Odas y sonetos
Un sueño, después de haber leído el episodio sobre Paolo y Francesca, de Dante.
Así como Mercurio se confió a sus alas
cuando Argos, aturdido, cayó en sueño y engaño, así mi ocioso espíritu tocó una flauta délfica
con la que hipnotizó a aquel dragón del mundo, lo abatió y despojó de todos sus cien ojos,
y, viéndolo dormido, así se fue volando,
no hacia la pura Ida con sus cielos helados,
ni a Tempe, donde Júpiter se lamentara un día,
sino al segundo círculo del triste infierno donde, en medio de un tornado con trombas de granizo y lluvia, los amantes no tienen que contarse
sus penas. Eran pálidos los labios que allí vi,
los labios que besé, y bella la figura
con que flotaba en esa tormenta melancólica.