Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 20 de 39

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Obscuritas

Capítulo 20

 

—Me caía bien —dijo Tove Lehmann—. Y todavía me cae bien.

—¿Cómo que todavía?

—Antes era un héroe, ¿a que sí? Y ahora se ha vuelto un personaje turbio,

¿no es eso? ¿No es lo que pensáis todos?

Tove Lehmann medía seguramente un metro y ochenta y cinco. Seguía

luciendo la figura de la nadadora que una vez había sido, ancha de hombros y

alta, con sensuales y carnosos labios y pequeños ojos muy juntos, aunque lo

que más la caracterizaba en ese momento era la expresión ofendida de su

rostro. Y eso que había bajado al restaurante con un aire de celebridad,

saludando a la gente como si cruzarse con ella fuese un honor. Tove había

ascendido a presentadora y comentarista experta en campeonatos de natación,

algo que se había asentado en su lenguaje corporal y le había conferido una

sonrisa de estrella de cine. Ahora bien, cuando se sentó al lado de Micaela,

cambió al instante. Los ojos le chispeaban de irritación.

—Gracias por verme —dijo Micaela.

—Creía que lo habíais dejado ya —contestó Tove.

—Un asesinato no se deja tan fácilmente.

—Me refiero a mí. No he llevado la cuenta, pero creo que he pedido

perdón como unas diez veces.

Micaela decidió poner las cartas sobre la mesa.

—Ya no trabajo en el caso.

Tove se la quedó mirando atónita.

—¿Y qué haces aquí?

—He recibido información nueva. Deseaba comprobar algunas cosas.

—He contado todo lo que sé.

—Pero a mí no. ¿Y por qué has tenido que pedir perdón?

—Por nada.

—Venga ya. Te caía bien, ¿no has dicho eso?

—¿Y eso qué tiene que ver?

—¿No crees que es importante que hagamos todo lo que podamos para

coger al que lo mató?

Tove dudó, parecía ordenar sus pensamientos.

—No lo dije todo de primeras, vale, y eso fue estúpido, lo siento —

continuó con voz igual de malhumorada.

—¿Y qué era lo que te callaste?

—Que Kabir me llamó el día después de emitirse el reportaje.

—¿Y por qué?

—Estaba preocupado. No había pensado que el programa tendría tanta

repercusión. Me dio pena, y como tenía el día libre le pregunté si quería ir a

tomar un café o una copa. Luego nos vimos en Löwenbräu, mi cervecería

habitual en Fridhemsplan.

—¿Y cómo lo encontraste entonces?

Tove Lehmann paseó la mirada por el restaurante con aire de no saber si

contarlo o no. Resultaba obvio que el tema le atormentaba, que no era un

recuerdo al que volviera de buena gana.

—Llevaba gafas de sol y un sombrero, como si quisiera esconderse, y no

cabía duda de que estaba nervioso.

—¿En qué sentido?

—Bueno, tampoco en un sentido sospechoso, sino más bien de un modo

simpático, como si fuera tímido.

—¿Hablaba bien el inglés?

—Sí, la verdad es que sí. Y en eso ya me había fijado cuando grabamos el

reportaje. Pero entonces habíamos contratado a un intérprete de todos modos,

y él insistió en hacer la entrevista en pastún.

—¿Y qué dijo?

—Que había sido un idiota por hablar tanto en el reportaje. No entendía

por qué lo había hecho. Y que había sido por mi culpa. Yo era fantástica. Una

amazona y no sé qué más. Por un momento pensé que intentaba ligar

conmigo, a su manera un poco torpe y tímida, pero luego me di cuenta de que

en realidad buscaba una cosa bien diferente.

—¿Qué?

—No quería que el reportaje se volviera a emitir ni que se vendiera a otros

países.

—¿Por qué no lo quería?

—Eso lo sabréis vosotros mejor que yo. Le preocupaba algo.

—¿Te dio alguna idea de qué podía ser?

—Supongo que los talibanes. Como lo habían torturado y eso…

—¿O más bien porque era uno de ellos?

Tove le lanzó una mirada escéptica.

—¡Venga ya! —soltó.

—¿Y por qué resultaría tan difícil de creer?

Tove reflexionó.

—No tenía pinta de ser un fanático. Empinaba el codo bastante, por

ejemplo.

Así que os pasasteis de copas también, pensó Micaela, y te lo callaste. Se

esforzó en no mostrar su enfado. No quería activar los mecanismos de defensa

de Tove, de modo que se limitó a sonreír entretenida, como si solo le

pareciera una anécdota divertida.

