Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 4 de 39

Páginas del PDF

Obscuritas

Capítulo 4

 

El sábado, cuando tocaba ir a ver al profesor Rekke, por una vez no había

nada en los periódicos sobre el asesinato, ni siquiera un artículo de opinión

sobre la violencia en el fútbol o la presión que sufren los árbitros o los niños:

nada de nada.

Por eso solo leyó las noticias de la sección internacional, igual que solía

hacer su padre. De Irak había pocas novedades; la guerra oficialmente había

terminado, aunque eso desde luego no quería decir que lo hubiera hecho en la

realidad. Todos los días estallaban nuevas bombas en ataques suicidas. Las

perspectivas de que la modélica democracia occidental surgiera así como así

entre las ruinas, como por arte de magia, no se le antojaban muy

prometedoras.

En la plaza de Kista el sol abrasaba de nuevo. Se levantó de la mesa de la

cocina, y cuando se estaba acercando al armario sonó el teléfono. Era

Vanessa, su mejor amiga, y como era sábado por la mañana Micaela se

imaginó que llamaba para darle un detallado informe de la fiesta de la noche

anterior, y así fue: le contó una larga y sinuosa historia de un «suequito sobón

de la hostia» que intentó enrollarse con ella en el autobús volviendo a casa.

—Me parto. —Micaela se rio.

—Es la verdad —insistió Vanessa, y tras colgar Micaela siguió riéndose

un poco más, a pesar de que no le parecía demasiado divertido, solo otra

variante más de una historia que había oído ya cien veces.

Abrió el armario, sacó sus vestidos y faldas. Los puso todos encima de la

cama y, resistiendo el impulso de llamar a Vanessa para pedirle consejo,

eligió un conjunto que consideró arreglado pero no en exceso: falda negra,

camiseta roja, una cazadora vaquera que quizá le quedaba un poco pequeña y

que se ceñía al pecho, pero que le gustaba de todos modos, y zapatillas

blancas.

Se marchó y al llegar al metro se sentía sorprendentemente esperanzada.

Al fin y al cabo, se trataba de algo diferente, y el profesor ese había

preguntado por ella, o al menos eso decían, lo cual le hacía mucha ilusión, no lo podía negar. Mientras el tren pasaba Kista, Hallonbergen y Näckrosen se

puso a fantasear con lo que realmente debería decirles a sus compañeros, y

cuando bajó en Solna Centrum tenía una sensación chispeante, un burbujeo

que le recorría todo el cuerpo. Pero ya en el aparcamiento todo se desvaneció,

y no hizo falta más que una mirada: los ojos entornados y escrutadores de

Lasse Sandberg que siempre rondaban sus caderas.

—Mira lo sexi que se ha puesto Vargas para el profesor —soltó.

—Es que pensé que… —empezó Micaela.

—A lo mejor anoche jugaba un partido fuera de casa —intervino

Fransson.

—Y no es fácil encontrar el momento para cambiarse entre un partido y

otro —añadió Sandberg, y entonces Micaela decidió que no merecía la pena

intentar contestarles.

Se limitó a subir al Volvo 745 de Fransson y sentarse en el asiento de

atrás al lado de Jonas Beijer, quien le lanzó una mirada de comprensión. Se

miró las uñas preguntándose si no había sido una idiotez pintárselas. Al

levantar los ojos le deslumbró el sol.

El día era muy caluroso y no había ni una sola nube en el cielo. Dentro del

coche el ambiente resultaba sofocante. Algo debía de pasar con el aire

acondicionado, el aire zumbaba dando vueltas de un lado para otro sin

refrescar nada. Los hombres empezaron a sudar enseguida y el ambiente se

volvió bullicioso. Fransson se quejaba de que le dolía un huevo la mano

después de haber pegado unos tiros en la galería de Hagalundshallen esa

misma mañana.

—Es como si me ardiera toda la mano —dijo.

Fransson llevaba la voz cantante, como siempre. A falta de otra cosa que

hacer, Micaela se dedicó a estudiar cómo Beijer y Sandberg adaptaban el tono

de voz en cuestión de segundos. Si Fransson se quejaba de algo, ellos

también, y si se reía, ellos se unían al jolgorio. En ningún otro momento se

carcajeaban con tanto desahogo como cuando el objeto de su burla era el

comisario jefe Martin Falkegren, el hazmerreír común; qué idiota era y qué

ridículas esas borlas, o lo que fuera, que llevaba en los zapatos. El parloteo

del coche le resultaba insoportable a Micaela.

Ansiaba desesperadamente oír unas palabras, las que fueran, que no le

resultaran desgastadas y manidas; pero al entrar en Djursholm, donde se

sucedían las imponentes casas señoriales de la zona, se perdió en otro tipo de

pensamientos.

Djursholm estaba en la otra punta de su línea de metro. Allí vivían los que

habían nacido con un cupón ganador en la lotería de la vida. Entre los que

residían en Husby, en cambio, lo que más había eran restos de granadas y

metralla, fragmentos de aquello que se había roto lejos de allí. Esa idea

llevaba el sello de su hermano Simón.

«No necesito leer los periódicos para enterarme de lo que ha sucedido en

el mundo, lo veo en mis vecinos», dijo una vez, quizá porque nunca leía los

periódicos ni, a decir verdad, ninguna otra cosa tampoco. Pero tenía algo de

razón en lo que decía.

Si estallaba una guerra o una revolución en alguna parte del mundo, los

afectados del conflicto acababan en Husby. Hasta allí llegaban refugiados que

traían consigo una parte de esas guerras y que durante toda su infancia habían

aprendido a manejar las réplicas de los terremotos que habían sacudido sus

vidas.

