Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 21 de 39

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Obscuritas

Capítulo 21

 

Martin Falkegren estaba sentado a su escritorio, sintiendo una sombra de

pánico recorrer su cuerpo. ¿Eran realmente los americanos los que habían

torturado a Kabir? ¿Tenía razón Rekke pese a todo?

Le había dado esa sensación cuando habló con su hermano. ¿Volvería

todo como un bumerán para atizarles una bofetada en la cara? Fue duro

cuando tuvo que soltar a Giuseppe Costa, y ahora… ¿qué podría ocurrir? La

prensa le haría pasar por otro calvario, para empezar, eso por descontado.

Intentó no darle más vueltas a eso y pensó en Rekke, en cuando lo vio dar

esa conferencia en la universidad. Había tanta expectación en torno a su

figura, y el poder involucrarlo en la investigación le había llenado de orgullo.

Qué idea tan genial, había pensado. Qué jugada tan magistral.

Pero luego… ¡cómo se había torcido todo!

Charles Bruckner, de la embajada estadounidense —al que acababa de

conocer, de pura casualidad, o al menos eso esperaba—, lo había llamado

para decirle que el profesor no era de fiar, y, como el idiota que era, se había

dejado convencer. Pero ahora…, ¡mierda!…, se preguntó si Charles Bruckner

en realidad no lo habría engañado, mintiéndole descaradamente.

Pero no… Martin se negaba a creerlo. ¿Los americanos encadenando al

árbitro para torturarle, como unos bárbaros? No, eso era imposible.

Aun así… tenía que hacer algo. Se comió el último trozo de regaliz que

quedaba en el cuenco que había sobre la mesa y llamó a Fransson. El

comisario respondió al instante y dijo que su llamada era muy oportuna.

—¿Por qué?

—Porque estamos pensando en volver a incorporar a Vargas a la

investigación —explicó Fransson.

Martin se acordó de que Jonas Beijer había dicho algo al respecto.

¿Tendría algo que ver con las nuevas informaciones?

—Ni hablar —se opuso—. ¿No es su hermano una especie de mafioso?

—Sí, más o menos —reconoció Fransson—. Pero el caso de Kabir

necesita savia nueva, y resulta que ella ha conseguido averiguar nuevos datos muy relevantes.

—¿Ah, sí? —dijo Martin malhumorado.

—Además, está trabajando en el caso de todos modos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Acabo de recibir una llamada de Tove Lehmann, la reportera, ya sabes,

la que hizo el reportaje sobre Kabir en el informativo de deportes. Vargas ha

hablado con ella por iniciativa propia.

—Pero eso no es algo que debemos premiar, ¿a que no?

—Quizá no, pero creo que podría ser bueno tenerla cerca en esta fase de la

investigación.

Falkegren intentó ordenar sus pensamientos; era como si tuviera una

tormenta en la cabeza.

—¿Ha sido idea de Jonas?

Fransson dudó.

—Sí.

—¿Dijo que habló conmigo?

—No, no me suena.

Menos mal, pensó Martin, y decidió hacer otra llamada a Magnus Rekke y

esta vez exigirle que hablara claro.

 

Micaela se dio la vuelta. Tuvo el presentimiento de que alguien la estaba

vigilando, pero la única persona que vio fue un hombre joven que estaba en el

portal de al lado mirando hacia el agua. No será nada, me lo estaré

imaginando, pensó. Subió en el ascensor. La señora Hansson la recibió en la

puerta. Estaba hablando por teléfono e indicó con gestos que Rekke se

encontraba en la cama. Micaela se quitó el abrigo y cruzó el salón, por delante

del piano de cola. Pisar el parqué del salón le confería una sensación de

solemnidad. Todavía era como acceder a un mundo ajeno y prohibido. Se

acordó de su padre y todos los libros que tenían en casa cuando vivía pero que

Lucas había tirado, como si quisiera mostrar que ahora era él el que mandaba.

—Hola, ¿puedo pasar? —dijo cuando se acercaba al dormitorio.

—Bienvenida —contestó Rekke.

