Obscuritas
Capítulo 27
Para alguien como Rekke había muchas trampas en la investigación de un
asesinato. Una de ellas era dar con una pista que le interesara demasiado, no
porque fuera importante para la resolución del caso, sino porque atrajera su
atención por sí misma, y le asaltó la duda de si no era eso lo que le estaba
ocurriendo con Latifa Sarwani.
Fuera como fuese, cada vez estaba más seguro de que su asesinato y el de
Kabir estaban relacionados. Varias pequeñas observaciones que había hecho a
lo largo de la noche habían acabado por convencerlo. Además, Viktor le había
proporcionado una pieza más del rompecabezas, aparentemente nada notable
por sí sola, pero tenía relevancia. Por eso estaba examinando una imagen
reciente de Darman Dirani, el amigo de Latifa en el conservatorio de Moscú.
Dirani presentaba un aspecto más distinguido que en su juventud. Tenía
treinta y nueve años y en sus ojos no quedaba ni rastro del Dirani tímido e
inseguro de antaño; más bien daba una impresión orgullosa, incluso un poco
engreída. Al contrario que Latifa, había completado su formación para luego
trasladarse a Europa, lo cual, como era evidente, había resultado ser una
decisión acertada.
Mientras que la vida de Latifa se ahogó más y más en Kabul, Dirani se
abrió camino en Europa, y ahora ocupaba el puesto de segundo violín en la
Filarmónica de Colonia, lo cual no estaba nada mal. ¿Tendría fuerzas para
hablar con él? Le daba pereza. Todo le daba pereza, pero no se podía permitir
sucumbir ante la fatiga. Inspiró hondo y marcó el número, y tras dos o tres
señales respondió una voz que sonaba cascada y ligeramente chillona.
—Darman.
—Espero no molestarle. Mi nombre es Hans Rekke —dijo en alemán.
—¿El pianista?
—De eso hace ya mucho.
—Un honor, en cualquier caso. ¿Por qué lo dejó?
—Al final ya no estaba en mi mejor forma psíquica y tuve un pequeño
percance en Helsinki.
—Creo recordar algo al respecto, sí.
—Me alegra ser recordado. Ahora soy psicólogo, y a veces recurren a mí
como asesor en investigaciones de crímenes. He trabajado, por ejemplo, en el
caso del asesinato en Estocolmo de un compatriota suyo, Jamal Kabir.
—¿Ah, sí? —dijo Darman con un tono más tirante que antes.
—Puede que haya oído hablar del caso.
—Sí, pero muy por encima.
—Excelente —contestó Rekke—. Sin embargo, lo que más me interesa de
todo este tema es la guerra de los talibanes contra la música, que afectó a
tantas personas que usted conocía, si no me equivoco.
—Es cierto.
—Los antiguos alumnos del conservatorio de la profesora Drugov, como
usted, estuvieron especialmente en el punto de mira.
—No se nos tenía solo por músicos. Nos veían como traidores y enemigos
impíos del islam.
Rekke guardó silencio, fingiendo meditar sobre esas palabras.
—¿Y nadie tuvo un final tan espantoso como su amiga Latifa?
—Me temo que no —dijo—. Me faltan las palabras para describirlo.
Rekke decidió cambiar el tono.
—No resulta nada fácil comprender a los talibanes desde nuestra
mentalidad occidental, ¿no es cierto? Esa voluntad de destruir todo lo que
procura felicidad a los demás… Aunque también es verdad que muchos de
esos hombres jóvenes no habían recibido otra educación que la de las escuelas
coránicas que enseñaban una interpretación literal del islam y que deseaban
volver al siglo VII. Difícilmente se preocupaban por conocer al enemigo, por
entender aquello que querían aniquilar con su furia sagrada.
—Eso es —convino Darman—. Eran bárbaros.
—En cambio… —continuó Rekke—, aquel talibán al que Latifa dejó
entrar en su casa la noche del 4 al 5 de abril de 1997 parecía conocer bien su
mundo.
—¿Por qué dice eso?
—Latifa le enseñó a su asesino el violín que su padre y ella habían
escondido en el sótano con muchas precauciones.
—¿Y no podrían haberla forzado a hacerlo bajo amenazas? —cuestionó
Darman.
—Sí, claro —reconoció Rekke—. Pero todo indica que también lo tocó
para el asesino. Y no solo porque la posición del cuerpo y del instrumento
sugiere que lo sostenía en el momento en que recibió el disparo. También leí en Al Jazeera que se escuchó música de violín en su casa esa noche. Un
vecino describió la música como bella y triste, y lo sé, lo sé, podían haber
coaccionado a Sarwani a tocar, pero aun así… el asesino quería oírla. Corrió
el riesgo, de modo que algún interés debía de haber tenido, a lo mejor incluso
lo había añorado.
