Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 37 de 39

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Obscuritas

Capítulo 37

 

—¿Saben cómo empecé a comprender? —dijo Rekke, dirigiéndose

especialmente a Mohammad Sarwani—. Me resultó sospechosa la falta de

rumores y cotilleos. Un violista dedicado a la música hasta un punto obsesivo

y que ha soñado con ser director de orquesta vuelve a Kabul y se pone a

romper instrumentos en lugar de hacer música con ellos. Es el tipo de

historias que vuelan, ¿no? Pero ni Emma Gulwal, cuyo clarinete fue hecho

añicos, quería decir nada al respecto pese a que a todas luces reconocía a

Barozai. Y Darman Dirani, que había estado enamorado de Latifa, ni siquiera

quiso ayudarnos a hacer conjeturas. Caí en la cuenta bastante pronto de que se

había tomado una decisión, una especie de veredicto si quieren, de vengarse

de la persona que no solo había matado a Latifa, sino que estaba detrás de las

persecuciones de otros muchos alumnos de la escuela a la que había

pertenecido Latifa. Quedé convencido de que muchos, todo un círculo de

personas, estaban conformes con la acción. Ya que tengo tendencia al

dramatismo, me figuro incluso que existía un juramento sagrado al respecto.

Taisir se removió incómodo en el sofá e hizo ademán de levantarse.

—Pero no tienen ninguna prueba —afirmó.

—¿No? —replicó Rekke, dirigiéndose a Micaela.

—Estamos en posesión de nuevos testimonios —continuó ella—.

Sabemos que usted se encontraba en el lugar del crimen, Taisir. El tatuaje de

su nuca no pasó desapercibido.

—No tienen una mierda.

—Y tenemos la flor prensada de su padre. De alguna manera querían que

el mundo lo supiera. De alguna manera han anhelado poder contarlo, ¿no es

así? Porque como el profesor Rekke ha dicho, en lo más profundo de sus

corazones todos ustedes consideran que hicieron lo correcto, ¿verdad? —

afirmó Micaela con una autoridad que casi le sorprendió a ella misma.

Taisir se levantó furioso, pero su padre le hizo un gesto para que se

volviera a sentar.

—Pido disculpas —dijo—. Mi hijo tiene un temperamento muy fuerte.

—Con todo el derecho —contestó Rekke—. Irrumpimos en su casa y

descorremos el velo de la muerte. Quizá va siendo hora de que pongamos

punto final por hoy. Habrá tiempo de sobra para dar todas las explicaciones

que quieran. Pero si me lo permiten, querría formular una pregunta más.

Taisir se inclinó hacia delante y le clavó una amenazadora mirada a

Rekke.

—No nos interesan sus preguntas. Fuera de aquí antes de que se meta en

un lío —advirtió.

Mohammad Sarwani negó con la cabeza.

—Cálmate, hijo mío, cálmate. Deja al profesor Rekke decir lo que tenga

en mente.

Rekke esbozó a los dos una sonrisa de aprobación.

—No puedo parar de pensar en esa flor prensada. Es un detalle curioso,

¿verdad? ¿Por qué era tan importante colocarla allí?

—No sé si era importante. Pero hacemos cosas, ¿no? Un poco como ha

dicho usted, para dejar una marca. Aunque a veces sean marcas que solo

puede ver Dios. Es que…

Sarwani dudó.

—¿Sí, doctor? —lo instó a seguir Rekke.

—Siempre me ha apasionado la botánica —continuó—. Y siempre he

visto la flor secada como un conjuro contra la muerte, un conjuro vano

evidentemente, un intento de preservar la belleza fugaz secándola y

prensándola. Matándola en cierto sentido.

—Interesante —dijo Rekke.

—Y debe entender, profesor, que después de encontrarme a Latifa muerta

a tiros estuve desconsolado. Sentí como que mi vida también había terminado

y, aun así, no pude derramar ni una sola lágrima. Me quedé petrificado. Y no

fue hasta que salí a la luz del sol y vi la pequeña pradera con iris que crecen

frente a su casa cuando me vine abajo. Me puse de rodillas y recogí una de las

flores. Luego la prensé. Esa flor se volvió muy importante para mí, como si

quedase en ella un poco del alma de Latifa. No puedo explicarlo mejor.