Al oír su voz Micaela sintió de nuevo hasta qué punto tenía ganas de

contarle todo lo que había oído. Sin embargo, el chisporroteo de las

expectativas se desvaneció al instante en cuanto lo vio. Estaba sentado,

incorporado en la cama, vestido, y todo en él resultaba marchito e inexpresivo. Apenas era capaz de mantener los ojos abiertos. Tenía mejor

aspecto en el andén del metro.

—Buenas tardes —saludó.

—Más bien, buenos días —respondió Micaela.

—Ah, sí, es verdad —musitó Rekke—. ¿Cómo va tu dolor de cabeza?

—Al verte a ti ha mejorado mucho de repente.

—Ya ves, ya he conseguido algo.

—¿Qué has hecho? —preguntó ella.

—Una estupidez.

—Debería haber tirado tus pastillas. Quizá lo haga ahora.

Rekke esbozó una pálida sonrisa. Sus labios se movían como si quisiera

despachar también ese comentario con una broma, pero le faltaban fuerzas. Su

cara se descompuso. Se limpió el sudor de la frente con una mano temblante.

—Tienes que espabilarte —soltó ella con un ardor que la sorprendió.

—Es verdad —admitió Rekke.

—La señora Hansson dice que han empezado a vigilarte. Que había un

misterioso coche aparcado delante del portal.

—No creo que sea para tanto.

Ella se quedó observándolo; se le antojó apagado por completo. Pensó en

cómo debía formular lo que se le pasaba por la cabeza.

—Tengo novedades sobre el caso —comenzó, y aguardó un poco con la

esperanza de que le preguntara de qué se trataba.

Pero Rekke no se inmutó. Daba la impresión de que lo único que quería

era desaparecer de su vista.

—Ya me lo dijiste —murmuró.

—Kabir estaba realmente compinchado con los talibanes.

—¿Ah, sí? —masculló sin curiosidad alguna.

—Era amigo del mulá Zakaria, el egipcio apátrida, ya sabes, el que se

convirtió en uno de los principales líderes del movimiento talibán. Al que

mató la policía secreta danesa el año pasado en Copenhague.

Rekke asintió con la cabeza y Micaela se convenció de que ya tenía su

plena atención, pero acto seguido cerró los ojos y frunció el ceño.

—Lo siento. Necesito descansar. Quizá podamos vernos mañana —dijo.

Micaela quiso echarle la bronca, pero se dio cuenta de que no serviría de

nada. En su lugar se dejó caer en el sillón marrón del dormitorio, mientras se

debatía entre esperar a que se despertara o marcharse a casa ya. Ninguna de

las dos alternativas le apetecía mucho. De repente se sintió muy sola. Estaba

tan ansiosa por hablar con él… y tal vez —resultaba inevitable— abrigaba la esperanza de que él viera de nuevo algo en el caso que nadie más había

detectado.

Ahora el hombre se limitaba a permanecer tumbado en la cama con cara

atormentada, al igual que Simón y otros yonquis que había conocido en su

trabajo. Le pasó un poco como en el andén del metro: toda la admiración que

le había profesado se esfumó, y en lugar de un brillante investigador e

incorruptible buscador de la verdad veía a un desastre de hombre, alguien

incapaz de tomar las riendas de su propia vida, y durante un rato Micaela no

hizo más que quedarse ahí sentada dejando que los pensamientos revolotearan

en su mente.

Le oyó suspirar, retorcerse, y dijo más que nada por decir algo:

—Perseguía a músicos. Rompía sus instrumentos.

Rekke abrió los ojos.

—¿Qué? —soltó con la vista clavada en el techo.

—Kabir se puso furioso y destrozó, entre otros instrumentos, un clarinete

y un violín en un arrebato enloquecido —explicó Micaela mientras Rekke

lentamente volvía la cabeza para mirarla.

A continuación cerró los ojos de nuevo respirando con pesadez, y Micaela

pensó: «No merece la pena hablar con él». Se oía el aullido de una

ambulancia en Strandvägen, y el viento hacía temblar los cristales de la

ventana. Se levantó para marcharse, o al menos para salir a la cocina y ver si

la señora Hansson había dejado de hablar por teléfono.