—¿Qué bebió?

—Primero cerveza, y luego quiso vodka. Y no me dio la impresión de que

fuera la primera vez que lo probaba.

—¿De qué hablasteis?

Tove Lehmann reflexionó antes de elegir sus palabras con mucho

cuidado.

—De todo un poco. De si estaba a gusto en Suecia y eso. Luego de fútbol,

claro; jugadores favoritos y cosas así. Me contó que había comprado su

uniforme de árbitro en un mercado de Kabul. Uno de los años cincuenta, creo

recordar, que le encantaba porque era muy retro. La verdad es que se trataba

de un tío… bastante especial, y me impresionó con las cosas que sabía.

—¿Como qué?

—Había leído a Dostoievski y autores así, o al menos eso decía. Pero

luego se le enturbiaba la mirada y se ponía a hablar de cosas terribles que

había visto en Afganistán. De un presidente al que los talibanes habían

colgado de un semáforo y al que le habían cortado la polla. Y de una mujer a

la que le habían pegado un tiro en la cabeza. Le habían obligado a presenciar

la ejecución.

Micaela pensó en el asesinato de la violinista de la que le habló Jonas,

pero después se acordó de que los talibanes realmente organizaban

ejecuciones públicas en las que mataban a mujeres a tiros, y ordenaban a la

gente a acudir a presenciarlo. Había visto una grabación terrible del Gazhi

Stadium en Kabul.

—¿Por qué crees que te habló de eso?

—No lo sé —dijo Tove—. Él estaba bastante borracho, y yo ya no me

acuerdo muy bien. Pero por lo que contaba debía de haberse encontrado muy cerca. La mujer estaba tan delgada, dijo. Había visto sus omóplatos bajo la

blusa.

—¿La blusa?

—O el burka más bien. No me acuerdo. Lo que no olvido es esa mirada

increíblemente intensa cuando me lo contó. Como si realmente se le hubiese

quedado grabado.

—¿Por qué no nos lo dijiste?

Tove Lehmann recorrió con la mirada el local dejando traslucir de nuevo

sus ganas de escaparse de allí.

—Porque me llamó otra vez un par de días después, muy cabreado.

—¿Por qué?

—Porque habían repuesto el reportaje en uno de los magazines de la

mañana, y la AFP había retransmitido partes de la entrevista en un programa

sobre el fútbol bajo el régimen talibán, que se podía ver en unos quince

países.

—Así que no conseguiste impedir que se volviera a transmitir.

—Una vez que nuestros reportajes ya se han emitido, no tenemos mucho

control sobre ellos.

—¿Se lo habías dicho antes de entrevistarle?

Tove bajó los ojos a sus manos.

—Quizá no de forma muy clara.

—De modo que estaba decepcionado.

—Dijo que ahora iban a ir a por él. Gritó que le había engañado y todo

tipo de gilipolleces. Pero yo no me callé: «Si tienes tanto miedo de ellos, ¿por

qué demonios te has dejado entrevistar, para empezar?». Colgó de sopetón.

Ese fue nuestro último contacto.

—Y luego lo asesinaron.

Tove miró por la ventana. Sus mandíbulas se tensaron.

—¿Y tú lo pasaste mal por haber atraído a sus enemigos y decidiste no

decirnos ni pío de vuestro encuentro? —continuó Micaela.

—¿Y qué se supone que debería haber hecho? ¿Subirme a una jodida

máquina del tiempo para arreglarlo todo?

Micaela, pese a todo, se la quedó mirando con un gesto reconciliatorio.

—Si te sirve de algo, los que jodimos la investigación fuimos nosotros, no

tú.

—Gracias.

—De nada.

—¿Puedo preguntarte qué te has hecho en la cara? —preguntó Tove.

—Me he caído.

—Tal vez deberías haberte quedado en casa hoy.

—No me digas —fue la respuesta de Micaela—. Esa mujer a la que

pegaron un tiro en la cabeza, ¿te dijo algo más sobre ella?

—No. Pero ahora en retrospectiva…, no sé.

Micaela se inclinó hacia delante.

—¿Qué?

—Me pareció que se excitaba cuando hablaba de ella. Tenía

schadenfreude en la mirada, como habría dicho mi padre.

