Mi yo contigo

Bela Marbel · Capítulo 26 de 30

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Mi yo contigo

Capítulo 25

 

Se acaba el juego

 

Lester, sentado a un lado de la cama, arropó a Lucy y le dio un beso en la frente.

—Intenta dormir, mañana será tu gran día —la animó.

—Estoy muy nerviosa —confesó ella.

—Tranquila —intervino Leo—. La infusión te hará efecto en unos minutos y te quedarás roque como un bebé.

—Espero que como un bebé de los que sí duermen —se rio Lester.

Lucy dejó aparecer algo parecido a una sonrisa, Lester tenía el poder de relajarla.

—¿Qué te ha dicho el estirado sobre el juicio? —le preguntó Leo.

—El estirado es Stuart, por si tienes dudas —le aclaró Les.

—No lo llames así, él no es un estirado, solo es… no sé…

—¿Tieso? —aportó Lester.

—¿Engreído? —apostilló Leo.

—¿Tirano? —incluyó Les.

—¡No es así! —lo defendió ella elevando la voz.

Los chicos sonrieron.

—Tal vez te quedes más tranquila si hablas con él. ¿Por qué no lo llamas? —le aconsejó Leo.

—No sé, desde que comenzó el juicio casi no hemos hablado, dice que no quiere influir en mi testimonio, que está perfecto tal y como lo ensayamos. No me habla mucho, la verdad.

—Además de estirado, tonto de remate —insistió Leo.

—¡Leo! —se quejó ella.

—Perdón, pero es verdad. —Leo se sentó en la cama al otro lado de la chica—. ¿Estás muy enamorada? —le preguntó directamente.

Lucy sintió el rubor subir por su cuello hasta cubrir todo su rostro. ¿Lo estaba? Había estado pensando en eso durante bastante tiempo últimamente. El corazón se le expandía en el pecho cada vez que lo veía. No podía quitarse de la cabeza el beso que compartieron, y sobre todo, quería más, mucho más de él. Todo su cuerpo lo reclamaba y eso era algo que ella había perdido la esperanza de volver a experimentar.

—¿De quién? ¿Del chico de gimnasio? —quiso saber Lester.

Ella negó con la cabeza y miró a Leo con una sonrisa pícara.

—No lo entiendo, aunque me alegro por ti, porque sé de buena tinta que él tiene enfermo el corazón por tu culpa —le confesó Leo.

—No estaréis hablando del tonto del culo, ¿verdad? —insistió Lester.

—¡Que no lo llames así! Además, deberías sentir empatía con él, a ti tampoco te aprobábamos para Leo.

—Y teníais razón, no lo merezco, como el tonto del… perdón, el fiscal, no te merece a ti, aun así es un tío muy tonto. Por no decir gilipollas.

—A mí me gusta así de tonto.

—Y de gilipollas.

—Sí, también.

—Chica, estás perdida —le advirtió Lester mientras negaba con la cabeza.

—El estirado es buen tipo, y está loco por ti, pero vas a tener que sacar ese carácter recién descubierto que tienes, para hacérselo ver. Es un poco obtuso —le confesó Leo.

—¿Cómo sabes que está loco por mí? Nunca me ha dado una señal.

—Ya te he dicho que es un obtuso. No puedo decirte cómo lo sé, pero confía en mí, es así. Y ahora a dormir.

Leo notó cómo a Lucy se le borraba la sonrisa y una nube de tormenta pasaba por sus ojos.

—¿Quieres que nos quedemos un rato contigo? —le preguntó.

—¿Lo haríais?

—Por supuesto —contestó Leo.

—¿Ah, sí? —preguntó Lester.

—Gracias, sois los mejores amigos. Después de todo, esta horrible experiencia me ha dado una segunda familia.

—Tu familia te quiere, Lucy.

—Lo sé, pero esto… es demasiado para ellos, no han podido afrontarlo. Habrían sido más felices si hubiera hecho como si no hubiese pasado. Ellos… querían que no removiese las cosas.

—Cada cual afronta las penas a su manera, no los juzgues, de verdad, los he visto sufrir contigo en el juicio, si pudieran borrarían esa parte de tu vida, y se culpan, no pudieron protegerte y no es fácil admitirlo para ellos.

—Leo, eres el mejor, de verdad.

—¡Eh! Que yo soy tu amigo antes que él —se quejó Lester.

Ella sonrió y se giró hacia Lester para darle un beso en la mejilla, luego viró hacia el otro lado e hizo lo mismo con Leo.

—Creo que ahora podré dormir —dijo cerrando los ojos mientras los cogía de las manos.

—No sueñes con el fiscal, que de angelito no tiene nada —apostilló Lester.