Rekke miró por la ventana.

—Ha sido una explicación muy bonita, conmovedora.

—Bueno, en cualquier caso, ahora me doy cuenta de que fue un error

colocarla allí. Los sentimientos hay que guardarlos en nuestro interior, y no

esparcirlos por el bosque como marcas conmemorativas. Me temo que no soy

tan racional como me gustaría.

—Todos somos personas contradictorias. Eso es lo que nos hace

interesantes. Lo siento, doctor, hoy ha debido de ser un día difícil para usted

—añadió Rekke, comentario que irritó a Micaela.

Eran solo frases bonitas, pensó, palabrería de cara a la galería. Por eso

cambió el tono y dijo con rabia contenida:

—¿De modo que confiesa su implicación en el asesinato de Jamal Kabir?

Mohammad Sarwani miró el retrato de su hija y se puso las manos en el

pecho.

—Lo confieso —declaró—, y también admito que éramos muchos

implicados, así que en eso también tienen razón. Nos considerábamos un poco

como un tribunal, como un jurado. Queríamos castigar al que mató a mi hija

por ningún otro motivo que el de su propio fracaso e incapacidad de crear

algo divino, ni nada remotamente parecido siquiera.

Rekke meditó su respuesta durante unos segundos mientras se ponía la

mano en la pierna izquierda como para evitar que empezara a dar saltitos.

—En eso puede que tenga razón, aunque él, por su parte, seguramente no

lo viera así. Todos somos expertos en el arte del autoengaño, ¿verdad?

Mohammad Sarwani bajó la mirada a sus manos antes de dirigirla con

calma a su hijo.

—Sí, quizá sea así. Aunque no nos corresponde a nosotros tener en

consideración las mentiras con las que vivía el asesino.

—Eso es cierto. Pero ¿era en realidad un asesino? Esa es la cuestión.

—Me preocupa cuando dice eso, claro; pero para nosotros no queda duda

alguna.

Micaela se inclinó hacia delante y dijo:

—Entonces a lo mejor sería una buena idea que nos aclarara por qué está

tan seguro.

Mohammad Sarwani cerró los ojos, como para pensarse seriamente si

convendría decir una sola palabra más.

—Lo vi merodeando cerca de casa de Latifa el día anterior —empezó

dubitativo—. No sabía quién era y tampoco me importaba. Parecía

inofensivo, e iba vestido de una manera casi cómica, cuando menos

excéntrica. Después del asesinato comencé a darle vueltas al tema y no fue

necesario preguntar a mucha gente para enterarme. Era el árbitro de fútbol

con los gestos peculiares. Se decía que era apreciado, pero también que

participaba en la guerra de los talibanes contra los músicos. Hice unas

llamadas, y al final Emma Gulwal me contó toda la historia. Latifa le había

hablado del violista que se había colado en su habitación de madrugada en Moscú. Darman Dirani, mi querido amigo aquí a mi lado, completó la

historia. Además, me enteré de que Barozai se hallaba en una profunda crisis

tras el asesinato. Apenas salía, y no arbitró ningún partido durante meses. Por

los vecinos de Latifa, la familia Ghani, supe que había aparecido, muy tarde,

la misma noche del crimen. Y luego, bueno…, vi las marcas de los tacos en el

suelo y esa pequeña franja de pintura que usted detectó con tanta perspicacia.

Pero, sobre todo, y eso fue determinante, sabía que el asesino tenía que ser

alguien que Latifa conociera y en quien confiara; si no, no habría bajado

jamás al sótano para sacar el violín.

Mohammad Sarwani calló y Micaela miró a Rekke, que parecía estar

buscando las palabras para hacer una pregunta más. Al final, por lo visto

decidió guardar silencio, y en ese momento de pausa Mohammad Sarwani se

levantó y dijo que iba a llamar a su abogado.

