Obscuritas
Capítulo 16
Lucas observaba la cara apaleada y morada de su hermana pensando:
«Menuda luchadora está hecha. Da igual los golpes que reciba, aprieta los
dientes y sigue adelante sin quejarse ni lo más mínimo». Es verdad que podía
ser una auténtica cabrona a veces, pero en realidad siempre había estado
orgulloso de ella. Incluso le había encantado que fuera ella la que le
acompañara a las tutorías con sus profesores en el colegio.
A los profesores se les iluminaba la cara cuando veían a Micaela, y eso,
francamente, era comprensible. Todo se le daba bien, y qué rápida y eficiente
era. Era como magia. Le dabas algo y, pim pam, trabajo terminado. Muchas
veces ni siquiera tenía que pedírselo, lo hacía sin más.
Las pupilas de Micaela se movieron inquietas. El hueso de la mandíbula
se perfilaba con nitidez, como solía pasar cuando estaba frustrada. ¿Qué habrá
pasado?, pensó Lucas. ¿Quién se ha portado mal contigo?
—Micaela —susurró mientras le acariciaba el pelo y la mejilla buena.
Quería que le devolviera una sonrisa, una confirmación de su bondad,
pero Micaela se limitaba a hacer muecas en sueños, y entonces Lucas volvió a
preguntarse por qué se había mostrado tan rara y fría últimamente. Nada más
verle se le congelaba la cara. Le vino a la mente ese día en la plaza, el verano
después de que Micaela y Vanessa terminaran el instituto. También en esa
ocasión había transcurrido mucho tiempo sin que se hubieran visto. Ella
llevaba el vestido blanco que le había comprado para la ceremonia de su
graduación, y estaba jugando con una naranja que tiraba al aire para cogerla
después. Se la veía radiante, pensó, y se acercó con pasos expectantes, pero
cuando ella se dio la vuelta no le miraba como él había esperado. Todo ese
aire liviano y alegre que la envolvía se esfumó.
—¿Qué pasa? —dijo Lucas.
—Voy a ser policía —le respondió, y acto seguido se marchó con una
nueva rebeldía en sus pasos y desapareció por la boca del metro.
Durante los últimos meses había rememorado ese día una y otra vez, quizá
porque en algún lugar de su mente sabía con certeza que no tenía por qué preocuparse por Fransson y los demás zoquetes de la comisaría, pero si su
hermana se volviera contra él no habría nada que hacer. La idea le provocó
una ligera sonrisa, como si eso solo aumentara el respeto que sentía por ella.
—Luchadora —susurró, y bajó la mirada a sus manos, que descansaban
sobre el vientre encima de la manta gris.
Le acarició también la mejilla morada, hasta el cuello, ese delgado cuello
que contrastaba tanto con los pechos y las caderas. De repente sintió el deseo
de apretar ligeramente, como una pequeña advertencia, o con fuerza, para
aniquilar esa independencia que él había descubierto demasiado tarde.
Mientras Julia se preparaba otro cappuccino en la cocina, se acordó de aquel
día de septiembre, justo antes de que su padre partiera para Stanford por
última vez.
Ella acababa de empezar Historia del Arte en la Universidad de
Estocolmo, pero todavía vivía en la casa de Djursholm. La relación entre sus
padres estaba tensa, o más bien la tensión se concentraba en su madre, que no
aguantaba la indiferencia que mostraba su marido hacia todo lo que era
importante para ella: las cenas, la casa, la elegante fachada… «¡Estás a punto
de derrumbarte de nuevo, y no lo soporto!», gritó desde la planta de arriba esa
mañana, y su padre contestó: «No, no, perdón, para nada. ¿Puedo hacer algo
por ti, cariño?».
Se respiraba un aire inquieto en la casa, y poco tiempo después se
presentó Charles, ese hombre que parecía un general de alto rango con su
barba blanca perfectamente cuidada. Siempre le había dado la impresión de
que Charles admiraba a su padre, pero en aquella ocasión la conversación
denotaba una clara irritación, por mucho que su madre intentara distender el
ambiente. Su padre se mostraba arisco y subió con Charles a su despacho.
Cuando volvieron a bajar, Julia les oyó decir:
—Claro que te entiendo, Hans. Pero que no se te olvide que estos hombres
son monstruos.
