Mi yo contigo
Prólogo
Demonios
LUCY
Lo peor eran las pesadillas. Cuando me despertaba sentía que me ahogaba, no podía respirar, pasaban eternos los segundos hasta que era consciente de que los demonios que poblaban mi cabeza no eran reales; lo habían sido, aunque ya no, tenía que dejarlos marchar, pero cómo.
Aun así, esos momentos de estar entre dos mundos eran preferibles al sueño. La incertidumbre de no saber si esa noche sería una de ellas, de las elegidas para desgarrarme el alma, hacía que al ponerse el sol mi corazón comenzase a latir como loco. Me resultaba imposible controlar la respiración, sudores fríos se apoderaban de mi piel. Dejaba de escuchar, de sentir, de ser. Justo al atardecer, ese momento mágico y romántico para casi todos, para mí era una tortura tan inmensa como la propia pesadilla.
Esa tarde no era diferente. Veía esconderse el sol tras las montañas y me abrigué, recogí los pies por debajo de mi cuerpo y me hice una pequeña bola en el columpio del porche trasero.
Debería entrar, no tendría que estar ahí esperando el momento, pero la atracción era tan fuerte como un imán de esos que usan los físicos. Eso suponía yo.
Me mecí, empujé el columpio con la espalda y apoyé la punta del pie en el suelo de madera, intenté acompasar el ritmo de mi respiración al movimiento del asiento. Funcionó, por lo menos durante un par de minutos.
Cerré los ojos intentando centrarme en Survivor; mi yegua sí sabía cómo hacer que me sintiera a salvo.
En mi sueño corría encima de la yegua sin montura y en mi huida tiraba al suelo a mis demonios. La maldad en forma de hombre era derribada por una mujer; una mujer sin corazón, sin piedad, la mujer que quería ser. La mujer que iba a conseguir ser en cuanto todo terminara.
El ayudante del fiscal me recordaba una y otra vez todo lo que pasó aquella noche, sabía que debía hacerlo, sabía que era necesario, pero eso no lo hacía menos doloroso. Lo odiaba por ello, lo odiaba casi tanto como a los monstruos que me hirieron, que me vaciaron, dejándome expuesta, haciéndome sentir vulnerable. La carcasa de la chica que fui en otro momento.
En noches como aquella, en las que la tortura que me producía mi propia mente no parecía remitir, solo había una cosa que pudiera hacer.
Entré en la casa y, tras coger una manta y unas almohadas, me dirigí a las caballerizas, me acomodé en el suelo junto a mi querida yegua. Pude dormir.
STUART
No tenía ni idea de qué hacer con todo eso. Y no estaba pensando en la pila de documentos que se me amontonaban en la mesa.
El terror que veía en los ojos de Lucy cada vez que me miraba me dejaba indefenso, y eso era algo que no me podía permitir. El abogado de los niñatos era muy bueno, un cabrón hijo de puta, casi tan capullo como yo mismo. Si me veía titubear se agarraría a mi yugular y me la mordería sin piedad.
Y eso era algo que no le iba a permitir, aunque tuviera que pasar por encima de Lucy como una apisonadora. Así que tendría que tragarme la bilis amarga que se me formaba cada vez que la veía abrir los ojos tan desmesuradamente que parecía que se le iban a salir, buscando alguien en quien apoyarse. Cualquiera menos yo mismo. Sí, sabía que tenía cierto parecido físico con el cabecilla de los agresores, quería creer que a estas alturas ya se habría acostumbrado a estar en mi presencia, pero no era ese el caso.
Excepto la última vez; aquella tarde, en el rancho de Candy, me atacó. Me pasó cerca con el caballo hasta tirarme. Maldita loca. El traje había quedado inservible, y ¿qué había hecho yo?
Tan solo quería hablar con ella, vi cómo todos los demás pasaban a saludarla, incluso el tipo ese que parece un gigante y es rubio como el dios del sol. Pero ella solo se ensañó conmigo. Y después su amiguito remató la faena tirándome contra la pared; una cosa estaba clara: no iba a darles la oportunidad de volver a atacarme.