 

Kabul, la noche del 4 al 5 de abril de 1997

Cuando Gamal bajó la escalera en la oscuridad, con su kaláshnikov y su turbante blanco,

Barozai lo sentía en todo su ser: ya no pertenecía al mundo de ninguno de los dos. Ya no

era violinista como Latifa, pero tampoco era como Gamal. No había cosa que deseara

más que echarlo de allí, pero ya era demasiado tarde.

Tenía que guardar las apariencias, seguir fingiendo que representaba al régimen

talibán, de modo que respondió:

—Wa aleikum as-salam. Latifa me estaba enseñando su violín. Gamal dio un paso adelante.

—¿No estaba tocando para ti también?

—Solo una pequeña pieza —respondió llevándose la mano al arma, a la Tokarev que

llevaba en el cinturón, quizá más que nada una reacción nerviosa. O a lo mejor quería

mostrar que tenía la situación bajo control, que no había perdido la cabeza con la música.

Pero no le salió muy bien.

La mano le temblaba alrededor del arma. No se sentía para nada como un guerrero

santo.

—¿Y no va a tocar algo de música para mí también? —preguntó Gamal. Latifa, nerviosa, negaba con la cabeza. Hassan pensó, tengo que impedirlo; pero no

sabía cómo. Difícilmente podía apelar a la compasión de Gamal; para él, Latifa era una

zorra. Sería inútil decir: «Dejémosla en paz, venga, vámonos». Tenía que encontrar otra

salida, y lo mejor que se le ocurrió fue dejar que tocara algo. Como Gamal también había

sido músico una vez, quizá comprendería, al menos en algún sentido de la palabra.

—¿No podrías tocar esa pieza una vez más? —pidió Hassan—. No te vamos a hacer

daño.

Sin embargo, sus palabras no sonaban muy convincentes; no ante Gamal y su enorme

figura, ante sus ojos que lucían con esa mirada intransigente que ya había metido miedo

en el cuerpo a Hassan la primera vez que la vio. No le sorprendió lo más mínimo que

Latifa se encogiera aterrada.

—Descuida, no es necesario —añadió, pero ya no era a él a quien Latifa escuchaba. Gamal era el nuevo centro de poder en la habitación. Le hizo un gesto a Latifa para

que empezara, y ella comenzó a tocar, aún más insegura que antes. Pero al poco tiempo

confirió algo nuevo a la música, un matiz de una desesperación aún mayor; era como si

fuera incapaz de crear algo que no conmoviera, y Hassan miró suplicante a Gamal.

El rostro de Gamal brillaba con una luz desagradable, excitada. Pero a lo mejor había

ahí otra cosa también. Hassan se imaginó que sí; tal vez porque no comprendía que

pudiera haber una sola persona, ni siquiera un guerrero en medio de su yihad, capaz de

escuchar esa música sin emocionarse. Aunque seguramente se equivocaba.

Gamal echó un vistazo a su alrededor con la tenue luz de la linterna que había en el

suelo. Sus ojos se detuvieron en la Tokarev que guardaba Hassan en el cinturón. La

mirada hizo que el arma le pesara más, y Hassan pensó de repente e inesperadamente:

«Latifa está tocando su réquiem». Apartó la idea de su mente, pero volvió a instalarse allí,

confiriéndole aún más emoción a la pieza, y se dijo a sí mismo: «No dejaré que nada malo

le ocurra a Latifa, ni ahora ni nunca».

No pudo evitar devolverle la mirada a Gamal, y entonces Gamal le observó como si le

hubiera leído la mente y susurró un «Allahu akbar» que sonaba fantasmagórico y

solemne. Al mismo tiempo empuñó el kaláshnikov y lo dirigió con rapidez, de manera casi

imperceptible, no hacia ella, sino hacia él. Fue solo medio segundo, y nada, a decir

verdad, estaba del todo claro.

