Obscuritas

David Lagercrantz · Capítulo 25 de 39

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Obscuritas

Capítulo 25

 

Simón no vino, y por muchas llamadas que hizo, no consiguió enterarse de su

paradero. Mustafa negó incluso que Simón hubiera estado ahí en ningún

momento. Al cabo de un rato desistió y tomó el ascensor a casa de su madre.

Atravesó el pasillo de la galería exterior hasta el piso del que su madre

debería haberse mudado hacía mucho tiempo, y tocó el timbre.

Su madre abrió la puerta con un vestido flower power con un estampado

de flores rojas y verdes. Parecía una hippie con el pelo negro y canoso suelto

y despeinado. Micaela estaba a punto de preguntar «¿Qué estás haciendo?»

cuando su madre se quedó con los ojos abiertos como platos.

—¡¿Qué te ha pasado?! —exclamó.

—¿Cómo que qué me ha pasado?

—Tu mejilla.

—No es tan malo como parece —la tranquilizó Micaela—. ¿Has

retomado la pintura?

—¿Por qué lo dices? —preguntó su madre mientras invitaba a Micaela a

pasar con grandes, exagerados gestos.

—Pues porque llevas puesto eso —dijo Micaela señalando su vestido.

Tampoco era nada raro que a su madre le diera la ventolera de comprarse

ropa nueva de segunda mano. Solía ocurrir cuando sacaba sus óleos y se

lanzaba de nuevo a sus viejos días felices como hippie en los tiempos de

Allende.

—¿Cómo? No, no es más que un trapito que me estoy probando. Debes de

estar muerta de hambre.

Micaela se sentó en el sofá de piel del salón e iba a responder que no tenía

hambre cuando su madre se metió en la cocina y volvió enseguida con

empanadas y mate.

—Gracias, mamá. De veras que no hacía falta sacar nada. Por lo que veo,

parece que estás durmiendo mejor ahora.

—Bah, ¿quién duerme hoy en día?

Micaela se tapó con una manta que había en el sofá y se quedó mirando

una vez más el vestido de su madre. Daba la impresión de que iba a empezar a

corear «peace and love» en cualquier momento.

—Había quedado con Simón, pero no ha aparecido.

—¿No ha aparecido? ¿Es que alguna vez aparece? A mí ya me han salido

canas de tanto esperarlo —dijo agarrándose un mechón de pelo para enseñarlo

—. Pero, Micaela, por el amor de Dios, dime la verdad, ¿no te habrán

pegado?

Micaela negó con la cabeza.

—Me he caído. Estaba de fiesta por ahí con Vanessa.

—No comprendo por qué no te buscas un hombre en lugar de salir por ahí

—dijo la madre.

—Así que si hubiera tenido un hombre habría estado allí para cogerme en

brazos cuando me caí…

La madre de Micaela la miraba como si se preguntara si era eso a lo que

se refería.

—Con un hombre en tu vida, no habrías tenido que salir de un lado para

otro con Vanessa. Esa chica es demasiado guapa para su propio bien. ¿Sabes

lo que decía tu padre?

—¿Qué decía papá? —respondió Micaela, contenta de que estuvieran

cambiando ya de tema.

—Decía que las chicas guapas se vuelven perezosas.

—¿Y eso por qué?

—Porque nunca necesitan esforzarse. Pero mujeres como nosotras…

—Muy bonito de tu parte recordármelo —interrumpió Micaela.

—Tú eres mucho más guapa de lo que crees, cariño. Pero para mujeres

como nosotras, que no llegamos a creernos lo maravillosas que somos, no nos

queda otra que luchar y esforzarnos todo el tiempo, y no dar nada por hecho.

—Y mira lo bien que nos va.

—Pero ¿de qué me estás hablando? A ti te va superbién. Pero tienes que

cambiarte el peinado y quitarte ese flequillo tan largo. Da la impresión de que

quieras esconderte.

—Ya estás como Lucas.

—¿Qué tiene de malo?

Micaela suspiró.

