Obscuritas
Capítulo 36
Micaela oyó pasos a su espalda y se esperaba que una mano la agarrara del
hombro. Pero no apareció nadie, y empezó a buscar desesperadamente un
sitio donde esconderse hasta que allí, a unos veinte metros, descubrió el cartel
de los aseos. Entró a toda prisa en uno de los baños, echó el pestillo de la
puerta y hurgó en el bolsillo.
Sus manos dieron con una bolsita de plástico. La levantó y la olió. Era
cocaína, no cabía duda. Temblorosa, arrojó el contenido al retrete y vio
hundirse el polvo blanco en el fondo mientras los pensamientos se
arremolinaban en su cabeza y sus ojos nerviosos examinaban la bolsa.
Todavía había polvo dentro y, por mucho que intentara sacarlo todo,
quedarían rastros. Echó también la bolsita al inodoro y tiró de la cadena, pero
la bolsita permanecía flotando en el agua. Volvió a tirar de la cadena una y
otra vez sin éxito, y cuando alguien movió el pomo de la puerta, cerró los ojos
preparándose para el momento en el que forzarían la puerta.
Pero lo único que oyó fue la palabrota que alguien soltó fuera. Trató de
respirar con tranquilidad y limitarse a aguardar a que el agua terminara de
llenar la cisterna. Probó de nuevo y esta vez logró que la bolsita de plástico
desapareciera por el desagüe. Abrió la puerta y salió. En el control de
seguridad Rekke seguía dando conversación a los empleados, pero en cuanto
ella apareció dejó de charlar y la sonrió como si todo esto no hubiera sido más
que un pequeño y divertido incidente. Pasaron el control de seguridad,
cogieron su equipaje de la cinta, y echaron a andar tranquilamente hacia las
tiendas de duty free.
—Lo siento —se disculpó Rekke—. Tendría que haberlo previsto.
Micaela no dijo nada, al menos al principio.
—¿Cómo demonios han podido caer tan bajo? —espetó furiosa al cabo de
unos segundos.
—No lo sé —respondió Rekke—. Pero creo que…
Su mano rozó la de Micaela. Esbozó una sonrisa.
—¿Qué? —dijo ella.
—Que te han infravalorado. ¿Cómo te has dado cuenta?
Micaela cogió pasta de dientes de una estantería.
—La mirada de Bruckner cuando fuiste a la cocina. Tenía toda la pinta de
estar tramando alguna mierda, pero sobre todo sus ojos al marcharse. Se le
veía demasiado contento.
—Exacto —convino Rekke—. No estaba tan resignado como yo me
hubiera esperado. Me llamó la atención también, pero no se me ocurrió que
pudiera haber puesto algo en tu bolsa. Hasta ahí no llegaba mi imaginación.
¿Qué te ha llevado a sospecharlo?
Le miró a los ojos.
—No sé si lo podrías entender —comentó.
—Dame una oportunidad.
Micaela dudó mientras observaba a Rekke moverse hacia la caja de la
tienda con esa confianza suya.
—Tú ni te das cuenta del enorme respeto con el que te tratan por todas
partes, mientras que yo siempre tengo la sensación de que me van a pillar por
algo que he hecho. Es una cosa que arrastro desde que era pequeña. Va con el
pack de ser una sudaca de Husby.
Rekke la contempló.
—Y eso agudiza tu mirada.
—Supongo —dijo ella.
—Es un valioso recurso, y que seguramente ha costado lo suyo. Estoy…
—Rekke pasó el brazo alrededor de ella.
—¿Estás…? —preguntó Micaela.
—Impresionado.