Justo en ese momento, cuando se disponía a salir, Rekke pegó un

respingo. Las pupilas bajo sus párpados se movieron como si soñara o

visualizara algo y el cuerpo se le puso rígido como si el agotamiento se

tornara en una enorme tensión.

Luego trazó un amplio gesto con la mano derecha que le resultó

extrañamente familiar, y que le recordó a un grácil movimiento en un baile.

—¿Qué me quieres decir con eso? —preguntó Micaela.

—¿Me puedes ayudar? —le pidió Rekke—. Necesito… —Le tendió una

mano y Micaela lo sacó de la cama de un tirón.

—¿Qué? —insistió—. ¿Qué necesitas?

—Algo que haga disipar la niebla. Tengo que pensar —dijo antes de

poner rumbo al cuarto de baño con pasos tambaleantes.

 

Carl Fransson quería subir corriendo al despacho del comisario jefe y montar

un numerito, pero se sentía demasiado pesado para movimientos drásticos. Tenía que bajar de peso. Tenía que hacer muchas cosas. Aunque eso lo dejaría

para más adelante, para el verano, porque ahora andaba demasiado liado.

Jonas Beijer estaba sentado enfrente con un aire de cabreo y ganas de exigir

explicaciones, y lo que le acababa de contar era una auténtica locura.

—¡¿Cómo coño pudo ocultar una cosa así?! —exclamó.

Jonas Beijer hizo un gesto de incredulidad con los brazos.

—Una fuente de la embajada estadounidense lo desmintió, y quizá ni

siquiera se lo creía para empezar. Es que tiene a Estados Unidos en alta

estima como Estado de derecho.

Fransson se enfadó aún más.

—Es como para llevarle a juicio, joder —espetó.

—Es bastante grave, sí.

—¿Qué hacemos ahora?

—Habría que comprobarlo en primer lugar. Pero no consigo dar con nadie

de Exteriores que sepa algo.

—¿Y cómo se enteró Vargas? —preguntó Fransson.

Le dio la impresión de que Jonas Beijer lo sabía pero no quería decirlo, y

eso le irritó sobremanera.

—Ya me figuraba yo que Kabir era algún tipo de terrorista —murmuró.

—¿Sí? ¿Lo sabías? —Jonas Beijer se sorprendió.

—Desde el primer momento —contestó, cosa que quizá no fuera del todo

cierta, pero tampoco del todo errónea.

Había sido escéptico aun cuando todos los demás ponían a Kabir por las

nubes, y cuanto más avanzaba la investigación, más claro le quedaba que

tenía razón. Todavía no sabían quién era en realidad, cierto, pero había sido

tan condenadamente complicado obtener información desde Kabul… No solo

por culpa de la lengua y las pésimas conexiones telefónicas y la lenta

burocracia afgana. También se intuía algo turbio, algún tipo de resistencia a

compartir información.

—No deberíamos haber confiado tanto en los americanos de Kabul —

concluyó Beijer.

—Ya, pero ¿qué opciones teníamos? —soltó Fransson con enfado—. La

policía local es corrupta a más no poder.

—No sé yo, tampoco creo que esté tan mal.

—Bueno, venga, márchate ya, a ver si consigues confirmar estas locuras

—dijo bruscamente mientras por algún motivo pensaba en Lovisa Rekke.

Solía aparecer en sus pensamientos cuando se sentía expuesto, como si

ella le recordara todo lo que no podía tener. Conminó a Jonas Beijer a que se diera prisa.

 

Rekke abrió el botiquín del cuarto de baño, sin saber muy bien qué tomar.

Necesitaba algo para subirle el ánimo. Necesitaba desesperadamente aclararse

los pensamientos.

Rebuscó en el botiquín hasta que al final se fijó en una cajita de Attentin.

Se tragó un puñado entero de pastillas, un poco exagerado quizá, pero esto

era algo que tenía que intentar comprender.

Encontró a Micaela en el sofá delante del piano con expresión preocupada

a la vez que curiosa. Se esforzó en intentar andar sin tambalearse. Luego se

sentó en el sillón enfrente de ella y se puso a examinar su moratón.