—¿No hay nada divertido que me puedes contar? ¿Algún cotilleo? Aparte

de que te has vuelto hippie de nuevo.

—Nunca me ha gustado esa palabra, lo sabes. Pero todos van a cotillear

sobre ti y tu cara, te lo aseguro. Aunque ahora que lo mencionas… —

continuó radiante—. ¿Sabes quién vuelve a dejarse ver por el Husby Krog?

—¿Quién? —dijo Micaela.

—Beppe. Ha regresado como si no hubiese pasado nada. Pavoneándose y

alardeando de Mario. Carlos estuvo por aquí y me lo comentó.

Micaela se quedó pensando unos instantes. Se quitó la mantita y la dobló.

—¿Sabes, mamá? Voy a ir al Husby Krog a ver si me lo encuentro.

La madre la miró con la misma cara de asustada que cuando abrió la

puerta.

—¿Qué dices?

—Es que no nos hemos visto desde que estuvo detenido.

La madre pareció ofendida.

—Por el amor de Dios, pero si acabas de llegar. ¿Ni siquiera te terminas

tu mate?

Micaela se levantó.

—Lo siento, mamá.

—Así que prefieres juntarte con ese borrachuzo que pasar tiempo con tu

propia madre —continuó.

—Me estoy ocupando de nuevo del caso del asesinato.

—Pero ¿es que Beppe acaso ha dicho alguna vez algo sensato? Miente

más que habla.

—Han tratado a Beppe de manera injusta.

—Eres peor que Simón —se quejó la madre—. No haces más que entrar y

salir. Con Lucas es más fácil. Siempre tiene tiempo.

—Sí, sí… —dijo Micaela y abrazó a su madre.

En el hall sacó su cartera y dejó tres billetes de cien en la cómoda que

había al lado de la puerta. Después recorrió la galería, bajó en el ascensor y

salió. Las temperaturas habían descendido y el cielo se iba nublando. Pasó por

delante de los bloques de viviendas, de color blanco y verde, con sus galerías

exteriores y sus antenas parabólicas.

Tomó la calle Edvard Griegsgången hacia el centro, «la ciudad», como

decían antes, a pesar de que «la ciudad» no era mucho más que una plaza y

unas pocas tiendas. Veía gente conocida por todos lados, por supuesto,

aunque también había caras nuevas, que seguramente también sabían que era

poli. Se lo notaba en los ojos. Recogió unos trozos de cristal que había en el

suelo al lado de la entrada del metro, más que nada como una especie de

declaración de intenciones, mientras miraba a un grupo de chavales sentados en un banco verde delante del supermercado Ica que le sonreían

socarronamente.

—¿Todo en orden, chicos? —les preguntó.

—Todo en orden. Haciendo unos negocios con tu hermanito —dijo el más

alto de ellos, un chico que se llamaba Fadi.

—Ándate con cuidado que no te engañe.

—No te preocupes. Lo tengo todo bajo control —aseguró el chico,

dándose palmadas en los bolsillos del pantalón mientras paseaba la mirada

por sus amigos con cara boba.

Micaela le devolvió una sonrisa forzada antes de continuar su camino

hasta el Husby Krog. Una luz débil salía de su interior. Inspiró hondo, como

si solo verlo de nuevo exigiese un gran esfuerzo.

El sitio estaba casi vacío, y Micaela se convenció de que ya se había

largado, o de que nunca había llegado a estar ahí siquiera. Por eso se limitó a

saludar a Yusuf, que estaba detrás de la barra, con un breve movimiento de

cabeza, y se disponía a marcharse cuando oyó cómo la llamaban con un grito.

—¡Micaela!

Se volvió y lo descubrió. Estaba sentado en el rincón del fondo con Amir,

y su mirada dejaba entrever cierta alegría. Apenas lo reconocía. Iba

demasiado bien vestido, y bastante sobrio, aunque lejos de estarlo del todo,

claro. Llevaba un traje marrón, se acababa de cortar el pelo y lucía un afeitado

apurado. Es cierto que tenía una herida en el labio superior y las mejillas

estaban tan encendidas como de costumbre, pero con todo presentaba un

aspecto inesperadamente acicalado.