Kabul, la noche del 4 al 5 de abril de 1997
Lo vio bajar al sótano. La linterna iluminaba la pierna y las zapatillas de tacos que
descendían por los peldaños, con cuidado, de uno en uno, y Latifa pensó, esto está mal,
es una locura. Puede que el espacio ahí abajo pareciera la celda de una cárcel, o una
tumba. Pero era su sanctasanctórum, el único refugio que había tenido durante sus días
de encierro e inquietud, en los que el tiempo no se manifestaba de otra manera que la de
verse cada vez más pálida y más flaca, y en los que los ataques la asaltaban más a
menudo. Allí abajo solía sentarse no solo para tocar y cuidar su violín, sino también para
leer alguno de sus libros escondidos.
Pero ahora era él quien bajaba; él, a quien nunca llegó a conocer, pero que durante
unos momentos había conseguido conmoverla porque parecía percibir cada nota que ella
tocaba con una receptividad mayor que nadie que hubiera conocido en su vida. ¿Qué
debía hacer?
Latifa miró por la ventana la ciudad y las montañas. No se veía a nadie y todo estaba
oscuro. Ninguna estrella iluminaba el cielo y las llamadas a la oración ya habían cesado.
Las luces estaban apagadas en todas las casas, y a lo lejos veía elevarse humo. Justo le
dio tiempo a pensar que seguramente era el humo de una catástrofe cuando le oyó decir:
—¿Vienes?
Huye, pensó, ve corriendo a casa de tu padre o de Taisir. Respondió: «Ahora voy», y
no solo era una locura, pensó, también quería tocar. El riesgo y el peligro solo
fortalecieron su anhelo. Bajó y sintió el hedor a sudor de forma aún más intensa. La peste
se mezclaba con el olor a tierra y humedad, y sin realmente vacilar levantó una de las
planchas de madera del suelo y sacó el estuche que contenía su Gagliano. Lo abrió y
acarició nerviosa el violín con las manos:
—Tengo que poner una sordina —explicó Latifa—. No quiero que nadie nos oiga. —No es necesario —dijo él—. Pero a lo mejor deberías afinarlo. —Ahora mismo lo afino —contestó ella.
Se puso a ello, pero tardó. Sus manos temblaban, y como había apartado la linterna,
ya no veía el rostro del hombre.
Por lo tanto, solo podía interpretar la situación por su respiración y su voz, que sonaba
tensa, como si se avecinara un momento grande y solemne. Latifa no pudo determinar si
eso era bueno o malo. Solo sabía que la música tiraba de ella como si estuviera a punto
de subir al escenario, como ante el concierto de su vida.
El taxi paró y bajaron. Micaela miró a su alrededor. Se encontraban en el
distrito de Lindenthal en Colonia, donde Mohammad Sarwani residía en un
bloque blanco de viviendas junto a un parque con largas alamedas. A pie de
calle había un restaurante indio. Eran las doce y media. Subieron en silencio
hasta el segundo piso y llamaron a la puerta.
No transcurrieron más que unos pocos segundos antes de que se abriera y
se asomara un hombre bajito, encorvado y de cabello ralo que los miró con
pequeños ojos entornados. No resultaba difícil entender por qué había pasado
desapercibido para tantos testigos. No parecía capaz ni de matar una mosca.
Sus brazos y piernas eran flacos, su mirada amable y curiosa, y a diferencia
de las descripciones de Grimsta, ahora daba la impresión de ser un hombre
honorable, acicalado elegantemente con unos pantalones blancos, una larga
camisa azul y un chaleco afgano con bordados dorados.
—Bienvenidos, es un gran honor recibirles.
—El honor es todo nuestro —respondió amablemente Rekke.
—He invitado también a mi hijo Taisir, como usted propuso, y a Darman
Dirani.
—Excelente —dijo Rekke, y se dirigió adonde estaban todos sentados en
un conjunto de sofás marrones en el salón—. Caballeros, soy Hans Rekke.
Esta es mi compañera Micaela Vargas.
Los hombres los saludaron con rígidos movimientos de cabeza, y se
advirtió enseguida: ni Taisir ni Darman tenían tanto mundo como el padre.
