Odas y sonetos

John Keats · Capítulo 66 de 70

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Odas y sonetos

Oda sobre una urna griega

 

I

Esposa de la calma, todavía inviolada,

hija adoptiva tú del tiempo y del silencio,

narradora del bosque que puedes relatar

historias floreadas más dulces que mis rimas,

¿qué leyenda con hojas orlada se congrega

en tomo a tu figura: dioses, mortales, o ambos, en Tempe o en los valles de la Arcadia? ¿Qué hombres o qué dioses son éstos? ¿Qué doncellas esquivas? ¿Qué enloquecido acoso? ¿Qué lucha por zafarse? ¿Qué flautas y panderos? ¿Qué delirante éxtasis?

 

II

Son dulces las cadencias que oímos, y aún más dulces las que nunca escuchamos; seguid tocando, pues, suaves caramillos, aún con más atractivo,

no al oído, al espíritu, canciones inaudibles.

Bello joven, no puedes dejar morir tu canto

debajo de esos árboles que nunca están desnudos. Audaz amante, nunca puedes besar por mucho

que a la meta te acerques; pero no te preocupes: aunque no logres dicha, tu amada no se mustia, ¡la amarás para siempre, y será siempre hermosa!

 

III

¡Ah, venturosas ramas que no podéis perder

las hojas ni decir adiós a Primavera!

¡Ah, feliz melodista que infatigablemente

entonas con tu flauta canciones siempre nuevas! ¡Amor aún más alegre, amor feliz, dichoso,

eternamente cálido y aún no disfrutado,

para siempre anhelante, juvenil para siempre!

Todos desde muy alto respirando pasión, que deja al corazón hastiado y abatido,

ardorosa la frente, y reseca la lengua.

 

IV

¿Quiénes son estos seres que van al sacrificio? ¿A qué altar verdecido, sacerdote enigmático,

llevas a esa vaquilla que muge hacia los cielos

con sus lomos sedosos cubiertos de guirnaldas? ¿Qué pueblo con pacífica ciudadela, erigido

en un monte o al lado de un río o de un océano, se vacía de gentes esta pía mañana?

Y tus calles, pequeña ciudad, ya para siempre

estarán silenciosas, pues no volverá un alma

para poder decirte por qué estás desolada.

 

V

¡Oh, ática figura! Noble actitud con hombres

y doncellas de mármol como adorno esculpidos, con ramas de los bosques y maleza pisada;

tú, forma silenciosa que a la razón hostigas,

como la eternidad. ¡Pastoral impasible!

Cuando la edad a nuestra generación consuma, pervivirás en medio de la angustia de otros,

amiga de los hombres, a quienes siempre dices: “La belleza es verdad, y la verdad belleza

—no hace falta saber más que esto en la tierra”.