Obscuritas
Capítulo 26
Había preparado algo de pasta con salsa de tomate. Afuera seguía
lloviznando, pero el cielo estaba más despejado que antes. Todo apuntaba a
que sería una tarde agradable. Estaba en la cocina, y mientras comía
recordaba las palabras de Rekke con relación a los movimientos de Kabir. En
realidad sus observaciones no aclaraban nada. Aun así a Micaela le resultaban
alucinantes, y se planteó si debería llamar a Jonas Beijer; aunque, pensándolo
bien, si estaban ponderando su posible vuelta a la investigación, mejor no
molestarlo.
Micaela entró en el salón, encendió el ordenador y fue pasando las fotos
de Latifa Sarwani. Otra vez más fue incapaz de apartar la mirada de los ojos
de Latifa, que ejercían una atracción hipnótica. Se preguntaba si Kabir se
habría topado con esa mirada y, de ser así, ¿qué había sentido?
¿La había amado y había acabado despechado? ¿O se había sentido
ignorado y había querido destruir lo que no había podido ser suyo? Imposible
saberlo, al menos de momento, y quizá no tenía nada que ver con la historia.
Buscó la imagen de Latifa muerta que, por absurdo que pueda parecer, se
había publicado en la página, y contempló la silla volcada y el cuerpo
acurrucado con una mano extendida hacia el violín destrozado.
Junto al cadáver había pequeños restos del instrumento desperdigados,
que debieron de saltar volando al romperse el violín, así como pequeños
trozos de tierra o barro. Un río de sangre había brotado de la parte posterior
de la cabeza, envuelta en un velo que se había teñido de un color marrón
oscuro. Resultaba difícil comprender que se trataba de la misma persona
cuyos ojos brillaban tan rebeldes y orgullosos en las otras imágenes. Ahora
bien, era verdad que no se podía ver el rostro en la fotografía, solo el cuerpo
delgado, las piernas, las caderas, el fino cuello, así como la espalda en la que
se intuían los omóplatos debajo de la blusa. Los omóplatos… Micaela se
acordó de Tove Lehmann. ¿Podría haber sido Latifa de quien Kabir había
hablado?
Sonó el teléfono. Era Lucas. Mostraba su faceta más amable y quería
saber si Micaela se encontraba mejor. Dijo que sí, que se encontraba mejor.
Se le vino a la cabeza lo que Beppe había hablado sobre la letra de la canción
de Simón, pero sin duda se mosquearía si sacase el tema, pensó,
especialmente ahora que estaba de buen humor. Por eso se limitó a charlar de
todo un poco, y cuando le dio las gracias por su ayuda la última vez que se
vieron, cambió un poco la actitud de Lucas y le preguntó de dónde venía ese
renovado interés por Kabir. A Micaela se le escapó que había conocido a un
catedrático de Psicología que le había dado nuevos datos sobre el asesinato.
Se arrepintió enseguida.
—¿Es el Rekke ese? —preguntó Lucas.
Micaela se alarmó.
—¿Cómo es que lo conoces?
—Se comentaban cosas de él hace un tiempo. ¿No es un tipo rico? —
continuó.
Micaela dijo que no lo sabía, y le explicó que estaba cansada y que los
dolores de cabeza no habían remitido. Lucas fue comprensivo y dijo que iría
al día siguiente a su casa a ver cómo estaba.
—Mejor no —murmuró Micaela, pero para entonces Lucas ya había
colgado, y Micaela medio gritó—: ¡Maldita Vanessa! Ha tenido que ser ella la
que se ha ido de la lengua.
Vanessa nunca había dejado de admirar a Lucas. Además, siempre se iba
de la lengua. Aunque también era verdad que, hacía seis meses, cuando
Micaela más hablaba de Rekke, no tenía la menor idea de que su nombre
podría convertirse en información sensible. Seguro que no pasaba nada, se
convenció, y a falta de otras cosas más importantes se puso de nuevo con las
fotografías de Latifa Sarwani. Tampoco en esa ocasión le dio tiempo a
profundizar en ellas. Volvió a sonar el teléfono. Era Jonas Beijer, y parecía
acelerado.