Por eso en este momento estaba volviéndome loco buscando la mejor manera de afrontar la situación. Lo que iba a ordenarles, porque iba a ser una orden, no les iba a hacer ninguna gracia. Si tenía que enfrentarme al indio, lo haría. No en vano pasaba gran parte de mis horas libres trabajando los músculos en el gimnasio. De algo tenía que servirme el boxeo; si tenía que tumbarlo, lo haría.
¡Claro! Ahí estaba la solución, eso era lo que iba a hacer con ella. La risa inundó el despacho, me di cuenta.
Mi secretaría me mandó un mensaje por el chat que usábamos para trabajar.
RINA 12:50
¿Estás bien?
STUART 12:51
Perfectamente. ¿Me lo preguntas por algo en concreto?
RINA 12:51
Te he oído reír… y bueno, estás solo, así es que me preocupé.
STUART 12:55
Suelo hacerlo. A veces. Lo de reír. ¿Tanto te sorprende?
RINA 12:55
Eh… Tu visita está aquí.
STUART 12:57
Que pasen en… tres minutos, ni uno antes ni uno después.
LUCY Y STUART
Los vi entrar y me puse de pie, pero no me acerqué a ellos, me mantuve detrás de la mesa y desde ahí extendí la mano.
Primero me dirigí a Jeremy, que me saludó afablemente.
—¿Cómo vas, Stuart?
—Bien —le contesté—, he estado trabajando.
Dirigí la mirada y la mano hacia Byron, él me devolvió la mirada, pero las manos se las guardó en los bolsillos levantando ligeramente la barbilla. Qué ganas tenía de rompérsela.
Entonces la miré a ella. Era muy hermosa, la tez dorada, los ojos prácticamente negros y tan expresivos que parecía que hablasen, te contaban todo lo que ella no decía. Todos me consideraban un tipo muy intuitivo, y lo era, por eso no hice el esfuerzo de ofrecerle la mano también a ella, ya que Lucy las ocultaba detrás de la espalda. Podía adivinar que se las estaba retorciendo.
—Sentaos, por favor.
Yo también lo hice, y porque necesitaba infundirme algo de calma antes de la gran revelación, me puse a mover papeles como si estuviera buscando algo en ellos.
—¿Tenemos fecha de juicio? No he tenido notificación.
Jeremy. El cabrón se sabía todos los trucos, no en vano era uno de los mejores, le había costado volver al que realmente era su oficio, y yo no estaba muy conforme con eso, porque, aunque ahora trabajábamos por una misma causa, en el futuro seguro que nos enfrentaríamos, y eso no sería agradable para ninguno de los dos.
Dejé los documentos como si nunca me hubiera puesto a mirarlos.
—Está bien, pongamos las cartas boca arriba. Tenemos un grave problema. Ya lo anticipé hace algún tiempo y tú —dije señalando a Jeremy— estuviste de acuerdo.
—No des más rodeos —me contestó.
—Hemos conseguido que… —hice un silencio mirándola a ella— Lucy confíe en ti, pero sigue sin ver que yo estoy de su lado.
—¿Por qué será? —comentó Byron, que se mantenía cerca de la puerta, apoyado en la pared sin sentarse.
—Lucy —me dirigí a ella, obviando a su amigo.
—Yo…
Vi cómo seguía retorciéndose las manos, esta vez apoyadas sobre el regazo.
—Tú… —insistí yo— eres la única que tiene la respuesta, y la única que puede solucionar este embrollo.
—No hace falta que os hagáis amigos, limítate a hacer tu trabajo —me atacó Byron.
—Para hacer mi trabajo —recalqué— tenemos que entendernos, y tiene que ser capaz de estar a menos de un metro de mí sin desmayarse.
—Stuart —llamó mi atención Jeremy—, no levantes la voz.
—La levanto, claro que la levanto, y si quiero gritar ¡grito! —exclamé elevando el tono y alzándome yo de la silla al mismo tiempo—. Incluso puedo dar un golpe en la mesa —amenazó a la vez que lo hacía.
Vi como Byron se apartaba de la pared y se acercaba a Lucy, apoyando su mano en el hombro de la chica, estaba tan rígido que podría partirse si seguía aguantándose las ganas de darme un puñetazo, pero seguí. Al fin y al cabo, si lo hacía, yo disfrutaría también; esta vez, lo haría.