 

Los pasos se acercaron y ahora Sigrid vio el contorno de una figura masculina

perfilarse en la puerta. Se asustó tanto que tardó un rato en darse cuenta de

que se trataba de Magnus.

—Dios mío, Magnus, qué susto me has dado —dijo al tiempo que sentía

por dentro que debía aleccionarle por no tocar el timbre ni tampoco responder

cuando le hablaba.

Pero no llegó a hacerlo. Algo en la mirada y en la postura ligeramente

inclinada del hombre hizo que no se relajara del todo. Magnus llevaba un traje

con chaqueta cruzada y una corbata roja, y sus ojos erraban inquietos por el

dormitorio como si buscara algo. Había subido de peso desde la última vez

que lo vio, cosa que reforzaba ese aire de apisonadora que tenía su cuerpo.

—¿Qué coño está pasando? —quiso saber.

¿Y a ti qué coño te pasa?, estuvo tentada de contestar Sigrid.

—Tu hermano se encuentra mal —dijo.

—Oh, no —respondió Magnus; se acercó corriendo a la cama, levantó los

párpados de Hans y le propinó un par de bofetadas él también.

Entonces Hans empezó a gemir e incluso a balbucear un par de frases sin

sentido.

—No le pasa nada. Ya verás como enseguida está dando guerra de nuevo.

—Creo que deberíamos llamar al doctor Richter de todos modos.

—Bah, déjale dormir. Pero ¿qué es este circo que tenéis montado aquí?

—¿A qué te refieres? —dijo Sigrid.

—Hace nada tocaba la moral de todo dios como si le hubiese poseído el

diablo, y ahora está ahí tirado atiborrado de drogas —continuó.

—Está otra vez deprimido, ya lo sabes, Magnus.

—Sí, ya. Pero normalmente suele atenerse a un solo estado a la vez —

prosiguió con una voz que a Sigrid se le antojó fría, y estuvo tentada de preguntarle si tenía algo que ver con ese coche diplomático aparcado enfrente

del portal.

Tal vez Magnus se diera cuenta de su irritación, porque le dio unas

palmaditas en el hombro y se puso a hablar de la suerte que tenía Hans de

poder contar con ella.

—Eres mi roca, Sigrid. Anda, ¿le preparas un poco de café, por favor? Y

yo daré una vuelta por la casa. Tengo mucha curiosidad por ver cómo vive

Hans aquí.

Abandonó el dormitorio con su andar algo inclinado, un poco agresivo, y

por un momento Sigrid no sabía muy bien qué hacer. Al final decidió seguirlo

y no tardó en comprender que buscaba algo en concreto.

—No entiendo la distribución de este armatoste de casa, es un auténtico

laberinto —se quejó.

—¿Qué buscas?

—Su despacho.

—Está allí a la izquierda, pero…

No le dio tiempo a terminar la frase. Magnus se precipitó a la habitación,

se acercó al escritorio y se puso a hurgar entre los papeles de su hermano con

una energía impaciente que bordeaba la irritación. Sigrid sintió en su interior

que no estaba bien, que no debía dejarle hacer eso.

—De verdad que no creo que… —empezó.

—Iris afghanica —leyó Magnus de un cuaderno que había encima de la

mesa—. ¿Es algún tipo de investigación botánica a la que se dedica ahora o

qué?

—Por favor, Magnus… —imploró Sigrid.

—¿Tienes la contraseña de su ordenador?

—Debo pedirte que salgas de aquí.

—Bah, entre Hans y yo no hay secretos —aseguró Magnus mientras

encendía el ordenador, impasible ante las palabras de Sigrid Hansson.

Se preguntó si no se vería obligada a sacarle de allí a rastras, amable pero

firmemente. En eso oyó unos pasos de alguien que se acercaba arrastrando los

pies y luego las palabras:

—Yo más bien diría que secretos es lo único que hay entre nosotros; son

pocas las veces que levantamos el velo un poco y fingimos ser sinceros.

—¡Hans! —exclamó Sigrid al tiempo que se daba la vuelta—. No

deberías haber salido de la cama.

Tenía razón. Hans Rekke presentaba un aspecto lamentable, empapado de

sudor, aturdido, con el pelo sucio y enmarañado pegándosele a una de las sienes. Le costaba mantenerse de pie. Se apoyó contra el marco de la puerta,

jadeando, visiblemente mareado. Pero al menos se había levantado de la

cama, lo cual debería significar que su estado no revestía tanta urgencia.

—Así que, Magnus, en otras palabras: sal de aquí —continuó.

