Obscuritas
Capítulo 24
El ministro de Exteriores Mats Kleeberger recorrió su despacho con la mirada
y la detuvo, descontento, en el espejo sobre la chimenea de mármol. Sabía
que el caso Kabir era un maldito forúnculo que tarde o temprano acabaría por
reventar.
Al otro lado de la ventana se alzaban el Palacio Real y el Parlamento.
Posó sus ojos vacíos en uno y otro, y se desahogó soltando un par de
improperios. No había asumido aún haber transigido. Los atentados
terroristas, evidentemente, tenían la culpa. Todo se había vuelto blanco o
negro después del once de septiembre, y no había sido el único que había
cedido a las presiones que se dijera. Pocos de sus homólogos europeos habían
tenido fuerzas para resistir. ¿Qué no estaríamos dispuestos a hacer para
combatir el terrorismo? Cualquier cosa, habían respondido como obedientes
soldados. Pero a toro pasado todo se ve fácil. En su momento hubo una
sensación de emergencia tan urgente que parecía razonable no ser tan
quisquilloso, y eso era lo que quería transmitirle a Rekke:
«¿Habría sido mejor si hubiéramos saltado por los aires?».
Miró su reloj y pensó que Hans debería estar al caer. Iría directo, había
dicho, y el ministerio a fin de cuentas no estaba muy lejos de su piso en
Grevgatan. Maldita sea, Rekke. Su padre, que en paz descanse, solía decir que
hay personas que hacen que te quieras callar, mientras que con otras no
puedes parar de hablar; así había sido con Hans durante mucho tiempo. Ante
él despertaba a la vida, parecía comprenderle antes siquiera de que le hubiera
dado tiempo a formular sus ideas.
Pero luego… Hans cambió y dejó de mostrar consideración alguna por la
política. Solo soltaba sus condenadas verdades, así que ya no le extrañaba a
nadie que se le empezase a considerar un peligro. Tan temeroso, pensó
Kleeberger, tan estúpido. Tenía muchas ganas —y ya ni siquiera le daba
vergüenza reconocerlo— de echarle una bronca de tres pares de narices y
meterle un poco de miedo en el cuerpo para que se callara.
No debería resultar imposible. Últimamente se podía llegar a él de muchas
maneras, aunque era un fastidio, claro, no saber nunca cómo iba a reaccionar,
ni siquiera cuando estaba deprimido. Luego estaba Magnus. Kleeberger
estaría perdido sin él, pero era astuto como un zorro y en el fondo nunca tenía
del todo claro si Magnus estaba del lado de Hans o no. Con toda probabilidad
las dos cosas. Quería encerrarlo y ayudarlo al mismo tiempo. Llamaron a la
puerta.
—El profesor Rekke está aquí —anunció Lena, su secretaria.
Kleeberger se enderezó y puso un gesto que, creía, irradiaba tanto
autoridad como compasión. Vio enseguida que había acertado de pleno.
No era el Hans Rekke de siempre quien entró en el despacho, sino más
bien un pobre hombre pálido y exhausto, vestido con una camisa arrugada y
una americana… Por el amor de Dios… ¿Se trataba de algún tipo de broma?
Tenía el aspecto de un arlequín. Y ese pelo… ¿No podría haberse peinado al
menos?
—Siéntate, querido amigo —le pidió.
Rekke tomó asiento en el sofá amarillo delante del escritorio y se secó una
gota de sudor de la frente. Echó un fugaz vistazo a las paredes doradas. Su
mano temblaba débilmente. Todo apuntaba a un prometedor encuentro.
—Disculpa que te lo diga, Hans, pero te veo cansado.
—He estado en mejor forma —convino Rekke con una sonrisa forzada.
A Kleeberger casi le daba pena.
Con esfuerzo, Rekke levantó la cabeza y lo miró.
—Pero me alegro de que tú te encuentres en mejor forma —continuó—.
Veo que te estás aplicando con el tenis.
—¡Anda! ¿Se nota?
—En tu braquiorradial. Sobresale más en tu brazo izquierdo, aunque
golpees de revés a dos manos, ¿verdad?
—Efectivamente, sí. Lo copié de Björn Borg en los años setenta. Pero
vayamos al grano; me temo que no tengo demasiado tiempo.
Rekke asintió. Acto seguido Kleeberger llamó por el teléfono interno.
Magnus entró con una carpeta en la mano. Kleeberger le echó un vistazo
rápido para estimar su grado de inquietud, pero Magnus solo desplegaba sus
habituales modales elegantes. Parecía preparado para combate, en tanto que
su hermano, con la mirada perdida, daba la sensación de estar cada vez más
hundido y apático. Esto va a ir bien, se convenció.
