Quererte así

Bela Marbel · Capítulo 14 de 25

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Quererte así

Capítulo 14

 

Dónde estoy

 

Roxie sintió frío, no de la manera habitual, no ese frío que se va cuando lo cubres con ropa. La humedad del ambiente se le había clavado en los huesos, no sabía si estaba tiritando o eran convulsiones, lo que estaba claro es que su cuerpo sufría violentos e incontrolables espasmos. Se atrevió a abrir los ojos despacio y fue recompensada con más dolor, punzadas repletas de fuego se clavaron a través de las rendijas abiertas y llegaron hasta su cerebro en forma de angustia. Sintió ganas de gritar, pero algo le advertía de que seguía en peligro, algo le decía que debía mantenerse en silencio.

Con mucho esfuerzo consiguió enfocar la mirada, lo que distinguió hizo que su alocado corazón se parara en el acto. Estaba en un agujero, era un espacio pequeño, tal vez un minúsculo sótano, o… un simple hoyo excavado en el suelo; pensar eso hizo que el pánico tomara el control, comenzó a gritar pidiendo ayuda, pataleó y tironeó de sus brazos, tenía bridas en las muñecas que le cortaban la piel, y algo atado a ellas le impedía el movimiento. Se dio cuenta en ese momento de su postura; estaba tumbada boca arriba, si estiraba la mano podría tocar el techo, lo intentó, a pesar de saber que era imposible. Giró la cabeza de forma brusca y el aguijonazo que sintió la hizo gritar aún más, había perdido el control, las lágrimas se le escaparon empañando más su ya de por sí, borrosa visión.

No sabía cuánto tiempo había pasado, hacía ya mucho que había dejado de llorar y gritar, o tal vez no, tal vez solo hacía un instante. Sorbió por la nariz y respiró hondo, trató de serenarse, no podía perder la poca fuerza que le quedaba con gestos inútiles. Pensó en Byron, ¿cómo lo había superado él?

Cuando estaba al borde de la muerte solo una cosa lo mantenía con vida, concentrarse en su objetivo, «si quiero algo, lo hago», eso decía siempre su amigo.

Pequeños haces de luces provenientes de un lateral iluminaban el agujero de forma muy tenue, eso lo agradeció, tanto la luz como el hecho de que apenas alumbrara. Se dio cuenta de que estaba recostada directamente sobre suelo de tierra, y el corazón comenzó a latirle poderosamente amenazando de nuevo con otro ataque de pánico. Cerró los ojos calculando sus opciones. Si la habían dejado ahí para que se pudriera, no tenía muchas salidas; si era un secuestro para presionar, tarde o temprano aparecería alguien. Se sintió terriblemente reconfortada con esa idea.

Se pasó la lengua por la rasposa boca, la notaba hinchada y reseca.

Suponía que en algún momento le habían dado algún tipo de droga que ahora le dejaba ese regusto amargo.

Le parecía irreal, como si no le estuviera pasando a ella; esta era una de esas cosas que veía en la tele con sus amigas, una de esas cosas que le pasaban a los demás, nunca a uno mismo. Respiró hondo varias veces intentando controlar las ganas de dejarse arrastrar por la histeria.

Palpó con los dedos y sintió unas argollas, tal vez estuvieran clavadas a la tierra y eso le vendría bien porque del cemento no habría podido sacarlas, pero de la tierra… tenía que intentarlo.

Pensó en su padre indio, en cómo le enseñó desde pequeña a meditar, a visualizar lo que quería y lo que iba a hacer para conseguirlo; era curioso, hacía mucho tiempo que no pensaba en eso, había perdido tanto de su pasado como Jeremy. Jeremy… vio su cara animándola desde donde quiera que estuviese, esos poderosos ojos que él tanto odiaba y ella tanto amaba mirándola y retándola a conseguirlo.

Consiguió encoger las rodillas y ponerse sobre ellas, siempre había sido una mujer fuerte y fibrosa, en ese momento se alegraba enormemente de no tener las maravillosas y suaves curvas de Candy. Su cuerpo atlético y acostumbrado al deporte la ayudó a pesar del dolor. En esa posición la cabeza casi rozaba el techo, divisó restos de madera por el suelo.

Por las minúsculas partículas de luz que se colaban entendió que no era un agujero en el suelo, no sabía por qué, pero eso la tranquilizó. Rezó por que las paredes también fueran de madera o algún otro material que pudiera atacar con lo que tenía a mano; si conseguía soltarse, claro. En alguna parte debía haber una puerta.

Tiró con desesperación de las argollas de forma casi frenética para darse cuenta de que apenas conseguían nada. Entonces volvió a concentrarse, se imaginó levantando las manos y consiguiendo sacar los malditos hierros.

Dirigió todos sus esfuerzos a la mano izquierda, era su lado predominante, rascó en la tierra alrededor de la empuñadura de la argolla hasta tener los dedos ensangrentados, se dio cuenta de que en ese momento sí flojeaba su agarre, entonces comenzó con movimientos rítmicos: la estaba sacando. Intentó escarbar un poco más pero casi no llegaba con los dedos a la tierra, una vez que había conseguido subir su agarre unos centímetros, decidió mover la muñeca hacia los lados y hacer giros, sintió algo cálido escurrirse por la muñeca, también ahí estaba sangrando, eso no la hizo cejar en su empeño y al fin sacó de un fuerte tirón la herramienta.