—¿Sabes lo que es lo peor de los monstruos? —contestó su padre—. Que
nos convierten a nosotros mismos en monstruos también.
No tenía por qué significar nada, claro, solo una de esas frases que su
padre acostumbraba a soltar a veces. Pero luego, cuando todo se vino a pique
y lo echaron de Stanford y de Estados Unidos, Julia se preguntó si esas
palabras no fueron en realidad el comienzo de su caída. A decir verdad, Julia
nunca había entendido del todo a su padre. Ahora, por ejemplo, se había levantado de la cama y se había arreglado, como si deseara demostrar que la
vida seguía igual que siempre, solo para al cabo de unos momentos
desplomarse en una silla en la cocina, congelado en su trance cataléptico,
como solía decir su madre. Le entraron ganas de golpearle en la espalda, pero
en su lugar se acercó para servirle su cappuccino y le puso una mano en el
cuello.
—¿En qué estás pensando?
Su padre se sobresaltó, como si se acabara de despertar.
—No lo sé muy bien —dijo.
—Creo que deberías llamar a Magnus y presionarlo sobre ese árbitro
asesinado.
—No soltará prenda.
Ella le lanzó una crítica mirada.
—La verdad es que no entiendo que digas eso.
—¿Por qué no?
—Porque tú eres el gran experto en el arte del interrogatorio. Se supone
que serías capaz de sacarle información a una pared.
Rekke levantó la vista hacia ella.
—Yo, que ni siquiera sé cómo preguntarle a mi hija por su novio.
Julia advirtió que procuraba transmitir despreocupación y cariño, pero el
esfuerzo que le costaba no lo podía disimular.
—Vale, pues al menos llámalo para fastidiarle un poco —continuó—. Eso
a lo mejor te sube el ánimo.
Rekke esbozó una sosegada sonrisa, como si pese a todo no le pareciera
mala idea, o como si sopesara que era mejor obedecerla ahora que estaba
hecho un desastre.
Cuando Micaela se despertó era la una y media de la tarde. Natali estaba
sentada donde antes lo había estado Lucas, mirándola con una sonrisa. Se
había acicalado después de que Micaela se hubiera dormido, poniéndose tanto
pintalabios como rímel, y llevaba un vestido más oscuro y discreto. Cruzada
de piernas y con el cuerpo ligeramente girado, parecía que estaba posando, o
al menos dejaba oportunidad de sobra para envidiar su figura.
—Hola —saludó—. ¿Cómo estás?
Micaela paseó la mirada por la habitación intentando comprender por qué
la situación se le antojaba tan extraña. Fuera se veían nubes oscuras recorriendo el cielo. Había palomas posadas en el balcón, quietas, como si se
hubieran convertido en estatuas.
—Bien —respondió. El dolor de cabeza se le extendía por toda la frente.
—Vaya golpe te has dado.
—Sí, supongo que sí.
—¿Qué pasó?
—Me caí. ¿Dónde está Lucas?
—Se ha tenido que ir. Pero en serio… Estamos preocupados por ti.
Volvió a mirar a Natali y ahora le dio la impresión de que estaba nerviosa.
—Sabes que siempre puedes contar con nosotros —continuó—. Si pasa
algo, esta siempre es tu casa. Lucas te echa de menos.
—No tiene por qué —dijo Micaela—. Estoy aquí.
—Pero llevamos mucho tiempo sin vernos todos. Así que he pensado que
a lo mejor habías oído algo.
Micaela se incorporó en el sofá.
—¿En mi trabajo, o qué?
—No, más bien así en general.
Pensó en el arma que Lucas había sacado en el bosque.
—¿Y qué creéis que podría haber oído? —preguntó Micaela.
—Bah, déjalo —contestó Natali incómoda—. He soñado que tú yo
íbamos a ser amigas. Un poco como hermanas.
Venga ya, pensó Micaela. Por favor.
—Lucas nunca me habla de cuando erais pequeños —prosiguió Natali—.
Me encantaría saber cosas. Me imagino que Lucas y tú erais superíntimos.
Teníais que ocuparos de todo y eso.
—Ya te lo contaré algún día —dijo Micaela al levantarse de manera
ostensiva o, al menos, irritada.
Se dirigió hacia el cuarto de baño para arreglarse y luego salir. Natali la
seguía como un perro abandonado, y en el hall le cogió la mano. Sus ojos se
cruzaron con inesperada intensidad.