Rekke estaba en su despacho preguntándose si le tenían pinchadas las
llamadas. Se imaginaba que sí; quizá debería pedirle el teléfono a la señora
Hansson. No, no quería inmiscuirla en la historia, decidió, y se puso a ver de
nuevo las fotografías de la autopsia, fijándose sobre todo en las líneas casi
imperceptibles en las manos y en las puntas de los dedos de Kabir. ¿Podría
tener razón? Creía que sí, de modo que escribió un correo electrónico a Viktor
Malikov, que estaba en Moscú:
¿Cómo te va, Viktor?
Recibió una respuesta directa, como si Viktor hubiera estado esperando su
mensaje.
¿Qué le dices a un hombre que adivina la intención detrás de todas las frases y al que
consideran capaz de desenmascarar al mismísimo diablo?
Rekke respondió, un poco forzado él también:
Te limitas a brindarle algunas informaciones bien adaptadas. Se contenta con muy
poco.
Viktor dio una rápida contestación de nuevo.
Empiezo a arrepentirme de haber regresado a la patria. Parece que tampoco esta vez
va a haber una democracia. Pero me he vuelto a casar con una bailarina y tenemos cuatro
hijos, y ya no toco tanto, solo lo indispensable para las clases. Pero no estoy demasiado
amargado. Leo mucho y bebo mucho y, por supuesto, sufro dolores difusos e
indeterminados todo el tiempo. Y a ratos te echo de menos. Alguien me susurró que has
perdido tu trabajo.
El trabajo todavía está ahí, contestó Rekke. Pero me han echado del país y me han
puesto una mordaza.
¡Vaya! ¿Qué ha pasado?
¿Te puedo llamar?, escribió Rekke. Sí, por favor.
Rekke se quedó parado un momento, preguntándose si no debería enviar
un mensaje a la CIA durante la conversación, si es que estaban pinchando sus
llamadas. Al final decidió llamar sin más. Inspiró hondo para prepararse para
hacer un poco de teatro social.
No porque Viktor no conociera su personalidad depresiva, sino porque
solía ser oportuno adaptarse un poco al bullicioso encanto de su amigo.
—¡Qué maravilla oír tu voz! —exclamó Viktor—. Pero ¿qué me estás
contando? ¿Te han echado de Estados Unidos?
—Tampoco es para tanto —dijo Rekke—. Me las apaño. Es que a veces
me cuesta callarme.
—Lo sé, hermano, lo sé.
—¿Te acuerdas de cuando jugábamos a adivinar qué instrumento tocaban
los músicos?
—Claro que sí.
—He vuelto a practicar esa disciplina. Pero necesito un poco de
información.
—Cuenta, cuenta. Ya me está picando la curiosidad.
Rekke respiró profundamente antes de hablar:
—Querría informarme un poco sobre los músicos afganos que estudiaban
dentro del sistema educativo soviético en los años ochenta. En realidad busco
a un hombre que después se hacía pasar por Jamal Kabir. Pero quizá sería más
sencillo si comenzáramos por una mujer que, supongo, recordáis, al menos
los que tenéis cierta edad. Sasha Belinski seguro que se acuerda de ella.
—Sasha empieza a estar un poco despistado.
—Con un poco de suerte tal vez pueda rescatarla de la memoria, de todos
modos. Estudió en el conservatorio de 1985 a 1988. Extremadamente dotada.
Con algo de tendencia al drama. Era consciente de su valor, y sin duda podía
despertar sentimientos. Se llamaba Latifa Sarwani y era de Kabul.
—¿Qué le ocurrió?
—Le pegaron un tiro en la cabeza en Kabul el 5 de abril de 1997, durante
un tiempo en el que los músicos eran perseguidos y sufrían un fuerte acoso
por parte del régimen talibán.
—Dios mío, ya sabía yo que me brindarías una historia de detectives, ¿no
era eso lo que siempre hacías? —dijo Viktor.
Rekke esbozó una desganada sonrisa.
—Lo pretendía quizá. En cualquier caso, me gustaría saber todo lo posible
sobre Latifa, y acotar el círculo de personas de su país de origen alrededor de
ella.
—¿Buscas a alguien en especial?
—¿No es así siempre en las historias de detectives?
—Sí, claro.
—En este caso se trata de un hombre, muy joven por aquel entonces, de la
misma edad que ella o de un año o dos menos, moreno, de complexión fuerte,
bastante bajo, facciones limpias. Te mando un par de fotos y una breve
descripción. Aunque no tengo un nombre, al menos ninguno que crea que
pueda ser válido.
