Obscuritas
Capítulo 15
Micaela meneaba la cabeza incrédula. ¿Cómo podía ver tanto en tan poco, en
un par de cicatrices del color de la luna, y en algunas imperfecciones de la
piel en el pecho y los muslos?
Observó los ojos de Rekke como si la respuesta a su capacidad de
deducción se hallara dentro del apagado brillo de su mirada. Al mismo tiempo
se iba enfadando cada vez más, aunque no por la revelación de la corrupción
política; era más bien la toma de consciencia de que les habían ocultado
información tan importante lo que aceleró los latidos de su corazón.
—Lo que dices lo cambia todo —constató.
—Debería haberte informado antes. No me entraba en la cabeza que
vuestro comisario jefe pudiera no compartir la información con nadie. He sido
ingenuo, claro.
—Lo quiero estrangular.
—Entonces tendrás que estrangular a muchos otros también una vez que
te hayas puesto manos a la obra. A Kleeberger y a mi querido hermano, para
empezar.
Micaela dio un paso hacia la cama.
—Será denunciable ocultar información de la investigación de un
asesinato de esa manera —dijo.
Rekke la miró con los ojos entrecerrados y se llevó la mano a la frente. Se
le veía exhausto, como si su exposición le hubiera consumido todas sus
fuerzas.
—Indudablemente asumieron un riesgo al ocultároslo.
—Y entonces ¿por qué lo hicieron?
Rekke bajó la vista al edredón.
—Si empezamos por Falkegren, me imagino que alguien le habrá
convencido de que mis observaciones eran falsas. Pero si nos retrotraemos un
poco en la cadena de decisiones, está claro que la CIA no quería que saliera a
la luz que torturaban a gente de esa manera.
—Pero, joder, eso no les da derecho a sabotear una investigación policial. Lucas apareció en su nuevo Audi tocándole el claxon, y ella soltó una sarta de
—Me temo que se toman la licencia de hacer cosas bastante peores que
esa —dijo Rekke—. Pero tienes razón, debe de haber otro motivo, porque, de
hecho, soltaron a Kabir y consiguieron que Asuntos Exteriores lo acogiera en
Suecia. Es una cosa bastante llamativa. Me imagino que hay algo más detrás
de todo esto.
—¿Y no vas a averiguar lo que es? —preguntó Micaela, con un tono de
voz que le salió más duro de lo que había pensado—. Por ejemplo, podrías
hablar con tu hermano otra vez.
Rekke dudó. Luego sacudió la cabeza, cerró los ojos y se hundió aún más
en la cama.
—Creo que Magnus ya me ha dicho más de lo que debía.
—¿Y te vas a contentar con eso? —le espetó Micaela.
Rekke abrió los ojos y por un momento pareció pesarle la culpa.
—Antes quizá no lo habría hecho. Pero ahora… ya no soy una persona de
la que te puedas fiar.
Micaela sintió cómo la sangre le subía a la cabeza.
—Pero si acabas de demostrarme todo lo contrario.
—No, no —protestó Rekke.
—¿Cómo que «no, no»? Con solo ver un par de cicatrices has deducido
dónde estuvo encarcelado Kabir.
—Esas son viejas conclusiones. Ahora mi mirada está muerta, siento
decepcionarte. —Se volvió hacia Julia—. Decepcionaros a las dos. Ahora
tengo que descansar. ¿Me apagáis la luz, por favor?
Micaela se quedó parada, un enjambre de pensamientos dando vueltas por
su cabeza. ¿Qué hacer ahora? Parte de ella quería sacudirlo para que entrara
en razón, mientras que otra deseaba salir de allí cuanto antes y ponerse manos
a la obra.
—Voy a intentar averiguar más, a ver si así te espabilas —dijo al fin.
—Vale —contestó Rekke con fatiga—. Es una idea muy amable,
naturalmente, pero creo…
—¿Sigues teniendo el mismo número de teléfono? —lo interrumpió
Micaela.
Rekke hizo un gesto con los brazos, como si no lo supiera muy bien.
Micaela se contentó con eso y se marchó. Al llegar al hall se dio la vuelta y
regresó corriendo. El dormitorio estaba a oscuras, aparte de la tenue luz que
se filtraba por las cortinas. Julia estaba inclinada sobre él acomodando las
almohadas.
—¿Puedes quedarte con él hoy?
—En realidad, no —dijo Julia.
—No hace falta que nadie se quede conmigo —musitó Rekke, como en
sueños.
—Llamaré a la señora Hansson.
—No, no, ya me quedo yo —aseguró Julia.