—¿Así que ya habéis comenzado? —preguntó Magnus.
—Tu hermano estaba elogiando mis músculos de tenista.
—¿Ah, sí? Bueno, siempre ha tenido una fijación por el cuerpo.
—Pues bien, como íbamos diciendo —añadió Kleeberger dirigiéndose a
Hans—, tu hermano me ha comentado que necesitas ayuda.
Hans, incómodo, se llevó la mano a la frente mientras corregía su postura
en la silla.
—Sí, es cierto. Me siento un poco desconcertado.
—¿Acaso no nos sentimos todos igual? —contestó Kleeberger con
generosidad.
—Aunque para Hans sin duda es peor —intervino Magnus mientras
tomaba asiento al lado de su hermano.
—Eso me dicen —siguió Kleeberger—. Por lo visto, nuestros amigos
estadounidenses se meten contigo, aunque no he entendido muy bien por qué.
¿Me lo podrías explicar en pocas palabras?
Hans se rebullía en su silla, como si no tuviese un especial afán en
contarlo. Magnus tomó el relevo en la conversación.
—Todo comenzó con un chico que estuvo preso en Guantánamo porque
recibió una llamada de su tío desde el teléfono por satélite de Osama bin
Laden. Sospechoso, claro. No obstante, el chico parecía no tener ni la más
mínima idea de Al Qaeda. Luego, de repente, lo sabía todo. Charles Bruckner,
de la CIA, que en esa época estaba en Langley, quería que Hans estudiara las
transcripciones de los interrogatorios.
—¿Y a qué conclusiones llegaste? —dijo Kleeberger, dirigiéndose de
nuevo a Hans.
—Hans concluyó que el chaval no había dicho lo que sabía sino lo que
creía necesario para evitar ser torturado —continuó Magnus.
—Vaya —comentó Kleeberger—. Mal asunto.
—Después de esto, la CIA lo inundó de documentación de interrogatorios
para que detectara lo que había de cierto y de falso en ellos, lo cual
contribuyó a que Hans estuviera cada vez más…, ¿cómo decirlo?
Confundido; ¿es esa la palabra más adecuada, Hans? ¿O hasta enfadado?
Rekke se limitó a encogerse de hombros.
—Bueno, ahora carece de importancia. Lo primordial es que Hans señaló
una serie de estudios que demostraban que la violencia no es una manera muy
efectiva de obtener información, sobre todo cuando las personas que
conducen los interrogatorios no están seguros de la culpabilidad del
interrogado ni saben muy bien lo que buscan. Hans comprendía, por supuesto,
que en tiempos turbulentos resulta tentador hacer del interrogatorio parte del castigo, pero dejarse llevar por impulsos morales en lugar del empirismo
científico, decía, rara vez acaba siendo intelectualmente provechoso.
—Esa crítica la podrían haber encajado sin mayores problemas, ¿no?
—Y lo hicieron muy bien al principio —prosiguió Magnus—. Pero Hans
poco a poco lo llevó más lejos. Afirmó que nunca había oído peor cacofonía
de voces contradictorias, arrancadas por la fuerza, y que esa forma de afrontar
los interrogatorios no solo constituía un fracaso, sino que también resultaba
contraproducente. En lugar de liquidar al enemigo, así se creaba más
enemigos, y advirtió que si salía a la luz, tendría consecuencias fatales para la
imagen de Estados Unidos.
—Entiendo —dijo Kleeberger.
—Además —señaló Magnus—, fue muy concreto en su crítica: dijo que
la CIA corría el riesgo de pasar por alto lo verdaderamente importante por
culpa del aluvión de información irrelevante y defectuosa.
Rekke miró a su hermano como si lo que contaba Magnus no fueran más
que tonterías.
—Y cuando contactó con The Washington Post, la cosa tampoco mejoró
mucho que digamos —añadió Magnus.
—Ya, algo había oído al respecto —dijo Kleeberger.
—Si se me permite, fue The Washington Post el que contactó conmigo —
intervino Hans.
—Puede que haya sido así —admitió Magnus—, y tampoco creo que les
dijeras más que un par de verdades bien conocidas. Aun así… aquello
inquietó a nuestros amigos de la CIA, de modo que decidieron
desacreditarte… ¿antes de que tú les desacreditaras a ellos montando un
escándalo de mucho cuidado en la prensa? ¿Lo he resumido bien, Hans?
—No mucho —respondió este.
—Bueno, pues, tal vez no. Pero algo de verdad sí que había, sin duda.
—¿Vas a montar un escándalo ahora? —inquirió Kleeberger con una
sonrisa prudente.
