Mi yo contigo

Bela Marbel · Capítulo 4 de 30

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Mi yo contigo

Capítulo 3

 

 

Verdad

 

Leo se despertó con una sensación extraña, un peso le oprimía el pecho. De nuevo había soñado con Lester. Algo se conectó en su cerebro y abrió los ojos sorprendido.

Estaba allí, junto a él. Apenas recordaba cómo había llegado ante su puerta con magdalenas y que él lo había empujado contra la madera y se lo había tirado. Así, sin más, sin preámbulos ni tonterías. Lo repitieron en la cama varias veces rápido, fogoso, algo agresivo. Nada que ver con hacer el amor. Terminó tan cansado que cayó profundamente dormido. Se le olvidó echarlo antes de viajar al mundo de los sueños.

Se permitió mirarlo mientras dormía. Tenía el mismo perfil rotundo, esa nariz prominente, los pómulos marcados, los ojos hundidos rodeados de ojeras oscuras, labios gruesos y perfectos para besarlos. Lo amaba tanto que se le encogía el corazón, sentía el mundo en el pecho en este momento.

Le dio un empujón para despertarlo. Lester se estiró aún con los ojos cerrados y sonó un rugido de tripas, seguido de una risa, y seguía sin abrir los ojos.

—Abre los ojos —le ordenó Leo.

—Eso es una película, y no quiero. Estoy muy a gusto así. —Se giró de lado y lo tomó entre sus brazos.

Leo se escabulló y se levantó de la cama. Sin perder tiempo en buscar el pantalón corto que llevaba para estar por casa, se dirigió a la cómoda, abrió el cajón de la ropa interior, sacó un calzoncillo y se lo puso.

Cuando se giró hacia la cama, Lester estaba apoyado en el cabecero con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Estaba muy delgado, más de lo habitual. Las costillas se le marcaban y el vientre se le hundía cóncavo. Lo miraba con expectación.

—Tengo hambre —le dijo.

—Será mejor que te vayas, aquí no tienes nada que hacer.

—Pues yo creo que lo que hemos compartido esta noche…

—Lárgate. Por una puta vez en tu vida respeta mis deseos y vete.

Lester se levantó completamente desnudo y se plantó delante de Leo.

—Tus deseos quedaron patentes en esa cama y no tenían nada que ver con que me fuera.

Durante unos minutos se miraron en silencio. ¿Cómo podían un par de minutos durar horas en el tiempo?, pensó Leo.

—Eso ya pasó, ahora quiero que te marches.

—No. Prepararé el desayuno y hablaremos, si después sigues queriendo que me vaya respetaré tus deseos.

—¡Mi deseo es que te largues ahora! —gritó Leo sin poder contenerse.

—Por favor… déjame… deja que yo…

—¡Tú, tú, tú! ¡Siempre tú! ¿Es lo único que te importa?

—¡Joder! Es que no sé qué puedo decir…

—¡Ha pasado un año, Les! ¡Un maldito año! No quisiste recibir mis visitas en la cárcel, me enteré de que habías salido por Candy, esperé semanas a que te pusieras en contacto conmigo y nada, ni una jodida palabra tuya. Me volví loco de preocupación durante los primeros meses, hasta que comprendí que así había sido siempre. Lo que tú querías como tú lo querías. Ya no soy ese chicho necesitado de amor y de… las cosas materiales más básicas. No puedes comprarme con nada. Y ¿ahora qué? ¿Qué vas a hacer?

—Te quiero.