Contemplaban a Micaela más bien de manera hostil, sobre todo Taisir, que le
recordaba un poco a los chicos con los que se solía rodear Lucas. Su cuerpo
desprendía la misma concentración vigilante y poseía una de esas miradas que
se negaban a toda costa a mostrar algún signo de debilidad.
—Encantado de conocerlos. He pensado mucho en ustedes —añadió
Rekke.
Taisir parecía tomarse las palabras como un insulto, pero Rekke ni se
inmutó y se limitó a dar una vuelta por la habitación.
—Qué fascinante, como un pequeño y bonito museo —dijo, y sí que había
muchos objetos de distintas épocas y lugares del mundo.
Ante los ojos de Micaela, no obstante, nada en ese salón le resultaba
especialmente destacable, aparte de que había libros desordenados por todas
partes, y encima de las cómodas y mesas unas estatuillas de madera. Las
paredes estaban repletas de fotografías, no solo de Latifa, sino de otros
muchos violinistas famosos. A Rekke lo que más le interesó, por lo visto, era
un libro que había encima de una cómoda al fondo del salón. El libro se
llamaba The Gardens of Emily Dickinson. Mohammad Sarwani fue a su
encuentro, con una ligera cojera, todavía sonriente aunque un poco molesto
porque Rekke estuviera manoseando sus cosas.
—¿Le gusta Dickinson? —le preguntó.
—Por supuesto. ¿A quién no le gusta? Una poeta de las flores —dijo
Rekke.
—Sí, más que nadie.
—Pero no solo escribió versos bonitos sobre flores, ¿verdad? Además,
dominaba el arte de prensarlas. Mire esto, qué violeta tan bonita.
—Muy bonita —convino Sarwani con tono seco.
—Aunque una flor frágil. Necesita mucho cuidado —continuó Rekke.
Mohammad Sarwani mostró una sonrisa forzada.
—Sí —dijo—. Por eso las violetas fascinaban a Shakespeare, ¿no?
—Es verdad, casi lo había olvidado. ¿Qué es lo que le dijo Ofelia a
Hamlet? ¿Que las violetas se marchitaron cuando murió su padre?
—Una escena triste. Pero si las prensamos, como Emily Dickinson, viven
para siempre —apuntó Sarwani.
Rekke se rio.
—Aunque quizá no exactamente en la forma que ellas mismas hubieran
deseado. ¿Qué considera usted que simbolizan las violetas?
—Sobre todo la fidelidad y el amor.
—Y el amor es frágil, ¿no es así? Al igual que Ofelia.
—Diría que es una interpretación drástica.
Rekke pareció reflexionar un instante sobre esas palabras.
—Seguramente tenga razón. Mis pensamientos vuelan con demasiada
facilidad. Y la Iris afghanica, ¿qué simboliza?
La expresión del rostro de Sarwani cambió, al menos esa fue la impresión
de Micaela, aunque fuese por medio segundo. Al momento sonrió con la
misma amabilidad y confianza que cuando los había recibido en la puerta.
—Nada, que yo sepa. Pero desde luego es una flor que nos es muy querida
para los que somos de Kabul, puesto que es única en todo el mundo y fue allí
donde se descubrió.
—Lo entiendo. Crece en el monte Asamayi también, ¿verdad?, donde
vivía su hija.
—Es posible.
—Sí —dijo Rekke—. Así es, si no me equivoco. Una flor muy vigorosa.
Recuerda un poco a Latifa, ¿no? —Rekke siguió hojeando el libro—. ¿Sabe si
Dickinson prensó algún ejemplar?
—Lo dudo —afirmó Sarwani.
—Es verdad, ni las personas ni las plantas viajaban tan fácilmente en
aquella época.
Rekke volvió con los otros e hizo un gesto a Sarwani y a Micaela para que
se sentaran. Resultaba obvio que quería estar al mando.
—Por cierto, ¿no hay aquí demasiadas referencias anglosajonas para un
hombre que viene de Kabul? —continuó Rekke.
Sarwani toqueteó un poco los platos con nueces y otros aperitivos que
había puesto en la mesa al lado del sofá.