—¿Sabes lo que suele decir Lucas? —preguntó Natali.
—No.
—Que tú siempre te portabas bien mientras que él no paraba de hacer un
montón de estupideces y de meterse en líos, pero que en realidad debería
haber sido al revés.
—¿Y eso por qué?
—Porque él aspira al orden y a la tranquilidad mientras que tú, en el
fondo, siempre has querido violar las reglas y organizar el caos. Eres como vuestro padre, dice. Lo que en realidad desearías es llevar la contraria y
protestar —añadió Natali, y Micaela, por mucho que le costara escucharla,
procuró ponderar sus palabras.
Se acordó de los papelitos de su padre donde escribía que había que dar la
cara y denunciar las injusticias. Dijo:
—Chorradas. Yo soy la niñita formal.
—Yo creo… —empezó Natali.
Micaela la interrumpió dándole unas amables palmaditas en la cabeza y
entró en el cuarto de baño. Se echó agua fría en la cara e intentó ocultar parte
del moratón de la mejilla con un poco del maquillaje de Natali. Luego salió y
le dio un abrazo exageradamente sentido, como si de verdad fueran amigas o
hermanas.
En la calle se encontraba mareada y aterida de frío. Hizo lo que pudo por
evitar las miradas de la gente. En Hantverkargatan rechazó otra llamada de
Vanessa, y llamó a Jonas Beijer. Se sorprendió de lo contento que sonaba al
saber de ella.
Sonó el teléfono. Otra vez su madre, por tercera vez ese día, así que lo dejó
sonar. No se trataba de él de todos modos, «el hermano un poco menos
querido». Siempre se trataba de Hans. Constantemente Hans. Y ahora que se
había hundido en una depresión aguda reinaba un estado de excepción en la
familia. Todo lo demás carecía de importancia.
Había que salvar al hijo predilecto. Magnus estaba hasta la coronilla de
eso. Se fue a la cocina, y aunque era todavía bastante temprano se sirvió un
vaso de cerveza hasta arriba. Luego se sentó en el sofá rojo desde donde tenía
vistas sobre la iglesia Oscarskyrkan y la apuró de un trago. Cuando el alcohol
se le subió a la cabeza, se sintió un poco mejor. Incluso logró sonreír al pensar
en todo el lío montado, aunque no hasta el punto de alegrarse por el mal
ajeno, eso no.
Al fin y al cabo, él mismo tenía parte de culpa por cómo se habían
desarrollado los acontecimientos. Aun así, estaba tentado de exclamar: «¿Qué
os había dicho?». No podía haber ido peor. No después de ese comienzo. Por
supuesto, todos los del grupo de análisis se habían quedado como hechizados
y le habían dado demasiada información a Hans sin tener ni idea de que él
nunca se limitaba a hacer su trabajo y callarse la boca. Hans tarde o temprano
soltaría sus verdades, y en esa ocasión no eran precisamente unas
informaciones inocentes las que estaban en su poder.
¿Por qué no podía cerrar el pico?
Pero cuando las primeras advertencias llegaron, Hans se limitó a
encogerse de hombros, camino ya de nuevos cometidos. En esa época todo el
mundo le quería contratar. Con todo, como no podía ser de otra manera, su
fase maníaca terminó dejando paso a la parálisis y a la depresión. Fue
entonces —eso ya lo sabían— cuando habló con Maureen Hamilton de The
Washington Post. Nadie creía en realidad que hubiera revelado nada
importante, de lo contrario habría salido en titulares en el periódico, pero el
miedo a que fuera a hacerlo aumentaba. El propio Magnus sin duda
contribuyó al recelo general susurrando en el oído de Charles Bruckner.
Después de eso fueron a por Hans con toda su paranoia y desfachatez. No era
de extrañar que acabara viniéndose abajo.
Magnus echó un vistazo a la hora. Era domingo. Esperaba una llamada del
ministro de Exteriores de Francia para tratar la coordinación en la lucha
antiterrorista. Por principios consideraba que siempre era mejor que él se
encargara de ese tipo de llamadas, y no Kleeberger. Por cierto, ¿no debería
tomarse otra cerveza antes? Le gustaba estar un poco relajado cuando hablaba
con dignatarios de ese calibre. Le ayudaba a pensar de manera más libre. Sí,
francamente, ¿por qué no? Se dirigió a la cocina. Entonces el teléfono volvió
a sonar. ¿Llamaba monsieur Chevalier ya? No, no, era Hans, el mismísimo, su
alteza real. Advirtió de inmediato, ya en la primera respiración, que no estaba
muy acelerado pero tampoco del todo resignado.