Aun así, todo el cuerpo de Hassan se estremeció, como si estuviese ante una elección

entre su propia vida y la de ella. Posiblemente eran solo imaginaciones suyas, una

sobrerreacción en un momento de locura. Después iba a volver a pensar en ese momento

muchas veces. Pero cobraba cada vez mayores visos de ser real, y de algún recoveco de

su mente resurgieron los recuerdos y la decepción del tiempo pasado en Moscú. Toda su

vida desfiló ante sus ojos, y en ese instante Gamal carraspeó y dio un paso hacia él

empuñando de nuevo su kaláshnikov. Entonces Hassan sacó el arma y disparó.

La disparó en la nuca, con una sensación de completa extrañeza ante lo que estaba

haciendo, sorprendido por lo lento que todo estaba sucediendo, por el hecho de que el

violín cayera primero al suelo, por el ruido de una cuerda que se rompió y el puente que

se soltó. No fue hasta el instante después que Latifa se desplomó, con más quietud,

parecía, casi como si se acomodara con cuidado en el suelo.

—Allahu akbar —dijo Gamal otra vez, y entonces Hassan repitió las palabras antes de

darse la vuelta, alejándose del cuerpo, y de subir la escalera del sótano.

A su espalda oyó la respiración de Gamal y el sonido de su cuerpo tomando carrerilla

para destrozar el violín a pisotones.

 

Cuando Mohammad Sarwani regresó al salón tras su conversación

telefónica parecía sereno y quiso saber si tenían más preguntas. De lo

contrario, añadió, se retiraría para rezar.

—Supongo —dijo Micaela— que los talibanes no movieron un dedo para

arrestar al autor del crimen.

—No, no lo hicieron —explicó Sarwani—. Para ellos Latifa solo había

recibido el castigo que se merecía.

—¿Así que comenzó a planear su venganza? —intervino Rekke.

—¿Qué habría hecho usted en nuestro lugar, profesor Rekke?

—No me conozco lo suficientemente bien hoy por hoy para poder

ofrecerles una respuesta.

—Pero un buen día… —dijo Taisir amenazante.

—Quizá —contestó Rekke sonriendo.

Micaela se aseguró de que volvieran al tema.

—¿No hubo oportunidad para ocuparse del asunto ya en Kabul?

Mohammad Sarwani alzó la mirada con resignación al retrato de Latifa

que había encima de la cómoda.

—Después de haber enterrado a Latifa sufrimos un acoso constante, tanto

mi hijo y su familia como yo, así que en cuanto tuvimos la oportunidad de

huir a Peshawar, lo hicimos. Juramos dar con Barozai y un día, mucho tiempo

más tarde, gracias a la bondad de Dios, nos enteramos de que se encontraba

en Suecia.

—El reportaje de la televisión les puso sobre su pista, ¿no? —dijo

Micaela.

Mohammad Sarwani miró a su hijo y a Darman Dirani, que no había

pronunciado ni una sola palabra en todo el tiempo.

—Sí, teníamos amigos en Suecia que nos dieron el aviso, y conseguimos

hacernos con el reportaje por medio de la agencia de noticias Deutsche Presse

Agentur.

—¿Y cuántos eran los que viajaron a Suecia?

Mohammad Sarwani se dirigió de nuevo a Rekke como si fuese él quien

había hecho la pregunta.

—Estábamos bien representados y Alá nos regaló una lluvia y una

tormenta como protección.

—Y un hombre inocente al que él en su bondad podía señalar con el dedo

—apostilló Rekke persistiendo en la suave sonrisa de antes. Después se

levantó y miró a Micaela.

Micaela asintió con la cabeza y dijo que iba a hacer una llamada y se

dirigió a la escalera. Por un instante temió que los hombres intentaran impedir

que saliera. Cuando volvió, explicó que todos estaban detenidos por el

asesinato de Hassan Barozai en Grimsta, Suecia, y que la policía alemana

estaba de camino.

Rekke extendió la mano y dijo:

—Les damos las gracias por su hospitalidad. Espero que encuentren

comprensión. Les deseo todo lo mejor.