—Beppe —saludó ella—. Bienvenido de vuelta.

—De vuelta al lugar del crimen —dijo con sonrisa socarrona—. Ven y

siéntate. Ya conoces a Amir. Vamos a salir a celebrar el fichaje de Mario. El

club invita.

Micaela se sentó y miró a Beppe, al tiempo que intentaba determinar si

estaba tan contento como su aspecto parecía indicar. Debía de haber pasado

por un infierno. Medio Husby seguía pensando que era culpable, y Micaela

sabía que le habían escrito «asesino» en la puerta de casa antes de que

recogiera sus cosas y se mudara a Kristineberg.

—Tienes buen aspecto —dijo Micaela.

Abrió sus brazos y sacó pecho como para confirmar las palabras que

acababa de pronunciar la policía.

—¿Sabes, Amir? Si no fuera por Micaela, no estaría hoy aquí sentado.

—Que sí. No teníamos nada contra ti. Hemos sido unos idiotas.

—Pero tú no, Micaela —le corrigió Beppe—. Luchaste por mí.

Se inclinó hacia delante para darle un abrazo, pero al momento se detuvo

abruptamente y se fijó en la mejilla de Micaela.

—¿Qué te ha pasado? —quiso saber.

—Me he caído —respondió Micaela—. Ven y damos un paseo.

Beppe la miraba sin comprender nada, y quizá también dejaba entrever

cierta inquietud.

—Pero si acabamos de pedir una ronda —protestó.

Micaela lo miró a sus ojos brillantes.

—No creo que sea buena idea aparecer borracho en la fiesta.

—¿Quién está hablando de emborracharse?

—Lo siento, Amir, volvemos enseguida —se disculpó Micaela.

Beppe accedió y se levantó reticente. Saliendo del bar, le susurró a

Micaela al oído:

—¿Esto no será ningún marronazo?

—No, no te preocupes.

Beppe pareció inmerso en cavilaciones.

—He oído que coincidiste hace poco con Mario. Te daría el coñazo, ¿no?

—No, fue un encanto —aseguró ella.

Al cruzar la plaza lo sintió de inmediato: atraían todas las miradas. La

gente susurraba a sus espaldas. Beppe terminó reaccionando igual que antes;

sacó pecho y caminó con la chulería de los vaqueros de las películas,

balanceando los brazos.

—¿Has visto con qué descaro nos miran? —comentó Beppe—. Creen que

me vas a llevar al trullo.

Micaela sonreía a todos para demostrar que Beppe y ella solo estaban

dando un paseo, como viejos vecinos que eran.

—No les hagas caso —dijo Micaela—. Debes estar orgulloso. Lo de

Mario es fantástico.

A Beppe se le iluminó la cara y se acercó un paso a Micaela. Resultaba

imposible no acordarse de la brutal fuerza que albergaba el cuerpo de Beppe,

la que en su momento hizo que su presunta culpabilidad no le resultara del

todo increíble, a pesar de todo.

—Lo que he luchado con él. Te acuerdas, ¿no? Todos los días estábamos

ahí tirando a portería y regateando. Hiciera el tiempo que hiciese, joder. A

veces con nieve hasta las rodillas.

—Sí, me acuerdo —señaló Micaela, aunque no recordaba haberlos visto

juntos ni una sola vez, y mucho menos en invierno.

—Va a ser una estrella de la hostia.

—Seguro que sí —afirmó ella.

—Lo logramos juntos, él y yo. ¿Sabes lo que siempre le he dicho?

—¿Qué le has dicho siempre, Beppe?

—No dejes nunca de luchar. Nunca, jamás.

—Sabias palabras, deben de haber sido valiosas para él.

—Es la mente de lo que se trata —continuó Beppe señalándose la frente

—. La mente.

Micaela sonrió y le entraron ganas de decirle algo de su propia mente,

pero no sucumbió a la tentación.

—Bajemos al campo de fútbol —propuso—. A lo mejor me puedes

enseñar lo que hicisteis.

