Mi yo contigo
Capítulo 19
Prenda
Lester se preguntó cómo diablos había dejado que Leo le convenciese para hacer eso allí cuando vio a la mujer de pelo azul y abalorios llamativos salir de su despacho y decirles que pasaran.
—Buenas tardes, señores. Mi nombre es Olga Kierlovsky.
—Encantado de conocerla —le contestó Leo con un efusivo apretón de manos—. Candy me ha hablado mucho de usted.
—Espero que bien.
—Por supuesto —contestó el joven.
—¿Y tú eres…? —dijo Olga forzando a Lester a presentarse al extender la mano hacia él con esa pregunta a medias.
—Lester Shaw —confirmó Les con un seco y corto, aunque contundente, apretón.
—Lucy me ha dicho que necesitabais verme hoy. Por lo general no trabajo los sábados, pero estoy dispuesta a hacerle un favor a una amiga.
—¿Es el momento de preparar un extra en la billetera? —le preguntó Lester.
—¡Les! —gritó Leo.
En cambio, la mujer, se rio sonoramente.
—No lo dudes, joven. Pasad, por favor.
Pasaron a la acogedora y luminosa oficina de la psicóloga y se quedaron de pie en el centro mirando a su alrededor los alegres cuadros que decoraban la pared, el rincón en el que un cojín gigante descansaba sobre el suelo y la zona que dedujeron sería de terapia, en la que se hallaban tres sillones cómodos y mullidos formando un círculo. Era evidente que habían preparado la estancia para la reunión, el olor a incienso dulce y penetrante comenzó a relajarles los músculos y los sentidos.
—Tomad asiento, por favor —les indicó la doctora.
Leo se sentó en una de las butacas mirando a la ventana, Lester escogió el cojín en el suelo, Olga seleccionó el asiento que triangulaba la posición de los hombres y tomó su libreta de notas antes de dirigirse a Lester.
—¿Sabes por qué está ese cojín ahí?
—¿Para decorar?
—No. Una de las mejores y más productivas e impactantes sesiones que he vivido tuvo lugar en ese rincón, en ese momento decidí que si alguien quería vivir su experiencia en esa esquina mejor sobre algo mullido y cómodo ¿no te parece?
—Es muy práctico —contestó Les.
—¿Ambos habéis venido por voluntad propia? —quiso saber la mujer.
—Yo sí —contestó Leo.
Pasó un minuto de silencio.
—¿Y tú? —le insistió Olga a Lester.
—Yo prefería la intimidad de nuestro apartamento. Sin testigos.
—Es mi apartamento, Les —aclaró Leo.
—Su apartamento —puntualizó el otro.
—En realidad deberías verme más como una brújula que como una testigo. Por lo que me habéis dicho por teléfono, tú en concreto ya has hecho mucha terapia en incluso sigues yendo a un grupo de apoyo y a alguna sesión con un colega mío, ¿cierto?
—Sí, pero es diferente.
—¿Por qué es diferente?
—Porque eso va de mí y esto… —declaró señalándolos a los tres— esto va de nosotros —ahora con un dedo dejó claro que hablaba de ambos hombres.
—Aún no existe un nosotros —aseguró Leo.
—¡Por el amor de Dios, Leo! ¿Por qué insistes en negar la evidencia?
—Lester, que nos entendamos en la cama no significa que nos vayamos a entender en el resto de la vida. Eso es lo que hemos sido siempre: cama, cama, y más cama. ¡Estoy harto, joder!
—Ahora eres tú el que solo quiere eso, para mí lo de escondernos es historia.
—Yo no me escondía, capullo.
—¿Desde cuándo dices tantos tacos?
—No empieces tú también con eso.
—¿También?
—Sí, también. Jordan dice…
—Acabáramos, ya apareció el gran doctor.
—¿Qué tal si nos centramos en un tema cada vez en lugar de hacer un compendio de ellos y dejarlos todos a medias? —propuso Kierlovsky.
—Está bien, hablemos del doctorcito. ¿Qué coño haces con ese tío?