Se marcharon, bajaron la escalera, salieron a la calle con la intención de

tomar un taxi y se quedaron esperando en silencio un rato en la acera,

procesando lo que había ocurrido. Rekke la miró con una sonrisa distraída,

absorto en sus pensamientos. Murmuró como para sí mismo: «Nunc est

bibendum».

Micaela tenía demasiadas cosas dándole vueltas por la cabeza como para

preguntarle de qué hablaba.

Esa misma tarde estaban sentados en el bar del Excelsior Hotel Ernst junto a

la catedral de Colonia y compartían una botella de vino mientras repasaban

todo lo que habían podido sacar en claro durante la reunión anterior. Pero

Rekke se cansó enseguida; daba la impresión de que ya había dejado el caso y

prefería concentrarse en examinar a la gente de su entorno en lugar de revisar

los detalles de la investigación.

—¿Ves algo interesante? —preguntó Micaela.

Se giró hacia ella.

—Sí, quizá —respondió—. Ese hombre de allí, con las mejillas

enrojecidas, acaba de regresar de una travesía por el océano Ártico. Se puede

ver en sus manos que ha enterrado un tesoro cavando bajo condiciones de frío

extremo, treinta monedas de plata, si no me equivoco, que recibió cuando

vendió a su hermana a una compañía de circo ambulante.

—¿Y a qué se dedicaba la hermana? ¿Era domadora de leones?

—Enseñaba a los elefantes a ponerse a la pata coja, creo. Pero es difícil

afirmarlo con total seguridad.

Micaela sonrió y él le respondió con otra sonrisa. Después limpió una

invisible mota de polvo del brazo de ella y la miró con sus intensos ojos

azules. Por un instante pensó que quería abrazarla, pero lo descartó como

imaginaciones suyas.

—No parecías estar completamente seguro de que fuera Kabir quien

disparó a Latifa.

Rekke bajó la vista a sus manos.

—Estoy bastante seguro. Todo apunta a que el disparo se efectuó desde el

ángulo donde estaba la persona que llevaba calzado con tacos. Supongo que

quería aprovecharme de la inseguridad que había para conseguir que hablaran.

Micaela guardó silencio y se quedó pensando mientras observaba a los

clientes del restaurante.

—¿Qué frase en latín dijiste antes en la calle? —preguntó.

—No me acuerdo.

—Nunc no sé qué.

Rekke sonrió y la miró con la misma intensidad que antes.

—Nunc est bibendum —aclaró—. Ahora es momento de beber. Las

palabras de Horacio después de la victoria de los romanos sobre Cleopatra.

Ahora que Cleopatra ha sido vencida y ha muerto es el momento para

celebrar, escribió Horacio.

Rekke llenó las copas.

—¿Y qué querías decir con eso?

—Que a lo mejor la tristeza de Sarwani es nuestro triunfo. Dejemos que él

se desespere. Y brindemos.

—Chin, chin.

—Chin, chin.

—Aunque casi siempre simpatizas en secreto con los vencidos, ¿verdad?

—observó Micaela.

—Sí, quizá. Gloria victis.

—¿Qué pasa contigo y todas esas frases en latín?

Rekke volvió a inclinarse hacia delante.

—Quidquid latine dictum sit, altum videtur.

—¿Qué?

—Todo lo que se dice en latín suena profundo. Ahora tal vez podría

echarle la culpa a la costumbre —dijo Rekke—. Las frases son ya una parte

orgánica de mí. Aunque hubo un tiempo en el que recurrí a ellas para parecer

más interesante de lo que era, sin duda.

Micaela se inclinó también hacia delante.

—Querías dártelas de intelectual.

—Completamente.

—Pedante.

—Sí, en efecto.

—¿Por qué no contraatacas nunca?

—Mi falsa modestia es mi mejor ataque. ¿Qué me dices, vamos a cenar

aunque sea algo pronto?

Micaela asintió y se levantó. Fue a su habitación para arreglarse y, por

primera vez en mucho tiempo, se peinó dejando la frente descubierta.