—Te noto más animado —dijo.
—Y tú, en cambio, has bebido.
—No, no he bebido. ¿A qué debo el honor?
—Jamal Kabir. El que fue asesinado en Grimsta. Hay algo que no me has
contado respecto a su expediente de asilo.
Magnus se quedó de piedra. Se pasó la mano por el pelo. Ten cuidado,
pensó.
—Te he contado absolutamente todo —dijo.
—En tal caso no eres tan omnisciente como yo siempre he soñado. La
historia no cuadra.
—¿Y por qué no cuadra?
—Hay algo embarazoso en ello, ¿verdad? ¿Algún tipo de acuerdo o trato
con la CIA?
—No pienso comentar nada contigo, y menos en una línea abierta.
—Pero ¿tan desvergonzados son como para pinchar los teléfonos de la
gente?
—Muy divertido.
—¿Es la segunda o la tercera cerveza?
—Nuestra madre dice que no le coges el teléfono. Está desesperada.
—Pobrecita.
—Cree que vas a saltar de un puente o algo. Ha empezado a delirar otra
vez más sobre esa crisis nerviosa que sufriste en Helsinki.
—Respecto a ese punto puede estar tranquila.
—¿Respecto a qué punto?
—El que sea.
—De modo que has vuelto a indagar en aquella vieja historia. ¿No tienes
cosas más importantes que hacer?
—También me gustaría hablar con el maestro. Organízame una reunión.
—Él no sabe más que yo.
—Más bien menos, diría yo. Pero es una persona de trato más agradable.
—Pero ¿qué te has creído, joder? No puedes obtener audiencia con
Kleeberger así como así, de la noche a la mañana. Además, te lo prometo, no
hay nada que sacar. Al menos no al nivel que tú te imaginas. Es tu
enfermedad la que habla.
Hans se calló. Buena señal, pensó Magnus.
—Vale —dijo al final—. Entonces introduzco mi trastorno bipolar como
un factor en la ecuación. Pero quizá…
—¿Qué?
—Lo deberíais hacer vosotros también. Verme un poco como un factor de
riesgo.
—Por todos los demonios, Hans…
—Gracias, querido hermano.
Magnus colgó con un golpazo mientras soltaba una sarta de improperios.
Apuró lo que quedaba de su segunda cerveza de un trago. Todo su buen
humor se había esfumado; típico, justo ahora que le esperaba una llamada tan
importante como la de monsieur Chevalier. ¡Vete a la mierda, Hans! ¿Y
Kabir? Entre todos los casos en este mundo, ¿por qué te empeñas
precisamente en dedicarte a ese? Además, hace poco parecías casi al borde de
la muerte. Y ahora… ¿qué ha pasado?
Lo averiguaría tarde o temprano, de eso no le cabía duda. Por un instante
se quedó con el teléfono en la mano para llamar a Kleeberger, pero en su
lugar decidió ir directo a la boca del lobo.
—No juegues conmigo, Hans —murmuró—. No juegues conmigo.
Jonas Beijer acababa de volver a casa tras haber ido a buscar a Samuel al club
de hípica cuando llamó Micaela.
—Hola —contestó animado, y se acordó de que había pensado en ella la
noche anterior.
Aunque, evidentemente, no era nada que pensara reconocer. Estaba a
punto de preguntarle cómo le iba todo cuando se percató de algo extraño en
su voz. Luego dijo algo que sonaba aún más raro. Debía de haberlo oído mal.
Dejó la bolsa en el suelo de la cocina y le explicó a Samuel que tenía que
hablar de una cosa del trabajo. Entró en el dormitorio y cerró la puerta.
—¿De qué estás hablando? —inquirió.
—Los americanos torturaron a Kabir.
—No, no —rebatió—. Fueron los talibanes. Ya lo sabes.
—Eso es mentira —repuso ella—. ¿Podemos vernos?
Le apetecía mucho verla, llevaba tiempo deseándolo, pero ahora era como
si no fuera capaz de pensar. ¿De qué estaba hablando? ¿Quería hacerle creer
que los estadounidenses habían encadenado a Kabir para torturarlo?