—¿No lo hemos pasado?

—Tranquila, bonita, tranquila; no es que este sea precisamente mi barrio.

Debe de estar por aquí cerca —respondió Fransson mientras continuaba

conduciendo en dirección al agua hasta llegar a unas verjas altas provistas de

una cámara y un telefonillo.

Tras un breve intercambio de palabras atravesaron la verja y después una

fuente hasta llegar a un amplio patio que se abría delante de un magnífico

chalé de piedra color ocre con grandes ventanales, ubicado justo a orillas del

agua.

La casa tenía una escalera de piedra blanca que llevaba a un porche donde

les esperaba una mujer vestida con pantalones blancos de algodón y una blusa

azul que se movía al viento. Daba la impresión de tener entre treinta y cinco y

cuarenta años. Era pelirroja, con pecas en las mejillas, y lucía un cuerpo

esbelto y ágil que se antojaba extrañamente ligero a la intensa luz solar y les

hacía a todos los demás sentirse rechonchos y pesados a medida que se

acercaban a ella. Pero lo peor era su belleza. Era una belleza sobrecogedora, y

el hecho de que les recibiera con una simpatía tan exquisita no contribuyó en

absoluto a mejorar su estado de ánimo.

Todo lo contrario: reforzaba su superioridad. Micaela tiró, un poco

nerviosa, de su falda y se mantuvo detrás de Fransson. El comisario no solía

dejarse impresionar por nadie, pero en ese momento parecía andar perdido él

también, y más cuando entraron en la casa y vieron todo lo que había allí

dentro; ¿y qué iban a decir?

Una cosa era Falkegren con sus trajes y las borlas de sus zapatos, pero

esto iba más allá de lo que eran capaces de asimilar. La casa era de techos

altos y en las paredes colgaban cuadros grandes y hermosos; no había ni un

solo mueble o jarrón que no manifestara un estilo y una clase impecables. Se

oían las notas frágiles y melodiosas de alguien que tocaba el violín en una

habitación contigua. A Micaela la música la conmovió, y aun así la mujer —

que se presentó como Lovisa Rekke— solo parecía irritada. Dijo a modo de

disculpa:

—Dios mío, ya le he pedido que deje de tocar. —Luego elevó la voz—:

Julia, ya está bien.

El violín se calló y una chica de unos diecisiete o dieciocho años salió de

la puerta de la izquierda y, como era previsible, ella tampoco palió la

incomodidad de los policías: era ridículamente guapa, con el pelo rizado y los

ojos de un color azul claro.

—Lo siento, mamá, se me olvidó —se disculpó, y eso ya fue el colmo

para Micaela.

Allí delante tenían a una chica de un encanto alucinante y se pone a pedir

perdón por haber tocado el violín tan maravillosamente que había dejado

boquiabiertos a todos, y lo peor de todo: ninguno de ellos se hacía a la

situación. Nadie intervino para decir: «No, mujer, por lo que más quieras, si

era muy bonito». Se limitaron a quedarse allí pasmados, mudos y torpes, y

tuvo que ser Julia la que tomara la iniciativa al tenderles la mano y saludar

con un «Encantada de conoceros».

Micaela no pudo traer a la memoria ningún otro ejemplo que ilustrara

mejor una humillación de clases. Una chica adolescente los había convertido

a todos en un rebaño de ovejas con su educación y sus maneras mundanas, y a

Micaela le entraron ganas de romper un jarrón o arrancar un cuadro de la

pared o algo. Pero también le ocurrió otra cosa: empezó a pensar en los

artículos científicos de Rekke. Les había echado una ojeada durante la semana

sin haber encontrado ningún indicio de que hubiera colaborado antes con la

policía, como había afirmado Falkegren, ni tampoco de que se interesara por

los actos violentos.

Rekke más bien se dedicaba al estudio de los errores de pensamiento, las

jugarretas que nos hace el cerebro por culpa de ideas preconcebidas y

nociones falsas. Puede que fuera verdad lo que decía Fransson, que la

mayoría de sus estudios no eran más que sutilezas nimias y filigranas

intelectuales, pero había algo en ellos que la atraía: una claridad, creía, una

agudeza que Micaela había echado en falta.

—¿Dónde está? —preguntó Fransson irritado.

—Yo también me lo pregunto —contestó Lovisa Rekke—. Supongo que

se ha dejado absorber por algún tema suyo.

—No tenemos mucho tiempo.

—Lo entiendo perfectamente. Les pido disculpas. Voy a buscarle ahora

mismo. Pónganse cómodos mientras tanto —dijo Lovisa Rekke señalando un

conjunto de sofás y butacas que estaban situados al lado de una estatua de

bronce de una niña que hacía una reverencia sumisa.

Se sentaron a esperar.

Puede que no transcurriera tanto tiempo, pero se les hizo eterno, y después

de que la mujer volviera a bajar para pedirles disculpas una vez más, se

quedaron solos de nuevo y entonces Micaela lo percibió con claridad; la

espera y la casa también había afectado a los demás.

Había creado en todos ellos una gran expectación, aunque en el caso de

los hombres seguramente muy a su pesar. Incluso Fransson se puso ansioso y

empezó a toquetear su querido IWC Schaffhausen, el reloj que había

heredado de su hermano y que, como solía decir, estaba muy por encima de

sus posibilidades económicas.

—Bueno, ya que estamos aquí, a ver qué nos puede contar este profesor

—dijo, y al instante oyeron pasos que bajaban raudos por la escalera curva

para acto seguido ver a Hans Rekke acercarse a toda prisa, como un corredor

inquieto.