—Hemos venido aquí para tener la conversación que me debes desde que estabas en rehabilitación, no para hablar de Jordan.
—Pues yo quiero hablar de lo que te crees que estás haciendo con él.
—Atención, noticia de última hora: lo que tú quieras me importa una mierda.
—Ya estamos con los tacos…
—¡Ahhh! ¡Eres insufrible!
—¡Ya te dije que no estaba preparado para esto! No contigo.
—¡Chicos, chicos! Vamos a parar y calmarnos un momento. Respiremos juntos. —La doctora exageró el gesto para que los hombres la siguiesen—. Inspirar, uno, dos, tres, cuatro… Mantener, cinco, seis, siete… Espirar, ocho, nueve, diez… Muy bien, vamos por partes. Leo, dinos de qué exactamente necesitas hablar tú.
—Quiero saber por qué me apartó.
—Díselo a él, cariño. Está aquí, delante de ti, te está escuchando —dijo haciendo un gesto con los dedos a Les, que lo mantuvo en silencio y expectante.
Leo carraspeó y comenzó de nuevo.
—Quiero saber por qué me alejaste durante la recuperación y por qué me dijiste todas esas cosas horribles la última vez que nos vimos, tras la noche en que Dustin intentó matar a Byron y Candy, cuando todo explotó en nuestras narices.
A la pregunta lo único que siguió fue el silencio.
—¿Lester? ¿No quieres contestar? —indagó Olga.
Lester miró al suelo y comenzó a hablar.
—Estaba confundido, mucho. No sabía qué quería, solo que no tenía derecho a ti, a seguir haciéndote daño. Pero tú estabas ahí, a mi lado, no querías irte y yo…
Lester calló para revivir el momento…
Era ya de noche y no sabía cómo habían terminado en aquel bar. Al día siguiente Lester tendría que ingresar en el centro de rehabilitación según el acuerdo al que había llegado con el fiscal Don Capullo Stuart K. Lyon. Serían seis meses allí metido dejando a Candy sola para poner en marcha de nuevo el rancho, y aclarando todos los negocios sucios de Jack. La chica acababa de descubrir que su padre llevaba muerto un tiempo y su madre…, bueno, su madre, que estaba como una cabra, finalmente también había fallecido. No quería dejarla sola, aunque sabía que no lo estaba, pero él aún debía reconciliarse con Byron, con la parte de sí mismo que odiaba a ese hombre sin razón. Bueno, con la razón que dan los años de educación.
La cabeza iba a estallarle y decidió pillar su última borrachera antes de comenzar el tratamiento, pero Leo, siempre Leo, no había querido dejarlo solo con sus miserias y ahí estaba, mirándolo con ojo crítico y compasivo al mismo tiempo.
—Deja de mirarme así —lo amenazó, y acto seguido se bebió de un trago el chupito de tequila barato que sostenía con dos dedos.
—¿Mirarte cómo?
—Como si me estuvieras perdonando la vida.
—Yo no te estoy mirando así.
—Sí lo haces. Te crees muy superior a mí, ¿verdad?
—Para serte sincero en este momento cualquiera es superior a ti.
—No te cortes —le dijo con tono irónico mientras le hacía un gesto al camarero para que volviese a llenar el vasito—, dime lo que piensas.
—Les, no tienes que hacer esto. Mañana empezarás una nueva vida, puedes recuperarte, podemos…
—¿Podemos? ¿Sigues pensando que soy un maricón como tú?
Leo se puso lívido, no esperaba ese ataque después de lo que acababa de pasar. Había supuesto que la muerte de Jack sería para su amigo una liberación, pero parecía que no, que aún debía resolver muchas cosas.
—¿Sigues tú pensando que no lo eres? ¿Lo piensas incluso cuando estás dentro de mí? —lo azuzó Leo.
—¡Maldita sea! ¡Cierra la puta boca! —le gritó a la vez que lo empujaba haciendo que cayera del taburete.
—Esto no va a pasar —le advirtió Leo desde el suelo—, me da igual lo borracho que estés —continuó mientras se levantaba y se sacudía los pantalones—, esto no te lo voy a consentir.