—¿Qué tocaba?
—Tocaba… —empezó, pero decidió aguardar con la respuesta—. No lo
sé —continuó.
—Eso no suena al Rekke que yo conozco.
—Ese Rekke ha pasado a mejor vida.
—No me lo creo.
—Eres muy amable, Viktor. De todos modos, creo que ese joven abrigaba
serias ambiciones de hacerse director de orquesta.
—¿También una estrella, o qué?
—No estoy tan seguro. Más bien veo una tendencia de grandiosidad en él,
y señales de que se sobrevaloraba. Pero quizá debería tener cuidado con lo
que digo.
—Por el amor de Dios, especula todo lo que puedas, por favor. Eso era la
gran fiesta de estar contigo.
Rekke volvió a sonreír y sintió unas repentinas ganas de presentar sus
teorías. No obstante, resistió la tentación.
—No dispongo aún de información suficiente —dijo él—. ¿Puedo confiar
en que te pongas manos a la obra con esto?
—Haré lo que esté en mi mano. Me has alegrado el día, Hans.
Tras despedirse de Viktor, Rekke cerró las imágenes de la autopsia y
sopesó la idea de registrar la casa por si hubiera algunas pastillas escondidas
en algún sitio, o incluso la de llamar a Freddie, su antiguo camello.
¿Había sido Kabir músico también? Al principio las palabras de Micaela le
habían sonado absurdas, pero según las iba asimilando, Jonas Beijer se sentía
cada vez más inseguro. Se acordaba de pequeños detalles, cosas en las que
apenas había reparado antes pero que ahora veía bajo una nueva luz.
Entre otras, el interrogatorio de Emma Gulwal, la clarinetista. Él mismo la
había interrogado en Berlín y recordaba lo hostil que se había mostrado al
principio, aunque se le pasó enseguida. Lo había interpretado como la
manifestación de ese malestar que muchos experimentan al hablar con la
policía.
Buscaba información de una noche en la que ella recibió la visita de tres
representantes de la policía religiosa en Kabul. Era el 24 de marzo de 1997, a
última hora. Sus dos hijos dormían. Hacía tiempo que tenía miedo, decía; el
ambiente de la ciudad se había tornado cada vez más hostil. Cuando
irrumpieron en su casa se sobresaltó llena de temor, pero al ver que uno de
ellos era Kabir se sintió aliviada. Jonas había preguntado por qué. Había oído
hablar bien de Kabir, decía; era una persona más moderada, se dedicaba al
fútbol y hacía cosas buenas también. Por eso casi sin dilación sacó su
clarinete del cajón del armario y se lo dio, «para evitar que pusieran toda la
casa patas arriba».
«Prometió cuidarlo, y yo no podría tocarlo de todas formas», había
relatado ella, y todo sonaba lógico en opinión de Jonas.
Reinaba un ambiente tal que la gente hacía lo que fuese para no sufrir
daños o arriesgarse a que se los llevasen. Al principio, decía, todo parecía esperanzador. Kabir pasó la mano por el clarinete y lo levantó, «casi como si
quisiera tocarlo». Acto seguido se transformó. Sus ojos se oscurecieron y
rompió el instrumento contra el marco de la puerta, «como si quisiera
vengarse de toda una vida». Esa frase era la que ahora le venía a la mente a
Jonas, y la que le impulsó a llamar a Micaela una vez que hubiera llegado a su
casa en Swedenborgsgatan y se hubiera encerrado en el dormitorio para que
Linda y los chicos lo dejaran en paz.
—¿Cómo estás? —dijo.
—Bien —respondió Micaela—. ¿Tienes algo que contarme?
—Todavía no. Pero puedes estar tranquila, porque no pararé hasta que
consiga volver a meterte en el grupo. Lo que quería decirte es que…, joder…,
me da casi vergüenza.
—¿Qué es lo que te da vergüenza, Jonas?
—No hemos sido capaces de levantar la mirada. A veces me pregunto si
no nos hemos dejado desmoralizar.
—¿A qué te refieres?
Sintió una resistencia interior, pero al mismo tiempo la imperante
necesidad de expresarlo.
