Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 11 de 39

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Obscuritas

Capítulo 11

 

—Bésame. Venga. Suéltate la melena, tía —dijo.

Era tarde y el ambiente, bullicioso. Había salido con Vanessa de nuevo,

por tercera o cuarta vez en un mes. Quizá no se había desmelenado del todo,

pero se lo había pasado bien, y gracias a Vanessa había podido disfrutar un

poco de ese aire de emoción y glamour que siempre había en torno a ella.

Vanessa era un imán en los bares y clubs del centro. Atraía sobre todo a

chicos del extrarradio, como aquellos con los que se habían criado las dos,

pero también a hombres de negocios, deportistas…, todo tipo de gente.

Incluso a Mario Costa, que había aparecido de repente y se había colocado a

aproximadamente un milímetro de Micaela. Mario acababa de firmar con el

Marsella francés y estaba en boca de todos. El malote y la estrella. Metía

goles y se metía en líos alternativamente, pero hiciera lo que hiciese nunca

lograba quitarse de encima la historia de su padre y Jamal Kabir, hasta tal

punto que ya formaba casi parte de su cuerpo, reforzando esa aura un poco

peligrosa que le rodeaba. Ya había cumplido los dieciocho años y era alto y

musculoso. Esa noche llevaba una camiseta negra ceñida de Nike y una gorra

con la visera de lado, y se les acercó con los andares de un vaquero de

película que se consideraba dueño de la ciudad, al igual que su padre de

joven.

Al principio ni siquiera reparó en la presencia de Micaela. Como todos los

demás, se interesaba por Vanessa, pero transcurrido un rato se volvió hacia

ella y entonces Micaela se dio cuenta de que no solo se movía como su padre,

sino que también bebía como él.

—¡Ey! —dijo.

—Hola —contestó ella.

—Cuánto tiempo. La última vez sería… cuando me interrogaste. Cuando

me preguntaste si mi viejo me había pegado.

—Sí, es posible —convino ella.

—Está agradecido que no veas, tía.

—No hice gran cosa.

—Agradecido que no veas —repitió.

—¿Cómo está?

—Se tuvo que ir del barrio. Lo ponían verde a todas horas. Le compré una

casa.

—Lo sé —afirmó ella.

—¿Y por qué no habéis cogido a nadie?

—Ya no tengo nada que ver con ese caso.

—¿Y por qué no habéis cogido a nadie? —dijo como si tuviera la

necesidad de repetirlo todo.

—Porque son idiotas.

—Pero cogisteis a otro tipo, ¿verdad? ¿Un árabe?

—No era él.

—Pero que sepas que el viejo está agradecido que no veas, tía —continuó,

y fue entonces cuando se inclinó hacia delante, o más bien hacia abajo, pues

le sacaba dos cabezas a Micaela, para besarla y le dijo que se soltara la

melena.

Tal vez podría haber sido algo no del todo desagradable, a pesar de todo,

por muy mocoso que fuera el chaval. Al mismo tiempo había algo engreído y

ridículo en su cara, como si lo que ofreciera fuera enormemente generoso, o

incluso una parte de la retribución por lo que ella había hecho por su padre, y

quizá influyera también que pensara en Jorge Moreno. El caso es que la

inicial sensación de algo un poco emocionante o cómico se mutó en un

repentino malestar.

Ella le dio un empujón un poco más fuerte de lo que era su intención, y

por la borrachera que llevaba se tambaleó hacia atrás y cayó encima de un

amigo, un chico bajito y obeso con el pelo engominado y un hueco entre los

dientes frontales, que casi se cae al suelo también.

—¿Qué estáis haciendo? —protestó.

—Bah, nada —dijo Mario mientras intentaba levantarse con un

movimiento tambaleante e inestable.

—¿Quién es esa tipa?

—Es esa tal Vargas de la que te hablé. La que investigaba el asesinato del

árbitro. Es una tía legal.

—Joder —soltó el amigo mirando a Micaela.

—¿Joder, qué? —respondió Micaela.

—Que deberíais mirar más de cerca a ese árbitro. He oído que se dedicaba

a pasar maría y mierdas así.

—Exacto, ¿y no traía algún lío de Afganistán también, no es eso lo que

pensáis ahora? —dijo Mario volviéndose de nuevo hacia ella con una

expresión de desconcierto en los ojos, como si realmente quisiera saberlo y se

hubiese olvidado por completo de que hacía un momento su intención era

morrearse con ella.

—No sé lo que piensan ahora —dijo ella, y se largó de allí.

Un chico con tres cervezas entre las manos chocó con ella y le manchó la

blusa. Micaela maldijo su suerte soltando una sarta de improperios, y no solo

dirigidos a Mario y al chico de las cervezas; también a la investigación.

