Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 8 de 39

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Obscuritas

Capítulo 8

 

De pequeño, Lucas se había estampado contra el cristal de una ventana.

Desde entonces lucía una pálida cicatriz que le salía desde las cejas y le

recorría toda la frente. Micaela siempre había pensado que la cicatriz le

quedaba bien, pero había momentos en los que le daba miedo. Y a veces, a

distancia, creía ver algo violento en su cuerpo, algo que a duras penas se

refrenaba, pero la impresión desaparecía en cuanto se acercaba.

Su hermano poseía una maravillosa sonrisa torcida. A menudo le hacía

regalos, sobre todo ropa, que ella nunca se ponía, y no paraba de repetir lo

orgulloso que estaba de ella. Había una energía en él que la atraía.

—¡Ey!

Lucas estaba haciéndole señas para que se acercara. Por delante de él se

alzaba el bloque verde de apartamentos donde se habían criado, con sus

galerías y ventanas cuadradas. Echó a andar hacia su hermano pasando por

delante del parque infantil y los bancos, pero tuvo que esperar un rato antes de

hablar con él. No paraba de acercarse gente para saludarle y Lucas les

estrechó la mano a todos e intercambió algunas frases. Podría haber sido un

buen político.

—Te he echado de menos. ¿Damos un paseo? —dijo su hermano cuando

se quedaron a solas.

—¿No vamos a ver a mamá?

—Tampoco es necesario que se entere de todo.

Subieron por Trondheimsgatan, atravesando la parte verde del barrio,

hacia el centro. Algún que otro tendero del mercado de la plaza anunciaba a

gritos sus productos, por lo demás no había mucha gente. El sol le abrasaba la

nuca. Un poco más lejos, en el aparcamiento, entró un coche patrulla.

—Me alegro de verte —afirmó Lucas—. Ayer me encontré con tu antigua

profesora de Lengua. Se pensaba que te habías hecho abogada o médica o

algo.

—Siento mucho haberla decepcionado.

—Qué va, si ser detective de homicidios mola mucho más. Pero me han

contado que los maderos de tu brigada te hacen la vida imposible.

Ella miró a los grandes ojos marrones de su hermano.

—¿Quién te ha dicho eso?

Él le pasó el brazo por los hombros.

—Nadie en particular. Ya sabes que tengo mis contactos. ¿Hay algo que

pueda hacer?

—Tampoco es para tanto —dijo ella.

—Pero el Fransson ese es un idiota.

—Un poco quizá.

Visualizó al comisario corriendo con su pesado cuerpo en dirección a la

relojería de NK.

—Se dice que piensas que Beppe es inocente.

Se sorprendió, y le tentó la idea de contarle lo que le acababa de decir

Jonas Beijer, cosa que, naturalmente, resultaba impensable.

—Más que nunca —contestó.

—¿Y los demás no están de acuerdo?

—Lo estarán —dijo, y en un intento de cambiar de tema le preguntó si

seguía trabajando de portero en Sophies.

Daba la impresión de que su hermano no quería hablar del tema; ignoró la

pregunta y saludó con un movimiento de cabeza a Héctor Pérez, uno de sus

amigos jóvenes, que estaba fumando delante de la tintorería Husby Tvätt.

—Se habla mucho de ese árbitro.

—Sería raro que no, ¿verdad? —replicó Micaela.

Con un gesto de la mano Lucas paró a Héctor, que hizo ademán de

acercarse.

—He oído que tenía miedo.

De lejos, al lado del metro, Micaela divisó a una compañera uniformada,

Filippa Gran, que la estaba mirando con curiosidad. Por un momento Micaela

se preguntó si debía saludarla.

—¿Quién te ha dicho eso?

Hizo un gesto abriéndose de brazos, un gesto que ella había visto miles de

veces.

—No me tomes el pelo, joder —prosiguió ella—. Este caso es lo más

importante que he hecho jamás.