—Los americanos no torturan a la gente de esa manera —objetó.
—¿Nos podemos ver en el café cerca de tu casa?
—¿No estarás borracha o algo? Suenas…
—Nos han engañado —interrumpió Micaela, y Jonas tuvo el impulso de
espetarle que dejara de decir chorradas.
Al mismo tiempo ocurrió algo dentro de él, como si una parte de su ser no
estuviera dispuesta a descalificar lo que decía, por muy raro que sonara.
Había una lógica en ello, ¿no? Los condenados estadounidenses de Kabul les
habían dado tantas evasivas, como si realmente ocultaran algo decisivo.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó.
—Exteriores lo ha confirmado, y Falkegren lo sabe desde el verano —
explicó.
Jonas Beijer permaneció callado. Era demasiado, casi imposible de
asimilar. Se oyó a sí mismo decir que le encantaría verla al cabo de media
hora en su café habitual.
—También me gustaría hablar con el maestro. Organízame una reunión.
Su intérprete, Maria Ekselius, le tradujo la conversación. Charles
Bruckner murmuró para sí. Era domingo, llevaba ropa de deporte, estaba
sudoroso y sentía que estaba a punto de sufrir calambres en la pantorrilla. En
realidad no debería estar allí, pero había sido exageradamente ambicioso con su entrenamiento, otra vez. «Es tu manera de controlar el miedo a la muerte»,
como lo resumía su mujer. No se había contentado con correr una vuelta por
Djurgården, sino que además había ido al gimnasio del trabajo para hacer
pesas cuando de repente le habían interrumpido.
Al igual que la mayoría de los agentes de su generación —acababa de
cumplir cincuenta y ocho—, Charles había sido formado para luchar en la
Guerra Fría. Pronto consiguió un puesto dentro del contraespionaje, con
destino en Berlín primero y luego en Moscú. Pero después de la caída del
comunismo, como les había pasado a tantos otros, no supo muy bien qué
hacer. Más que nada por falta de otras ideas, solicitó un puesto en la sección
de terrorismo en Oriente Próximo, y acabó destinado a Jartum, la capital de
Sudán. Se sentía como el hombre equivocado en el sitio equivocado. Pero
después del once de septiembre pudo dar las gracias a su estrella de la suerte,
pues en Jartum había residido un saudí escapado de la justicia, excombatiente
en Afganistán, sobre el que había aprendido bastante. El hombre se llamaba
Osama bin Laden, y de la noche a la mañana Charles llegó a ser considerado
un agente en posesión de unos conocimientos privilegiados y únicos.
Ascendió y se rodeó de una serie de expertos externos. Con todo, tan solo
un par de años más tarde allí estaba en Estocolmo, en un puesto de
semirretiro, lo cual en absoluto se debía a ningún error suyo. Había sido su
mujer quien se hartó de sus horarios de trabajo y todas las salidas urgentes, y
dejó claro que ya le tocaba a ella decidir. Se habían trasladado a Suecia
cuando Charlotte consiguió una cátedra visitante en la Escuela Superior de
Arquitectura de Estocolmo. En más de una ocasión Charles expresaba su
malestar por el nuevo destino, pero al menos podía dedicar más tiempo a
hacer ejercicio, y ahora, a pesar de todo, parecía que le había tocado un asunto
un poco más interesante.
La llamada venía de Peter McDonnell, de su antiguo grupo de Langley,
para comunicarle que habían interceptado una conversación de «tu profesor,
tu genio de confianza». La indirecta no se le escapó, claro, por lo que subió
corriendo a buscar a su intérprete, Maria, para escuchar la conversación.
Ahora la estaba mirando desconcertado mientras murmuraba que era muy
raro. Francamente, apenas le resultaba comprensible. El día antes, sin ir más
lejos, todos habían estado convencidos de que ya no merecía la pena pinchar
el teléfono de Rekke. A todas luces no constituía ninguna amenaza; apenas
tocaba su ordenador, no pronunciaba más que monosílabos por teléfono y
daba la impresión no solo de estar agotado, sino también de albergar tendencias suicidas. Y ahora, de pronto, quiere reunirse con el ministro de
Asuntos Exteriores.
—¿Y por qué coño quiere verlo ahora?