—Intuíamos todo el tiempo, después de haber soltado a Costa, que los
altos mandos no daban ninguna prioridad al caso, y permitimos que eso nos
afectara. Quizá también por lo difícil que era trabajar con los de allí abajo, y
los representantes americanos, que deberían habernos ayudado, en el fondo
nunca aportaron nada a la investigación. De alguna manera resultó un alivio
librarse de todo esto.
—Jonas, ¿adónde quieres ir a parar?
—Tal vez haya algo en eso de que Kabir tenía un pasado relacionado con
la música.
Jonas notó cómo se despertaba el interés de Micaela.
—¿Y por qué dices eso?
—Porque he empezado a creer que Emma Gulwal conocía a Kabir desde
hacía tiempo, pero sobre todo por lo raro que se comportó con su clarinete.
Jonas le contó lo que Emma había dicho. Micaela se quedó pensativa.
—¿Por qué iba a ocultar que se conocían?
—No lo sé —respondió Jonas—. No lo sé. ¿Y si tomamos esa cerveza que
tenemos pendiente y lo comentamos?
—Me duele la cabeza demasiado —se excusó Micaela, y aunque Jonas
sabía que probablemente era verdad, de alguna manera se lo tomó como algo
personal.
Después de colgar se puso a revisar la investigación hasta la una y media
de la madrugada.
Fue una noche en blanco. Rekke no se había esperado otra cosa. Se sentía
fortalecido por haber sobrevivido a las peores horas antes del alba, las horas
del lobo, aunque también sabía que el primer día de abstinencia no era nada.
Hasta el séptimo u octavo día no llegarían los verdaderos tormentos. Intentaba
no pensar en eso. Se fue a Djurgården a correr y volvió tan hecho polvo que
apenas se percataba de los nerviosos temblores de su cuerpo. Se dejó caer de
cuclillas bajo la ducha jadeando sin parar. Después se vistió con una camisa
azul claro y un traje gris, antes de sentarse en su despacho y mirar el correo
electrónico. Viktor le había enviado algo por la noche a las 2.48: fotografías,
por lo visto, así como una petición de llamarle «tan pronto como fuese
posible, con tal de que hayan dado las nueve y me haya podido tomar café,
pues he estado bebiendo vino y vodka toda la maldita noche por ti».
Rekke miró su reloj y sumó una hora. Eran las ocho y veinte en Moscú,
prácticamente las nueve, en otras palabras. Llamó, y tras el quinto tono de
llamada se topó con un gruñido.
—¿Qué pasa? —contestó Viktor en ruso.
—Despiértate, Viktor. Mientras tanto voy echando un vistazo a las fotos
que me has mandado —dijo Rekke, y se puso a mirar lo que había recibido.
Sobre todo eran retratos de los estudiantes del tercer curso del
conservatorio de Moscú en otoño de 1987, y Rekke no tardó en encontrar a
Latifa. Estaba sentada en la segunda fila, abajo a la derecha, y tenía más o
menos el aspecto que se esperaba: guapa y orgullosa, con ojos
desproporcionados y una mirada que no tenía intención de pedir perdón por
nada. Aunque quizá —Rekke la examinó con más detenimiento— podía
percibirse algo nuevo que no reconocía de las fotografías de la Latifa joven en
Kabul, una luz asimétrica y un poco inquietante que la hacía más difícil de
interpretar.
—Por todos los diablos, ¿son ya las nueve? —refunfuñó Viktor.
—Más o menos, sí. ¿Con quién estuviste bebiendo anoche?
—Con Belinski. Todavía aguanta. Medio senil a ratos, pero bebe como si
no hubiese un mañana. Me estuvo contando que tocaste una vez a Ravel en
Berna bajo su dirección.
—Uf, qué recuerdo tan horrible. Aunque sin Sasha no habría sobrevivido.
¿Sacasteis algo en claro?
—Demasiado. Belinski no paró de hablar de tu violinista. Parecía que
hubiera estado enamorado de ella. Un talento extraordinario, según él; a
menudo, ciertamente, sobreactuaba tanto que se acercaba al melodrama más
pretencioso, pero a veces era capaz de detener el tiempo. Se le saltaron las
lágrimas hablando de ella. La mejor de todos mis alumnos, dijo, y la mataron.
¿Eso qué nos dice de nuestra época?
—Es como para preguntárselo.