Beppe asintió y pasaron por delante de la iglesia y de la mezquita. Cuando

un grupo de jóvenes los miró con curiosidad y con aire de querer acercarse,

Micaela indicó con un gesto que estaban ocupados. Se acordó de la primera

vez que había oído hablar del crimen en el barrio. Se acordó de la agitación en

el aire, los rostros excitados, las voces que hablaban a la vez

interrumpiéndose. «Schadenfreude», pensó.

—Joder, Micaela —dijo Beppe—. Me alegro tanto de verte… ¿Sabes?

Hubo un momento en que pensé que estaba acabado. Casi empecé a creerme

que lo había hecho.

—Lo siento —respondió Micaela.

—Al contrario, eres mi heroína. ¿Y Lucas, qué tal está?

—Como siempre —contestó Micaela.

—Es un poco gánster, ¿no?

—No creo que sea para tanto.

Beppe se paró pensativo. A Micaela le dio la sensación de que quería

hacer algo por ella, igual que Mario en el Spy Bar, como para devolverle el

favor.

—¿Recuerdas que me preguntaste por la letra del rap de Simón que

cantamos en la plaza?

—Claro.

—Me he acordado de una cosa.

Ella lo miró con curiosidad.

—¿De qué?

—Cantamos sobre vuestro viejo y sobre toda la movida que hubo.

—Algo me suena —dijo Micaela.

—Me acuerdo de una rima —continuó.

—¿De cuál?

—«Mi hermano tenía ganas de control de sobra, y el tipo hizo toda una

maniobra».

Micaela asimiló las palabras.

—¿Se refiere a Lucas?

—¿A quién si no?

—Todos siempre piensan lo peor de él —comentó Micaela.

—No, qué va… yo no —respondió Beppe—. Recuerdo cómo cuidaba de

ti. Nadie se atrevía casi ni a acercarse a ti. Fuiste como la reina de Husby

durante un tiempo, ¿a que sí?

—No te creas —dijo ella—. He oído que has comenzado a recordar más

cosas de Grimsta.

—¿Cómo? Sí, quizá. Pero es más bien cosa de Mario. Los maderos… —

Beppe hizo una mueca.

—¿Qué pasa con los maderos?

—Bah, nada. Es que ahora tengo una terapeuta.

Micaela lo miró sorprendida. No conocía a nadie que fuera a terapia, y si

tuviese que imaginarse a alguien, definitivamente no sería a Beppe.

—Me mandaron a una tía después de la prisión preventiva —explicó—.

Para ayudarme con mi rabia.

—Qué bien, ¿no?

—No lo soportaba. La tía parecía creer que yo era culpable. Pero al cabo

de un tiempo me sentó bien. Comprendí que nunca había pensado mucho en

el tema. Me di cuenta de que en los interrogatorios solo había estado peleando

todo el tiempo.

—Y te acordaste de haber visto a alguien.

—Me acordé de haber visto a alguien en Gulddragargränd, sí.

—¿Quién se supone que era esa persona?

Beppe la miró con ojos humedecidos, como si no estuviese seguro de

creerse a sí mismo.

—Todo aquello fue tan raro… —continuó—. Lo sabes tú casi mejor que

yo.

—No sé yo. Pero estabas borracho y te habías caído en una cuneta.

—Estaba de barro hasta las orejas, y había vuelto a la calle y me crucé con

ese mocoso que me señaló luego.

—Filip Grundström —dijo Micaela.

—Llovía y hacía mucho viento, e intenté llamar a Mario para preguntarle

dónde estaba. Pero el teléfono estaba chorreando y no funcionaba, así que me cabreé y seguí caminando. Después hay otra curva en el camino, ¿verdad?, y

por ahí vi a un chaval que andaba haciendo eses. En plan como si también

estuviera borracho.

—¿Y cómo era?

—No lo sé muy bien. Estaba hecho un lío y me dolía el codo y solo quería

irme a casa. No pensé precisamente que era importante acordarme de todo lo

que pasaba en ese momento. Aunque me fijé en algunas cosas.