—Vale, ¿y qué es lo que me quiere decir?
—Que tal vez no fue solo fanatismo religioso lo que había detrás de la
muerte de Latifa Sarwani, sino también… —Rekke se interrumpió e hizo una
pausa adrede. Al mismo tiempo se estremeció.
—¿Qué? —preguntó Darman.
—Pensaba que llegado este punto quizá usted tuviera la amabilidad de
ayudarme. Creo que el autor del crimen puede haber sido una persona que
conocía bien su vieja escuela.
—Bueno, es posible, claro.
—¿Y no tendría alguna idea?
—¿Alguna idea de qué?
—De quién de su círculo podría haber sido capaz de hacer algo así.
Dirani pareció ofendido.
—No, claro que no. De lo contrario, lo habría dicho hace tiempo.
Rekke se estremeció nuevamente. ¿Igual debería bajar al cuarto de la
basura y comprobar si sus pastillas seguían allí? Haciendo un esfuerzo dijo:
—Latifa y usted eran íntimos amigos, ¿no?
—En los años ochenta, sí.
—Pero ¿después no?
—Intentamos mantener el contacto, pero la distancia lo hacía difícil. Unos
amigos y yo tratamos durante un tiempo de sacarla del país, pero al final era
como si ella ya no quisiera salir. Estuvo muy deprimida y enferma los últimos
años.
—Siento mucho oír eso. Se había casado, por lo que he visto.
—Fue un matrimonio forzado. Durante el régimen talibán era imposible
estar soltera. Ahora bien, su padre pagó al marido para que se mantuviera al
margen.
—¿Y con quién se relacionaba más durante esos últimos años?
—Con su padre y su hermano Taisir, aunque Taisir y ella tenían sus más y
sus menos.
—¿Y eso por qué?
—Taisir era más conservador que su padre y nunca le gustó el acuerdo al
que llegaron para el matrimonio.
—Debe de haber estado a la sombra de su hermana durante toda su vida.
—Sí, seguro.
—¿Con qué otras personas se relacionaba Latifa?
—No muchas más. Se aislaba o se pasaba el día en la cama, al menos los
últimos meses. Perdió muchísimo peso y se le caía el pelo. Estaba en muy
malas condiciones.
—Debió de haber supuesto un considerable riesgo guardar un violín
escondido en la casa —continuó Rekke.
—¿Y dónde guardarlo si no? —repuso Darman—. Era la posesión más
valiosa de la familia.
—Un Gagliano, si no me equivoco.
—Sí, hecho por Nicolò Gagliano a finales del siglo XVIII.
—¿Y estaba oculto bajo dos tablones en el sótano?
—Mohammad, su padre, lo sacaba de vez en cuando y lo cuidaba para
mantenerlo en buen estado. Pero por lo general el violín permanecía
escondido en el sótano. Decían que lo habían vendido en Europa.
Rekke se levantó para dar otra vuelta sin sentido por la casa para ver si
alguna pastilla de morfina pudiera aparecer en algún escondite.
—Estuve mirando la fotografía del cuerpo sin vida de Latifa —dijo.
—Ajá.
—Y me pregunto quién hizo esa fotografía —continuó mientras daba
vueltas a los cojines del sofá del salón en busca de alguna pastilla caída por
los resquicios—. No tenía aspecto de ser parte de la investigación de la escena
del crimen.
—Mohammad, su padre, la hizo a pesar del shock en el que se encontraba.
Comprendió que los talibanes no harían demasiado para resolver el crimen.
Quería documentarlo.
Rekke entró en el dormitorio.
—¿Para tener pruebas?
—Quería justicia.
Rekke se agachó y miró debajo de la cama. ¿No había algo allí…? No,
mierda, era una pasa. ¿Cómo podría haber llegado una pasa hasta ahí?
—Claro —dijo—. ¿Estaba usted enamorado de Latifa?
La pregunta pilló completamente por sorpresa a Dirani.
—Todos estábamos enamorados de ella de una u otra forma —explicó—.
Sé que apenas se ha conservado nada, pero debería haberla oído. Tocaba el
violín de una manera divina.
—Pero también era una persona un poco difícil, ¿no? Exigente, segura de
ser única, la típica solista.
—Era fácil perdonarle todo.
—¿De modo que no cree que su personalidad podía haberle granjeado
enemigos?
—Es posible, claro.
—Perdone que insista, pero ¿no se le ocurre nadie en especial, alguien con
el que hubiera algún conflicto en el conservatorio?
—Le he dado muchas vueltas al tema, naturalmente, pero no… no se me
ocurre nadie que pudiera llegar a esos extremos.
—¿Ha dicho que todos estaban enamorados de Latifa de alguna manera?
—Tenía ese don.