Hans no le devolvió la sonrisa, sino que bajó la mirada a sus largas
manos. Kleeberger todavía pensaba que la cosa prometía. No veía ni rastro de
la habitual agudeza de Hans, nada del brillo de antaño.
—Dudo que tenga ese poder.
—¿Así que no estás aquí preguntándote si obedecer a la ley o a la voz de
tu conciencia? —dijo Kleeberger buscando conscientemente provocarle.
—No estoy seguro de lo que dicen ninguna de esas voces. Mis ambiciones
son más modestas. Solo quiero algo de información —contestó Hans.
—¿Sobre Kabir? —preguntó Magnus.
—En efecto, sobre él —fue la respuesta de Hans, y el ministro dirigió una
mirada a Magnus que decía: «Suéltalo ya, dale duro».
—Acabo de hablar con Bruckner —continuó Magnus.
—Me tranquiliza saber que hacéis piña en situaciones de crisis —dijo
Hans.
—Charles ha señalado con firmeza que tus acuerdos de confidencialidad
estipulan que no puedes hacer uso de los conocimientos obtenidos en tu
trabajo con la CIA para ningún tipo de investigación posterior.
—Si lo he entendido bien, en caso de hacerlo te arriesgarías a que te
lleven a juicio —apostilló Kleeberger—. Incluso a que te extraditen a Estados
Unidos.
—No estoy tan seguro —contestó Hans con una calma que puso un poco
nervioso a Kleeberger a pesar de todo—. Leges sine moribus vanae.
—Las leyes sin moral son inútiles —tradujo Magnus.
—Además, nos movemos en una zona gris donde la ley y el poder político
no están tan separados como cabría esperar, por lo que, con todo, estoy
convencido de que me vais a ayudar —siguió Rekke.
—¿Por qué íbamos a ayudarte?
—Por vuestro propio interés, claro. La cosa no tiene más misterio. ¿Puedo
recordaros brevemente el asunto?
—No creo que sea necesario.
—Os lo recordaré de todas formas —insistió Hans, y de pronto parecía
venirse arriba.
O si venirse arriba no fuese la expresión más adecuada, al menos podía
afirmarse que era el viejo Hans el que volvía, y que exponía, con una leve
irritación, como si le diera mucha pereza, su versión de la verdad. Kleeberger
lanzó otra mirada de inquietud a Magnus.
—El 22 de agosto de 2002 llega a Suecia un hombre que se llama Jamal
Kabir —comenzó Hans—, pero que con toda probabilidad tiene otro nombre.
Viene directo de una cárcel secreta al norte de Kabul, con el nombre en clave
Kobolt o Salt Pit, donde fue torturado bajo condiciones extremas de frío,
oscuridad y con música a todo volumen.
—Sí, sí… —dijo Magnus impaciente, mordiéndose el labio, y a
Kleeberger se le pasó por la cabeza en ese momento la preocupante idea de
que los hermanos, cada uno a su manera, sabían algo que él desconocía. Pero
desechó enseguida el pensamiento.
—Eso ya de por sí resulta bastante raro, ¿no? —reflexionó Hans—. ¿Cada
cuánto tiempo se libera a un preso de un sitio así y se le envía generosamente
en avión a un lugar nuevo?
—No muy a menudo.
—Pero lo más llamativo es que ni los de Inmigración ni la policía fueron
informados del tema.
—Claro que la policía fue informada, no me jodas —saltó Kleeberger
alterado, no solo porque se había asegurado de que la información llegara de
veras a los altos mandos policiales, sino también porque comprendió que esa
sería la cuestión más delicada si al final se filtraba la historia.
—Yo mismo informé a Falkegren —recalcó de manera seca Rekke—.
Pero la información nunca se transmitió al resto de la organización.
—Eso difícilmente podría considerarse culpa nuestra.
—Yo creo que sí —puntualizó Rekke—. Alguien debe de haber
desmentido la información a Falkegren. Si no, no creo que se hubiera atrevido
a guardar silencio sobre el tema.
Magnus asintió, como si supiera a la perfección quién había desmentido
qué, lo cual no hizo más que aumentar el malestar de Kleeberger.
—Bueno, venga —dijo este irritado—. Continúa.
—No informar a las autoridades policiales cuando se ha abierto la
investigación de un asesinato es, cuando menos, problemático, y luego
comentaré por qué —declaró Rekke—. Antes querría hablar un momento de
la lógica que hay detrás. ¿Por qué erais tan reacios a revelar lo que sabíais? La
respuesta es, evidentemente, que estabais expuestos a presiones. Estados
Unidos no quería que saliese a la luz que habían torturado a un hombre de esa
forma, arriesgándose a que se hablara de una cárcel que se había mantenido
hasta entonces oculta a la opinión pública. No me cabe duda alguna de esto.
