Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 29 de 39

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Obscuritas

Capítulo 29

 

 

Octubre de 1987, calle Malaya Gruzinskaya 26, edificio número 1, Moscú

Se despertó con lágrimas en los ojos sin saber por qué. ¿Qué me está ocurriendo?,

pensó, no suelo llorar nunca. Con todo, quizá no era tan raro. Se había pasado día y

noche ensayando hasta tal punto que le dolían los dedos, llenos de heridas, pero por fin

había llegado. Llevaba tanto tiempo soportando una tensión espantosa…

Sumido en la oscuridad, intuía la lámpara gris de la mesita de noche y, al fondo, en las

paredes blancas, el retrato de juventud de Chaikovski. Había llegado la noche anterior,

muy tarde, y había caído derrumbado en la cama. Ahora le dolía la cabeza. Intentó

dormirse de nuevo. No podía.

Las lágrimas corrían por sus mejillas. ¿He soñado algo extraño?, pensó. En tal caso

no debió de ser nada triste, puesto que estaba sonriendo también, como si fuese feliz.

Decidió cerrar los ojos con la esperanza de volver a ese mismo sueño, con el único

resultado de que se despejó aún más, al tiempo que se daba cuenta de que estaba

oyendo música. Un violín solitario sonaba en la lejanía. Comprendió que en ningún

momento se había tratado de un sueño; el violín había penetrado en el sueño y le había

provocado un vaivén de confusión.

Olvídalo, pensó. Vuélvete a dormir y recobra fuerzas. Las vas a necesitar. La música,

sin embargo, acabó sacándole de la cama y, tras buscar a tientas el interruptor de la luz,

se puso unos pantalones y un jersey, y salió al pasillo. Se perdió enseguida. Todas las

puertas parecían idénticas. Muy pronto comenzó a dudar si venía de la izquierda o si

venía de la derecha. Siguió, tambaleándose somnoliento, hasta llegar a la habitación de la

que salía la música, y sin siquiera llamar a la puerta, abrió y entró.

Una mujer joven tocaba el violín, sentada al lado de una cama sin hacer. Sus

omóplatos se movían por debajo de una fina blusa blanca, y el largo pelo negro caía

suelto sobre su hombro derecho. Se quedó sin aliento; un campo de energía se

desplegaba alrededor de ella, y la música lo envolvía. Se perdió en ella, y esta lo

transportó al pasado, hasta las nanas de su madre. Su respiración seguramente se había

vuelto demasiado pesada, porque la mujer se giró, con cierto temor al principio. Luego,

como si se diera cuenta de inmediato de que el visitante era inofensivo, siguió tocando, y

entonces le pareció tan increíblemente bella que apenas sabía lo que era ella y lo que era

la música.

—Perdón —murmuró.

—Estás llorando —dijo ella en inglés, y paró de tocar.

—No, no, qué va, para nada —respondió mientras buscaba una buena explicación

para sus lágrimas.

En ese mismo momento lo comprendió: era la mujer de Kabul. No la había visto aún

en persona, en la vida real. Solo había visto fotos y había oído historias sobre ella. Era el

orgullo de la profesora Drugov.

Era el orgullo de todo el conservatorio. Y allí estaba frente a ella, desorientado y con

lágrimas en los ojos. Y su confusión no se alivió precisamente cuando volvió a tocar y se

dio cuenta de que ni siquiera llevaba sujetador debajo de la blusa.

—Podrías haber llamado antes de entrar —dijo ella.

—¿Qué estabas tocando? —replicó en pastún, todavía aturdido. Ella lo miró de arriba abajo.

—«Méditation» de Thaïs, la ópera de Massenet. ¿Ha sido Elena la que te ha mandado

venir aquí?

—Me recordaba a… —tartamudeó.

Se dio cuenta de que apenas sabía lo que recordaba. Era como si hubiese estado en

un sueño y se acabase de despertar, desnudo y desamparado, y cuando ella se levantó

de su asiento y le extendió la mano fue demasiado para él. Se limitó a salir de allí con

pasos tambaleantes sin prestar atención a su voz llamándole:

—Espera, espera.

 

Cuando Rekke se marchó a la cocina, Micaela se acordó del paleontólogo del

que Julia había hablado, el que había recreado mundos perdidos a base de

unos fragmentos de huesos. ¿No era un poco lo que hacían ahora? Partiendo

de un par de pequeñas cicatrices en los dedos de un hombre, Rekke los había

llevado en una nueva dirección. Por otra parte, ¿no era ese siempre el trabajo

de un detective? En el pequeño detalle rastreaba lo grande, lo atroz. Quizá

incluso fue por eso por lo que ella se hizo policía, si no fuera por… Se le vino

a la mente Lucas y su cara cuando miró a Rekke. Apartó la imagen de sus

pensamientos.