—¿Cosas como…?

—Era bastante joven y fuerte, y desapareció por el camino hacia

Vällingby.

—¿Dices que bastante joven?

—En todo caso no era un hombre mayor. De ninguna de las maneras ese

viejo del que han estado hablando todo el tiempo.

—Interesante —dijo Micaela—. ¿Te acuerdas de algo más?

—No paraba de limpiarse con la mano, como si tuviese alguna porquería

pegada, y creo que iba murmurando un poco, como canturreando. Daba mala

espina.

—Pero ¿no le viste la cara?

—No, solo la espalda. Llevaba una mochila, una mochila gris, y tenía un

tatuaje o algo en la nuca.

—¿Un tatuaje de qué tipo?

—Podría haber sido una mancha también. No sé.

El rostro de Beppe se iluminó, de repente se le vio alegre, y Micaela quiso

soltarle: «¿Qué tiene de gracioso que no te acuerdes?».

—Ahí —dijo.

—¿Qué?

—Ahí estuvimos Mario y yo, tirando a portería y regateando, cientos de

veces. —Señaló hacia el campo de fútbol que había más abajo detrás de una

valla.

Por unos momentos Micaela apenas era capaz de procesar lo que veía,

pues en su cabeza seguía bajo la lluvia en Gulddragargränd.

—¿Estás seguro de que no confundes el campo de fútbol con el Husby

Krog?

—Joder, Micaela, tú misma nos viste.

—Es que en esa época andabas bastante descontrolado, lo sabes, ¿no?

Beppe pareció ofendido.

—No digas tonterías —refunfuñó—. Te lo juro… Yo creé a ese chico, y

él es consciente. Gracias, papá, dice. Gracias, papá, por haber sido tan duro y directo conmigo.

—Seguro, Beppe. Si tú lo dices… En todo caso, cuando me crucé con él

lo vi con ese mismo aire enrollado que tú tienes.

—¿Sí?

—Claro que sí. El mismo encanto tambaleante.

—Micaela, tú eres buena gente —farfulló Beppe, dando la sensación de

estar más borracho de lo que ella creía.

—Gracias —contestó un poco irritada.

—¿Sigues sin echarte novio? —continuó, sonando igual que su madre—.

Alguien que pueda cuidar de ti.

—No, ¿y tú? —replicó Micaela, preguntándose si no debería llamar a

Rekke para ver cómo le había ido con Kleeberger.

Tenía un mal presentimiento, pero lo dejó estar.

 

Cuando Rekke regresaba a casa tras salir del Ministerio de Asuntos

Exteriores, andaba tan distraído que no se percató del coche con matrícula

diplomática que circulaba a poca velocidad detrás de él a lo largo de

Kungsträdgårdsgatan. Por tanto, tampoco podía imaginarse que Charles

Bruckner y su compañero Henry Lamar sopesaban meterlo en el coche a fin

de darle un susto de muerte.

Estaba muy lejos de la ciudad por la que caminaba en ese momento, pero

eso no significaba que su mundo interior tuviese contornos especialmente

nítidos tampoco. Se sentía drogado y pesado, y se planteaba muy en serio

olvidar toda la historia hasta que se hubiese recuperado del todo.

Tenía la sensación de que algo importante se le escapaba, algo que estaba

ahí, delante de sus narices, y que todo el tiempo le esquivaba. Giró hacia

Hamngatan y la plaza de Nybroplan y un tranvía estuvo a punto de

atropellarlo. Un coche le pitó también, por si no se había enterado. Rumiaba

sobre Kabir y sus gestos en el campo. No cabía duda de que debajo de todo se

escondía otra historia bien distinta a la conocida. Pero ¿se trataba de lo que él

se había imaginado? Había bastantes cosas en contra, claro. El hecho de verse

a sí mismo en el relato, sin ir más lejos, era ya de por sí una señal de alarma.

Aun así… algo había. Viktor, pensó, querido Viktor. ¿Podría ayudar? Buscó

entre sus contactos y le envío un SMS.

