Obscuritas
Capítulo 19
Jonas no dijo ni una palabra a Fransson, su superior inmediato. Pidió una
reunión con Martin Falkegren directamente, pero sin revelar el motivo.
«Imposible, no tiene ningún hueco», fue la respuesta de la secretaria sueco-
finlandesa del comisario jefe. De todos modos, al final le reservó un cuarto de
hora a las diez.
A las diez menos cinco Jonas seguía sentado a su mesa en la oficina
abierta de la comisaría. Al fondo vio pasar a Micaela. Como no parecía en
mucha mejor forma ese día, tuvo el impulso de ir corriendo a abrazarla, si
bien verla también le provocó una extraña sensación de enfado.
Con toda su terca y magullada existencia, le recordaba el sonoro fracaso
que había sido la investigación. Se levantó, entró con pasos irritados en el
ascensor y pulsó el nueve. Voy a leerle la cartilla a ese escurridizo cabrón,
pensó. Se va a enterar. Pero cuando llegó arriba le empezó a flaquear el
coraje, y le entraron dudas de si de veras podía fiarse de lo que le había
revelado Micaela.
¿Encadenaron los yanquis a Kabir para casi dejarlo morir congelado? ¿Y
estaban realmente los de Asuntos Exteriores al tanto de eso? ¿Y lo ocultaron
saboteando así la investigación policial de un homicidio? ¿Y encima han
dejado entrar en el país a un presunto terrorista? Lo inaudito de la idea le iba
calando cada vez más. Se detuvo delante del despacho de Falkegren y llamó a
la puerta, de forma más discreta de lo que había planeado.
La puerta se abrió de inmediato y el comisario jefe, tras examinarle un
momento con inseguridad, esbozó una amplia sonrisa.
—¡Jonas! —exclamó—. ¡Qué agradable sorpresa! He oído tantas cosas
buenas de ti últimamente…
—No sé yo si hay que hacer caso a eso —dijo Jonas un poco avergonzado
—. Más bien dudo de estar a la altura.
—¿Y no es eso justo lo que caracteriza a un buen policía? La constante
duda de uno mismo.
En ese caso, soy un policía fantástico, pensó, pero no dijo nada. Se limitó
a sentarse al tiempo que observaba a Falkegren y se preguntaba si el
comisario jefe había deducido el motivo de su visita. ¿Quizá los elogios solo
formaban parte de una estrategia, un intento de desarmarlo? No, era imposible
que lo supiera. Falkegren, que llevaba vaqueros y una camisa azul recién
planchada, le ofreció un pequeño cuenco con regaliz finlandés.
Jonas declinó con un gesto de la cabeza.
—¿En qué puedo ayudarte? —quiso saber Martin Falkegren.
—Llevo toda la mañana con el caso de Kabir —explicó Jonas.
—¿No habéis dejado ese caso ya? ¿No te parece que tenemos suficientes
problemas en nuestro propio campo de juego?
Jonas cambió de opinión y cogió unas gominolas de regaliz.
—Sucedió en nuestro propio campo —dijo.
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Quizá no del todo —continuó Jonas—. En cualquier caso, ayer me
llegó una información bastante sorprendente.
Martin Falkegren lo miró fijamente mientras se reclinaba en la silla.
—¿Y qué tipo de información era esa?
Jonas terminó de masticar el trozo de regaliz. Falkegren se le antojó en
ese momento un poco nervioso.
—Que Kabir estuvo en una prisión americana en Kabul donde sufrió
graves torturas. Y también me enteré de que a ti te informaron de esas
averiguaciones hace mucho, en verano.
Martin Falkegren hizo un movimiento con la boca que era difícil de
interpretar. Abrió un cajón en su escritorio y lo volvió a cerrar.
—Correcto —afirmó, de manera casi militar.
—¿Y…?
Martin Falkegren irguió la espalda en un aparente esfuerzo de mostrarse
igual de seguro y satisfecho que hacía un momento.
—Pues como es natural me lo tomé muy en serio. Pero me lo
desmintieron bastante rápido. Tengo buenas fuentes.
—¿Tienes un contacto en la embajada estadounidense? —preguntó Jonas.
—En efecto. Una persona con un control absoluto. Pudimos descartar esos
datos enseguida como la propaganda izquierdista que eran. Estados Unidos,
evidentemente y con todo derecho, trata a los sospechosos de terrorismo con
mano dura, pero no tortura a gente de esa manera.
—Habría sido mejor si nosotros mismos hubiéramos podido comprobarlo. Micaela estaba sentada a su mesa preguntándose si no debería ocuparse de
Falkegren negó con la cabeza al tiempo que hacía un movimiento
nervioso con la lengua.