Rekke volvió, le alargó a Micaela otra Heineken y se sentó en el sillón.

—¿Tu ama de llaves ha desaparecido? —preguntó.

—Sí, mmm… —respondió Rekke—. Supongo que se siente segura

cuando estás tú. Lograste dar una buena impresión enseguida.

—Es que entre las criadas hacemos buenas migas con mucha facilidad.

—¿Soy un señor tan terrible?

Micaela calló y ardía en deseos de decirle sí, por Dios, sí que lo eres. Solo

tu forma de apoyarte en el sillón te deja en evidencia.

—Te has podido permitir el lujo de ser débil —contestó Micaela.

—Eso es verdad.

—Julia dijo que en vuestra familia pensáis que es un signo de elegancia de

alguna manera.

—Hemos hecho un poco de la necesidad virtud.

—En mi familia había que ser fuerte.

—¿Y te hiciste fuerte?

—Ser débil era lo peor. Recuerdo que Lucas dijo una vez que no

despreciaba a nadie a no ser que fuera débil.

Apareció un gesto de preocupación en el rostro de Rekke.

—Es bastante típico de… —Se calló.

—¿De qué?

—Nada.

Lo miró con enfado.

—Has visto a Lucas como un total de dos segundos y ya crees que sabes

algo sobre él.

—Tienes razón, claro.

Micaela decidió cambiar de tema.

—Le estoy dando vueltas a una cosa —dijo—. Emma Gulwal, la

clarinetista, dijo que sabía quién era Kabir, aunque solo por lo del fútbol. ¿No

es un poco raro? Si era violista y el círculo de los que se dedicaban a la

música clásica occidental en Afganistán era tan reducido, ¿no deberían tanto

ella como los otros músicos a los que atacó haber sabido perfectamente quién

era?

—Desde luego —dijo Rekke.

—Quizá no era de Afganistán.

Rekke fijó su intensa mirada en ella.

—Kabir podría haber sido uno de los muchos extranjeros a los que

atrajeron los talibanes, uno de los que aparecieron en Kabul en esos años para

unirse a la lucha.

—Quizá fue la lucha contra la música lo que le atrajo —añadió Micaela.

—Quizá —dijo Rekke antes de apurar su cerveza. Movía inquieto la

mirada de un lado para otro y cruzó los brazos en el pecho.

—¿Cómo estás? —preguntó Micaela.

—El paciente echa de menos sus drogas, pero ya se las apañará.

—¿Por qué tenías que tirarlo todo de golpe?

—Por la misma imprudencia, me imagino, que me llevó a tomarlas en

primer lugar.

—Has dicho que creías que Darman Dirani ocultaba algo cuando

hablasteis por teléfono —sacó a colación Micaela.

Rekke reflexionó unos momentos.

—En efecto, no mostró suficiente interés por el asesinato de la mujer a la

que una vez había querido. Era como si ya tuviera la respuesta a todas sus

preguntas.

—Igual deberíamos interesarnos más por él.

—Sin duda.

—Y luego…

Micaela se inclinó hacia delante y sintió el impulso de poner la mano

alrededor del cuello de Rekke, pero enseguida rechazó la idea.

—Luego he vuelto a pensar en Emma Gulwal —continuó Micaela.

—¿Por qué piensas en ella?

—Contó que Kabir miró su clarinete con cariño, casi como si quisiera

tocarlo, y luego lo rompió en un arrebato de locura. Parecía que quisiera

vengar su propia vida, así lo describió.

—Suena interesante —dijo Rekke.

—¿Cómo lo interpretas?

Rekke sonrió.

—Me veo tentado, claro, a formular una emocionante teoría de improviso.

Es que el amor y la furia son viejos hermanos, una pareja desgraciada. Pero

creo que debería esperar antes de extraer conclusiones. Hemos de averiguar

más.

—¿Por dónde empezamos?

Rekke estiró el brazo hacia la mesa de centro para recoger el papel que

llevaba en la mano cuando Micaela y Lucas entraron por la puerta.

—Yo creo que deberíamos empezar por aquí —dijo.

—¿Me lo dejas ver?

Se lo dio, y Micaela estuvo un rato estudiándolo. El papel contenía una

lista con seis nombres. Seis nombres que, según tenía entendido,

correspondían a alumnos de la escuela de Elena Drugov en Kabul que habían

sido becados para una corta estancia en el conservatorio de Moscú entre 1985

y 1988.

—Emma Gulwal figura entre los nombres —constató Micaela.

Rekke asintió.

El resto de los nombres eran:

 

Gedi Afridi

Jabroot Safi

Pazir Lohani

Hassan Barozai

Taara Jadun

 

—¿Nos metemos en harina y vemos si alguno sabe quién era Kabir? —

preguntó Micaela.