—Vamos a calmarnos todos —sugirió Jeremy con la voz serena del que no se altera por nada.
Volví a sentarme y continué mi razonamiento.
—Tú sabes cómo funciona esto, Jeremy. Es a ella a la que se va a poner en la piqueta.
»La defensa va a diseccionar cada uno de sus movimientos, de sus gestos. Van a investigar su pasado, su presente, insinuarán que se lo buscó, la insultarán, le gritarán, harán lo que haga falta para que pierda los nervios y, en ese momento, yo necesitaré que me mire y crea en mí.
»Y cuando yo lo pregunte si disfrutó con esos cerdos, querré que sepa que no la estoy juzgando, que lo que quiero es una respuesta que los hunda. —Me giré entonces hacia ella—. Y eso, no lo conseguiremos si no te acostumbras a mí, a mi presencia, a mi voz, a mi aspecto, en una palabra: necesito que confíes en mí.
—Cinco —contestó ella.
Todos la miramos confusos.
—¿Qué? —le pregunté yo.
—Ha dicho usted cinco palabras.
Sonreí, sí, tengo que reconocer que me dio esperanzas saber que tenía esos pequeños conatos de rebeldía, que le vendrían muy bien para pelear.
—Tienes razón. Puedes tutearme —le permití.
No me contestó, en cambio, se atrevió a fijar su negra mirada en mí durante tres segundos, ¡y qué tres segundos!
—La verdad es que tendremos que trabajar en ello. Stuart tiene razón, Lucy, necesitas confiar en él para poder acabar con esos malnacidos.
—¿Por qué tendrían que juzgarme a mí? Los acusados son ellos, yo no he hecho nada —se quejó ella, aunque con la voz apenas audible.
—Estaría bien que dijeses eso y te lo creyeras.
Ahí estaba de nuevo esa mirada, casi letal.
—Yo no he hecho nada malo —repitió ella, esta vez en un tono más alto y contundente.
—Mucho mejor —la animé—. Ahora quiero hablar contigo. A solas. Dejadnos solos.
—¡No! —gritó ella tirando la silla al ponerse de pie para aferrarse al brazo de Byron.
—Quizá deberíamos empezar por algo menos amenazador —sugirió Jeremy.
—¿Amenazador? —inquirí yo.
—No es cómo es, sino cómo lo percibe Lucy, Stuart, tranquilízate.
Juraría que escuché a Byron gruñir.
—Está bien. ¿Qué propones? —le pregunté.
—Es hora de almorzar, bajemos. Vosotros os sentaréis en una mesa y Byron y yo en otra cercana, estaréis solos, pero…
—Lo pillo, me tendréis vigilado —le contesté de malhumor.
—Te repito que no es cómo…
—Deja ya las clases de psicología, Jeremy, lo próximo va a ser hacer terapia de pareja.
—¿Pareja? ¿Tú? No lo verán mis ojos.
—No lo harán, no. Está bien, vamos.
Me puse de pie y cogí mi chaqueta, me la ajusté y alisé; abrí el cajón, saqué mi cartera y la metí mi en el bolsillo interior. El traje se amoldaba a la perfección a mi cuerpo, entré en el baño un momento y me lavé las manos.
—¿Ya te has empolvado la nariz? —intentó insultarme Byron.
Lo ignoré.
—¿Sabes, pequeña? Lo que estoy haciendo por ti, no lo haría por nadie más —le dije a Lucy acercándome a ella, a pesar de la mirada de su amigo.
Cuando salimos Jeremy se dirigió a mí.
—No lo haces por ella, lo haces por ti. Si ganas el caso tienes todas las papeletas para dejar de ser ayudante.
—Sí, pero eso es mejor no decírselo a ella. Se trata de que confíe en mí, ¿recuerdas?
—Mentirle no es la mejor manera de conseguirlo.
—No es del todo mentira. Se parece más a la adulación.
—Si tú lo dices.
Veinte minutos después, ahí estábamos. Ella tenía delante un plato de ensalada de la casa y un té helado, y yo, un bistec sangrante con patatas fritas y un café cargado. Ella se retorcía las manos apoyadas en el regazo nuevamente, la comida abandonada, desviando constantemente la mirada hacia sus guardianes. Yo masticaba mi carne con entusiasmo hasta que decidí provocarla un poco. Pinché en su ensalada.