—No tiene por qué ser por nada en especial. ¿No son buenos amigos? —
contestó Maria a la defensiva, como si se sintiera atacada.
—Ya no —puntualizó Charles antes de ponerse la chaqueta del chándal y
salir al pasillo, sin siquiera despedirse.
Al cabo de unos pocos metros se arrepintió y se preguntó si no debería
volver y tratar de involucrar más a Maria. Al fin y al cabo, era ella la que
dominaba el idioma. Pero no, siguió andando, necesitaba reflexionar y
determinar cómo de serio era el asunto. Estaba claro que en el peor de los
casos podía convertirse en una auténtica crisis.
La Associated Press había publicado un extenso reportaje sobre Abu
Ghraib, la prisión de Bagdad. El artículo no había acaparado mucha atención.
Se suponía que la gente entendía que no se podían aplicar métodos
interrogatorios normales con ese tipo de personas. Sin embargo, también era
verdad que circulaban informaciones preocupantes, y si Rekke con sus
conocimientos y su capacidad de expresión empezara a hablar ahora cuando
los periodistas ya olían sangre, mal asunto. Pero lo cierto era que Charles no
se lo creía; al fin y al cabo Hans era un caballero y, con todo, Charles le había
echado de menos.
—Claritas, Charles, ¿no ves adónde conduce?
El recuerdo le provocó una sonrisa mientras entraba en el garaje y abría la
puerta del Ford, su coche diplomático negro. Resultaba algo llamativo para su
gusto, pero tenía sus cosas e infundía cierto respeto. Se sentó al volante y,
justo cuando salía de la zona de la embajada, sonó el teléfono. Aquí el que no
corre vuela, pensó.
—Magnus —saludó—. ¿Cómo estás?
—Muy liado, no paro. ¿Cómo está Charlotte?
—Estupendamente. Yo soy el único que echa de menos el calor de mi
tierra.
—Pero la primavera está a la vuelta de la esquina. A Estocolmo las
primaveras se le dan bien.
—No me parece que haya temperaturas decentes hasta el mes de julio —
se quejó mientras enfilaba Gärdesgatan preguntándose cuánto tiempo tardaría
Magnus en ir al grano.
—Estoy un poco preocupado por mi hermano —explicó.
No mucho, por lo visto.
—¿Sí? ¿Y eso? —contestó Charles haciéndose el ingenuo.
—Ha vuelto a indagar en el viejo tema de Kabir, y no quiero que se meta
en líos.
—La familia siempre va primero, ¿verdad? —comentó Charles solo
ligeramente sarcástico—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—He pensado que a lo mejor podrías recordarle que no es muy inteligente
teniendo en cuenta la situación jurídica.
—¿Y no sería mejor que se lo dijeras tú mismo?
—Me da la impresión de que no vendría mal un ataque desde dos frentes.
Charles se incorporó a Oxenstiernsgatan sopesando las posibles
alternativas de acción que tenía. ¿Debería ir a verle?
—¿Qué le ha hecho retomar ese asunto? —preguntó.
—Debe de haber descubierto algo. Lo averiguaré.
—¿Qué quiere? —inquirió Charles.
—Solo enterarse, supongo —contestó Magnus—. No soporta un misterio
sin resolver. Le produce como una especie de comezón.
—Ya lo sé —dijo Charles, y decidió pasar a verlo ya en ese momento,
quizá no necesariamente para hablar, sino más bien para marcar un poco de
presencia.
Dio un giro de ciento ochenta grados y subió hacia Grevgatan mientras
pensaba en los ojos azul claro del profesor, que siempre veían más de lo que
deberían, tanto en este mundo como, a veces, en otros universos paralelos.
Micaela no debería haber ido, sino haber vuelto a casa para dormir y quitarse
de encima el dolor de cabeza. Pero allí estaba, en el café habitual de Jonas en
la plaza Mariatorget mirándolo con ojos entornados.
—Te voy a llevar al hospital —dijo—. El moratón tiene peor pinta a cada
segundo que pasa.
—Estoy bien —aseguró ella.
A Jonas se le veía desconcertado, y olía a caballo. Llevaba una cazadora
de cuero negra y una camiseta blanca, como si se hubiese buscado un look un
poco más rockero. Parecía haber dormido mal.
—Al menos dime qué te ha ocurrido —continuó—. ¿No será que alguien
te ha dado una paliza?