—¿Por qué iba a cargaros con información falsa? ¿No teníais cosas más
importantes que hacer?
Jonas procuró reunir un poco de autoridad.
—Sí, claro, pero si resulta que no es falso, entonces el asunto se torna
bastante serio, ¿a que sí? Daría la vuelta a toda la investigación.
—Ya, pero como ese no es el caso… —se defendió Falkegren.
—Puede que no. Sin embargo, ayer llegó a mis oídos, aunque de una
fuente indirecta, cierto, que Asuntos Exteriores lo ha confirmado.
Martin Falkegren dio un respingo.
—Eso me cuesta mucho creerlo —replicó, ahora visiblemente molesto.
—Estoy seguro de que has actuado de buena fe —continuó Jonas, de
manera más moderada de lo que habría querido.
—Ya lo creo. Esas informaciones no tienen nada que ver con la realidad.
—Sea como fuere, me gustaría que me dijeras cuánto sabías, y qué era lo
que te contaron. ¿Fue Rekke quien contactó contigo?
Falkegren puso cara de ofendido.
—Ese hombre no es digno de crédito —comentó.
—Ya, ya lo has dicho.
—Pero resulta aún más obvio ahora. ¿Sabes que lo echaron de Estados
Unidos y que ahora lo consideran un riesgo de seguridad?
—¿De verdad? —dijo Jonas, y de nuevo le entraron dudas—. De todos
modos, debo comprobarlo todo con Exteriores, claro —añadió.
—No, descuida. Es mejor que lo haga yo. Conozco al secretario de Estado
—insistió Falkegren.
—¿Te refieres al hermano de Rekke?
—Sí, eso es. Se trata de una situación un tanto delicada, sin duda —
admitió Falkegren, y Jonas asintió con la cabeza sin revelar que ya había
expuesto el asunto a la secretaria de Kleeberger, Lena Tideman—. Muy bien,
entonces estamos de acuerdo en eso —concluyó Falkegren.
—Bueno, no sé, pero en cualquier caso quería comentarte otra cosa. Creo
que deberíamos volver a incluir a Vargas en el grupo.
—¿Cómo? ¿Y eso por qué?
Falkegren apenas parecía consciente de lo que decía; estaba como ido,
sumido en cavilaciones. Jonas decidió que era mejor llevar el tema de Vargas
directamente a Fransson.
algo de su trabajo, al menos para guardar las apariencias. Le costaba
concentrarse. Vio a Jonas Beijer salir del ascensor. Su frustración era
palpable.
Se levantó y se acercó a la escalera. Sonó el teléfono.
—Hola, ¿eres Micaela?
—Sí.
—Soy Sigrid Hansson. Estoy muy preocupada por Hans.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Micaela al tiempo que se daba la vuelta
para asegurarse de que nadie la estuviera escuchando.
—Se ha atiborrado de pastillas —explicó la señora Hansson—. No creo
que corra ningún peligro urgente, pero se ha quedado completamente
noqueado. Yo estoy aquí a su lado vigilando.
—Vaya… —se lamentó Micaela, y empezó a bajar por la escalera.
—Lo que hiciste ayer con Hans fue fantástico. Se levantó y se puso a
trabajar. Lograste que recuperara el ánimo.
Micaela se acordó de Rekke tumbado en la cama y del brillo apagado de
sus ojos.
—A no ser que más bien haya sido la cercanía a la muerte lo que lo
reanimó.
—¿Qué dices?
—Son sus propias palabras —aseguró Micaela.
—Bueno, bueno, eso no me lo creo. Vosotros ya os conocíais, ¿verdad?,
trabajando con alguno de sus misterios. Me di cuenta enseguida de que eras
una buena influencia para él.
—No sé yo.
—Que sí, yo veo esas cosas. Cuando está deprimido no soporta a nadie.
Pero tú has encendido una chispa en él.
—¿No acabas de decir que ha empeorado?
—Sí, lamentablemente. Pero en parte es por mi culpa. Le hablé de ese
espantoso coche diplomático que aparca delante del portal. Creo que han
vuelto a ponerle vigilancia, ¿sabes?
—¿Vigilancia? —repitió Micaela, con un repentino malestar.
—Sí, eso es, y no estoy loca ni paranoica. Ese coche ya había venido
antes. Justo cuando se mudó aquí, podía aparecer en cualquier momento, y
resulta evidente que le recuerda algo horrible que debe de haberle sucedido en
Estados Unidos.
—¿Y qué sería eso?