—No está mal. —Le acerqué un trozo de bistec a la boca—. ¿Quieres?
—Es asqueroso —me contestó.
Bien, por fin una reacción.
—¿El qué? ¿La carne o yo?
Por primera vez desde que la conocía vi asomarse a sus labios un amago de sonrisa, no llegaba a ser sonrisa completa, claro. Tan solo levantó un poco los labios hacia la derecha y algo brilló en su mirada, pero rápidamente apretó la boca y desvió su atención a la mesa segura, aquella en la que estaban sus amigos. Esa pequeña muestra de alegría duró un segundo, pero fue suficiente para que mi pecho se inundara de algo que no sabía muy bien qué era.
¿Podía escocer el corazón? ¿Y los pulmones? Porque parecía que me fueran a estallar, seguramente me había sentado mal la comida, tendría que ir al cardiólogo, después de todo en mi familia había antecedentes de infartos. Me froté la zona y aparté el plato.
—¿Sabes lo que te vendría bien? —continué. Ella no me contestó—. Deberías aprender a defenderte.
Vi cómo Lucy levantaba la mirada y la fijaba en mis ojos. Los suyos tan abiertos que le ocupaban gran parte de su exótico rostro. Vi algo nuevo: interés. ¡Por fin! Parece que había captado su atención. A pesar de que no me contestó.
—Eso de la terapia con los caballos y el psicólogo y toda esa mierda está bien, pero sería mucho mejor saber que si alguien vuelve a intentar hacerte daño, puedes zurrarle a base de bien.
Lucy seguía sin contestarme. Pero ya habían pasado casi dos minutos y no apartaba su mirada de mí. No había vuelto a buscar a sus cuidadores y había dejado de retorcerse las manos. En cambio, a mí se me estaba retorciendo el pecho. El nudo se apretaba, y no sabía qué coño era eso porque yo, nunca, jamás, me dejaba impresionar por los casos que llevaba.
—Si comes un poco, te contaré lo que he pensado —la incité.
Y ella pinchó un poco de ensalada y se la llevó a la boca.
LEO
No había sido la mejor de las noches, un tiroteo en el centro de la ciudad había colapsado las urgencias de los hospitales en muchos kilómetros a la redonda. Allí estaba yo, cogiendo mi mochila para volver a casa, una casa vacía, cuando me avisaron de que debía doblar turno. Los sanitarios tenemos esa especie de chip que nos mete en situaciones de emergencia y, de repente, todo desaparece alrededor, el cansancio se torna energía y el sueño se esconde agazapado a la espera de un mejor momento.
Esa noche, como tantas otras, los litros de café corrían por todas partes, el problema era cuando se calmaba la situación: la adrenalina bajaba, pero la cafeína seguía aún en el torrente sanguíneo.
Ahora estaba echado en mi cómoda cama; solo. El silencio me resultaba insoportable desde que Candy y Angel habían vivido conmigo; en esa época nunca había tranquilidad y me había acostumbrado, lo disfrutaba. Además ahora, mi mejor amigo Chack se había enamorado de la que era ya su familia, la increíble Bea y sus tres hijos; eran pura locura, una maravillosa locura, pero yo me sentía todavía más solo.
Me levanté, me puse un pantalón corto y conecté el televisor, el ruido de fondo me ayudaría; ojalá fuera un hombre de whiskys, pero no lo era, odiaba el alcohol, y ese pensamiento me llevó justo donde no quería ir: Lester.
La última vez que nos vimos fue terrible, nos dijimos cosas que nunca íbamos a poder borrar, y aun así, lo echaba de menos; sabía que no debía quererlo, Lester no era bueno para mí…, Dios, ni siquiera era bueno para sí mismo, lo sabía, pero eso no cambiaba nada, no cambiaba lo que sentía, no cambiaba las ansias de tenerlo, de estar con él, de amarlo, incluso de discutir y pelear.
Seguía sabiendo de él por Candy, era curioso porque nunca pronunciábamos su nombre, pero ella incluía un «él está bien» o «lo está consiguiendo». No es que yo preguntara, pero habíamos creado algo así como un código, yo me quedaba en silencio y Candy sabía que necesitaba escuchar algo acerca de Lester.