—Afirma que tocaba como un ángel —continuó Viktor—. Brahms,
Sibelius y Paganini sobre todo. Ensayaba a todas horas. Pero no por eso era la
típica chica buena y obediente. Tenía un humor de mil demonios. Daba
portazos y provocaba peleas. Y siempre era el epicentro de todo, según
Belinski; se hablaba de ella constantemente, y a veces mal también, claro.
Provocaba muchas envidias, pensaban que tenía aires de diva y que estaba
sobrevalorada. Incluso hay cínicos que dicen que no era raro que la acabaran
matando. Belinski, en cambio, no parece llegar a comprender cómo nadie, ni
siquiera los talibanes, fue capaz de hacerla callar. Creía que ella iba a
superarlo todo.
—¿Has encontrado a otros músicos afganos en su círculo de amistades?
—Sube tres filas en la foto de la clase, un poco a la derecha. Ese de ahí es
Darman Dirani, ¿lo ves?
Rekke lo vio: un hombre joven, de unos diecinueve años, veinte a lo
sumo, de tez oscura, pelo rizado, ojos pequeños y una nariz prominente de
puente curvado, y con algo de timidez en la mirada. Llevaba una camisa
oscura, abotonada hasta el cuello, y unas gafas redondas.
—Darman era compatriota y de la misma edad, también violinista —
continuó Viktor—. Él y Latifa entraron a la vez en el conservatorio y eran
buenos amigos desde la adolescencia. Habían tenido la misma profesora en
Kabul, e incluso puede que fueran pareja durante un tiempo, Belinski no lo
sabía con seguridad. Darman no debió de haberlo tenido nada fácil en la vida.
Échale un vistazo a la segunda foto que te he enviado de su cuarteto de
cuerda. ¿Ves cómo la está mirando? Con admiración, ¿a que sí?, pero también
con inseguridad, casi de manera abnegada. Darman la quería, clarísimamente,
y Latifa lo quería a él, pero no tanto.
—Darman, ¿sigue con vida?
—Sí, ahora vive en Colonia.
—En Colonia… —murmuró Rekke.
—Sí, es el segundo violín de la Filarmónica de Colonia. Estoy convencido
de que merecería la pena hablar con él. Por lo visto siempre estaba atento a sus movimientos, siempre la seguía de cerca. Pero lo interesante de verdad es
otra cosa.
Rekke miró de nuevo la foto de la clase de Latifa e intentó comprender
qué es lo que había cambiado en ella. Era, pensó, como si ya la hubieran
privado de algo.
—¿Estaba Latifa enferma? —preguntó.
A Viktor, a punto de contar una cosa diferente, le costó un poco cambiar
de tema.
—¿Cómo? Bueno, sí… Al parecer había sospechas de que padecía
epilepsia. Sufrió un ataque mientras tocaba en una masterclass. Aunque lo
que te quería contar era que Latifa y Darman Dirani vinieron de un
conservatorio en Kabul con el nombre un poco rebuscado de «Universidad de
la Amistad Soviético-Afgana por la Música Clásica» —continuó—. Estaba
bajo la dirección de Elena Drugov, ¿la conoces?
—No, en absoluto.
—Claro, ¿por qué ibas a conocerla? Era una violonchelista y directora de
orquesta de Novosibirsk. Pero ante todo era una misionera, una entusiasta.
Creo que ni siquiera hacía falta que el partido le encomendara ir a Kabul; se
fue por iniciativa propia para montar su escuela. Supongo que entiendes la
idea que había detrás. La guerra no se ganaría solo con armas, sino también
con cultura y marxismo-leninismo. La escuela nunca llegó a ser
especialmente popular. Nada soviético fue muy popular en Kabul. Con todo,
se apuntaba un número sorprendente de estudiantes, también del extranjero.
Unos cuantos convencidos comunistas, sin duda, pero la mayoría de ellos eran
jóvenes que solo buscaban la oportunidad de tocar música de compositores
occidentales y de desarrollarse como músicos. En poco tiempo la escuela
adquirió renombre y era de todos conocido que Elena tenía un presupuesto
nada desdeñable para becas. Podía mandar a sus mejores estudiantes a la
Unión Soviética, por lo general a nuestro conservatorio. Nadie más tuvo una
oportunidad como la de Latifa y Darman, pero a muchos se les dio la opción
de venir un corto período de tiempo a tocar y recibir enseñanza de primera en
Moscú, y es aquí donde la historia empieza a dar un poco de miedo.
