Obscuritas
Capítulo 21
Martin Falkegren estaba sentado a su escritorio, sintiendo una sombra de
pánico recorrer su cuerpo. ¿Eran realmente los americanos los que habían
torturado a Kabir? ¿Tenía razón Rekke pese a todo?
Le había dado esa sensación cuando habló con su hermano. ¿Volvería
todo como un bumerán para atizarles una bofetada en la cara? Fue duro
cuando tuvo que soltar a Giuseppe Costa, y ahora… ¿qué podría ocurrir? La
prensa le haría pasar por otro calvario, para empezar, eso por descontado.
Intentó no darle más vueltas a eso y pensó en Rekke, en cuando lo vio dar
esa conferencia en la universidad. Había tanta expectación en torno a su
figura, y el poder involucrarlo en la investigación le había llenado de orgullo.
Qué idea tan genial, había pensado. Qué jugada tan magistral.
Pero luego… ¡cómo se había torcido todo!
Charles Bruckner, de la embajada estadounidense —al que acababa de
conocer, de pura casualidad, o al menos eso esperaba—, lo había llamado
para decirle que el profesor no era de fiar, y, como el idiota que era, se había
dejado convencer. Pero ahora…, ¡mierda!…, se preguntó si Charles Bruckner
en realidad no lo habría engañado, mintiéndole descaradamente.
Pero no… Martin se negaba a creerlo. ¿Los americanos encadenando al
árbitro para torturarle, como unos bárbaros? No, eso era imposible.
Aun así… tenía que hacer algo. Se comió el último trozo de regaliz que
quedaba en el cuenco que había sobre la mesa y llamó a Fransson. El
comisario respondió al instante y dijo que su llamada era muy oportuna.
—¿Por qué?
—Porque estamos pensando en volver a incorporar a Vargas a la
investigación —explicó Fransson.
Martin se acordó de que Jonas Beijer había dicho algo al respecto.
¿Tendría algo que ver con las nuevas informaciones?
—Ni hablar —se opuso—. ¿No es su hermano una especie de mafioso?
—Sí, más o menos —reconoció Fransson—. Pero el caso de Kabir
necesita savia nueva, y resulta que ella ha conseguido averiguar nuevos datos muy relevantes.
—¿Ah, sí? —dijo Martin malhumorado.
—Además, está trabajando en el caso de todos modos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Acabo de recibir una llamada de Tove Lehmann, la reportera, ya sabes,
la que hizo el reportaje sobre Kabir en el informativo de deportes. Vargas ha
hablado con ella por iniciativa propia.
—Pero eso no es algo que debemos premiar, ¿a que no?
—Quizá no, pero creo que podría ser bueno tenerla cerca en esta fase de la
investigación.
Falkegren intentó ordenar sus pensamientos; era como si tuviera una
tormenta en la cabeza.
—¿Ha sido idea de Jonas?
Fransson dudó.
—Sí.
—¿Dijo que habló conmigo?
—No, no me suena.
Menos mal, pensó Martin, y decidió hacer otra llamada a Magnus Rekke y
esta vez exigirle que hablara claro.
Micaela se dio la vuelta. Tuvo el presentimiento de que alguien la estaba
vigilando, pero la única persona que vio fue un hombre joven que estaba en el
portal de al lado mirando hacia el agua. No será nada, me lo estaré
imaginando, pensó. Subió en el ascensor. La señora Hansson la recibió en la
puerta. Estaba hablando por teléfono e indicó con gestos que Rekke se
encontraba en la cama. Micaela se quitó el abrigo y cruzó el salón, por delante
del piano de cola. Pisar el parqué del salón le confería una sensación de
solemnidad. Todavía era como acceder a un mundo ajeno y prohibido. Se
acordó de su padre y todos los libros que tenían en casa cuando vivía pero que
Lucas había tirado, como si quisiera mostrar que ahora era él el que mandaba.
—Hola, ¿puedo pasar? —dijo cuando se acercaba al dormitorio.
—Bienvenida —contestó Rekke.