—Bien —dijo Micaela—. Me voy. Estaremos en contacto.
—Eso nos alegraría mucho —masculló Rekke con una voz que apenas
parecía consciente de sí misma.
Luego Micaela se marchó de nuevo. Bajó en el ascensor y salió a la calle.
El cielo estaba despejado. Llegaba una brisa desde el agua, y durante unos
momentos la sensación de fuerza y decisión permaneció con ella, y estaba
convencida de que llamaría de inmediato a Jonas Beijer.
Pero la determinación desapareció en cuestión de unos pocos pasos,
empezando por la molestia que le produjo el sol. Los rayos se le clavaban en
los ojos como agujas. Sentía una presión en la sien y la mejilla. No estaba
segura de ser capaz de ni siquiera llegar al metro. ¿Debería darse la vuelta?
No, no. No quería volver con el rabo entre las piernas.
Llama a Lucas, pensó, y se quedó parada con el teléfono en la mano.
Aunque Lucas, la verdad, era la última persona con la que debería hablar. Su
relación ya no era como antes. Me las arreglaré sola, es cuestión de
serenarme, nada más, pensó antes de echarse a andar tambaleándose, pero se
mareó enseguida.
Se dejó caer de rodillas y de nuevo se proyectaron los dramáticos
acontecimientos del metro en su cabeza, y allí se quedó, sentada en la acera
resollando. Una voz dijo:
—¿Cómo estás, cielo?
Una señora de mediana edad vestida con un abrigo azul claro y con
facciones delicadas la estaba mirando con ojos amables y compasivos.
Micaela lo sintió como una nueva punzada en su cuerpo: no permitiría que
nadie de este barrio pijo de Östermalm se compadeciera de ella. Se puso de
pie, inestable, mientras murmuraba a la señora como una niña arisca:
—Estoy bien. Solo voy a…
Echó a andar sin terminar la frase, haciendo eses, y giró a la izquierda en
Riddargatan. Pero al final no pudo más. El dolor se agudizó, penetrando tan
fuerte en la cabeza que tuvo que apoyarse en la pared de un edificio mientras
jadeaba pesadamente. En ese instante le sonó el teléfono. Esperaba que fuera
su madre o Vanessa. Era Lucas.
—Me has llamado —dijo.
—No, no —masculló—. Sin querer quizá.
—Suenas como hecha una mierda.
—Estoy bien.
—No me lo creo. ¿Dónde estás?
No pensaba decírselo, de ninguna manera; pero aun así lo soltó, y oyó el
triunfo en la voz de su hermano.
—Ahora voy. Yo te cuidaré, hermanita.
Julia seguía en el dormitorio. Los ojos de su padre brillaban débilmente en la
oscuridad. ¿Qué le pasaba? Hacía un momento parecía que había vuelto a ser
el de antes. Pero ahora… Ella se acercó sigilosa a la ventana, apartó las
cortinas con la mano y miró al patio. ¿Por qué no podía animarse? Ahora que
tenía algo de lo que ocuparse.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
—¿Cómo? ¿Qué has dicho?
Su frente brillaba de sudor frío.
—Nada —dijo ella.
Miró a las manos de su padre.
—Estaba pensando en aquella cárcel —continuó.
—¿No tienes cosas más agradables en las que pensar?
—Me pregunto cómo habrá sido estar encerrado allí.
—No debería haberlo contado.
—¿Cómo era? ¿Qué crees tú?
—No lo sé —dijo él—. Pero recuerdo que un preso lo describió como una
oscuridad sin palabras, un horror sin nombre, y me acuerdo de que reflexioné
sobre eso.
—¿Y a qué conclusión llegaste?
—A ninguna, creo.
—Deberías retomar esa investigación. Te vendría bien.
Julia sintió en todo el cuerpo que la sola idea había incomodado a su
padre.
—Creo que la policía se las arreglará perfectamente sin mí.
—No lo parece.
—Por favor, Julia, ¿me puedes dejar tranquilo un momento?
Julia pensó en los pasos de Micaela alejándose con esa enorme
determinación.
—¿Por qué estaba el árbitro en esa cárcel?
Las mandíbulas de Rekke se tensaron.
—¿Por qué? —repitió Julia.
—Era sospechoso de colaborar con los talibanes.
—¿Qué tipo de colaboración?
—Magnus no me lo quería decir.
—¿Y te contentaste con eso, sin más?
—Por lo visto, sí.
—Porque caíste en una depresión, ¿o qué?
—Supongo.
—Pues averígualo ahora —le dijo bruscamente Julia.