—¿En qué sentido?
—Varios de los estudiantes becados desaparecieron después bajo el
régimen talibán. A una de ellos, Latifa, la encontraron muerta a disparos en su
casa. Pero otros se esfumaron y nunca se supo de ellos.
—Interesante —dijo Rekke.
—Corrían peligro, evidentemente —añadió Viktor—. Se habían aliado
con el poder soviético, y practicaban algo que estaba prohibido por el régimen
y que se asociaba con Occidente. Pero aun así me resulta sospechoso. Es
cierto que en Afganistán perseguían a los músicos; he intentado estudiar el
tema un poco. Les rompían los instrumentos, los castigaban a latigazos, los
acosaban. Incluso llegaban a matarlos a veces.
—Pero no era lo habitual.
—No, y en este caso son demasiados. Estadísticamente resulta
preocupante, en mi opinión. Pero, claro, mi cometido era ser detective.
Rekke calló y digirió lo que acababa de oír. No lejos de él estaba la señora
Hansson, nerviosa, como si le quisiera decir algo. Sentía una opresión en el
pecho y una punzada de dolor subirle hacia el hombro y el corazón. Pensaba
en Latifa Sarwani y consiguió olvidar a la señora Hansson, que, algo
avergonzada, terminó yéndose.
—Estos estudiantes becados de Kabul —dijo Rekke—. ¿No tendrás por
casualidad una lista de ellos?
—Tengo los nombres de los que acogimos nosotros en el conservatorio
durante esos años.
—Estupendo. Da gusto tratar contigo, Viktor. ¿Elena Drugov vive
todavía?
—Murió de cáncer de útero en agosto de 2001. Pero hacia el final de su
vida parece que temía que alguien quisiese hacer daño a sus antiguos
estudiantes.
—Interesante —dijo Rekke—. Y la foto del árbitro que te envié, ¿nadie ha
podido reconocerlo?
—Ah, sí…, olvidé comentártelo. Belinski se la llevó a casa ayer. Dijo que
la foto lo dejó aturdido.
—¿Porque el hombre le resultaba familiar?
—No sé si interpretarlo así. Solo explicó que la fotografía tenía algo raro.
Pero quizá era por el extraño traje que llevaba el chico.
—¿No le puedes informar a Sasha de que creo que el chico tocaba la
viola? A lo mejor le ayuda a acordarse de él —le pidió Rekke.
Viktor se rio.
—Así que al final resulta que has deducido qué instrumento tocaba. Lo
sabía.
—Analicé un par de cositas, pero no estoy seguro del todo.
—Por cierto, ¿respiras mal? Te noto con una respiración muy acelerada.
—No, no me pasa nada. De todas formas has hecho un trabajo magnífico,
Viktor. Volvemos a hablar pronto.
—¿No me irás a colgar ya? Si apenas nos hemos saludado.
—Sí, te cuelgo. Duerme para que se te pase la borrachera y hablamos —se
despidió Rekke dando por terminada la conversación. Notaba que,
efectivamente, su respiración era pesada.
Además su cuerpo temblaba, como si hubiera recibido una descarga
eléctrica. Masculló para sí mismo: «¿Qué es esta tontería? ¿Este estúpido
masoquismo?».
Llamó a Freddie Nilsson. No se podía permitir un maldito síndrome de
abstinencia. Sin embargo, no le dio tiempo a esperar a que se oyeran los
tonos, porque la señora Hansson volvió a aparecer para anunciarle que
Micaela estaba de camino. Entonces Rekke decidió posponer un rato su
recaída.
Se puso a escudriñar la foto de la clase de Latifa de nuevo, pero no sacó
nada en claro. Le costaba centrar la mirada y lo veía todo un poco difuso, pero
finalmente descubrió qué era lo que le había llamado la atención antes: el ojo
izquierdo de Latifa. Allí una vez había brillado algo, pero ya no lo hacía.
Micaela se despertó a las ocho del martes con la sensación de que algo había
cedido. Llevaba diez horas durmiendo. Fuera caía la lluvia, una aliviadora
lluvia de primavera. Se quedó un rato tumbada en la cama con las manos en el
estómago, mientras el recuerdo de la noche anterior acudía a su cabeza, y de
pronto comprendió por qué esa mañana traía tanta esperanza.