—Crecí dentro de la colonia británica de la ciudad —contestó.
—Sí, claro —dijo Rekke—. Y eso ya lo sabía. De ahí el interés por la
música occidental.
—Entonces ¿por qué lo pregunta? —intervino Taisir de repente.
A Rekke se le iluminó la cara.
—Buena observación. Tengo una estúpida debilidad por las preguntas
retóricas. Hablemos claro, mejor, y comentemos las infelices casualidades
que los llevaron ese día lluvioso a Grimsta IP —dijo Rekke antes de estirarse
para coger unos pistachos, mientras Micaela advertía cómo la atmósfera
alrededor de la mesita se volvía cada vez más amenazante.
Kabul, la noche del 4 al 5 de abril de 1997
Estaba sentada en la silla marrón que tenía desde que era una niña y sintió en todo su
cuerpo el deseo de tocar, pero también, con no menos urgencia, de entender de qué iba
todo eso realmente. Por eso dijo en voz muy baja:
—Perdón, estoy muy nerviosa, necesitaría ver tu cara. ¿Te parece bien si te ilumino? —Vale, está bien —respondió él.
Dirigió su linterna hacia él, no directamente a la cara —habría resultado demasiado
agresivo—, sino hacia el cuello y el pecho, lo cual hizo que sus facciones aparecieran
como una sombra cuyos ojos lucían en la oscuridad y no la calmó nada.
Le preguntó:
—¿Qué fue lo que te conmovió tanto en Moscú?
Él dio un paso atrás, de modo que su rostro se oscurecía aún más. —No lo sé —contestó, y no era lo que ella quería oír.
Rayaba en lo maleducado, y ahora olía aún peor que antes, o quizá sus sentidos se
habían agudizado por el miedo, y otra vez más ella se preguntó qué estaba haciendo.
¿Anhelaba tanto que alguien la apreciara que estaba dispuesta a arriesgarlo todo por
nada?, porque ¿qué esperaba en realidad? ¿Que la elogiara o que llorara como en
Moscú?
—¿Has oído que destrozan instrumentos? —comentó—. Dicen que desaparecen
músicos.
—Sí, lo he oído.
—¿No habrás venido a romper mi violín? —preguntó—. Llevaría a mi padre a la
desesperación. Además, en realidad ni siquiera es nuestro.
Él negó con la cabeza con un movimiento que tampoco fue demasiado convincente, y
ella se dio cuenta de que necesitaba desesperadamente palabras amables,
reconfortantes.
—Pero en Moscú te pareció bonito, ¿verdad?
—Me pareció… —contestó como si le costara hablar.
—¿Qué?
—Bonito, sí —continuó, y ella fue consciente en ese instante de que tendría que
conformarse con eso, y se preparó de nuevo, presa de una escalofriante sensación de
que su vida dependía de cómo tocara.
Tonterías, seguro que no eran más que tonterías, pensó, pero no consiguió
deshacerse de esa sensación. Algo funesto se cernía sobre la situación, y cuando se
puso el violín al cuello y alzó el arco, se quedó mirando fijamente su silueta en la
oscuridad. Pudo ver su ojo derecho.
Irradiaba expectación, pensó. Pero no sirvió de mucho, porque se figuró que su ojo
izquierdo, oculto en la oscuridad, la observaba amenazador y hostil, como si se tratara de
dos personas distintas: una que amaba su música y otra que la odiaba.
Una gota de agua caía de una grieta en la pared. Sintió la sangre palpitarle en el cuello
y en las muñecas. Acto seguido comenzó a tocar. «Méditation» de la ópera Thaïs,
exactamente como aquel día en Moscú, aunque al principio sonaba dubitativa e insegura.
¿Sería posible que sonara de otra manera? Estaba aterrorizada. Sopesó la posibilidad de
parar de inmediato y suplicarle que se compadeciera de ella. Pero probó a cerrar los ojos
e intentar aprovechar su miedo, y entonces, a pesar de todo, algo sucedió.