¿Cómo coño podían echarla del equipo? La habían trasladado a investigar

robos de delincuencia juvenil por la zona de Husby, Rinkeby y Akalla, y

aunque su tasa de esclarecimiento de delitos era la más alta de su brigada,

nunca le tocaba trabajar ningún caso importante. Daba igual que fuera el

doble de buena que los demás, no volverían a aceptarla, a no ser que se

mostrara dispuesta a asestarle una puñalada en la espalda a su hermano.

Limpió un poco de la cerveza de su blusa mientras erraba de un lado para

otro por el Spy Bar a la caza de algo, quizá solo una sonrisa, una mirada de

flirteo, lo que fuera que la hiciera salir del sitio con un poco menos de

frustración. Pero se cansó enseguida, así que se fue a buscar su abrigo y se

marchó.

Era el 3 de abril de 2004. El invierno había sido gris y ventoso; ahora

hacía más calor, pero tenía frío en las piernas. Se había hecho una carrera en

las medias y era más tarde de lo que había pensado, la 1.48 para ser exactos.

Como temía perder el último metro a casa, echó a correr hacia la plaza de

Östermalm, sin prestar atención al mundo que le rodeaba.

Llegó a tiempo; el tren pasaría al cabo de cuatro minutos. Echó un vistazo

a su alrededor. Reinaba un ambiente alborotado allí abajo, lleno de gente, la

mayoría visiblemente borracha. Justo a su lado unos chicos daban patadas a

una lata de cerveza y fingían marcar gol en un partido de fútbol. Pegaban

gritos al tiempo que agitaban los brazos. Había algo inquietante en ellos,

pensó, como si ese júbilo en cualquier momento pudiera transformarse en

rabia. Pero ya no tenía fuerzas para preocuparse de ellos.

Se dejó llevar por sus pensamientos, y como tantas otras veces pensó en

Lucas. No se había enfrentado con él para pedirle explicaciones sobre lo que

sucedió en el bosque, pero la relación se había enfriado entre ellos. Una mujer

tosió cerca de ella. Sonaba a bronquitis, y justo como había previsto, los

chicos empezaron a mostrarse más agresivos y pendencieros. «¿Qué miras?», le espetó uno de ellos a un hombre mayor que llevaba una americana y que

estaba a su lado. Por un momento Micaela sopesó intervenir.

Pero no llegó a hacerlo. Se fijó en otra cosa, nada especial en absoluto,

solo un hombre alto vestido con un abrigo azul marino y un sombrero gris en

la cabeza que estaba al fondo del andén. También borracho a todas luces. Su

cuerpo se mecía hacia delante y hacia atrás, pero no molestaba a nadie. Se

limitaba a quedarse allí, apartado de los demás, con la parte superior del

cuerpo un tanto inclinada hacia delante. Con todo, había algo en él que puso

alerta a Micaela, y que quizá también la fascinaba, y solo a base de fuerza de

voluntad fue capaz de despegar los ojos del hombre para controlar a los

chicos. Le daba la sensación de que no haría falta más que una mirada, una

palabra, para que se liaran a puñetazos con alguien.

—Ya basta, tranquilizaos —dijo, y entonces se volvieron contra ella.

Alguien dio una patada más a la lata de cerveza, que acabó ruidosamente

entre las vías, mientras otro del grupo le espetaba:

—Déjanos en paz, zorra.

El chaval incluso dio un paso hacia ella, y por un momento Micaela

percibió su respiración y sus resuellos de rabia. Aun así, de forma un poco

inexplicable, ignoró al chico y se giró.

El hombre que estaba al fondo del andén atrajo de nuevo su atención, y

ahora se percató con toda claridad de que había algo sospechoso en sus

movimientos. No solo era su inestabilidad, sino la extraña determinación que

irradiaba su tambaleante cuerpo. Se iluminó el túnel. Los raíles cantaban. El

tren se acercaba, y en ese instante cayó en la cuenta. El hombre se preparaba

para saltar, y antes de que ni siquiera hubiera terminado de pensarlo, Micaela

echó a correr.

Chocó con el chico de delante, sin advertir que caía al suelo entre

maldiciones y juramentos. Avanzó corriendo todo lo que daban sus piernas

mientras gritaba: «¡No! ¡Por Dios, no!». Como el hombre no contestaba ni

reaccionaba, estaba convencida de que no llegaría a tiempo. Se acabó, era

inútil. Estaba segura. Aun así, continuó corriendo, frenética y furiosamente, y

en algún sitio de su mente apareció su padre. La imagen de su padre y del

hombre confluyeron en su cabeza y, en ese instante, en ese microsegundo, se

lanzó hacia delante. Después se acordó de cómo atravesaba el andén volando

hasta que se golpeó con algo de una fuerza inmensa que la arrojó hacia atrás.

Sintió un ardor infernal en la sien y en la mejilla mientras oía el ruidoso

traqueteo de los vagones del metro al pasar. No entendía lo que había

ocurrido. La cabeza le retumbaba y apenas veía nada; unas manchas rojas y amarillas bailaban delante de sus ojos. Estaba tirada sobre algo blando: un

cuerpo, comprendió, una barriga cubierta por una tela. Levantó la vista y vio

que el cuerpo estaba vivo.