Pero entonces él cerró los ojos como si quisiera desaparecer en sí mismo,
en su propia Prison of Darkness.
En una oscuridad sin palabras. En un horror sin nombre. ¿Era allí donde
estaba él también? Entendía lo patético y pretencioso que resultaba
compararse con presos torturados. Aun así, era como si los envidiara.
Envidiaba lo concreto, lo palpable de su sufrimiento: las cadenas, el frío,
los golpes, la música que tronaba de verdad y no solo como un ruido atonal en
el interior de su cabeza. Pero, sobre todo, envidiaba la sencilla solución que
había a su sufrimiento: la libertad. Podían librarse de sus tormentos al ser
soltados, mientras que su oscuridad formaba parte de su cuerpo, de la hondura
de su mirada.
—Tienes razón, claro —le dijo a Julia—. Debería… —Pero no llegó a
terminar la frase.
Visualizó el tren entrando a toda velocidad. Se acordó de la tensión de su
cuerpo y de la corriente de aire procedente del túnel. Recordó la voz que
resonaba en su cabeza: «Hazlo, no dudes». Pero también otras cosas: los
pasos que se acercaron, repiqueteando decididos sobre el suelo, como si dos
fuerzas fatídicas se movieran hacia él desde dos direcciones diferentes.
—Voy a la cocina a estudiar o algo —anunció Julia.
Levantó la vista hacia su hija intentando librarse del aluvión de recuerdos
y tenebrosas asociaciones que cubrían su retina, y tuvo más certeza que
nunca: Julia no se merecía verle así. Ser joven y feliz deberían ser sus únicas
preocupaciones. Buscó a tientas algo que decir, lo que fuera.
—¿Cómo van tus estudios?
—No muy bien —admitió Julia.
—¿Estáis todavía con el Renacimiento?
—¿Qué?
—Que si todavía estudiáis el Renacimiento.
—Dios mío, menuda pregunta tan relevante en estos momentos.
—Sí, ya —dijo, e intentó esbozar una sonrisa mientras encendía la
lámpara de la mesilla—. Muy acertada, sin duda. Entonces ¿quieres ayudar a
tu padre y decirle sobre qué debería preguntar?
—Mi padre debería contarme lo que hizo anoche.
—Se emborrachó, como ya te ha explicado.
—Y se ligó a una policía de Husby.
—No he ligado con nadie.
—¿Te has acostado con ella?
—Claro que no.
—¿O es una vieja amante tuya? Me acuerdo de cuando estuvo en nuestra
casa.
—Que no, no. Solo tuvo la amabilidad de echarme una mano.
—No me sorprendería que la hayas elegido para fastidiar a la abuela.
—¿De qué diablos estás hablando?
—¿No sería una excelente manera de tocarle la moral a la abuela, liarte
con una choni del extrarradio? Le daría un infarto con solo imaginárselo.
—Déjalo ya, cariño, déjalo. Te lo ruego. Pero quizá tengas razón. Debería
echar un vistazo a la investigación —reconoció, y extendió la mano hacia el
ordenador que estaba en la mesilla.
Pero cuando se lo colocó en la barriga, el aparato le resultó amenazador y
ajeno, así que se levantó, firmemente decidido a ocuparse de los quehaceres
domésticos, como un buen paciente. Entró en el cuarto de baño y allí,
modélico, resistió la tentación de atiborrarse de más pastillas.
En lugar de eso se duchó con agua fría, como una especie de
mortificación. Se afeitó, se lavó los dientes, se peinó; todo aquello que
durante los buenos tiempos no había constituido más que motivos de
irritación, obstáculos que se interponían entre él y todo aquello de lo que
quería ocuparse inmediatamente pero que ahora le representaban pequeñas
proezas, como montañas que coronaba. Luego se abotonó la camisa, se puso
unos vaqueros y un jersey azul de cachemira, y salió a la cocina.
El plan era tomarse un espresso, como una persona cualquiera un
domingo por la mañana, leer los periódicos y hacer creer a su hija que su
padre era casi un padre normal.
improperios. ¿Por qué tenía que participar en esta farsa? En fin, ya estaba allí,
así que subió al coche, se sentó en el asiento de copiloto y le dio las gracias, a
pesar de todo, como buena hermana que era. No soportaba sus miradas, por lo
que cerró los ojos en un intento de dejar patente que no quería hablar.
—¿Quién te ha hecho eso? —quiso saber Lucas señalando su mejilla, y no
cabía duda de que estaba indignado de verdad, hasta el punto de ponerse en
plan «nadie toca a mi hermana» y todo eso.