Las notas cobraron vida y se dejó llevar. Toda su desesperación la introdujo en la obra
y al final acabó balanceando el cuerpo de un lado a otro justo como antes. Entró en un
estado como de trance y al terminar bajó el violín y se quedó sentada con los ojos
cerrados aguardando un «bravo», un aplauso, una bofetada, un golpe, lo que fuera. Pero
solo hubo silencio. No se oía más que su respiración. Latifa abrió los ojos y miró a la
oscuridad.
El ojo derecho del hombre brillaba como si acabara de llorar ahora al igual que
entonces, y eso era bueno, pensó, era bueno. Pero también sacudía la cabeza como si al
mismo tiempo estuviese descontento, y ella preguntó con una voz que casi le fallaba:
—¿No ha estado bien?
No respondió. Más bien se quedó de piedra, como si la pregunta le hubiera asustado.
Al instante ella comprendió que no se debía a sus palabras. Se oían pasos arriba, y por un
momento se sintió aliviada; sería Taisir. Tenía que ser Taisir. Había venido a protegerla,
aunque seguro que se pondría furioso con ella por haber recibido la visita de un hombre
en medio de la noche. No le importaba, ya no; preferiría mil veces que su hermano la
golpeara a tener que seguir aguantando ese silencio. Aguzó el oído para escuchar los
pasos, esperaba oír el ritmo tan característico de Taisir, pero estos pasos eran más
pesados, más rígidos, y miró a Hassan Barozai. Parecía tan asustado como ella, y Latifa
se agarró con fuerza a su violín.
Rekke estaba sentado en una silla de madera, callado y un tanto inclinado
hacia delante. Micaela, acomodada a su lado en un sillón marrón, se
preguntaba si no debía empezar con el interrogatorio, o quizá no se trataba de
un interrogatorio propiamente dicho. No tenían ninguna grabadora ni tampoco
había abogados presentes. En cualquier caso, quería tomar la iniciativa tras las
digresiones de Rekke, así que se dirigió a Mohammad Sarwani:
—He visto que ya se le ha tomado declaración antes. Ese día afirmó que
no conocía a Jamal Kabir y que su hija tampoco lo conocía. ¿Sigue
manteniendo esta afirmación?
Mohammad Sarwani se dirigió a Rekke, como si hubiese sido él quien
hubiera hecho la pregunta.
—La mantengo —dijo.
—¿Y tampoco conoce a ningún Hassan Barozai? —continuó ella.
Mohammad Sarwani lanzó una mirada a su hijo Taisir, una ojeada fugaz,
nada más, pero suficiente como confirmación para Micaela. Lo había
alterado. Lo percibía.
—No —contestó.
—¿Está seguro? —insistió ella.
Mohammad Sarwani asintió, y Rekke, que por lo visto quería atribuirse el
papel de poli bueno en ese teatro, puso una cara comprensiva e hizo un gesto
abriéndose de brazos como queriendo decir: «¿Quién puede recordar todos
esos nombres?».
—Pese a todo supongo que le interesaría saber quién es ese tal Hassan
Barozai —dijo Micaela.
—La curiosidad es una virtud —respondió Mohammad Sarwani—.
¿Quién es?
—Un violista que durante un breve período de tiempo estudió con Latifa
en Moscú —explicó.
—Ajá —repuso Sarwani, sentado quieto sin inmutarse.
—Venía también de la escuela de Elena Drugov en Kabul, aunque volvió
a Pakistán, su país, tras la breve estancia en Moscú y dejó de tocar. No
regresó a Kabul hasta 1996, cuando los talibanes tomaron la ciudad, y lo hizo
bajo el nombre de Jamal Kabir. Participó en la persecución de músicos por
parte del régimen.
—¿De verdad? —dijo Mohammad Sarwani.
—De verdad —repitió Micaela, preguntándose cómo seguir, aunque no le
dio tiempo a decir nada.