—Sí, sí. Claro, claro. Es que me preocupé por ti cuando volviste a delirar

sobre el tipo ese, Kabir. ¿No te parece que te has granjeado suficientes

enemigos ya?

—Hago colección. ¡Fuera! —le espetó Hans, y por un momento pareció

que los hermanos fueran a lanzarse el uno contra el otro.

Sin embargo, pasado un rato se fue perfilando una sonrisa en el rostro de

Magnus, no por entero desprovista de calidez. Se dirigió a Sigrid.

—Ya ves, no le pasa nada. —Salió de la habitación y dio unas palmaditas

amables en la espalda de su hermano. Casi podía haberse percibido como un

gesto conmovedor.

Hans le devolvió una sonrisa torcida, como si la situación de pronto, para

él también, le resultara más entretenida que desagradable. Sigrid se acordó de

escenas de la infancia de los dos hermanos cuando, tras pelearse de esa

manera, en un pispás se reconciliaban, aunque… aunque en esa ocasión la

reconciliación solo tuvo lugar en un nivel muy superficial. Una tácita

amenaza subyacía en el ambiente.

Magnus dirigió una mirada escrutadora a su hermano mientras parecía

debatir consigo mismo.

—Y puedes dedicarte a lo que te dé la gana, claro —dijo.

—Muy generoso de tu parte —replicó Hans.

—Pero me preocupa cuando el resultado de tus investigaciones se

difunde, y por lo visto directamente, a la policía de Solna.

Hans miró asombrado a su hermano, como si no entendiera, o más bien

quizá como si de repente la sangre dejara de correr por sus venas.

—¿Qué quieres decir? —dijo.

—Acabo de recibir una llamada del comisario jefe Falkegren. Sonaba

muy estresado y quería saber si era verdad que habíamos confirmado tus

conclusiones sobre las lesiones de Kabir.

Hans no contestó. Se echó a andar hacia el salón. De pronto se tambaleó,

y Magnus se acercó raudo a echarle una mano y conducirle al sofá. Hans

jadeaba pesadamente, y al dejarse caer en el sofá cerró los ojos, como si el

enfrentamiento con su hermano hubiese consumido todas sus fuerzas. Magnus

lo contemplaba vigilante.

—¿Me puedes explicar por qué el comisario jefe de repente ha despertado

de su letargo y se ha vuelto del todo paranoico? —añadió.

—Quizá porque, por ejemplo, le habéis ocultado la verdad.

—Las cosas no son tan sencillas, y tú lo sabes.

—Sobre todo cuando uno está ansioso por someterse al poder —musitó

Hans.

—Tú ya no sabes de qué va esa historia —le espetó Magnus—. Pero te lo

aclararemos con mucho gusto. Kleeberger te recibirá hoy a las tres.

Hans se llevó la mano a la frente.

—No sé si voy a tener fuerzas.

—¿Y no sería mejor que te olvidaras de todo esto e ingresaras en una

clínica de desintoxicación?

—Sí, es posible.

Sigrid advirtió enseguida que la respuesta contentaba a Magnus, aunque

hacía lo que podía para disimularlo.

—En todo caso, no es nada que te sirva de estímulo.

—No, tal vez no.

—Por cierto, ¿qué te ha hecho volver a interesarte por el tema? —

continuó Magnus, con un aire distraído, como de pasada.

La pregunta despertó la atención de Sigrid. Aunque no entendía de qué se

trataba, se dio cuenta de dos cosas. La primera, que la respuesta a la pregunta

era Micaela; ella había hecho que Hans retomara algún tipo de investigación.

La segunda, que Magnus ocultaba algo y no quería que Hans empezara a

hurgar en ello. En circunstancias normales no le habría cabido la menor duda

de que Hans se hubiera percatado de esto mucho antes que ella, pero ahora no

lo tenía claro y le preocupaba que Hans se fuera de la lengua.

—Creo que Hans necesita descansar —terció.

—No te metas en esto, Sigrid. No es asunto tuyo —dijo Magnus. Se

dirigió a su hermano—. ¿Con quién has hablado?

—Conocí a una persona en el metro —dijo Hans sin dar muestras de

desconfianza; ni siquiera parecía que estuviera del todo presente.

—¿En el metro?

—Exacto. No paro de probar nuevas formas de entretenimiento.

Dirigió la mirada con ojos entornados a la ventana y posiblemente

sonreía, lo cual debería ser una buena señal, pensó Sigrid.