—No te estoy tomando el pelo.

Micaela, mosqueada, le clavó la mirada.

—¿Y de qué se supone que tenía miedo, si se puede saber?

—Vi ese reportaje de la tele —dijo—. Me pareció que se pavoneaba todo

chulo para ocultar lo acojonado que estaba. Alguna mierda habrá en su

pasado, segurísimo.

—Mira el tío, de repente es todo un experto en psicología.

—Siempre he sido experto en psicología.

Ella le contempló con escepticismo. Lucas se limitó a sonreír

burlonamente.

—Bueno, pues te vamos a tener que llevar a comisaría para interrogarte

—replicó ella.

Lucas volvió a poner un brazo a su alrededor, pero ella lo apartó.

—Puedo intentar averiguar más si quieres. Circulan un montón de

rumores alucinantes sobre el tipo.

Micaela se quedó observándole, cada vez más convencida de que solo se

hacía el importante. Durante toda su infancia, Lucas había fingido saber cosas

dándose un aire misterioso, como si estuviera en posesión de grandes

secretos.

—Estupendo —dijo ella.

—Nos podríamos echar una mano el uno al otro, tú y yo.

Claro que podían, pero a Micaela no le gustaba el tono, y se preguntaba si

Lucas no estaría en realidad jugando con ella. Sintió que ya era hora de

marcharse. Pensó en Rekke y en lo que había estado a punto de decir sobre las

lesiones de Kabir.

 

Dos días después, por la tarde, Carl Fransson la convocó en su despacho. No

podía evitar sentir cierta expectativa, quizá incluso esperaba que Fransson le

diera algún tipo de reconocimiento, pero no tenía ni idea. Algo se respiraba en

el ambiente, y al entrar en el despacho irguió la espalda. Fransson estaba

sentado tras su mesa con una camiseta de manga larga del club de fútbol AIK

que acentuaba su barriga. Encima de la mesa había un ramo de tulipanes.

—¿Qué hay? —dijo con un tono más ligero de lo habitual, y ella le saludó

del mismo modo antes de preguntarle cómo le había ido con el reloj.

Fransson refunfuñó que lo habían enviado a Suiza. Tardarían seis semanas

en repararlo.

—Qué fastidio —comentó ella.

—Artesanía de precisión suiza. Solo puede repararse in situ.

—¿De qué querías hablar? —preguntó.

Fransson dudó.

—De tu hermano —explicó.

Ella se inquietó.

—Supongo que te refieres a Lucas.

—¿Qué me puedes contar de él?

—No sé muy bien qué decir —empezó ella incómoda—. Pero creo que ya

no hace tantas tonterías como antes. Trabaja de portero en un bar del centro.

Y tiene novia estable, una chica muy formal que estudia Marketing.

Carl Fransson se rebullía en la silla y de repente parecía que le resultaba

difícil mirar a Micaela a los ojos.

—Nosotros, en cambio, pensamos que ha avanzado sus posiciones.

—De eso no he oído nada.

Realmente era así, no se había enterado de nada por el estilo. Todo lo

contrario, su madre y Simón le habían asegurado que Lucas ya se mantenía

alejado de las malas compañías de antaño.

—Y eso que sois como uña y carne, ¿verdad? —dijo Fransson.

—Cuando éramos pequeños, sí. Después de la muerte de nuestro padre.

Pero ahora no nos vemos muy a menudo.

—Pues el otro día os vieron paseando por Husby cogidos del brazo.

Así que Filippa Gran decidió que resultaba absolutamente esencial

contárselo al jefe, pensó.

—¿De qué va esto? —preguntó mientras se acordaba de que Lucas, por su

parte, parecía estar bastante al tanto de los ires y venires de Fransson. Idiota,

lo había llamado. ¿Podría ser que hubiera algún asunto pendiente entre esos

dos?

—Nos empiezan a llegar informaciones bastante preocupantes acerca de

él, por lo que nos gustaría que nos echaras una mano.