Un hombre de facciones afiladas le devolvió la mirada, a la vez

asombrado y desconcertado, como si no entendiera por qué no estaba muerto.

Ella también intentaba hacerse una idea de la situación. ¿Qué había pasado?

Había salvado la vida del hombre, eso estaba claro. Pero ¿por qué le resultaba

todo tan raro y por qué estaba tan cabreada de repente?

—¡¿Qué coño estás haciendo?! —gritó.

—Yo… —empezó el hombre.

—¡¿No entiendes a lo que expones a la gente?! —gritó aún más fuerte, sin

el menor asomo de empatía.

Al fin y al cabo se trataba de un hombre que había decidido dar el paso

definitivo. Pero ni la furia ni el desconcierto de Micaela disminuyeron lo más

mínimo. Algo más estaba mal, sintió. Seguramente porque ella también se

encontraba en estado de shock. Se le había nublado la vista y el dolor era

indescriptible; solo quería cerrar los ojos y desaparecer. Aun así, se puso de

rodillas y sacudió la cabeza para aclarar la mirada, y entonces, aún más, le

pareció que había algo raro en la cara de ese hombre.

Resultaba contradictorio, como si debiera pertenecer a otra persona en

otro lugar, y de repente, o de forma progresiva —no lo tenía claro—, cayó en

la cuenta: el hombre era Hans Rekke, el maldito, inteligentísimo Rekke, que

ella creía que llevaba la vida más perfecta del mundo.

—¿E-Eres tú? —tartamudeó.

—¿Qué…? No… —fue su estúpida respuesta.

—Sí, eres tú.

—¿Quién?

—¿Hans Rekke?

—Sí… —murmuró—. ¿Qué ha pasado?

—Te he salvado la vida —dijo ella, y como respuesta a eso desde luego

había toda una serie de cosas que él podría haber dicho.

Darle las gracias, quizá, o echarle la bronca por impedirle llevar a cabo su

decisión final. En lugar de hablar se quedó mirándola fijamente con los ojos

inundados en desesperación. Acto seguido extendió sus brazos como un niño

que busca a su madre. Había algo tan frágil e indefenso en ese gesto que

Micaela sintió una punzada de desprecio, como si toda la admiración que

había sentido por ese hombre en un instante pasara a ser lo contrario.

—Quería…

—Morir, ¿no?

—¿Cómo? Sí… Tal vez.

—¿Cómo coño has podido?

—Te pido disculpas. Te he ocasionado muchas molestias —dijo, y a eso

ella no contestó nada; se quedó sin palabras.

Se limitó a ponerse de pie, agarrar las manos de Rekke y levantarlo.

Pesaba más de lo que había creído, por lo que los dos se tambalearon y

chocaron, acabando en un abrazo absurdo, de pie al lado de las vías y el

vagón del metro. Por un segundo se acordó de que en algún momento de

debilidad sin duda habría soñado con poder apretarse contra él, aunque

definitivamente no así, como si abrazara a un ahogado, un cuerpo que solo

quería caer, y también fue en ese instante cuando tomó consciencia de que no

estaban solos.

Toda la gente del andén se había congregado alrededor de ellos para

contemplar el espectáculo, también los alborotadores. Estaban en primera fila

de la multitud luciendo su lenguaje corporal de chulería y sus miradas ebrias.

Quería mandarlos a la mierda, pero en ese momento la interrumpió la voz de

alguien que hablaba muy alto y como para sí mismo:

—Dios mío, Dios mío.

Venía de un hombre de unos treinta años que llevaba una cazadora azul

marino y que tenía unos inquietos ojos azules.

—¿Cómo estáis? —preguntó.

Micaela se le quedó mirando irritada.

—No lo sé muy bien. ¿Tú quién eres?

—Soy el conductor de este tren. He visto algo pasar volando y he oído un

golpe, estaba convencido de que…

No terminó la frase, y ella se preguntó si ese golpe del que hablaba no era

en realidad su cabeza golpeándose contra el tren. En cualquier caso, se

concentró en intentar quitarse de encima a todos esos curiosos con miradas

que se le metían por debajo de la piel, de modo que anunció con toda la

autoridad que era capaz de reunir que era policía y que se encargaría del

hombre. La situación estaba bajo control, mintió antes de volver la vista hacia

atrás y descubrir algo tirado en el andén. Era el sombrero gris que Rekke

llevaba. Lo recogió y se lo enfundó.

Luego lo arrastró hasta las escaleras mecánicas, los dos tambaleantes.

Cargaba con todo el peso del hombre y durante mucho tiempo no dijo nada.

Estaba plenamente ocupada con mantenerle de pie e intentar comprender lo

que había pasado.