—Quizá fue alguno entre esos enamorados quien la mató —sugirió
Rekke.
—Me cuesta creerlo.
—Aun así, no sería una lógica del todo disparatada, ¿no cree?
—¿En qué sentido?
—El deseo de destruir también requiere una gran pasión, ¿no está de
acuerdo?
—Es posible.
—Supongo que a todos aquellos que la quisieron les gustaría saber quién
la mató.
—Sí, claro.
—¿Y han llegado a alguna conclusión?
—Solo que el responsable último debe de haber sido el mulá Zakaria. Fue
él quien incitó al odio a los músicos y a las mujeres como ella. A veces ni
siquiera le hacía falta usar a sus propios hombres. Consiguió que la gente se
tomara la justicia por su mano.
—De modo que no había duda de que el peligro era muy real.
—Pues no.
—Y a pesar de todo…
—¿Qué?
—Dejaron sola a Latifa esa última noche.
—Le volvía loca tener a su padre y a su hermano en casa a todas horas.
Quería llevar su propia vida.
—¿Y no sería que ella quería pasar esa noche a solas con alguien?
—Lo dudo, porque en los últimos tiempos vivía completamente aislada.
Rekke dijo de la manera más tranquila que pudo:
—Pero hay algo que me está ocultando, ¿no es así?
Dirani se quedó callado un momento.
—¿Por qué dice eso? —preguntó al final.
—Son cosas que percibo, nada más.
—¿Cosas que percibe?
—Es otro tipo de sensibilidad musical, supongo —continuó Rekke—.
Pero también pienso en las casualidades que hay en la historia.
—¿En qué casualidades?
—En que ahora el padre y el hermano de Latifa y usted residen en la
misma ciudad.
Dirani soltó un suspiro ofendido.
—Cuando uno vive en el exilio es normal que busque la compañía de
compatriotas.
—Por cierto, ¿no se lesionó Latifa el ojo en Moscú? —añadió Rekke.
Dirani se sorprendió.
—¿Cómo puede saber eso?
—Un ojo que ya no ve bien destaca. Es un poco como un espejo en el que
nadie mira.
—Si usted lo dice… —comentó inseguro Dirani—. Pero sí, Latifa sufrió
un ataque de epilepsia el último año que pasó en la Unión Soviética y se
golpeó en la parte posterior de la cabeza. Ese fue uno de los motivos por los
que no llegó a acabar su formación, a pesar de que el profesor Belinski podría
haberse ocupado del tema.
Rekke miró la bandeja de entrada de su correo electrónico y vio que había
recibido un nuevo mensaje de Viktor de Moscú; una lista, al parecer. La
imprimió enseguida.
—Hay otra cosa más que le querría comentar —dijo Rekke—. Tengo
entendido que también hubo otros estudiantes de Kabul con becas de períodos
más breves.
—Así es —corroboró Darman—. Me daban mucha pena.
—¿Por qué?
—No recibían mucha ayuda y pocas veces daban la talla. No eran más que
peones en el juego político.
—Tengo una lista aquí de seis de ellos, seis jóvenes afganos que
estudiaron en el conservatorio durante un breve tiempo mientras Latifa y
usted estuvieron allí. ¿Podría echarles un vistazo a los nombres y comprobar
si le dicen algo?
—Podría hacerlo —constató Darman—. Pero ahora me tengo que ir a
ensayar.
—¿Qué va a tocar? —quiso saber Rekke.
—Dvořák.
—¿La Novena sinfonía?
—Exacto, un programa demasiado complaciente con el gran público tal
vez.
—Qué va —dijo Rekke—. Tiene un molto vivace fantástico. Bueno, doy
por sentado que volveremos a hablar pronto.
—Sí, quizá —respondió Darman Dirani mientras Rekke sentía un deseo
repentino de volver a ver Colonia.
En realidad no le sorprendió ver a Lucas en el rellano de abajo. La había
visitado por las mañanas más de una vez sin ninguna razón especial, así que
pensó a modo de conjuro: «Solo quiere ver cómo me encuentro». Quiere
asegurarse de que todo está bien.
—Hola —saludó Micaela mientras examinaba el rostro de su hermano.
No le gustó su sonrisa, ni tampoco la manera en que caminaba. Estaba en
tensión, y la camisa le quedaba demasiado ceñida. Sus ojos le resultaban fríos
o, en todo caso, calculadores, y la cicatriz sobre la frente se movía más de lo
habitual, como si tuviera vida propia. Algo no olía bien, pero aun así fingió
estar alegremente sorprendida.
—Qué sorpresa y qué honor —dijo Micaela.
—El honor es todo mío —aseguró Lucas.
Ya iba con retraso, dijo. Tenía que darse prisa.
