Odas y sonetos
[Ha poco dos portentos ante mí aparecieron]
dulces, divinos, puros, sagrados e inocentes,
que con bien me enviaron desde la esfera nona los Dioses, que conocen quizás mis propios gustos. Primero fue la gaita, gimiendo con presteza,
luego el Desconocido suspiró cabizbajo;
lastimosa y patética, sonó otra vez la gaita,
y aquel Desconocido derrochaba suspiros.
¡Oh, Gaita, me robaste el corazón! ¡Mi ímpetu, oh tú, Desconocido, me hechizaste con flauta!
¡Oh, Gaita, reafirmaste tu dominio! ¡De nuevo, oh tú, Desconocido, me diste nueva alarma!
¡Ay! No pude escoger. ¡Ah! Pobre corazón,
estás callado y tienes que partirte entre ambos.
N. del T.: En su estancia en Escocia, Keats fue a ver una representación de la obra The Stranger, de Kotzebue, en Inverary. El gaitero entretuvo al público durante el intermedio.