—Sospecho que está en posesión de algunos secretos que temen que
salgan a la luz. Creo que pretenden mostrarle que lo tienen bajo la lupa. Por
eso no puedo dejar de hacerte una pregunta… Tengo entendido que vives
sola.
Micaela se sobresaltó.
—¿Y cómo es que has sabido eso?
—He preguntado un poco por ahí. No te enfades, por favor. No era mi
intención meter las narices donde no me llaman, pero he pensado que quizá
podrías hacerle otra visita y tal vez incluso…
—¿Qué?
Micaela salió de la comisaría, preguntándose si no debía acercarse al
centro.
—Nada —respondió la señora Hansson—. Pero quiero que sepas que
verlo durante los últimos meses me ha partido el corazón. Se ha pasado todo
el día tirado en la cama sin hacer nada. Y de repente, como te he dicho,
cuando estuviste aquí ayer se animó un poco de nuevo, era maravilloso verlo.
—Me alegro —contestó Micaela.
—Bien, y por eso te quería decir… —dudó un poco— que puedes
considerar su piso un poco como tu segunda casa. Serás bienvenida cuando
quieras venir, a ser posible ahora mismo, la verdad.
Micaela se detuvo presa de un sentimiento que no comprendía del todo.
Una parte era irritación —«No me digas lo que tengo que hacer»—, pero la
otra asombro. Había estado detrás de Rekke durante tanto tiempo, convencida
de que no tenía tiempo para alguien como ella, y ahora le suplicaban que lo
visitara todas las veces que pudiera.
—Me pasaré más tarde hoy —dijo—. Hay una cosa que quiero comentar
con él.
—Sería fantástico. Bueno, entonces me contento con eso de momento —
respondió la señora Hansson con voz decepcionada, como si hubiera esperado
más.
—¿De qué os conocéis Rekke y tú? —preguntó Micaela, más que nada
para cambiar de tema.
—He ayudado a la familia durante medio siglo ya. He visto crecer a los
chicos, y por motivos naturales me siento más cercana a Hans, especialmente
desde su crisis nerviosa en el concierto de Helsinki.
—¿Qué le pasó?
—Se desmoronó al acabar el concierto… y subió a un balcón, bueno,
subió encima de la barandilla de un balcón, para ser exactos. Por poco la cosa no termina mal. Después de eso dejó de dar conciertos.
—Vaya —contestó Micaela sin saber muy bien qué decir.
—Pero a veces me pregunto si no se encuentra peor ahora, y ha sido todo
muy rápido —continuó la señora Hansson—. Tuvo que abandonar Estados
Unidos. Se divorció.
—¿Por qué se divorció?
—Me imagino que fue Lovisa la que no aguantó más. Ella es… —La
señora Hansson dudó—. No es como Hans. A primera vista es la mujer
perfecta, claro, adinerada ella también, y más bella que nadie, de buena
familia aristocrática, de rancio abolengo, muy preparada y cultivada, con
interés por la música. Pero…
—¿Sí?
—Si me permites, está un poco demasiado obsesionada con las
apariencias, con la fachada perfecta, mientras que Hans, como sin duda has
advertido, vive en su propio mundo, y lo que busca son estímulos para su
mente inquieta, y eso sacaba de quicio a Lovisa. Por este motivo ella se
volvió cada vez más y más perfeccionista, como si quisiera compensar la
dejadez de su marido.
—Entiendo.
—Bueno, madre mía, tendrías que haber visto su casa en Djursholm, y te
puedes imaginar lo que pasaba cuando ella invitaba a sus amigos de la alta
sociedad. Hans se aburría tanto que no podía estar quieto, deambulando de un
lado para otro o, peor, haciendo observaciones que nadie quería oír.
—Me lo puedo imaginar —comentó Micaela.
—Y Lovisa, por su parte, cielos, estoy hablando más de la cuenta…
Bueno, ella empezó a ver a otros hombres, y lo cierto es que no se le puede
reprochar. Es que Hans no es una persona fácil. Pero cuando Magnus y ella se
confabularon contra él, se pasaron de la raya…
—¿Estás diciendo que Lovisa y el hermano de Hans…?
—No, no, no digo eso, de verdad que no. Hablo demasiado. Lo que iba a
decirte era que, de la noche a la mañana, Hans necesitaba una casa, y no
estaba precisamente en condiciones de ir a ver pisos. Por eso le hablé del
ático, justo encima de mi casa, que estaba en venta y que no habían podido
vender porque es tan…, cómo decirlo…, sinuoso. Y Hans lo compró sin ni
siquiera verlo.