Lester no contestó en ese momento, se volvió hacia la barra y, estirándose, cogió la botella de la estantería y se sirvió otro chupito.
—¡Eh! —le increpó el camarero.
Lester se limitó a dejar un billete de cien sobre el mostrador y, tras servirse un trago, se lo bebió de golpe y después otro y otro más…
—Lester, para, por favor. Es suficiente.
—¡Lárgate, Leo! ¡Todo es culpa tuya! Ojalá no te hubiera conocido, ojalá no te hubieras cruzado en mi camino, ahora sería el hombre que debo ser y no este… despojo.
—¿Crees que es culpa mía que estés así?
—Pues claro que es culpa tuya, yo era un chaval normal antes de conocerte.
—¿Hasta dónde se coló Jack en tu cabeza, Les?
—No lo sé. No sé nada. Solo sé que no quiero volver a verte. Mañana entraré en ese sitio y les diré que quiero curarme.
—Te puedes curar de tu adicción al alcohol, pero lo que sientes por mí… no es una enfermedad.
—Es otra puta adicción —le dijo mirándolo a los ojos mientras se echaba otro trago al gaznate— y también me limpiaré de ti. ¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué sigues presionándome? ¿Quieres un revolcón de despedida?
—Vete a la mierda, Lester. Espero que te recuperes y que entiendas…
—O te largas o te fo…
—Adiós, Les —lo interrumpió el otro con un hilo de voz lleno de tristeza —, te deseo lo mejor —confesó acariciándole la cara aún a sabiendas de que el otro despreciaría el gesto. Pero no fue así. Lester se frotó contra la palma un segundo antes de apartarse y acabarse el contenido de la botella.
Lester recordaba esa noche en una sesión con el psicoterapeuta, ya que durante las primeras semanas su memoria le jugó malas pasadas. Y lloró delante del hombre que le había dicho que dejara salir sus sentimientos, que el que mucho traga corre el riesgo de ahogarse, lloró hasta quedarse sin lágrimas.
Y ahora, en la consulta de la mujer de pelo azul, notó el calor cálido y salado corriendo de nuevo por su rostro.
—Ni siquiera sé por qué te dije esas cosas. Supongo que las pensaba de verdad, en ese momento… yo… solo quería que te fueras, que me dejaras solo, que todo fuera más fácil. Jack era un cabrón, pero aun así, yo lo quería. Me cuidó a su manera, no me dejó tirado cuando murieron mis padres, y durante el tiempo que estuve internado aprendí a perdonarlo.
—¿Y a ti, Lester? ¿Te has perdonado a ti mismo? —intervino la doctora ahora.
—Lo estoy intentando —declaró, secándose las lágrimas con la manga de la camisa—. Lo intento. Hice muchas cosas malas, mucho daño a mucha gente. Gente que me importa.
—También te hiciste daño a ti mismo, ¿crees que mereces algo de compasión? —le preguntó Leo.
—Te necesito —le contestó él—, sin ti no estoy completo. Mi yo contigo es realmente mi yo.
—Te perdono, Les. Por lo que me dijiste aquella noche, por escondernos durante todos estos años, por no saber aceptarte como eres…
—Me acepto… ahora…
—Ahora tenemos que empezar a conocernos de nuevo —insistió Leo.
—Pero eso es una chorrada, nos conocemos de toda la vida.
—Ambos hemos cambiado.
—Te quiero a mi lado, quiero recuperar el tiempo perdido, no soporto que tontees con el tipo ese, te necesito en mi cama.
Leo puso los ojos en blanco, ahí estaba el viejo Lester, aceptando su sexualidad, pero imponiendo su ley.
—Veo que para ti es muy importante el sexo, Lester…
—Y para él también, tenías que haber visto cómo se me echó encima cuando volví…
—¡Les! —lo interrumpió Leo.
—Seguro que fue interesante, aunque te aseguro que puedo vivir sin imaginármelo, ahora bien… se me ocurre una cosa —ambos hombres la miraron intrigados—. Una palabra: celibato.