Rekke carraspeó, y parecía que quería pedir perdón por la poca delicadeza
de Micaela.
—Barozai era una persona interesante —dijo—. Imagino que no solo
condujo una guerra contra los músicos, sino también contra sí mismo. ¿No
podemos identificarnos todos con eso? El deseo de matar aquello que una vez
ardió dentro de nosotros. El deseo de borrar ese anhelo que albergamos por lo
que no podemos tener.
—No sé yo —contestó Mohammad Sarwani secamente.
—En tal caso, con toda certeza está usted más sano que yo —continuó
Rekke—. Tengo la preocupante tendencia a identificarme con toda locura
humana. Al menos es mi vana aspiración.
—Una buena ambición para un detective, supongo.
Rekke se abrió de brazos.
—Sí, a lo mejor. Pero ¿sabe lo que pienso?
—No, profesor, no lo sé.
—Pienso que eso de querer destrozar lo que es inalcanzable por lo general
no es más que una pulsión oscura que late en secreto en nuestro interior. Y a
veces, como durante la revolución cultural china, se crea un sistema que lo
legitima. Nuestro anhelo por destruir se provee de una superestructura
ideológica, y es ahí donde todo puede ir verdaderamente mal.
—Sí, claro —comentó Sarwani.
—Aunque tampoco es ahí adonde quería ir a parar. Más que el autor del
delito, más que ese mediocre perpetrador, lo que me interesa son la víctima y
sus allegados. ¿Qué hacen cuando ninguna ley los protege, cuando el
envidioso puede arrasar con todo impunemente?
Sarwani se revolvió en el sitio, incómodo.
—Supongo que las víctimas tendrán que hacer sus propias leyes.
—Exacto, y eso era una idea que antes no me disgustaba del todo: cuando
el sistema judicial no funciona, creamos nuestros propios jurados, nuestros
propios tribunales.
Sarwani continuaba lanzando fugaces miradas a su hijo.
—¿Ah, sí? —dijo.
—Sí, de hecho —prosiguió Rekke—, y aunque hoy por hoy la idea me
asusta, aún percibo cierta belleza en ella, una garantía de que pese a todo la
decencia se mantiene en tiempos sin ley. Cuando el brazo de la justicia busca a tientas, tenemos que hacer justicia con nuestras propias manos, ¿o qué opina
usted, Taisir? —inquirió Rekke dirigiéndose al hijo de Mohammad Sarwani.
—Opino que está diciendo gilipolleces —soltó Taisir con repentina
agresividad.
—En ese caso, pido disculpas —dijo Rekke—. Porque, y espero que lo
hayan notado, les profeso a todos mi más profunda simpatía, y me alegra de
veras, Taisir, que usted y Darman Dirani estén aquí. Para ser sincero creía que
iba a haber más personas, aunque quizá no todos.
Mohammad Sarwani desvió la mirada de su hijo y enderezó la espalda,
como si recuperara todo su orgullo.
—Así que eso pensaba —apuntó con una sonrisa.
Rekke contempló con cierta melancolía a Micaela.
—Sí, en efecto —dijo—. ¿Saben? Fue mi compañera, Vargas, aquí
presente, quien acabó atando los cabos de esta historia.
Mohammad Sarwani tomó un sorbo de té y miró hacia la chimenea donde
había una fotografía enmarcada de una joven Latifa. Casi daba la impresión
de que la invocaba para que le ayudara.
—¿Y cómo se supone que esos cabos están atados? —quiso saber.
—A eso iba. Claritas, claritas, como suelo decir —continuó Rekke, y su
pierna izquierda empezó a moverse nerviosamente—. Pero antes de nada, y
perdone, Taisir, no puedo evitar hacerle una nueva pregunta retórica, siendo
usted el que mejor sabe lo que pasó en el bosque de Grimsta. ¿Recibió
Barozai el castigo que merecía? ¿Cómo lo ve?