—No, solo ha sido una torpeza mía, nada más.
—Pero vienes directamente de una fiesta, ¿verdad?
Micaela bajó la mirada a su falda y su blusa, que olían a cerveza; esa
maldita ropa ni siquiera había entonado bien en el Spy Bar.
—Algo así —dijo, pensando que ojalá pudiera esconderse en un jersey
XL, como en el trabajo. Y tal vez Jonas se diera cuenta, porque colocó su
mano encima de la de Micaela mientras musitaba que él también debería salir
más.
Acto seguido se puso serio.
—¿Y de repente, sin más, te diste de bruces con una revelación
alucinante?
Micaela le retiró la mano.
—Algo así.
—¿Y cómo fue?
—Una casualidad.
—Por Dios, Micaela. ¿No te das cuenta de cómo suena?
Se daba cuenta, y se preguntó cuánto debería revelar.
—Aunque no parece que la información te haya sorprendido demasiado.
Jonas Beijer negó con la cabeza.
—¿Qué dices? Pero si estoy en estado de shock total. —Hizo una pausa
antes de continuar—. Es solo que me niego a creer que torturen a gente así,
como si estuviéramos en el Medievo…
—La CIA cambió sus métodos de interrogatorio después del once de
septiembre —le interrumpió Micaela.
—Algo he leído sobre eso —reconoció él—. Pero, joder…, ¿meter a
personas en una oscuridad total y dejar que se mueran congeladas…?
—Al parecer se les fue yendo de las manos poco a poco.
—No sé. ¿Y por qué nos lo ocultó Falkegren?
—Tendría sus razones —respondió Micaela.
Jonas Beijer sacudió la cabeza de nuevo. Fuera, en la calle Sankt
Paulsgatan, un camión amarillo cargaba la basura.
—Pero bueno, vale —dijo Jonas Beijer—. La verdad es que tampoco
suena completamente disparatado.
Micaela observaba el camión de la basura al tiempo que su malestar
crecía.
—¿Por qué dices eso? —preguntó.
—Es que ha sido tan condenadamente difícil avanzar algo en esta
investigación… —Se calló como sopesando si sería oportuno continuar.
Micaela no albergaba duda alguna de que fuera a hablar; se le veía
demasiado cargado de culpa como para callarse.
—¿En qué sentido? —preguntó Micaela.
—No teníamos motivos para dudar de que los talibanes hubieran torturado
a Jamal Kabir. Es que había documentos jurídicos que lo certificaban, y la
Dirección General de Inmigración lo consideraba confirmado. Pero los
representantes americanos en Kabul con los que contactamos venían con
evasivas y no nos daban nada concreto. Entonces me dirigí a la policía local
y, tras recibir un poco más de lo mismo al principio, al final me mandaron por
fax un documento que lo cambió todo.
—¿Qué decía ese documento?
—Que Kabir de vez en cuando había trabajado para los talibanes —dijo
—. Que había tenido algún tipo de vínculo con uno de sus ministerios.
Micaela lo miró perpleja.
—¿Qué ministerio?
—Uno de nombre bastante surrealista: la Oficina Propagandística para el
Mantenimiento de la Virtud y el Impedimento del Pecado.
—¿Y qué hacía para ellos?
—Al parecer, se metía con gente que violaba las reglas de los talibanes, al
menos algunas de ellas.
—Mira tú por dónde, el héroe del pueblo.
—Los de Inmigración hicieron un trabajo pésimo.
—Nosotros también.
—Sí, es posible —continuó Jonas Beijer mientras paseaba la mirada por
el café—. Aunque no creo que la idea que nos formamos de él haya sido falsa
en realidad. Era increíblemente emprendedor, y casi todos hablan bien de él.
Es solo que… hay algo que no encaja. Muchos dicen que odiaba el régimen
talibán. Aun así era íntimo amigo del mulá Zakaria, uno de los líderes, ya
sabes.
—Al que mataron en Copenhague.
—Sí, ese. Y es algo que hemos investigado también, claro. Si habían
mantenido el contacto después de la caída del régimen. Pero lo más
interesante de todo son los ataques de ira que tuvo Kabir. Ya conoces todas
las reglas enfermizas que instauró el régimen; no podías hacer nada: ni leer, ni
ver películas o la tele, ni escuchar o tocar música…, ni siquiera podías tener
un canario. Y el tema de las mujeres, bueno, estás al tanto. A las mujeres las
encerraban y las privaban de todos sus derechos. Y habíamos pensado que
Kabir estaba en contra de toda esa locura, pero resulta que a veces se veía
arrastrado a ello a pesar de todo. Y nos preguntamos si ahí podía haber algo,
algún abuso que cometió, por ejemplo, que alguien quería vengar.