Al oír su voz Micaela sintió de nuevo hasta qué punto tenía ganas de
contarle todo lo que había oído. Sin embargo, el chisporroteo de las
expectativas se desvaneció al instante en cuanto lo vio. Estaba sentado,
incorporado en la cama, vestido, y todo en él resultaba marchito e inexpresivo. Apenas era capaz de mantener los ojos abiertos. Tenía mejor
aspecto en el andén del metro.
—Buenas tardes —saludó.
—Más bien, buenos días —respondió Micaela.
—Ah, sí, es verdad —musitó Rekke—. ¿Cómo va tu dolor de cabeza?
—Al verte a ti ha mejorado mucho de repente.
—Ya ves, ya he conseguido algo.
—¿Qué has hecho? —preguntó ella.
—Una estupidez.
—Debería haber tirado tus pastillas. Quizá lo haga ahora.
Rekke esbozó una pálida sonrisa. Sus labios se movían como si quisiera
despachar también ese comentario con una broma, pero le faltaban fuerzas. Su
cara se descompuso. Se limpió el sudor de la frente con una mano temblante.
—Tienes que espabilarte —soltó ella con un ardor que la sorprendió.
—Es verdad —admitió Rekke.
—La señora Hansson dice que han empezado a vigilarte. Que había un
misterioso coche aparcado delante del portal.
—No creo que sea para tanto.
Ella se quedó observándolo; se le antojó apagado por completo. Pensó en
cómo debía formular lo que se le pasaba por la cabeza.
—Tengo novedades sobre el caso —comenzó, y aguardó un poco con la
esperanza de que le preguntara de qué se trataba.
Pero Rekke no se inmutó. Daba la impresión de que lo único que quería
era desaparecer de su vista.
—Ya me lo dijiste —murmuró.
—Kabir estaba realmente compinchado con los talibanes.
—¿Ah, sí? —masculló sin curiosidad alguna.
—Era amigo del mulá Zakaria, el egipcio apátrida, ya sabes, el que se
convirtió en uno de los principales líderes del movimiento talibán. Al que
mató la policía secreta danesa el año pasado en Copenhague.
Rekke asintió con la cabeza y Micaela se convenció de que ya tenía su
plena atención, pero acto seguido cerró los ojos y frunció el ceño.
—Lo siento. Necesito descansar. Quizá podamos vernos mañana —dijo.
Micaela quiso echarle la bronca, pero se dio cuenta de que no serviría de
nada. En su lugar se dejó caer en el sillón marrón del dormitorio, mientras se
debatía entre esperar a que se despertara o marcharse a casa ya. Ninguna de
las dos alternativas le apetecía mucho. De repente se sintió muy sola. Estaba
tan ansiosa por hablar con él… y tal vez —resultaba inevitable— abrigaba la esperanza de que él viera de nuevo algo en el caso que nadie más había
detectado.
Ahora el hombre se limitaba a permanecer tumbado en la cama con cara
atormentada, al igual que Simón y otros yonquis que había conocido en su
trabajo. Le pasó un poco como en el andén del metro: toda la admiración que
le había profesado se esfumó, y en lugar de un brillante investigador e
incorruptible buscador de la verdad veía a un desastre de hombre, alguien
incapaz de tomar las riendas de su propia vida, y durante un rato Micaela no
hizo más que quedarse ahí sentada dejando que los pensamientos revolotearan
en su mente.
Le oyó suspirar, retorcerse, y dijo más que nada por decir algo:
—Perseguía a músicos. Rompía sus instrumentos.
Rekke abrió los ojos.
—¿Qué? —soltó con la vista clavada en el techo.
—Kabir se puso furioso y destrozó, entre otros instrumentos, un clarinete
y un violín en un arrebato enloquecido —explicó Micaela mientras Rekke
lentamente volvía la cabeza para mirarla.
A continuación cerró los ojos de nuevo respirando con pesadez, y Micaela
pensó: «No merece la pena hablar con él». Se oía el aullido de una
ambulancia en Strandvägen, y el viento hacía temblar los cristales de la
ventana. Se levantó para marcharse, o al menos para salir a la cocina y ver si
la señora Hansson había dejado de hablar por teléfono.