Viktor Malikov era —al menos la última vez que hablaron— catedrático

de Armonía en el conservatorio de Moscú donde había estudiado Latifa

Sarwani, de Kabul. Pero se acordó de Viktor también por otra razón. Solo tenían diecisiete años y eran compañeros en Juilliard, y una noche estuvieron

tomando vino en el Kings Theatre viendo a la Filarmónica de Brooklyn. Ya

en aquel entonces Viktor se emborrachaba en cuanto tenía ocasión. Era

desertor y disidente desde el momento en que, muy joven, había tenido la

oportunidad de tocar en la orquesta mundial juvenil de Leonard Bernstein. En

aquella época le ponía de los nervios tener que estar atento a la posible

presencia de agentes de la KGB en cada esquina, y se quejaba continuamente

de múltiples achaques, ya fuesen reales o inventados.

Pero en su defensa había de reconocer que se quejaba con estilo. Como

todo buen hipocondríaco, conocía en profundidad todas sus enfermedades y

sabía contar un sinfín de anécdotas de personas famosas que habían padecido

lo mismo que él sufría. Aquella tarde en concreto le pasaba algo a su espalda

y a sus hombros. «Estoy echando raíces en el maldito piano —había dicho—,

me estoy poniendo igual de anguloso y cuadrado».

A Rekke le gustaba la idea de que todas las horas de ensayo dejaran su

huella en el cuerpo. Adquirió la costumbre de adivinar qué instrumento

tocaban los músicos antes de que ocuparan su lugar en la orquesta. No era una

ciencia muy exacta, claro está, pero Rekke lo llevó cada vez más lejos

buscando de forma obsesiva durezas en las manos, rastros de colofonia,

marcas en la piel, cicatrices, músculos pequeños muy entrenados, hendiduras

en las yemas de los dedos, labios de trompetista… Todo lo imaginable,

señales en la postura y en la mirada que revelaran el estatus de los músicos

dentro del grupo.

Terminó siendo un pequeño arte en sí mismo, y ahora, mientras recorría la

ciudad de camino a casa y pensaba en Kabir y su lenguaje corporal, se

convenció aún más. No de que el chico había sido director de orquesta, sino

de lo contrario más bien.

Sus gestos resultaban demasiado forzados y teatrales para ser

profesionales, aunque no dejaban de ser movimientos de un director, o al

menos de alguien que anhelaba convertirse en director de orquesta. Detrás de

ellos latía una manifiesta ambición, y de ser cierto, como le había dicho a

Micaela, el chico debía de tocar también un instrumento. Nadie sueña en serio

con ser director de orquesta a no ser que haya tocado algo hora tras hora, año

tras año. Pero ¿qué instrumento? Al llegar a Strandvägen, Rekke apresuró el

paso y descubrió que Viktor ya había respondido a su mensaje.

 

Hermano. Qué alegría tan grande saber de ti. ¿Han

pasado cien años o diez?

A Rekke no le gustó el tono desmedido. Quería mantener todo esto sin

excesos, ser objetivo. Al mismo tiempo estas palabras lo hicieron aún más

resuelto, como si el mero hecho de haber enviado un mensaje y haber recibido

una respuesta fuera una señal de que se había puesto en marcha, de que había

roto su apatía.

Enfiló Grevgatan, contento por recordar el código de acceso del portal.

Seguía sin darse cuenta de la presencia del coche con matrícula diplomática

que había recorrido la calle detrás de él. Subió en el ascensor imaginándose

de nuevo la mirada de Micaela, esos ojos negros que lo habían escrutado

críticos y duros, como si él la hubiera privado de una bella y enorme ilusión.

Tienes que espabilarte, había dicho.

«Sí, joder, me voy a espabilar», pensó.

Parecía que el ascensor iba más despacio que de costumbre, claramente

una buena señal. Quería ir hacia delante, no persistir en la huida, en la

búsqueda del olvido, y de repente tomó una decisión drástica. Tal vez fuera

por la sensación de prisa o por el aspecto deplorable que reflejaba el espejo

del ascensor, aunque sobre todo se debía a Micaela y a Julia.