Rekke se rebulló en el asiento, se puso otra vez las manos en el pecho y

estuvo a punto de decir algo, pero no le dio tiempo. Sonaron los dos

teléfonos: primero el de Micaela y después el suyo.

 

El profesor Alexander Belinski había contribuido a la formación de

numerosos grandes nombres del violín, pero en nadie había puesto tantas

esperanzas como en Latifa Sarwani. Ningún alumno le había movido tanto, y no solo porque había estado, en secreto, como enamorado de ella. Su música

le había devuelto la fe en la vida.

—Anoche soñé con Latifa —dijo Belinski—. O quizá haya sido esta

mañana.

—Pues sí, habrá sido por la mañana.

—No está bien que impulses a un hombre mayor a darse a la bebida de

esta manera. Ni siquiera si así le das una oportunidad de caer en la nostalgia y

ser feliz —continuó.

Viktor Malikov estaba sentado frente a él en su despacho del

conservatorio y esbozaba amablemente una media sonrisa, dejando entrever

no obstante cierta impaciencia. Más elegante que de costumbre, llevaba un

traje de tweed gris y un sombrero negro, que en ese momento apoyaba en su

rodilla. Pero, gracias a Dios, también en él se veía que tenía una resaca de

caballo. Su papada era más evidente que cualquier otro día y sus ojos

enrojecidos brillaban.

—Olvidas lo malvado que soy —dijo Viktor—. Mi especialidad es llevar

a los vejetes a la perdición. Pero en mi defensa puedo alegar que ayer

irradiabas vitalidad. ¿Y qué soñaste?

—Que corría por un pasillo y trataba de detenerla. Su espalda quedaba

cada vez más lejos hasta que la perdí de vista en la oscuridad.

—No parece muy difícil de interpretar.

—Puede que no —dijo Belinski—. Pero es que no paro de pensar en su

muerte.

—Lo entiendo.

—¿Sabías que estaba tocando en el sótano en medio de la noche cuando le

dispararon?

—Me lo contaste ayer. Espantoso. Ni en la peor de las pesadillas.

Sasha se imaginó por un instante a Latifa frente a él con una claridad

apabullante: estaba sentada en su clase y agitaba la cabeza haciendo volar su

cabello. Se la veía inmensamente bella. Casi podía oír cómo la gente

cuchicheaba a su espalda, con avidez y admiración, llena de celos.

—Rekke me ha pedido que te diga otra cosa más. El hombre de la

fotografía que te di tocaba la viola —continuó Viktor.

—¿Con ese atuendo? —repuso sin ánimo de bromear ni siquiera.

No consiguió ocultar la confusión que sentía, y que le había acompañado

desde que vio por primera vez la foto del joven en un campo de fútbol con esa

ropa blanca y negra tan extraña.

—No creo que tocara la viola con esa ropa.

—No, claro que no.

—¿Y cómo ha sabido Rekke eso?

—Es lo suyo, sabe enterarse de esas cosas.

Sasha se acordó de Hans sentado en su camerino, en Berna, tembloroso.

—¿Y no sería mejor si supiera cuidar de sí mismo?

—Me temo que no nos queda otra que tragar con Rekke tal y como es,

con todas sus facetas. Pero ¿te suena el tipo de la foto?

Sasha cogió la fotografía que se había llevado al conservatorio para

comprobar si alguien reconocía a esa persona y que ahora estaba encima de su

mesa atiborrada de papeles. ¿No le sonaba un poco, a pesar de todo? Creía

que no, pero aun así… Escrutó la foto unos segundos más, intentando no tener

en cuenta la mandíbula dañada y torcida, y de pronto descubrió una sombra

de tristeza en el joven, lo cual no estaba necesariamente reflejado en la

fotografía, sino más bien en la imagen que se hizo en su propia cabeza.

—No lo sé —respondió—. Quizá.

El rostro de Viktor se iluminó como si ese «quizá» fuese la más

prometedora de las respuestas posibles. Eso impulsó a Sasha a hacer un

mayor esfuerzo por recordar, y entonces se convenció aún más: había un trazo

de infelicidad en el hombre. Si mal no recordaba, había pasado por algo muy

triste.

—¿No habías dicho que movía los brazos con gestos de director de

orquesta? —preguntó.

—Según Rekke, sí.

—Qué extraño.

—¿Qué es lo que te parece extraño?

—Hacer gestos de director de orquesta en un campo de fútbol. ¿No

confundiría a los jugadores haciendo esas cosas?

—Sí, mucho. Se ponían a correr todos al compás de sus gestos.

—¿De veras?

—Es una broma, Sasha, es una broma.

—Vale, entiendo —dijo sintiéndose un poco avergonzado y tonto, pero

enseguida se recompuso cuando se le vino a la mente una pequeña figura

agazapada entrando en su clase.

—Me estoy acordando de algo —dijo.