Después de lo que pasó con la familia de Candy y Lester, cuando las autoridades descubrieron lo que Jack —el padre de Candy— y Dustin —su capataz— estaban haciendo y la participación de Lester en todo ello, decidió ingresar en una clínica para desintoxicarse, en realidad no fue una elección, fue una condena, debía cumplirla en un centro de rehabilitación para alcohólicos o en la cárcel; gracias a que había colaborado con la justicia, el fiscal Stuart Lyon le había dado esa opción. En ese momento me sentí aliviado, casi feliz por él y, a pesar de todo, sabía que entre nosotros nada cambiaría.
Seis meses, ese era el tiempo que tenía que estar ingresado, pero ya había pasado un año y seguía sin señales de él. Salvo las noticias que me aportaba mi amiga. El sueño continuaba esquivándome, pero me sentía terriblemente cansado, cambié la cama por el sofá, me dejé caer en él y tomé el mando a distancia de la televisión para entretenerme cambiando de canal. Apoyé la cabeza en el respaldo y me dejé llevar a la oscuridad que tanto necesitaba.
LESTER
Estaba nervioso, y esa descripción se quedaba muy corta, me temblaban las manos, hacía ya tiempo que no me pasaba eso; me limpié la humedad que las empañaba en las perneras del pantalón, me quité el sombrero vaquero que acostumbraba a vestir y me sequé el sudor de la frente con la manga de la camisa. Debía parecer fuerte y seguro de mí mismo, tenía que ser arrogante y gilipollas, como siempre había sido, no podía parecer que el alcohol o la falta de él me habían cambiado, y sin embargo, en este momento daría casi mi vida por una copa, casi, y esa era la palabra clave con la que hacía malabarismos para no recaer.
Se suponía que había dejado atrás un infierno, y puede que así fuera, pero los demonios no se habían ido, ellos seguían ahí, cada día, cada hora, cada segundo. La terapeuta me había dicho que necesitaba estabilidad, que no podía volver a los viejos hábitos autodestructivos, no debería volver a Leo… El bueno de Leo, la única persona, aparte de él mismo, con capacidad para destrozarlo.
Una señora entró en el portal y aproveché para colarme, sería más fácil si lo veía ya arriba, si tocaba desde abajo era muy posible que no me dejara subir.
Me planté delante de la puerta y dejé pasar los minutos, no sabía cuántos, pero sabía que demasiados, no tenía los cojones necesarios para enfrentarme a él. Después de mi estancia en el infierno, de hacer frente a Dustin, de sacar a Candy a escondidas del rancho, y resulta que no era capaz de ponerme delante del hombre más bueno del mundo para pedir perdón.
Me daba golpecitos sin parar con el sombrero en una pierna. Era uno de los muchos tics que había adquirido durante el tratamiento, Cathy, mi terapeuta del centro de desintoxicación, decía que era algo de sustitución o no sé qué, algo como comer chocolate. Un año, hacía un año que no tomaba un trago, que no tenía sexo y ni siquiera fumaba, vaya mierda. De nuevo, traté de ensayar el discurso que había preparado un montón de veces frente al espejo. En estos momentos me había quedado en blanco.
—Leo, yo… yo… ¿Qué coño voy a decirle? ¿Qué me he mantenido alejado porque primero debía estar bien conmigo mismo? El mismo egoísta de siempre.
—Ejem, se te da bien mantener conversaciones contigo.
Me di la vuelta para ver a una señora mirándome con curiosidad, mientras sujetaba varias bolsas.
Pensé en decirle que se metiera en sus asuntos, claro que ese sería el antiguo Lester, el nuevo debía ser educado con los vecinos de Leo o él nunca me admitiría de nuevo en su vida.
—Buenos días, señora —saludé.
—Buenos días, joven. Si buscas a Leo, debe de estar dormido, ha llegado de trabajar hace apenas un par de horas.
—Ya.
—Ten. —La mujer me tendió una bolsa de papel con un exquisito olor a dulce.
Los olores, eso era algo que había recuperado, y me encantaba. La forma en que el aroma a pan caliente y magdalenas recién horneadas me hacía salivar era digno de admirar.
—¿Gracias?
—Dáselos a Leo, son sus muffins favoritos.