—Depende evidentemente de lo que hubiera hecho —contestó con
sequedad Taisir.
Rekke se quedó pensando.
—Todos sabemos lo que hizo, ¿verdad? —dijo después—. O, para ser
más precisos, sabemos lo que ustedes creen saber, porque lo cierto es que no
se conoce con exactitud lo que le ocurrió a Latifa la noche del 4 al 5 de abril
de 1997 en Kabul.
—No.
—Pero hay bastantes indicios, ¿a que sí?, que muchos han pasado por alto
pero ustedes no.
Mohammad Sarwani se rebulló en el sofá y volvió a mirar el retrato de su
hija.
—¿Y cuáles serían esos indicios?
—Pequeños hallazgos en el lugar del crimen, por ejemplo.
Taisir y Darman Dirani se hicieron un gesto con la cabeza casi
imperceptible. Micaela incluso se figuró que se trataba de algún tipo de señal,
aunque seguramente estaba equivocada. Miró de reojo a Rekke, que seguía
contemplando con cierta melancolía a los presentes.
—Anoche estuve un par de horas mirando esa fotografía tan triste que
hizo del cuerpo sin vida de Latifa en el sótano, y hay una cosa a la que le sigo
dando vueltas. ¿Por qué no cubrió todo el suelo del sótano con tablas?
Mohammad miró por la ventana.
—Tuvimos problemas con humedades y moho, lo que nos obligó a
levantar parte del entablado. Estábamos preocupados por el violín.
—Qué pena —se lamentó Rekke—. Y, aun así, una suerte para los dos,
¿verdad? Es que ayer empecé a interesarme por los pequeños agujeros que se
vislumbran delante del cuerpo y del violín roto. Me extrañaron al principio
porque eran muchos, pero al examinarlos más de cerca lo llegué a
comprender: eran marcas hechas por tacos, por zapatos que se habían movido
inquietos por el suelo de tierra. Y claro, es verdad que puede haber tacos en
botines también, o incluso en botas, pero la sensación que dan es de que eran
zapatillas de fútbol, ¿a que sí? Especialmente como las… Perdón, he traído la
fotografía, de hecho. Un momento.
Sacó la foto de su bolsa y la puso encima de la mesita.
—Aquí —prosiguió, señalando una pequeña mancha blanca en la imagen
—. ¿Lo ven?
Ninguno de los hombres parecía tener muchas ganas de mirar, cosa que no
detuvo a Rekke.
—Anoche esa mancha me obsesionó. La escudriñé con minuciosidad
hasta que al final llegué a la conclusión de que se trataba de una franja de
pintura. Sin embargo, eso no es lo interesante, lo verdaderamente interesante
es que ese trozo no se haya descompuesto, sino que se haya mantenido entero.
Está claro que se ha pintado con una presión más fuerte y más uniforme de la
que se conseguiría con un pincel o una brocha, con toda probabilidad se hizo
con un carro marcador de líneas, una máquina de esas que emplean los
operarios para trazar los límites de las calles, y que también se usa en los
campos de fútbol.
Mohammad Sarwani bebió un poco de su té y recobró aparentemente algo
de la seguridad de antes.
—Tiene una buena capacidad de observación, profesor, y lo que dice es
muy interesante. Ahora bien, me temo que no es gran cosa como prueba.
—Correcto —continuó Rekke—. Con todo, los vínculos entre usted y el
infeliz violista se acumulan, ¿no es así?
—No lo llame infeliz —espetó Taisir.
—Cierto —dijo un calmado Rekke—. Prometo no extender mi empatía
tanto como para que llegue a él. Estoy de su lado, sobre todo ahora. In dubio
pro reo.
—¿En qué mierda de lengua habla usted ahora? —añadió Taisir con el
mismo enfado que antes.
—Pido disculpas. Es una mala costumbre que tengo, hablar en latín. In
dubio pro reo: en caso de duda, se favorecerá al acusado. Además, cuando
digo que han llenado una laguna en el sistema legal, lo digo en serio, y
personalmente estoy dispuesto a olvidarlo todo. Solo hay una cosa que me
preocupa.