Justo en ese momento, cuando se disponía a salir, Rekke pegó un
respingo. Las pupilas bajo sus párpados se movieron como si soñara o
visualizara algo y el cuerpo se le puso rígido como si el agotamiento se
tornara en una enorme tensión.
Luego trazó un amplio gesto con la mano derecha que le resultó
extrañamente familiar, y que le recordó a un grácil movimiento en un baile.
—¿Qué me quieres decir con eso? —preguntó Micaela.
—¿Me puedes ayudar? —le pidió Rekke—. Necesito… —Le tendió una
mano y Micaela lo sacó de la cama de un tirón.
—¿Qué? —insistió—. ¿Qué necesitas?
—Algo que haga disipar la niebla. Tengo que pensar —dijo antes de
poner rumbo al cuarto de baño con pasos tambaleantes.
Carl Fransson quería subir corriendo al despacho del comisario jefe y montar
un numerito, pero se sentía demasiado pesado para movimientos drásticos. Tenía que bajar de peso. Tenía que hacer muchas cosas. Aunque eso lo dejaría
para más adelante, para el verano, porque ahora andaba demasiado liado.
Jonas Beijer estaba sentado enfrente con un aire de cabreo y ganas de exigir
explicaciones, y lo que le acababa de contar era una auténtica locura.
—¡¿Cómo coño pudo ocultar una cosa así?! —exclamó.
Jonas Beijer hizo un gesto de incredulidad con los brazos.
—Una fuente de la embajada estadounidense lo desmintió, y quizá ni
siquiera se lo creía para empezar. Es que tiene a Estados Unidos en alta
estima como Estado de derecho.
Fransson se enfadó aún más.
—Es como para llevarle a juicio, joder —espetó.
—Es bastante grave, sí.
—¿Qué hacemos ahora?
—Habría que comprobarlo en primer lugar. Pero no consigo dar con nadie
de Exteriores que sepa algo.
—¿Y cómo se enteró Vargas? —preguntó Fransson.
Le dio la impresión de que Jonas Beijer lo sabía pero no quería decirlo, y
eso le irritó sobremanera.
—Ya me figuraba yo que Kabir era algún tipo de terrorista —murmuró.
—¿Sí? ¿Lo sabías? —Jonas Beijer se sorprendió.
—Desde el primer momento —contestó, cosa que quizá no fuera del todo
cierta, pero tampoco del todo errónea.
Había sido escéptico aun cuando todos los demás ponían a Kabir por las
nubes, y cuanto más avanzaba la investigación, más claro le quedaba que
tenía razón. Todavía no sabían quién era en realidad, cierto, pero había sido
tan condenadamente complicado obtener información desde Kabul… No solo
por culpa de la lengua y las pésimas conexiones telefónicas y la lenta
burocracia afgana. También se intuía algo turbio, algún tipo de resistencia a
compartir información.
—No deberíamos haber confiado tanto en los americanos de Kabul —
concluyó Beijer.
—Ya, pero ¿qué opciones teníamos? —soltó Fransson con enfado—. La
policía local es corrupta a más no poder.
—No sé yo, tampoco creo que esté tan mal.
—Bueno, venga, márchate ya, a ver si consigues confirmar estas locuras
—dijo bruscamente mientras por algún motivo pensaba en Lovisa Rekke.
Solía aparecer en sus pensamientos cuando se sentía expuesto, como si
ella le recordara todo lo que no podía tener. Conminó a Jonas Beijer a que se diera prisa.
Rekke abrió el botiquín del cuarto de baño, sin saber muy bien qué tomar.
Necesitaba algo para subirle el ánimo. Necesitaba desesperadamente aclararse
los pensamientos.
Rebuscó en el botiquín hasta que al final se fijó en una cajita de Attentin.
Se tragó un puñado entero de pastillas, un poco exagerado quizá, pero esto
era algo que tenía que intentar comprender.
Encontró a Micaela en el sofá delante del piano con expresión preocupada
a la vez que curiosa. Se esforzó en intentar andar sin tambalearse. Luego se
sentó en el sillón enfrente de ella y se puso a examinar su moratón.