Al entrar en su casa, fue directo al cuarto de baño y abrió el botiquín. Sacó

sus pastillas, ampollas y envases de todo tipo y los metió en una bolsa de

plástico, y antes de que le diera tiempo a arrepentirse, salió a la escalera y lo

tiró todo por el conducto bajante de basura. De vuelta a casa, se encontró a la

señora Hansson. Por Dios, ¿nunca le iban a dejar solo?

—Perdona, Hans, ¿cómo estás?

—Acabo de tirar mis pastillas a la basura —dijo.

La señora Hansson lo miró perpleja, como sin saber si se trataba de una

buena o mala noticia. Al final esbozó una sonrisa.

—Esa chica te hace bien, ¿verdad?

—¿Qué chica?

—Micaela, ¿quién si no?

—Bueno, sí, quizá.

—Os parecéis un poco, ¿sabes? —siguió la señora Hansson.

—Sigrid, querida, no nos parecemos en absoluto. Ella es joven y fuerte.

—Y tú también. Solo te imaginas que eres débil.

—Ya, ya.

—Además, a ella, como a ti, la vida le ha dado muchos golpes. Hasta yo

lo veo.

—Puede ser.

—No vas a preguntarle si…

Rekke no terminó de escuchar a la señora Hansson, sino que continuó

hacia la cocina al tiempo que se preguntaba si no debería darse a la bebida

ahora que había dejado las pastillas. Pero no estaba en condiciones físicas

para eso tampoco. Entretanto, la señora Hansson se aproximó a él y se puso a

su espalda.

—No te enfades conmigo por hablar tanto —pidió—. Pero tienes que

llevarte algo al estómago. Andas tan ensimismado que te olvidas de comer.

—Tienes razón —admitió Rekke, y se acercó al frutero de la encimera.

—Eso es un limón, Hans.

—Ah…, sí…, claro —dijo—. Mi fruta favorita. Para los hombres fuertes

y jóvenes como yo, los limones son las nuevas naranjas.

—Te voy a preparar algo para cenar.

—Me niego, no vas a preparar nada. Bájate a tu casa a descansar —

replicó, y se fue a su despacho, se sentó al ordenador y comenzó a examinar

imágenes de la autopsia de Kabir.

Hizo repetidas muecas de desagrado, como si fuese él mismo el que yacía

ahí impotente, con el cráneo machacado. No obstante, en muy poco tiempo se

recompuso, y entonces volvió a un paisaje devastado que ya había

contemplado antes. En otro tiempo. En un tiempo mejor, en el que su mirada

registraba más cosas que ahora. Se quedó sentado un buen rato observando las

antiguas heridas que en una ocasión lo habían conducido a la Prison of

Darkness. Después se concentró en las manos.

Eran las manos de alguien que se gana la vida con ellas, de un mecánico.

Había aceite reseco, suciedad, pequeñas cicatrices, arañazos, pero también…

Amplió las imágenes y miró con detenimiento las yemas de los dedos, y

detectó unas líneas extremadamente vagas, apenas visibles, que discurrían en

diagonal con respecto a las crestas papilares. No estaba seguro de cómo

interpretarlas; el espacio entre las líneas era demasiado grande. Sacudía

nervioso la cabeza. No cuadraba, y quizá en realidad no había nada ahí.

Era como buscar huellas en la arena. Como buscar algo ya barrido por las

olas varias veces.

Se levantó y masculló unas palabras inaudibles. Se le vinieron a la mente

un par de frases de la Grosse Fuge de Beethoven, como una suerte de

inquietante acompañamiento a las imágenes de la autopsia, o tal vez como…

se quedó paralizado, tuvo repentinamente una idea y entró en internet para

buscar algo con lo que comparar.

No halló nada, siguió dudando. Aun así sintió una creciente vitalidad,

como si se hubiese abierto la puerta a otro mundo, y se puso a escribir una rápida respuesta a Viktor Malikov. «Claritas, claritas», dijo entre dientes.