Lucy sonrió y cerró los ojos, pensando precisamente en su demonio de hombre, porque era suyo, o lo sería. En cuanto terminase el juicio…

 

No pasó mucho tiempo hasta que Leo se dio cuenta de que el ritmo de la respiración de Lucy había cambiado, por fin se había dormido, la chica estaba exhausta, pensó. Iba a decírselo a Les cuando escuchó un silbido, era el ronquido de Lester que también se había dormido, sonrió, su novio había aprendido a dormir después de tantos años, lo hacía durante toda la noche y además había cogido algo de peso, ya no era el saco de huesos andante que vagaba por el mundo con los pantalones colgando. Lo observó a placer, se fijó en que los vaqueros le sentaban genial, casi podía parecer que tenía algo de culito. Se decidió a despertarlo y llevarlo a su cama. Por fin arreglarían el tema que tenían pendiente tras el celibato impuesto por Olga Kierlovsky, y esa noche Lester sería suyo.

Se levantó y fue al baño, tras vaciar la vejiga se lavó las manos y los dientes, se peinó el rebelde cabello hacia atrás y se quitó la camiseta, se había duchado cuando volvieron del juicio. Estaba preparado, entonces, ¿por qué estaba tan nervioso como si fuese la primera vez? Llevaba toda la vida acostándose con ese hombre, lo conocía como a él mismo y, aun así, sentía un nudo en el estómago. Como si lo hubiera conjurado vio la imagen de Lester reflejada en el espejo.

Le sonrió y fue hacia el váter, se abrió el botón y la cremallera y vació la vejiga.

—¿Quieres intimidad? —le dijo Leo con tono irónico.

—Lo siento. ¿Te molesta? —le contestó Lester.

—Supongo que no —afirmó Leo mirándolo directamente ahí.

—Si sigues mirándome así no voy a poder.

—Haberlo pensado antes.

—Pues no te quejes si no doy en la diana.

Leo puso los ojos en blanco.

—Eres incorregible, Les.

—Y por eso te gusto —aseveró colocándose todo en su sitio, pero sin molestarse en abrochar los pantalones. Se acercó al lavabo y se lavó las manos—. ¿Sabes? Estoy tan nervioso como la primera vez que nos acostamos. —Leo soltó una carcajada—. ¡Sh! Calla, no vayas a despertar a Lucy.

—Vamos a tu habitación —le ordenó Leo cogiéndole de la mano.

—Nuestra habitación —lo corrigió Lester.

En cuanto entraron, Leo se volvió y cogió la cara de Lester entre sus manos.

—¡Dios! No te imaginas las ganas que te tengo —le confesó.

—Leo, estoy a punto de correrme en los pantalones como un adolescente cachondo, así es que no te pongas explícito, por favor.

Leo se rio en su boca. Bajó las manos por la espalda de su amante hasta agarrarle el culo para sobarlo a placer.

—Leo, cielo, esto va a ser rápido, ya nos entretendremos en el segundo.

Lo llevó hasta la cama y lo tumbó poniéndose encima de él.

Leo quería tomarlo, siempre había sido al revés, Lester huía de la entrega que requería darse, pero ahora Leo necesitaba saber si él estaba preparado para ello. No físicamente, ya que llevaban toda la vida jugando, y habían llegado bastante lejos, pero Les siempre se arrepentía al final y terminaba siendo él el que dominaba la situación.

Se decidió y con un hábil movimiento intercambió su postura.

—Quiero tenerte. ¿Estás preparado? —le dijo.

Lester sonrió con picardía y afirmó con la cabeza. Leo buscó una sombra de duda en los sinceros ojos de su amante, pero no la encontró.

Ambos estaban impacientes, se quitaron la ropa con premura y Leo preparó su momento con mimo, tiento y mucho amor. Cuando por fin entró en su amante, lo miraba directamente y todo quedó dicho entre ellos; desde ese momento, el pasado se evaporó para prometerles un futuro lleno de esperanza. Se movió con cuidado mientras lo tocaba y lo excitaba aún más con la boca y las manos.

Lester se agarró al cabecero de la cama y con un pequeño rugido se dejó ir, Leo se fue detrás, escucharlo correrse estando aún dentro de él fue la gota que colmó el vaso de su contención, no pudo evitar gritar.

Realmente, para ellos, había sido una primera vez. Y eso tenía que agradecérselo a Kierlovsky, aunque por momentos la hubiera odiado en las últimas semanas.

 

Quería mover los brazos, pero no podía. Una fuerza ajena la sujetaba. Iba a pasar de nuevo, aquellos chicos la acosaban, la amenazaban con hacerle daño si gritaba. Uno le tapaba la boca y ella intentó morderle, pero no lo consiguió, sintió que su cuerpo se cubría de una pátina de sudor frío y que perdía el sentido, comenzó a caer en un agujero negro que le era conocido; necesitaba ir con su querida Survivor, debía alejarse con ella hacia alguna parte en la que pudiera estar a salvo.

