Odas y sonetos
A una damisela que me envió una corona de laurel
Los vientos matinales se han llevado el temor
de mi pecho contento. Ahora ya para siempre
remonto la tiniebla. Nada menos valioso
que el altivo laurel satisfará a mi féretro.
¡No, por los astros vivos! O qué hago aquí sentado, en el centro del sol, ciñéndome las sienes
con las hojas de Apolo, como elogio trenzadas por tu espíritu puro y por tus dedos blancos.
¿Quién se atreve a decir: “Haz esto,” o a abatir a mi empeño en su alto propósito? ¿Quién dice: “Detente” o “Adelante”? En este gran momento desprecio a los tiranos; ni la tropa más fiera
de acorazados héroes me arranca la corona.
¡Pero yo me arrodillo para besar tu mano!