera del todo segura, después de todo no conocía tanto a Charlie.
Decisión número tres: iba a volver a besar al fiscal.
Eso dibujó una sonrisa en sus labios antes de montar de nuevo a Survivor y volver al rancho.
Stuart miró su reloj de oro Cartier, eran las cuatro menos veinte, había salido a almorzar a las doce, aunque apenas había probado bocado. Al pasar por el despacho del fiscal Jake Murdock vio a través del cristal que estaba reunido con Laura, sintió un dolor agudo en la espalda, como si le acabaran de clavar un puñal, y probablemente así fuera. Podía interrumpirlos y enterarse de qué tramaba Laura o podía seguir su camino hacia el puesto de perritos de la esquina. Siguió hasta el puesto de perritos, pero no pudo comer, el cuchillo de su espalda se sumergía más y más hondo con cada pequeño bocado, finalmente lo tiró a la papelera y volvió al despacho. Decidió que tras su reunión con Lucy y Jeremy trataría de hablar con Jake.
Suponía que Lucy quería hablar acerca del acuerdo, y la verdad era que todavía no le había preguntado a su jefe qué quería hacer él, estaba esperando a tenerlo todo bien hilado, al fin y al cabo, es lo que hacía siempre. Jake no esperaba que sus adjuntos le estuviesen dando la murga a cada paso. Eran más de ochenta abogados federales adjuntos en la circunscripción norte por solo una cabeza al mando, una cabeza que podría ser la suya el año que viene; con la recomendación del propio Jake y la repercusión que pensaba darle al caso de Lucy, estaba seguro de que el senado ratificaría su cargo. Salvo que ese cuchillo que sentía en su espalda decía otra cosa.
Se sacudió esos pensamientos y abrió el expediente por la declaración que le había sacado al eslabón débil, una declaración que el chico ratificaría en breve ante el gran jurado. No dudaba de que el veredicto del jurado de acusación les permitiría seguir adelante, pero sería duro para Lucy porque se sentiría juzgada dos veces, porque sí, no se engañaba, en este tipo de casos eran juzgados tanto los acusados como las víctimas.
Sonaron unos golpes en la puerta y esta se abrió dando paso a Rina, detrás de ella entraron Jeremy y Lucy.
Stuart observó a Lucy, tenía gesto de luchadora: mandíbula apretada, ojos achicados, aletas de la nariz agrandadas; estaba claro que ella y Jeremy habían mantenido una pequeña discusión, la chica tenía ganas de pelea, pensó en cuánto había cambiado desde que la conocía. La seguridad en sí misma que mostraba ahora ni siquiera se podía adivinar cuando empezó todo, cuando como un ratoncito asustado no se atrevía ni a mirarlo a la cara. El corazón comenzó a galoparle en el pecho.
—Buenas tardes, ¿queréis sentaros? Rina, ¿nos traes unos cafés, por favor? —indicó Stuart.
Jeremy le retiró una de las sillas a Lucy y, después que se sentara la muchacha, lo hizo él.
Se quedaron en silencio unos minutos hasta que la secretaria irrumpió de nuevo con una bandeja con tres tazas que dejó sobre la mesa antes de salir. Ninguno hizo ademán de cogerlas.
—Quiero ir a juicio —declaró Lucy con tono autoritario.
—Está bien —resolvió Stuart—, pero vamos a valorar pros y contras en cada una de las situaciones. Para eso hemos venido.
—No me vais a hacer cambiar de opinión —apostilló ella.
—Me rindo —afirmó Jeremy—, si es lo que quieres iremos a juicio, penal y civil, pero tienes que ser consciente de a qué te vas a enfrentar.
—No será peor de lo que ya viví —aseveró Lucy, con voz calma.
—Seguramente será algo así como revivirlo y con alguien que va a tratar de que los jurados te vean como a una buscona que se merecía lo que le pasó, mientras que ellos se mostraran como chicos jóvenes con ganas de pasarlo bien y un futuro prometedor que tú te estás cargando —la informó Stuart sin imprimir ningún tipo de sentimentalismo a su voz.
—Yo no me estoy cargando nada, ellos lo hicieron cuando me violaron. Y no soy ninguna buscona, y aunque lo fuera no me habría merecido lo que hicieron.
—Tienes razón, pero es así como lo va a plantear la defensa de los chicos. Y saldrán un montón de testigos para ratificarlo como si fueran hechos probados.
—¿Qué testigos? —quiso saber ella.
—Compañeros de clase, tutores, expertos en comportamiento… todo el que pueda avalar su teoría.