—¿Y quién era?

—Debía de estar algo aturdido entonces también —explicó con voz lenta

y vacilante—. No me acuerdo muy bien.

—No digas chorradas.

—En absoluto. Hablo en serio, como siempre. Pero te puedo dar la alegría

de que no voy a poder ver a Kleeberger hoy. Os dejo intrigar en paz.

—Una sabia decisión —comentó Magnus con un gesto de complacencia

tal que Sigrid quiso gritarle a Hans: «¡No te doblegues, vete a ver a

Kleeberger, exígeles explicaciones!».

Seguramente no era más que un deseo primitivo de venganza por el susto

que Magnus le había dado. En todo caso no era asunto suyo. Acompañó a

Magnus a la puerta.

 

Micaela salió del edificio de la televisión pensando en Kabir. ¿Quién era

realmente? Seguía sin tenerlo claro. El dolor de cabeza tampoco remitía, y se

arrepentía de no haberse quedado en casa con Vanessa. No debería pretender

ser tan fuerte siempre. Además, era ridículo pensar que iba a poder conseguir

algo en lo que habían fracasado todos los demás del grupo.

Más allá en Oxenstiernsgatan estaban rodando una película. Cruzó la calle

y continuó hacia Strandvägen. Estaban en el mes de abril, pero no había

atisbo alguno de la primavera en el aire. El cielo se veía oscuro y se ajustó el

abrigo para protegerse del frío. En el puente de Djurgårdsbron, a lo lejos,

creyó divisar a Julia. Era probable que se equivocara. A distancia todas las

mujeres por aquí se parecían a Julia, pensó: esbeltas, guapas y vestidas con

elegancia. ¿Cómo habría sido crecer como hija de Rekke?

¿Tienes miedo de no dar la talla y de decepcionarlo? ¿O das por hecho

que la brillantez te será transmitida sin esfuerzo alguno, como parte de los

privilegios con los que has nacido? Micaela dejaba que sus pensamientos

fluyeran libremente hasta que se detuvieron en la Prison of Darkness, la cárcel

que sonaba como a cuento de terror.

Las informaciones sobre la prisión no solo habían cambiado por completo

el rumbo de la investigación, sino también su forma de ver a Kabir. La tortura

siempre había tenido una carga especial para ella. Su padre la sufrió en Chile.

Formaba parte de su personalidad, y quizá por eso ella enseguida sintió

compasión por Kabir. Había creído que había sido sometido a tortura por sus

convicciones, al igual que su padre, pero ahora… ahora era como si algo de la

oscuridad de esa prisión se le hubiera pegado también a él.

En cualquier caso, había sido torturado. Incluso de manera más cruel de la

que habían pensado al principio, tal vez. En su cabeza chocaban dos

imágenes: Kabir la víctima y Kabir el potencial autor de algo innombrable que había sucedido en Kabul. Intentaba no especular, al menos no antes de

hablar con Rekke, y no se hallaba muy lejos de su casa.

¿Debería subir directamente o llamar primero? Ninguna de las dos

alternativas le resultaba muy tentadora. Bien era cierto que deseaba verlo para

contarle lo que había dicho Jonas Beijer —incluso sentía la tensión de las

expectativas en su cuerpo—, pero también le volvían los viejos sentimientos

de inferioridad. ¿Por qué seguía con esa tontería? Apartó el recuerdo de

Rekke en el chalé de Djursholm y en su lugar lo visualizó en el andén del

metro.

Eso le dio un poco de valor, así que lo llamó. Como era de esperar, no

respondió. Micaela se planteó regresar a casa, a ver si Vanessa todavía estaba,

pero entonces Rekke devolvió la llamada. La pilló desprevenida.

—Hola —dijo Micaela.

—¿Qué tal?

Rekke sonaba cansado.

—Bien —respondió ella—. Suenas cansado.

—Tampoco es para tanto.

—Tengo información nueva —anunció ella.

—Muy bien —dijo Rekke como si le diera igual, o ni siquiera escuchara.

Micaela se preguntó si no debería dejarle en paz, aunque luego decidió

que era mejor soltárselo de golpe.

—Kabir, él…

—¿Dónde estás? —la interrumpió Rekke.

—Muy cerca de tu casa.

—Pues sube.

Farfullaba un poco, pero Micaela no le dio importancia. Enfiló Grevgatan

y se acercó al portal amarillo bajo el letrero 2B.