Escuchó de fondo el sonido de unas voces que la llamaban, eran voces conocidas, pero el fondo del túnel la atraía y no la dejaba salir. Y ella quería salir, lo quería con todas sus fuerzas. No sabía cómo había pasado, pero ahora estaba montada en su preciosa yegua y corría hacia ninguna parte, y las voces seguían diciendo su nombre.

—¡Lucy! ¡Despierta! —gritó Lester zarandeándola.

—Despacio, Les, deja que vuelva poco a poco.

Les miró el vaso de agua que había sobre la mesita e hizo amago de cogerlo.

—Ni se te ocurra, déjala volver a su ritmo.

—Pero está sufriendo…

—Les, déjala. Saldrá cuando tenga que salir. Solo llámala. Di su nombre, hazle saber que estás aquí con ella, poco a poco su cerebro procesará la información y sabrá lo que es cierto y lo que es sueño.

—¡Joder, Lucy! Despierta de una puta vez.

—O grítale sin compasión —ironizó Leo.

—¡Lucy! Es solo una pesadilla, despierta, coño.

Lucy abrió los ojos, le había parecido escuchar a Lester llamándola y diciendo las barbaridades a las que la tenía acostumbrada. Decidió parar su huida y volver con él antes de que le explotará la vena del cuello, cosa que, por el aspecto que le vio, no tardaría mucho en pasar. A su pesar, sonrió.

—Hola, Les. ¿Te he asustado? —le preguntó acariciándole es rostro.

—¡Joder, nena! Me he cagado en los pantalones —le confesó atrayéndola hacia él para abrazarla.

—Con el tiempo, te acostumbras, ¿sabes?

—No digas eso, esto pasará. Como todo lo demás, quedará atrás y será solo un mal recuerdo, al que nunca, escúchame bien, nunca, acudirás. ¿Lo prometes?

—Lo prometo —le sonrió ella.

—Ahora en pie, dormilona. Nos espera un gran día —intervino Leo—, y he preparado un desayuno espectacular con las cuatro cosas que tiene este en la nevera. Lester, pon la mesa.

—Me pone un montón que me des órdenes —le contestó este dándole una palmada en el culo.

Lucy saltó de la cama y los abrazó a ambos a la vez.

—Os quiero, chicos. Mucho.

 

Lucy miró al público sentado en la sala y se sintió arropada. Al principio, al sentarse en la incómoda silla de madera en el estrado, no pudo evitar que su vista se dirigiera a los acusados, una ola de pánico amenazó con ahogarla y en ese momento la voz de Stuart se coló en su cabeza. «Cada vez que te sientas intimidada por ellos o su abogado, mírame a mí, a la gente que te quiere y te apoya, y luego al jurado, ellos son tus aliados, gánatelos, haz que te quieran, eso sabes hacerlo muy bien». Hasta ese momento no se había preguntado qué quería decir con ello el fiscal, pero ahora, tal vez…

Vio a sus padres cogidos de la mano y se dio cuenta de que Leo tenía razón, les había costado aceptar la situación, tal vez no le habían dado el apoyo que ella necesitaba, pero lo hicieron lo mejor que pudieron, y ahí estaban, con ella. Su padre engalanado con algunas plumas de águila en las trenzas y su madre con un precioso collar de cuentas que no paraba de mover entre sus dedos enlazados con los de su padre.

A su lado, Candy y Byron, que habían sido su gran apoyo cuando todo se empezó a desmoronar a su alrededor; los seguía el ranger, George, y su esposa. Él había sido el que la convenció para denunciar los hechos, todavía no sabía si debía agradecérselo. También estaban el Gigante rubio y Beatrix, el Gigante había sido para ella una especie de roca de seguridad cuando comenzaba a caminar de nuevo. Al otro lado de este estaba su inseparable ayudante en el taller mecánico y esposa de Jeremy, Roxie. Y, por supuesto, Leo y Lester, que consideraba ya sus mejores amigos. En la mesa del fiscal, Stuart y Jeremy se hablaban en susurros.

Como si una fuerza los atrajera, justo cuando ella lo miró, Stuart levantó la vista y le sonrió. Era todo lo que Lucy necesitaba para llenarse de valor. Entonces él hizo un gesto casi imperceptible con el rostro y Lucy se acordó. Se giró un poco en su silla y le dedicó al jurado la más tierna de sus miradas.

—Buenos días, Lucy. Voy a hacerte algunas preguntas acerca de lo que ocurrió la noche de autos. ¿Estás de acuerdo? —le preguntó el abogado de los acusados.

—Sí —contestó Lucy.