Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 3 de 39

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Obscuritas

Capítulo 3

 

Micaela se acordaba perfectamente del momento en que se enteró. Fue el

mismo día en el que lo arrestaron. Eran las ocho y media de la noche, e iba

camino de ver a su madre en Trondheimsgatan. A pesar de que estaban a

principios de junio se respiraba un aire tan frío como si fuera octubre. En el

patio de delante del edificio había mucha gente. A medida que Micaela se

acercaba, la gente se volvía hacia ella con cara de indignación, y en cuestión

de un par de minutos tenía claro a grandes rasgos lo que había sucedido.

Giuseppe Costa, o Beppe, como ella lo llamaba, había matado a un árbitro

de fútbol. Se había celebrado un partido con el equipo sub-17 de

Brommapojkarna, donde jugaba su hijo, Mario, y casi al final del segundo

tiempo Beppe entró corriendo en el campo a armar bronca, borracho como

una cuba. Hicieron falta cinco o seis personas para inmovilizarle en el suelo y

después, cuando pensaban que se había calmado, al parecer fue detrás del

árbitro con ojos de loco.

—Suena completamente absurdo —dijo Micaela antes de subir a ver a su

madre, que estaba en la galería exterior delante de su casa mirando a toda la

gente que se había congregado abajo.

Su madre llevaba el largo pelo gris suelto, y vestía zapatillas de andar por

casa sin calcetines y un jersey nuevo muy hippie con estampado de flores.

Soplaba un viento cortante y parecía preocupada, como si temiera que algo les

hubiera ocurrido a Lucas o a Simón.

—¿De qué están hablando? —preguntó en español.

—Dicen que Beppe ha matado a un árbitro de fútbol —contestó Micaela,

y entonces su madre se le antojó más bien aliviada: no había sido Simón

haciendo alguna estupidez de las suyas o jugándose la vida.

Luego, cuando cenaban, se la veía más animada.

—Se veía venir —constató.

En ese momento Micaela no dio importancia a las palabras de su madre.

Son cosas que se dicen así sin más, pensó. Pero más tarde le mosquearon,

porque de repente era como si Beppe estuviera predestinado a matar a un árbitro. Todo el barrio estalló en rumores y empezaron a circular viejas

historias que parecían apuntar a la inevitabilidad de un acto criminal de ese

calibre. Quizá por eso, como contrapeso, Micaela contaba otras historias de

Beppe, sobre todo una que había sido importante para ella.

Solo tenía once o doce años, y en esa época oía hablar de Beppe bastante

a menudo: peleas variadas, escenas violentas de noches bebiendo en el Husby

Krog, gritos y broncas que salían de su apartamento.

Durante esos años Simón, el más joven de sus dos hermanos mayores, se

dedicaba al hip hop. A veces pensaba que el hip hop era la única de sus

actividades que no le destrozaba la vida. Como muchos otros jóvenes del

barrio, Simón tenía miedo a Beppe, quien solía amenazar con gestos y patadas

a los chavales que se reunían en la plaza con Eminem a todo volumen en sus

enormes radiocasetes. Aun así, Beppe debió de haberse dado cuenta de la

desesperada necesidad que tenía Simón de ser reconocido y aceptado, porque

se fue compadeciendo de él poco a poco hasta que un día se lo llevó aparte

para ensayar algo. Esa misma noche Beppe apareció en la plaza

pavoneándose como siempre y anunció que iba a cantar.

—¡Ahora no! ¡No estamos para tus canciones! —gritaron todos.

—¡Callaos la boca! Tengo algo especial que ofreceros —dijo, e hizo señas

a Simón para que se acercara.

Simón se negó con un gesto, tan perdido y desorientado como siempre

cuando había mucha gente a su alrededor, hasta que de repente se marcó unos

pasos de baile que Micaela nunca le había visto hacer. Acto seguido empezó a

rapear con Beppe: «Soy el hijo perdido, atracador he sido, pedidos siempre he

atendido», unas rimas que él mismo había escrito. Micaela no pudo traer a la

memoria ninguna otra ocasión en la que hubieran sonado tantos gritos de

júbilo en esa plaza.

Quizá tampoco se trataba de una cosa tan extraordinaria. Micaela suponía

que todos los asesinos también tenían actos benévolos en su haber, pero ese

día se le quedó grabado, un poco como un misterio por resolver. Después del

homicidio compartió esa anécdota un par de veces, y al cabo de algún tiempo

se enteró de que Beppe quería hablar con ella. Se lo contó el inspector Jonas

Beijer.

—¿Dirías que tu relación con Costa te hace perder la imparcialidad? —

preguntó.

—No lo sé —contestó Micaela.

Jonas no parecía prestar atención a su duda, y le pidió que procurara

«establecer contacto con él y ver si así consigues hacerle hablar». Algo con muy pocas posibilidades de prosperar, claro. Micaela sabía que hasta ese

momento nada había funcionado: Giuseppe apenas era capaz de atenerse al

tema sin irse por las ramas, y ni siquiera admitía haber hecho lo que todo el

mundo podía ver en el vídeo del partido.

Micaela se preparó minuciosamente, como siempre, antes de bajar a verlo

la mañana del 10 de junio. Estaba sentado en la sala de interrogatorios, solo,

fumando un cigarrillo. Toda su enorme y desgreñada figura parecía haberse

encogido, y mostraba una sonrisa nerviosa.

—Dicen que cuentas cosas buenas sobre mí —dijo.

—Mucha mierda también, no creas.

—Me caía bien tu viejo. Nos escribíamos papelitos.

—Todos le escribíamos papelitos.

—Pero era buena gente —continuó Beppe, con una cara tan

desoladamente triste que no resultaba difícil sentir pena por él.

Costa parecía tener a todo el mundo en su contra, y tal vez ese fuera el

motivo por el que —en un intento de ocultar su simpatía— ella le trató con

tanta dureza. Después se enteró de que había conseguido sonsacarle muchas

cosas nuevas. Jonas Beijer se deshizo en elogios, y Micaela se sorprendió a sí

misma al decir: «está ocultando algo», comentario que causó impresión.

Lo notó enseguida, como si hubiera pasado una especie de prueba, y al día

siguiente le ofrecieron entrar a formar parte del equipo de investigación.

—Necesitamos a alguien con tu mirada —dijo Jonas, y aunque

comprendió que no todo el mundo la iba a recibir con los brazos abiertos, la

emoción la embargó.

Le suponía un gran cambio pasar, de la noche a la mañana, de policía de

barrio a investigadora de homicidios para trabajar en el caso que estaba en

boca de todos. Comenzó a soñar con ascender a comisaria, o tal vez aún más

alto. Durante las primeras semanas, antes de que empezara a albergar dudas,

no cabía en sí de orgullo y ambición.