—¿Vas al trabajo? —le preguntó Lucas, y ella, con lo idiota que era, dudó
un segundo de más al responder.
—Voy al centro.
—Entonces te acompaño —fue su respuesta, y fueron juntos al metro, con
pasos apresurados bajo la lluvia.
Como de costumbre a esa hora del día, en el metro se daban encuentro dos
mundos diferentes: el de los que vivían en Kista y salían de casa, y el de los
que bajaban a toda prisa del tren hacia las oficinas de sus empresas de alta
tecnología en la Science City. «Los que avanzan por la vida y los que se han
quedado parados», como Micaela solía describirlo con cierto tono dramático.
Lucas la acercó hacia él, en un gesto que no supo interpretar. Olía a
aftershave.
—Creo que mamá ha vuelto a pintar otra vez —dijo.
A Lucas no le interesaba, y mientras subían al tren desvió el tema hacia el
aspecto que tenía ella:
—¿Te has puesto perfume? —quiso saber.
Micaela negó con la cabeza.
—Creo que es tu colonia, que huele por los dos —contestó.
A Lucas no le hizo gracia el comentario.
—¿Qué quieres? —le preguntó Micaela.
—¿Vas otra vez a Östermalm?
—Más o menos.
—Micaela, creo que ese hombre no es bueno para ti —dijo Lucas, y al
oírlo se devanó los sesos en busca de personas distintas a Rekke a las que
pudiera referirse.
—¿A qué te refieres? —indicó.
—Creo que ese tío te hace remover un montón de mierda que no te
conviene.
Micaela se enfadó.
—Oye, yo remuevo lo que me dé la gana, ¿eh?
Lucas agarró a su hermana por las muñecas.
—Tienes que entender cómo todo esto me parece a mí. Conoces a un
viejo rico de Östermalm y vuelves con el ojo morado.
—Eso no tuvo nada que ver con él —dijo Micaela quitándose las manos
de Lucas de encima.
Viajaron en completo silencio. Cuando llegaron a T-Centralen, donde ella
tenía que cambiar de línea para seguir en dirección a Ropsten, pensó en salir
en el último segundo a fin de dejarlo solo en el vagón, pero al final decidió
tratar de aliviar la tensión. Le dio las gracias por su consideración y le
prometió andar con cuidado. Luego se levantó y entonces su hermano hizo lo
mismo. «Déjame en paz», quiso soltarle, aunque no dijo nada.
—Es que me preocupo por ti —explicó él.
—Lo sé —comentó Micaela—. Pero ¿no podemos quedar más tarde?
—Te acompaño un rato más —dijo, y subieron a otro vagón del metro
juntos.
Los ojos de Lucas le resultaban ya más relajados y amables, y no fue hasta
que habían salido del metro y estaban bajando desde Karlaplan hacia
Strandvägen cuando ella empezó a preocuparse de veras.
—Gracias —dijo—. Ya me las apaño yo sola desde aquí.
—Claro que sí —repuso Lucas, pero no hizo ademán alguno de
marcharse.
Micaela tuvo el impulso de darle un empujón, pero se calmó y pensó: «No
me acompañará todo el camino. Tan tonto no es». Sin embargo, su hermano
no mostraba ningún signo de querer irse, por lo que a la altura de
Riddargatan, más o menos en el mismo lugar en que la había recogido en su
coche la última vez, decidió cambiar de dirección para alejarse de la casa de
Rekke. Pero estaba claro que no se dejaba engañar.
—¿No vivía en Grevgatan? —preguntó su hermano con algo amenazador
en la voz.
Micaela comprendió que se había informado sobre Rekke o, al menos, que
conocía su dirección.
—Tienes que irte —le señaló—. No puedes hacerme esto.
—Te acompaño hasta el portal —contestó su hermano, y ella pensó:
«Vale, de acuerdo, pero ni un milímetro más».
De modo que bajaron juntos por Grevgatan, y fue entonces cuando
descubrió el coche diplomático de cristales tintados. Se sobresaltó, y Lucas se
dio cuenta.
—Te noto tensa —afirmó.
—Estoy tensa por tu culpa, metomentodo —replicó ella.
Lucas negó con la cabeza como si no la creyese, mientras miraba el coche
él también, y le dijo que había decidido subir a saludar a Rekke.
—Ni se te ocurra —protestó Micaela, planteándose seriamente partirle la
cara.
Pero eso, claro está, habría sido una locura. Al momento se dejó llevar por
una especie de pensamiento mágico: va a ir bien, puede incluso que Lucas se
quede impresionado. No iba a querer permanecer allí mucho tiempo, eso lo
tenía clarísimo, pues se sentiría perdido entre tantos libros y cuadros. Al final
Micaela entró y subió en el ascensor acompañada por su hermano, con una
sensación de que algo estaba a punto de ir muy mal.