—Un poco raro, ¿no? —dijo Micaela.
—En absoluto, es que él es así. Como comprenderás, me puse muy
contenta de tenerlo tan cerca de mí, y durante los primeros tiempos no estaba demasiado mal. Luego fue como si se lo hubiese llevado un demonio. Se
respiraba en el aire, como si secretara un veneno. A menudo se pasaba el día
entero en la cama, medio paralizado. Llamé a todas las personas que se me
ocurría: su familia, sus amigos, su médico…; o sea, su médico bueno,
también tiene uno malo. Bueno, perdona mi franqueza. ¿Qué te estaba
diciendo? Sí, Hans se iba poniendo cada vez peor, y ahora…, viendo que ese
terrible coche ha vuelto…, empiezo a asustarme, y no solo porque él pueda
intentar hacerse daño de nuevo.
—¿Sino porque otros se lo harían, o qué?
—No sé —respondió la señora Hansson—. La verdad es que no lo sé. Lo
más probable es que me esté alarmando por nada. En cualquier caso, un
agente de policía en la casa no vendría mal.
—Pasaré en cuanto pueda —la tranquilizó Micaela.
Terminó la llamada y bajó al metro. Siguió hasta el andén bajo el
abovedado techo rojo. El tren llegaría en seis minutos, ponía, por lo que
aprovechó para llamar a la centralita de SVT.
Pidió que la pusieran con la reportera Tove Lehmann, como le había
propuesto Lucas.
Tove Lehmann accedió con bastante desgana a recibirla al cabo de una
hora en el restaurante del edificio de la televisión.
Sigrid Hansson sacudió la cabeza y se preguntó qué diablos le estaba pasando.
Apenas conocía a esa chica, y ya estaba soñando con que se instalara en casa
de Hans para ayudarla a enderezarlo. Era raro, pero había algo en Micaela que
la tranquilizaba, como si las cosas se arreglasen con su sola presencia. Se
tomó un trozo de chocolate suizo de la despensa, abrió la nevera y se sirvió un
vaso de agua con gas.
Luego entró en el dormitorio, y en cuanto vio el color del rostro de Hans
advirtió que había empeorado. Al igual que antes, estaba tumbado boca abajo,
completamente vestido, con los brazos bajo el pecho. Sin embargo, respiraba
con más esfuerzo, y la frente y las mejillas presentaban un tono cenizo. Se le
escapó en alto un improperio y se precipitó hacia la cama.
—Hans, despierta —dijo mientras lo sacudía.
No hubo mención alguna, ni siquiera un gruñido o un movimiento; nada.
Se limitó a quedarse ahí tirado, inconsciente, con la boca abierta y los ojos
cerrados. Le propinó un par de bofetadas. Tampoco tuvo efecto. Le
invadieron ganas de gritarle y abroncarle, y de llamar enseguida al doctor Richter. Pero antes, comprendió, debía mostrarse resuelta y ocuparse de la
situación de manera urgente.
—Hans —dijo en voz muy alta—. Tienes que beber algo. Estás
deshidratado.
Pero cuando intentó darle un poco de agua, le resbaló por los labios y le
bajó por el mentón. Al final le echó en la cara el resto del agua del vaso, tanto
por desesperación como por rabia. ¿Cómo podía ser Hans tan idiota? Como
un yonqui cualquiera.
Tampoco tuvo efecto, de modo que sacó el teléfono para llamar al doctor
Richter, aunque a punto de marcar el número algo la detuvo. Al principio no
entendió lo que era, luego oyó claramente los pasos en la escalera y el ruido
en la cerradura.
Alguien, provisto de llaves, estaba entrando. Debía de ser Julia. No, los
pasos eran más pesados, de hombre. Se detuvieron en seco, y entonces ella
debería haber preguntado quién era, por supuesto, pero en su lugar le asaltó
un miedo inesperado.
Había algo en los pasos que no cuadraba. No es normal detenerse así de
pronto, sin hacer ruido, al entrar en la casa de otra persona. Algo iba mal,
cada vez estaba más convencida. Aguzó el oído. Lo único que oía era el tictac
del péndulo dorado del reloj de pared, lo cual no hacía más que aumentar su
malestar. Comprendió que tenía que hacer algo. Se levantó y justo entonces
volvió a oír los pasos, resueltos, decididos. Gritó:
—¡Oiga, ¿quién anda ahí?!
No recibió respuesta. Que Dios la ayude. Los pasos siguieron
acercándose. Sacudió los hombros de Hans sin conseguir que le diera una sola
señal de vida.
—Despierta —dijo—. Despierta, hay alguien aquí dentro.