—De modo que Kabir rompía instrumentos de música —constató.

—Sí, en arrebatos de ira por lo visto —dijo Micaela.

—¿Solo? ¿Por iniciativa propia?

—No, parece ser que participaba en las persecuciones a los músicos que

hacían los talibanes. Estaba vinculado a uno de sus ministerios.

Rekke se quedó pensando un momento.

—Mencionaste un clarinete y un violín. No son instrumentos muy

habituales en ese país.

Ella le dedicó una mirada intensa, esperanzadora.

—Sucedió en la primavera de 1997. Los talibanes perseguían a las

personas que tocaban música clásica y que habían sido formados por los rusos

—explicó ella—. También hubo asesinatos, según mi colega, entre otros de

una violinista muy buena.

—Interesante —concluyó Rekke antes de cerrar los ojos.

 

Rekke parecía entrar en una especie de estado de trance. Su cuerpo se tensó y

las pupilas volvieron a movérsele bajo los párpados. ¿Estaba a punto de sufrir

un ataque? Micaela tuvo esa sensación. Pero de súbito abrió los ojos y su

pierna izquierda empezó a temblar.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella.

Rekke se volvió hacia ella.

—¿Cómo te lo digo sin sonar como un loco? Muy pronto me picó la

curiosidad por los movimientos de Kabir en el campo.

—Todos nos fijamos en eso. Eran muy especiales.

—Sí, mucho, pero también vi algo más específico. Al menos durante un

tiempo, antes de descartarlo como una proyección, un signo de déformation

professionnelle.

—¿De qué?

—Creía que mi antigua profesión distorsionaba mi mirada. Cuando estoy

maníaco, veo el mundo un poco como un espejo. Veo mi propia realidad en

otros.

—¿Y qué fue lo que descubriste en los movimientos de Kabir?

—Vi una técnica que daba la impresión de haberse trasladado de un

mundo a otro. Pero sobre todo me vi a mí mismo en Juilliard. Vi lo que yo

nunca llegué a dominar.

—¿Y eso qué era?

—El movimiento ascendente del crescendo y el descendente del

diminuendo. Me parecía ver el movimiento breve, intenso, del staccato, así

como el más bajo y amplio del legato. Me parecía ver la grandiosidad de

alguien que inicia y silencia —continuó.

—¿Qué es lo que estás intentando decir?

—Que hubo momentos en Grimsta en los que las manos de Kabir se

movían de una manera que se me antojaba aprendida, como algo que había

quedado almacenado en su cuerpo, como si hubiese practicado durante horas,

días y años, pero no para arbitrar, sino para ponerse delante de una orquesta.

Me dio la sensación, simplemente, de que Kabir había sido director de

orquesta. O al menos de que se había formado para ello o había soñado con

serlo. Incluso me pareció ver algo ruso en su técnica. Rasgos de Musin y

Belinski.

—Me suena… raro —dijo ella.

—Pues, sí —asintió Rekke pensativo—. No es lo que esperas de un

mecánico de motos de un pequeño pueblo cerca de Kandahar, que se diga.

—Pero ¿tú crees que puede ser cierto?

—Al menos creo que no estoy necesariamente loco del todo.

Micaela se estremeció, como cuando Rekke había explicado las lesiones

de Kabir.

—O sea —empezó Micaela—, quieres decir que ese odio contra la

música, quizá una vez…

—¿… fuera amor? —completó Rekke.

—Hay que fastidiarse, ¿y qué hacemos ahora?

—Creo que deberíamos indagar más en esa persecución de músicos, y

procurar hacernos una idea de por qué Kabir participaba en ella. ¿No has dicho que también habían matado a una violinista?

—Sí —confirmó Micaela.

—Vale, vamos a estudiar a fondo ese caso y a investigar el círculo de

personas que se dedicaba a la música clásica durante la ocupación soviética.

Micaela desvió la mirada al piano de cola mientras sonreía para sí misma,

como si hubiese recuperado algo que ni siquiera sabía que había perdido.