Aun así, a Micaela le dio la sensación de que más que nada estaba
contento de haber podido ir a buscarla y jugar el papel de salvador. Llevaba el
pelo corto, una camisa azul y una cazadora negra de nailon. Desprendía un
aire pulcro, que pese a todo no conseguía ocultar esa impresión de latente
agresividad. Recorrió el barrio de Vasastan para luego atravesar el puente de
Sankt Erik.
—Oye —dijo Micaela—. ¿Adónde vas? Yo quiero irme a casa.
—Te llevo a casa de Natali —respondió, y aunque Micaela intentó
protestar, al final acabó aceptando.
Natali era la novia de Lucas desde hacía casi un año. Vivía en un
apartamento de su propiedad en la plaza de Kungsholmen, donde Lucas solía
estar cuando no rondaba por Husby y Akalla. Cuando llegaron, le abrió la
puerta del coche como un auténtico caballero y la ayudó a subir la escalera de
la entrada hasta el ascensor. Natali los recibió con un gesto de preocupación.
Natali era guapa como una Barbie. Llevaba un vestido floreado más
propio de un día de verano y, como siempre, lucía un aspecto
asombrosamente sueco y formal, con su pelo rubio y su amable sonrisa. Sin
duda representaba una parte de la ambición de ascenso social de Lucas.
—¡Cariño! —exclamó—. ¿Qué te ha pasado?
—Se ha ido de aventuras por el barrio de Östermalm —contestó Lucas
antes de ayudar a Micaela a sentarse en el sofá junto al balcón.
La tapó con una manta y le dio un vaso de agua y dos analgésicos que
Micaela se negó a tomar. Luego se sentó enfrente en un sillón rojo; su
expresión denotaba claramente su curiosidad. Jugaba con el llavero
haciéndolo girar entre sus dedos. Desde la cocina se oía música: You Raise
Me Up, de Josh Groban.
—¿No quieres ir al hospital para que te vean eso? —preguntó.
—No —dijo ella.
—¿Y no hay alguien con quien quieras que hable?
Micaela le lanzó una mirada consternada.
—Por Dios, no.
—Vale. Pues te escucho, hermanita.
Era como si Lucas la entendiera mejor que ella misma, porque, claro,
cuando estaba allí en la calle con el teléfono en la mano no solo quería ser
salvada, también quería hablar, incluso trabajar quizá.
—Me crucé con Mario Costa ayer —empezó.
Vio una repentina excitación encenderse en los ojos de Lucas; tal vez
deseaba que fuera Costa el culpable de los moratones en su cara. Habría sido
un rival de cierto nivel.
—¿Y qué te dijo ese?
—Estaba borracho.
—¿No deberían los futbolistas profesionales abstenerse de beber?
—No creo que se preocupe mucho por eso.
—Va a mandar al traste el contrato con el Marsella. Te lo juro.
—Preguntó por Kabir —continuó Micaela.
Lucas dejó de juguetear con el llavero.
—¿Has vuelto a ese caso?
—Ese caso está más o menos enterrado.
—Así que no has vuelto.
—Me he interesado de nuevo por el tema, nada más. Dijiste que se
comentaba que Kabir tenía miedo.
Lucas dirigió la mirada hacia la cocina.
—¿Habías oído algo en concreto al respecto? —quiso saber Micaela.
Lucas ponderó su respuesta.
—Se decía que estaba acojonado por si iban a ir a por él después de ese
reportaje de la tele.
Micaela hizo ademán de incorporarse en el sofá. Lucas la recostó de
nuevo con mucho cuidado y la arropó con la manta.
—Tranquila, hermanita. Nada de movimientos bruscos.
—¿Quién iba a ir a por él?
Lucas la miró con esa torcida sonrisa que siempre parecía expresar que
sabía algo que nadie más sabía pero que bien podría ser simplemente un
medio de manipulación que utilizaba para generar inseguridad en la gente.
—¿Por qué no se lo preguntas a la periodista de la tele, Tove, la que hizo
el reportaje?
—Tove Lehmann. Le hemos tomado declaración varias veces.
—Quizá tenga más cosas que contar ahora. Alguien dijo que cogió un
mosqueo que no veas con alguno de tus colegas.
—De acuerdo. Puede que lo haga.
—Te veo fatal.
—Y me siento bastante mal, de hecho —admitió y, efectivamente, así era.
Una nueva oleada de mareo la invadió. Levantó la vista hacia Lucas, que
la estaba mirando con algo que se asemejaba al amor, y entonces cerró los
ojos y se dejó llevar por el sueño.