El dolor de cabeza había desaparecido, y habían dado un paso adelante en
la investigación. Era como si hubiera recuperado lo perdido. Sopesó qué
hacer: ¿debería llamar a Vanessa y cantarle las cuarenta por haberse ido de la
lengua? Mejor no, pensó. ¿Qué más daba si Lucas sabía a quién había visto?
Además, el chivatazo podría haber venido de cualquiera de la comisaría. Dejó
vagar los pensamientos un rato, y se acordó de lo que Jonas Beijer había
dicho de Emma Gulwal: que Kabir había pasado su mano por el clarinete con
mimo, «casi como si quisiera tocarlo», pero que acto seguido se había vuelto
como loco y lo había golpeado contra el marco de la puerta «como si quisiera
vengarse de toda una vida».
Por supuesto que esto no tenía por qué significar nada, pero tampoco
contradecía la teoría de que Kabir hubiera sido músico. Se levantó, entró en el
baño y oyó resonar en su cabeza un par de notas musicales. Era el adagio de la pieza de Bruch. Tarareó la melodía mientras se preguntaba si realmente iba
a poder reincorporarse al grupo. No le quedaba más remedio que esperar. En
todo caso, quería dedicarse a la investigación ese día también. Examinó el
moratón en el espejo. Dolía menos, pero tenía un aspecto horrible. Pues
mejor, pensó, y antes de que le diera tiempo a pensárselo dos veces, a
volverse de nuevo una persona responsable, llamó por teléfono para decir que
estaba enferma.
—Me encuentro fatal —mintió.
Su jefe no pareció dudarlo ni por un momento.
—Claro, por Dios, lo entiendo perfectamente —dijo, y eso era justo lo que
un policía que se escaqueaba de su trabajo quería oír.
Luego se miró al espejo un poco más y se preguntó:
«¿Qué pensará Rekke de mí?».
«¿Cómo me verá? ¿Quién seré yo para él?»
Las preguntas no le sentaron demasiado bien. Solo provocaron que
empezara a buscar defectos en su aspecto. Probó a cambiarse el peinado,
quitarse el flequillo y dejarse la frente descubierta, como todo el mundo le
sugería. Le quedaba mejor, tuvo que admitirlo, aunque se negaba a dejarlo así
por no darles la razón. En cambio, estaba decidida a cortarse el pelo, que
ahora le llegaba hasta los hombros, y los ojos la hacían…, ¿cómo decirlo?…,
demasiado seria. Simuló reírse y adoptó unas poses idiotas, como si fuese una
modelo. Por suerte la interrumpió el teléfono. Llamó la señora Hansson que,
naturalmente, inició la conversación disculpándose por molestar.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Micaela.
—Ha tirado sus pastillas y no ha dormido nada. Lo oí andar de un lado
para otro la noche entera.
—¿Y eso? ¿No ha sido una temeridad de su parte?
—Claro que sí. Sufrirá un síndrome de abstinencia terrible; aunque, de
todos modos, es una señal de vitalidad. Has hecho milagros con él, Micaela.
¿Por qué no vienes a casa antes de que vuelva a hacer alguna tontería?
—¿No sería mejor preguntárselo a él primero?
—Ahora mismo está hablando por teléfono. Creo que se trata de lo que
tenéis entre manos los dos. ¿No es un tema de unos músicos de Afganistán
que han acabado mal?
—Sí, eso es.
—Entonces ¿a qué esperas?
—Enseguida voy —dijo Micaela.
No obstante, tardó un poco en salir. Se probó una prenda tras otra, incluso
unos zapatos de tacón, solo para al final decidirse por unas zapatillas, unos
vaqueros y una sudadera, como siempre. Tampoco se puso ni más ni menos
maquillaje del habitual, pero por primera vez desde el sábado sentía una
ligereza en el cuerpo. Bajó la escalera corriendo. Por eso no prestó atención a
los familiares pasos que subían del piso de abajo.
Charles Bruckner estaba sentado en su coche diplomático en Grevgatan,
bastante seguro de que pronto volverían a ir a por Rekke. No cabía duda de
que el profesor constituía un factor de riesgo. Deberían subir ahora mismo a
detenerlo, aunque… también quería mantener la calma un poco más, a ver si
podía sacar más datos agravantes. Como siempre, se trataba de esperar el
momento oportuno.