—¿De qué manera? —preguntó al tiempo que sentía cómo los músculos

de su cara se tensaban.

—Manteniendo los ojos abiertos, simplemente. Tampoco es cuestión de

apretarle las tuercas ni de meter las narices en sus cosas. No queremos que

despiertes sospechas, solo que escuches, y a ver si así puedes sacar algo en

claro.

—O sea, que me queréis como infiltrada en mi propia familia.

—Algo así, sí.

—¿Cómo puedes pedirme eso?

—Porque a veces, Micaela, hay que elegir de qué lado estamos.

—Ya sabes de qué lado estoy.

—Claro que sí. Pero a veces debemos hacer unas elecciones más

proactivas. ¿Qué me dices?

No tenía ni idea de qué contestar. Todo daba vueltas en su cabeza, y no

solo se le aparecía Lucas para marearla en miles de imágenes diferentes, sino

también el caso en marcha, el viejo cojo de la cazadora verde y, sobre todo, la

sensación de que en ese momento se enfrentaba a algo decisivo.

—No me lo creo —dijo.

—Así que no te lo crees.

—Además, quiero centrarme ante todo en la investigación —continuó.

—Ese es el tema.

—¿Cómo que ese es el tema?

—Vamos a hacer cambios en el grupo.

—Vale, muy bien —dijo ella, aguardando la continuación.

—Vas a dejar de formar parte de él.

—¿Cómo? —Se agarró fuerte al reposabrazos de la silla.

—Vas a salir del grupo, a no ser que…

—¿Qué?

—A no ser que nos muestres que realmente quieres quedarte —dijo, y

entonces ella se negó a comprender, intentaba apartar las palabras de su

mente, pero sus pensamientos se fueron aclarando hasta convertirse en una

pregunta desagradable.

—¿Quieres decir que puedo quedarme si espío a mi hermano? —

preguntó.

—Nos gustaría que hicieras ese esfuerzo extra.

—Joder, pero si yo era la única que veía que nos estábamos equivocando

—espetó.

—Que no haya imputación todavía no tiene por qué significar que nos

hemos equivocado. Pero es verdad que ahora debemos ampliar nuestras

miras, y por lo tanto hace falta un equipo unido, así de sencillo.

—¿Un equipo de tíos unido?

—Venga ya, no juegues la carta feminista conmigo, Micaela. Eso es muy

bajo para ti.

—No puedes hacerme esto.

—La verdad es que sí, sí que puedo. Y como he dicho, te estamos

ofreciendo la posibilidad de seguir. Teniendo en cuenta las circunstancias, me

parece generoso.

—¿Qué circunstancias?

—Entre otras, tus dificultades para colaborar —continuó, y entonces

Micaela se quedó sin palabras.

No se le ocurrió ni una sola. Fransson la había dejado muda, y aun así

sintió que tenía que decir algo. No cualquier cosa, y desde luego nada

agresivo, sino más bien algo lúcido y preciso, que dejara en evidencia lo

injusto e inhumano de la situación, sobre todo porque ella era la única persona

de todo el equipo que no se había perdido por un túnel oscuro.

Pero, por mucho que se esforzara, seguía con la mente en blanco. Se

sentía como si la sangre ya no corriese por sus venas, de modo que, en lugar

de soltarle unas verdades como puños, se levantó murmurando un tibio:

—No sé.

—¿Te vas ya? —dijo Fransson.

—Necesito que me dé el aire —contestó, y se fue al pasillo, bajó la

escalera y salió al sol de la calle.

Un descapotable rojo pasó por delante de ella. Al volante iba un chico con

gorra y gafas de sol que la saludó con la mano; ella le respondió con un gesto

obsceno, casi deseando que se detuviera para enfrentarse a ella. Pero el chico

se limitó a seguir conduciendo alegremente, y Micaela decidió irse a casa.