—Pero no encontrasteis nada.
—Solo algunas cosas menores, nada importante, más que nada historias
que se podrían calificar como vandalismo. Pero aun así resulta raro. Como ya
sabes, en primavera de 1997 los talibanes comenzaron a perseguir a los
músicos, sobre todo a los que habían sido formados por los rusos durante la
ocupación soviética de los años ochenta.
—Sí —dijo Micaela.
—Se consideraba que la música podía llevar a la inmoralidad. Ya desde el
primer día de asumir el poder, los talibanes empezaron a destruir
instrumentos, discos, casetes.
—Sí, lo conozco.
—Pero aunque a los músicos por lo general se les veía como a
delincuentes, los que se llevaron la peor parte fueron los que tocaban música
clásica occidental y habían colaborado con los impíos comunistas. Varios de
ellos desaparecieron o fueron asesinados esa primavera.
Micaela se inclinó hacia delante, intentando quitarse de encima el mareo y
el dolor de cabeza.
—¿Estás diciendo que Kabir…?
—No, no, no digo eso. No tenemos nada que indique que haya cometido
ningún acto violento.
—Pero aun así…
—… destrozó instrumentos, entre otros un violín y un clarinete. Era como
si se hubiese vuelto loco.
—Suena absurdo —comentó Micaela.
—Sí, desde luego. Pero ese incidente no nos llevó a ninguna parte.
Micaela parpadeaba de sueño mientras intentaba aclararse los
pensamientos, pero el dolor de cabeza solo empeoraba, y cuando desvió la
mirada al camión de la basura de fuera, le costaba enfocarla.
—¿No tendrás un nombre? —preguntó—. ¿Alguien con quien pudiera
hablar?
Sintió una mano en el cuello, levantó la vista y se encontró con la cara
preocupada de Jonas.
—¿Sabes qué? Te voy a llevar al hospital.
—No, no. Te he preguntado si tenías algún nombre.
—No empieces a hurgar en eso. Lo único que vas a conseguir es sacar de
sus casillas a Fransson.
—Un nombre.
—Emma Gulwal —respondió al fin—. Es una de los músicos de Kabul a
los que Kabir atacó. Rompió su clarinete, al parecer totalmente fuera de sí.
Gulwal vive en Berlín ahora. La encontrarás en la información telefónica
internacional. Pero, por favor, no hagas nada todavía. Si lo que dices de la
CIA es verdad, prometo que voy a hacer lo que pueda para volver a meterte
en la investigación.
—Muy bien —dijo ella; apartó la mano de Jonas de su cuello y anotó el
nombre en una servilleta.
Permanecieron en silencio un rato.
—De acuerdo —constató Jonas—. Veo que no me vas a dejar llevarte al
hospital, pero ¿te puedo preguntar otra cosa? ¿No será por casualidad Rekke
con quien has estado hablando?
Ella miró de nuevo fuera, hacia la plaza.
—¿Por qué lo preguntas?
Los ojos de Jonas se desviaron a la plaza también antes de volverse hacia
ella con una repentina intensidad.
—Porque tengo esa sensación. Falkegren…
—¿Sí?
—Ese idiota me convocó a su despacho poco tiempo después de que
soltaran a Costa —continuó—. Ya no me acuerdo de con qué excusa.
Supongo que más que nada porque estaba nervioso, por toda la mierda que
nos han echado en la prensa. Le expliqué que queríamos volver a consultar a
Rekke. Creo que incluso le dediqué un cumplido por haber enviado la
investigación a Rekke. Me imaginaba que se sentiría halagado.
—Pero no fue así, ¿o qué? —intervino Micaela, y para su sorpresa Jonas
ya no parecía irritado ni tampoco preocupado.
Todo lo contrario: esbozó una sonrisa como si se hubiera acordado de
algo divertido. Luego se levantó para ir a por más té. Micaela se quedó
sentada en su silla, pensativa y mareada, y rechazó otra llamada de Vanessa.