—Pero eso son opiniones, no hechos…
—Pero es lo que va a pasar, Lucy —intervino Jeremy—, tienes que estar preparada. Por eso Stuart ha insistido tanto en que te hicieses fuerte y confiases en él antes de ir a juicio, por eso ha estado posponiéndolo tanto, pero ya no tenemos más tiempo. Y tienes que decidirte ya —levantó una mano para que Lucy no le interrumpiese—, y tienes que hacerlo sabiendo a qué te vas a enfrentar.
—Lo estoy. Por eso os he citado a los dos hoy. Quiero hacerlo y deseo que sea cuanto antes. Estoy preparada. No, estoy algo más que eso. Tengo ganas, quiero machacarlos, puedo hacerlo, tú lo sabes, Stuart.
—No será fácil, Lucy.
—¿Te estás echando atrás? ¿Eres tú el que no tiene lo que hay que tener, ayudante?
Jeremy contestó por él.
—No estás siendo justa con Stuart, Lucy. ¿Sabes cuántos casos de chicas indígenas llegan al tribunal en todo Estados Unidos? Prácticamente cero. Tenemos suerte de que George le convenciera, el tribunal tribal solo habría podido juzgar al chico indio y no le habría caído más de un año. Con un acuerdo podemos conseguir cuatro años y resarcimiento económico y podrás dejarlo todo atrás. Solo quiero que lo pienses.
—¿Que lo piense? ¿Crees que soy capaz de hacer otra cosa que pensarlo? —Lucy se levantó de la silla y fue hasta la ventana—. No voy a darte las gracias por ser el único que cumple con su obligación, Stuart.
—No lo pretendo, no quiero tus gracias, quiero ganar —declaró el fiscal.
—Y yo. No voy a derrumbarme —aseguró la joven.
Ambos dirigieron su mirada hacia Jeremy, que levantó los brazos derrotado.
—Está bien, cabezones. Iremos a juicio.
—Ya que estamos reunidos vamos a ensayar. Jeremy será el fiscal y yo seré el abogado defensor de los agresores, y es mi turno de preguntas, Lucy.
»Cuando contestes debes mirar al abogado y enseguida hablar para el jurado, míralos a los ojos, como si estuvieses hablando con cada uno de ellos. Si ves que hay alguno que te sonríe o te mira con admiración habla con él como si fueseis viejos amigos. De tú a tú. Imagina que se lo estás contando a tu madre o a Candy, no son desconocidos, son tus amigos, tus mejores amigos. Está bien que se te caigan las lágrimas, pero nada de llantos histéricos ni de perder los nervios, si ves que el abogado te saca de tus casillas, respira como te ha enseñado la mujer rara esa del pelo azul, cierra los ojos, cuenta hasta diez, mírame a mí, lo que te funcione, pero no pierdas los nervios o te hará decir lo que no quieres. Yo estaré preparado para interrumpirle cuando se pase contigo, pero eso de que el jurado no tendrá en cuenta las últimas palabras es una mentira como una casa. Uno no puede evitar escuchar lo que ha escuchado y lo tienen en cuenta, siempre.
Se levantó y colocó una silla en el centro de la estancia.
—Siéntate, Lucy.
—Estoy bien así.
—Vas a tener que encontrar el punto medio entre ratón asustado y Xena la princesa guerrera.
Lucy lo miró con cara de odio y se sentó en la silla. Se sentía incómoda. Vio a Stuart acercarse a la puerta y lo escuchó llamar a Rina. Colocó una silla a la izquierda de la suya y un butacón Chester a la derecha. La secretaria entró con alguien a quien era la primera vez que veía, Lyon le indicó al hombre que se sentara ahí y a la mujer en el butacón.
Rina sería la jueza, y el desconocido, el jurado. Le dijo que no la iba a corregir esta primera vez, solo iba a observarla actuar, pero que luego lo repetirían hasta que él estuviera satisfecho.
—¿Te avergüenzas de algo, Lucy? —le preguntó.
—¡No!
—Entonces, ¿por qué has bajado la mirada cuando me he acercado?
—¡No lo sé! —contestó la chica retorciéndose las manos.
—Lucy, recuerda las normas básicas antes de comenzar y procura someterte a ellas. Me mirarás a los ojos y después mirarás al jurado para contestar, y lo harás transmitiéndoles tu mensaje. Ahora, dime: ¿estás preparada? ¿Tienes el control?
Lucy respiró hondo y lo miró a los ojos imbuyéndose de su calma.
—Lo tengo.
—Entonces, ahora sí, comencemos.