A veces Charles echaba de menos su antigua vida. No había participado
en una operación de relevancia desde que eliminaron a Gamal Zakaria en
Copenhague, en la que había resultado al final que Hassan Barozai —o Kabir,
como se hacía llamar— realmente había aportado información importante y
que, a fin de cuentas, no había sido una locura excarcelarlo.
A decir verdad, a Charles nunca le había parecido una locura. La única
vez que había albergado algún tipo de duda había sido esos últimos días, por
culpa de todo el revuelo que se había armado, pero en el fondo su crudo modo
de verlo no había cambiado: habían soltado a un pez pequeño para poder
atrapar al pez grande. No era nada raro. Respondía a la lógica bélica más
elemental. Pero también era cierto que desconocían por completo lo que
Kabir había hecho en Kabul. No habían conseguido romper su voluntad del
todo durante los interrogatorios. Quedaban interrogantes y eso les
preocupaba, porque nadie —y mucho menos el Ministerio sueco de Asuntos
Exteriores— quería que pesara sobre su conciencia haber acogido en el país a
un asesino y terrorista.
No ofrecería una imagen muy buena, menos aún ahora que en el horizonte
amenazaba tormenta. Tanto la CBS como The New Yorker estaban a punto de
publicar información comprometedora. En el fondo no se trataba de
novedades, estrictamente hablando, pues la Associated Press ya publicó un
largo artículo del tema en noviembre del año pasado, pero, claro…, resultaba
preocupante. Se hablaba de que existían fotografías: de árabes con capuchas
en la cabeza y electrodos por el cuerpo, de hombres desnudos sujetos con
correas como si fuesen perros o encadenados en posturas nada naturales, a veces con excrementos en el cuerpo, a veces tumbados desnudos
amontonados unos sobre otros con soldados americanos al lado, sonriendo
socarrones y con los pulgares levantados. Todo eso causaría gran daño, de eso
no cabía duda.
Sea como fuere siempre se podría culpar a unos pocos sinvergüenzas.
Nada de eso venía de órdenes superiores. Se trataba de aberraciones, y los
responsables recibirían su castigo. No decía nada de la estrategia general. Por
eso sería devastador si al mismo tiempo saliese a la luz la existencia de Salt
Pit. Maldito Rekke. Sonó el teléfono: era Henry Lamar, de la embajada.
—¿Cómo va eso? —dijo Henry.
—Rekke espera la visita de una mujer —respondió Charles—. Una tal
Micaela, estamos investigando quién es. Van a hablar de la violinista,
Sarwani, que fue asesinada a tiros en Kabul en abril de 1997. Rekke está
buscando información sobre ella.
—¿Kabir tuvo algo que ver con ella? —preguntó Henry.
—Espero que no —contestó—. Pero un segundo. —Miró calle arriba—.
Hablamos luego. Estoy viendo algo.
Estaba viendo a una mujer joven bajando la calle por la acera de enfrente,
que bien podría ser Micaela. La voz que había oído en el móvil de Sigrid
Hansson sonaba joven y algo insegura, y esta chica rondaba los treinta años y
era latina. No muy guapa, pero sin duda interesante, con ojos negros,
inquietos, un buen moratón en la mejilla y con algo vigilante e intenso en su
porte.
A su lado iba un chico algo mayor, latino también, con cierto parecido a
ella, posiblemente un familiar: moreno, explosivo, con una cicatriz que le
cruzaba la frente. Un delincuente, pensó Charles. Un delincuente de cierto
nivel. Dio vueltas a la situación con algo de preocupación e impaciencia
porque se percató de que los dos iban de camino a casa de Rekke. Se dio
cuenta por la manera en que Micaela reparó en su coche. Había algo a la vez
nervioso y profesional en su mirada, como si comprendiera enseguida lo que
él estaba haciendo.
Cogió el teléfono y llamó a Henry Lamar para decirle que tenían que
identificar a esa tal Micaela de inmediato y ponerle vigilancia. Pero tampoco
en esa ocasión le dio tiempo a hablar mucho, porque vio que algo no iba bien
entre ella y el hombre ahí fuera. La tensión era evidente, como si fuese a
estallar.