Así era Leo, todos lo querían y lo cuidaban, todos menos yo.
La señora continuó su camino hacia arriba. La seguí con la mirada intentando reunir algo de valor. La puerta se abrió de golpe.
LEO Y LESTER
No soy capaz de describir lo que sentí, quizá algo ardió en mi interior, sé que de repente tenía la boca seca, no podía hablar, el estómago me daba vueltas y corría el riesgo de vaciarlo ahí mismo. Mis pulmones necesitaban aire, lo sabía, tenía que respirar; vamos, vamos, inspira, expira. Me concentré, pensé en Cathy durante las sesiones que teníamos, cómo me hablaba con esa voz melodiosa que infundía paz, ella se pondría tajante en este momento, me diría algo así como: si no lo haces es porque no quieres hacerlo, y entonces deberás preguntarte por qué te boicoteas.
No, no quería preguntarme nada. Di un paso hacia delante para entrar, pero Leo no se movió, eso hizo que nuestros cuerpos quedasen muy juntos, demasiado. ¿Por qué coño había tenido que recuperar la capacidad de oler? Su aroma alteró todo mi sistema y tuve que comenzar de nuevo con las respiraciones. ¡Joder! Craso error. Vale, no respires, me dije. Lo miré a los ojos, tenía ojeras, evidentemente no había dormido. El amor por su trabajo era su droga, todos tenemos una. Mirarlo tampoco fue buena idea. Extendí la mano en la que llevaba la bolsa.
—Magdalenas —le dije.
Me miró durante no sé… tal vez, cinco minutos o cinco segundos, ni idea. Cogió la bolsa y miró dentro. Sonrió.
—¿Te lo ha dado la señora Ortega? —me preguntó sin moverse del sitio.
Solo vestía un pantalón corto, su cuerpo estaba trabajado, siempre fue fibroso, le gustaba cuidarse, pero ahora, en este año algo le había pasado, todo él gritaba sexo. O quizá fuese yo.
—Supongo —respondí.
—Así es que un año después vienes hasta aquí para darme las magdalenas que me compra mi vecina —no dejó de mirar el interior del paquete.
—Sí. ¡No! Quiero decir, joder, no sé lo que quiero decir. Necesito sentarme.
—¿Y no tienes sillas en tu casa? O donde sea que vivas desde… desde cuándo. ¿Cuánto hace que saliste? —Estaba cerrando la bolsa con más fuerza de la necesaria, eso me dio una pista sobre lo mucho que me lo iba a hacer pagar.
—¿Podemos hablar dentro? Por favor —le pedí.
—Esa palabra es nueva. ¿Soy tu paso número uno hacia la recuperación?
—Eso ha sido mezquino.
—¿En serio?
Se rio de esa manera suya que me ponía a cien, echando la cabeza hacia atrás, dejando a la vista la columna de su cuello, con las manos en las caderas, esas caderas de las que colgaba un pequeño pantalón, dejando el resto de su cuerpo para disfrute y tortura del mío.
Di un paso más para entrar, pero él dejó de reír y me bloqueó el paso, ahora nos estábamos tocando y yo no podía soportarlo, pero tenía que hablar con él, no podíamos caer en la vieja rutina de irnos a la cama directamente. Intenté pensar de nuevo en mi terapeuta, ¿cómo se llamaba? ¡joder! ¿y a quién le importaba? A Leo, le importaría a Leo, quizá no ahora, pero sí mañana. Respiré hondo antes de volver a hablar.
—¿Podrías ponerte algo encima?
—¿A ti?
—Ropa.
—¿Crees que puedes venir a mi casa y decirme lo que tengo que hacer? Que me vista, que te escuche, que deje que limpies tu conciencia… Te diré una cosa: no. Esta vez yo pondré las reglas.
Me vi empujado contra la pared con brusquedad, oí la puerta cerrarse de golpe. Perdí la noción del tiempo. Sus manos me estaban tocando, su boca asaltó la mía, de camino al dormitorio pisoteamos el desayuno. Lo que pasó después no fue bonito, no fue tierno, no fue amor. Pero en ese momento lo sentía respirar sobre mi piel, dormía entre mis brazos, seguiría intentándolo.
—Te quiero —le susurré a sus sueños.