—De modo que Kabir rompía instrumentos de música —constató.
—Sí, en arrebatos de ira por lo visto —dijo Micaela.
—¿Solo? ¿Por iniciativa propia?
—No, parece ser que participaba en las persecuciones a los músicos que
hacían los talibanes. Estaba vinculado a uno de sus ministerios.
Rekke se quedó pensando un momento.
—Mencionaste un clarinete y un violín. No son instrumentos muy
habituales en ese país.
Ella le dedicó una mirada intensa, esperanzadora.
—Sucedió en la primavera de 1997. Los talibanes perseguían a las
personas que tocaban música clásica y que habían sido formados por los rusos
—explicó ella—. También hubo asesinatos, según mi colega, entre otros de
una violinista muy buena.
—Interesante —concluyó Rekke antes de cerrar los ojos.
Rekke parecía entrar en una especie de estado de trance. Su cuerpo se tensó y
las pupilas volvieron a movérsele bajo los párpados. ¿Estaba a punto de sufrir
un ataque? Micaela tuvo esa sensación. Pero de súbito abrió los ojos y su
pierna izquierda empezó a temblar.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella.
Rekke se volvió hacia ella.
—¿Cómo te lo digo sin sonar como un loco? Muy pronto me picó la
curiosidad por los movimientos de Kabir en el campo.
—Todos nos fijamos en eso. Eran muy especiales.
—Sí, mucho, pero también vi algo más específico. Al menos durante un
tiempo, antes de descartarlo como una proyección, un signo de déformation
professionnelle.
—¿De qué?
—Creía que mi antigua profesión distorsionaba mi mirada. Cuando estoy
maníaco, veo el mundo un poco como un espejo. Veo mi propia realidad en
otros.
—¿Y qué fue lo que descubriste en los movimientos de Kabir?
—Vi una técnica que daba la impresión de haberse trasladado de un
mundo a otro. Pero sobre todo me vi a mí mismo en Juilliard. Vi lo que yo
nunca llegué a dominar.
—¿Y eso qué era?
—El movimiento ascendente del crescendo y el descendente del
diminuendo. Me parecía ver el movimiento breve, intenso, del staccato, así
como el más bajo y amplio del legato. Me parecía ver la grandiosidad de
alguien que inicia y silencia —continuó.
—¿Qué es lo que estás intentando decir?
—Que hubo momentos en Grimsta en los que las manos de Kabir se
movían de una manera que se me antojaba aprendida, como algo que había
quedado almacenado en su cuerpo, como si hubiese practicado durante horas,
días y años, pero no para arbitrar, sino para ponerse delante de una orquesta.
Me dio la sensación, simplemente, de que Kabir había sido director de
orquesta. O al menos de que se había formado para ello o había soñado con
serlo. Incluso me pareció ver algo ruso en su técnica. Rasgos de Musin y
Belinski.
—Me suena… raro —dijo ella.
—Pues, sí —asintió Rekke pensativo—. No es lo que esperas de un
mecánico de motos de un pequeño pueblo cerca de Kandahar, que se diga.
—Pero ¿tú crees que puede ser cierto?
—Al menos creo que no estoy necesariamente loco del todo.
Micaela se estremeció, como cuando Rekke había explicado las lesiones
de Kabir.
—O sea —empezó Micaela—, quieres decir que ese odio contra la
música, quizá una vez…
—¿… fuera amor? —completó Rekke.
—Hay que fastidiarse, ¿y qué hacemos ahora?
—Creo que deberíamos indagar más en esa persecución de músicos, y
procurar hacernos una idea de por qué Kabir participaba en ella. ¿No has dicho que también habían matado a una violinista?
—Sí —confirmó Micaela.
—Vale, vamos a estudiar a fondo ese caso y a investigar el círculo de
personas que se dedicaba a la música clásica durante la ocupación soviética.
Micaela desvió la mirada al piano de cola mientras sonreía para sí misma,
como si hubiese recuperado algo que ni siquiera sabía que había perdido.