No obstante, me cuesta creer que ese sea el único motivo.
Kleeberger se cruzó de brazos.
—¿Ah, sí? —dijo.
—Tiene que haberse cerrado algún tipo de acuerdo también. Ignoro de
qué tipo de pacto se trata, así que en ese aspecto podéis estar tranquilos.
Menos mal, pensó Kleeberger, menos mal.
—Sin duda, tengo mis teorías al respecto. Por ejemplo, sé que muchos de
los líderes talibanes nunca fueron capturados, y que de algunos de ellos ni
siquiera existen fotografías. Me figuro que la misión de Kabir en Suecia
consistía en identificar a alguno de ellos. El mulá Zakaria, sin ir más lejos,
vivió durante un tiempo en Norsborg antes de huir a Copenhague, donde lo mataron a tiros. Pero eso en el fondo puede dar igual, a mí lo que me interesa
ahora es otra cosa.
—¿Y qué es lo que te interesa ahora?
—La ocultación en sí. El secreto en torno a los hechos.
Kleeberger volvió a mirar lleno de inquietud a Magnus.
—¿En qué sentido?
—A ver por dónde empiezo… Desconocemos por qué asesinaron a Kabir.
Sin embargo, no podemos excluir que uno de los motivos que permitieron que
sucediera fuera que no se había informado a nadie ajeno a un círculo limitado
de que estaba en peligro.
—Yo creo que… —comenzó Kleeberger.
—Pero eso sobre todo —interrumpió Hans— afectó a la investigación
policial. Un hombre inocente fue detenido y sometido a prisión preventiva
porque a los investigadores les faltaba información. Mientras tanto, el autor
del crimen tuvo ventaja. Incluso podríamos interpretarlo como que quienes
soltaron a Kabir en nuestro país no querían que se resolviera el caso, puesto
que el esclarecimiento les pondría en mal lugar.
—¿Adónde quieres llegar? —dijo Kleeberger.
—Quiero, como he insinuado, efectuar un pequeño intercambio de
favores, como el que debéis de haber hecho con la CIA.
—Venga, desembucha.
—No voy a montar un escándalo de mucho cuidado, como Magnus lo ha
formulado antes, si me contáis lo que Kabir hacía bajo el régimen talibán y
por qué terminó en Salt Pit, a las afueras de Kabul. Quiero saber qué motivos
había para que lo mataran.
—¿Y por qué se supone que lo deberíamos saber nosotros?
—Porque con toda seguridad habéis recibido un informe, o parte de un
informe, de la CIA. De lo contrario, jamás os habríais atrevido a dejarle entrar
en el país.
Mats Kleeberger miró de manera inquisidora a Magnus. Durante un rato
todos permanecieron en silencio. Se oyó el ruido del tráfico fuera. Acto
seguido resonó una carcajada; venía de Magnus, que parecía haberse decidido
a ver el lado cómico de toda esa historia.
—De acuerdo —dijo.
—¿Cómo que de acuerdo? —cuestionó, inseguro, Kleeberger.
—Creo que lo mejor es ser complacientes con Hans. De lo contrario, no se
va a rendir nunca —continuó Magnus.
—¿Estás realmente seguro de…? —empezó Kleeberger, pero se
interrumpió. Se sintió débil.
—Comprobé la flor que estabas mirando —indicó Magnus, como si no se
hubiera percatado de las dudas del ministro.
—¿De qué flor estáis hablando? —quiso saber Kleeberger.
—Iris afghanica. Crece en las montañas de Kabul. Una florecita bonita y
vigorosa. Se considera un símbolo de la resistencia. —Magnus se dirigió a su
hermano—. ¿Tiene algo que ver con el crimen?
—No lo sé. Pero creo que alguien tuvo motivos para matar a Kabir —
señaló Hans, como ausente.
Kleeberger sintió que debía recuperar su autoridad.
—Vale, vale —accedió con voz adusta mientras se levantaba—. Tú ganas,
al menos de momento; te felicito. Pero no pienso darte ninguna
documentación clasificada así como así. Encargaré a nuestro jurista revisarla
primero, y Magnus puede pasar mañana por tu casa con lo que podamos
entregar.
—Muy bien —dijo Hans levantándose también.
Se despidió estrechándoles la mano y salió del despacho con una prisa
inesperada. Mats Kleeberger cerró los puños bajo el escritorio sin saber si era
por miedo o por ganas de devolver el golpe con todas las armas que tenía a su
disposición.