—¿Y de qué se trata?
—Lo que siempre me preocupa cuando se administra justicia. ¿Se ha
castigado a la persona correcta? ¿O los vengadores en toda su impaciencia se
han precipitado en sus conclusiones? Pues hay huellas de otros zapatos en ese
sótano, de unos pies más grandes, ¿verdad?
Los hombres miraron nerviosos a Rekke, y para Micaela en ese momento
se disiparon todas las dudas; todos los que estaban en esa habitación eran
culpables. Se detectaba en la repentina inseguridad, en la pregunta que no
formulaban: «¿Es realmente posible que hayamos matado a la persona
equivocada?».
Kabul, la noche del 4 al 5 de abril de 1997
Dio un par de pasos a un lado de manera que quedó detrás de ella. No solo para huir del
alcance de su mirada.
Quería ver su espalda, como aquella vez en Moscú, aunque esa espalda ya no fuese
la misma. Latifa había adelgazado, se había vaciado, como si le hubiesen drenado la
sangre. Debía de estar enferma, tal vez moribunda. Darse cuenta le conmocionó, aunque
quizá le alegraba también un poco, como si fuese una especie de triunfo. Le recorrió un
escalofrío. ¡Cómo tocaba! Nadie nunca habría podido tocar con tanta belleza, pensó.
Era como si quisiera dejarse caer al suelo y llorar. Era la misma pieza que la que había
tocado en Moscú, «Méditation» de la ópera Thaïs, pero esta vez le resultaba diferente,
como si la música, en lugar de deseo y tristeza, describiera el cautiverio y el temor; y sin
podérselo imaginar en ese momento, evocar el recuerdo de esa música le haría sobrevivir
después en Salt Pit. Pero en ese momento, ahí en el sótano, le asaltó una sucesión de
imágenes contradictorias. Quería salir y alejarse de allí. Quería volver a Mirpur y quería
quedarse justo donde estaba. Al igual que en Moscú, Latifa tocaba con un vibrato lento
deslizándose entre las notas de tal modo que le vinieron a la mente las nanas que su
madre le cantaba y los ragas del sitar por las noches en la plaza, y pensó que le gustaría
seguir escuchando durante horas, pero también querría acallarlo, poner fin a todo aquello
que se despertaba en su interior, que le causaba dolor, y extendió una mano como para
acariciar su espalda.
La mano se tensó, como si más bien quisiera dar un golpe, y entonces la retiró y al
hacerlo rozó su arma, la Tokarev que llevaba en el cinturón. Le recorrió una oleada de
excitación. «Dispárala —pensó, un pensamiento que apareció como de ningún sitio—.
Dispárala». Pero en cuanto la idea pasó por su cabeza se asustó, y de nuevo quedó
absorbido por la música hasta tal punto que perdió la noción de todo. Sintió que en ese
momento podría hacer cualquier cosa, matarla a tiros o escapar con ella, y seguramente
esa era la razón por la que fue incapaz de articular palabra alguna cuando ella terminó. Se
limitó a murmurar algo de lo que apenas fue consciente, y entonces se oyeron pasos
arriba y se le heló la sangre, convencido de que el hermano de Latifa había vuelto. Acto
seguido advirtió un sonido tintineante que reconoció y suspiró aliviado, porque sospechó
que en realidad se trataba de Gamal. Pero el alivio solo duró un segundo antes de que el
temor la embargara de nuevo, aunque ahora de una manera que en cierto sentido le
acercaba más a Latifa.
La miró y justo le dio tiempo a sorprenderse de que los dos respiraran al mismo ritmo,
una respiración igual de impetuosa y jadeante, cuando Gamal bajó por la escalera del
sótano y dijo con una voz que sonaba amenazante y alegre al mismo tiempo:
—Assalamu alaikum. No quiero molestar. Continuad.