Casi se puso a llorar de alivio cuando se dio cuenta de que no tenía tiempo para ello, era curioso que en ese momento ya no sintiese ningún dolor, la adrenalina que corría por sus venas la mantenía en pie. Le gustaba pensar que sus padres la empujaban desde donde quiera que estuviesen, era una forma de evitar sentir la terrible soledad en el encierro.

Se ayudó con la argolla suelta para desenterrar la otra, esta vez fue más fácil y menos doloroso, salvo por algún que otro golpe que había ido a parar a su mano en vez de al suelo. Con los metales colgando, no se molestó en intentar cortar las cinchas de plástico que los sujetaban a sus muñecas, y comenzó a palpar las paredes, eran de madera; recorrió rápidamente los cuatro laterales, pero no notó ninguna ranura o algo que le indicase una salida. Palpó con más decisión la pared por la que se filtraba algo de luz y se dio cuenta de que se movía ligeramente, no podía imaginar qué sería hasta que sus dedos moldearon la forma de un tronco: ¡una leñera!

Estaba en una leñera y una de las paredes eran los troncos reservados para quemarse, estaban muy prensados, pero sería fácil escapar de ahí. Dudó por instante ante la multitud de posibilidades de lo que imaginó que le esperaría fuera.

La impaciencia casi se apodera de ella, pero no, tenía que ser fría y actuar con inteligencia, debía comenzar a quitar los troncos desde arriba, el peligro de que se desprendieran y cayeran encima de su ya maltrecho cuerpo sería menos.

Ahora que estaba cerca de escapar, su cuerpo comenzó a quejarse de nuevo, cada vez que intentaba levantar los brazos cargando con las pesadas anillas que la aprisionaban, sentía que se le partían en dos, pero aun así siguió, decidió no escuchar los salvajes gritos de sus músculos, el martilleo de su cabeza ni el pitido de sus oídos, siguió, y una vez más, y otra, hasta que tuvo un agujero lo suficientemente grande como para pasar por él.

Sentía la respiración pesada y la mente aturdida, aun así, fue lo suficientemente precavida para mirar antes de salir. El primer golpe de luz la dejó momentáneamente ciega, parpadeó con fuerza hasta provocar lágrimas que le aclararon la visión, lo consiguió sin demasiado esfuerzo, lo que le hizo suponer que no llevaba allí demasiado tiempo. Mientras salía, también su vejiga comenzó a quejarse y eso despertó la realidad de lo que había pasado, como un fogonazo recordó ir corriendo por el parque con Jenifer detrás de ella a pocos pasos, entonces escuchó un ruido que se parecía a un silbido y un golpe, el golpe de un cuerpo al caer, se volvió y vio a su guardaespaldas en el suelo, no pudo ver nada más ya que de un empujón alguien la metió en una furgoneta y le propinó un puñetazo en la cara, no recordaba nada más hasta haber despertado en el leñero.

Pero eso explicaba también el dolor de mandíbula y el sabor amargo de la sangre; escupió en el suelo y de nuevo pidió a los dioses: esta vez deseó que Jenifer estuviera viva.

Un ruido llamó su atención, a lo lejos divisó un coche acercarse. El agujero que había dejado era muy pequeño, pero incluso así lo intentó, ya tenía la cabeza fuera, con mucho esfuerzo pasó los hombros arrastrando algunos troncos con ella, se mantuvo quieta un instante para evitar que se desmoronara toda la leña dejándola atrapada, cuando se dio cuenta de que el ruido del coche estaba a muy poca distancia, decidió correr el riesgo y con un fuerte empujón acabó fuera, algunos maderos le cayeron encima, se los quitó y se puso en pie, corrió todo lo que pudo en dirección opuesta al coche, teniendo en cuenta que llevaba colgando las argollas y que se sentía todavía abotargada. No fue lo suficientemente rápida.

Clare la vio correr por el borde del camino, la maldita idiota había conseguido salir del agujero, tampoco es que Ricky se hubiera esmerado mucho con el escondite. Vale que no le había dado mucho tiempo, pero era un delincuente habitual, cabría esperar algo mejor de él. En cualquier caso, eso también tendría que solucionarlo, no se podía permitir que se le fuera la lengua, porque por mucho que se lo hubiera insinuado, no tenía la más mínima intención de acostarse con él, tampoco iba a pagarle el dineral que le había exigido, y menos después de la chapuza que había hecho.

La Loba corría como alma que lleva el diablo, pero se estaba acercando peligrosamente al barranco, lo que le dio a Clare una gran idea, aceleró mientras una risa le recorría la sangre.

En breve comenzaría a disfrutar de su triunfo: sin la cualquiera esa, podría manejar a Jeremy a su antojo.

Roxie no pudo evitar mirar hacia atrás un momento, el coche de color rojo se estaba acercando, se dio cuenta de lo que iba a pasar justo en el momento en que el pequeño deportivo aceleró impactando contra su costado y, haciendo que perdiera el equilibrio, cayó por la pendiente que había a su derecha rodando. Mientras descendía, la imagen de Clare al volante se quedaba grabada en su memoria, el rictus de una cara desquiciada que le dio verdadero terror; supo en el momento en que sus miradas se cruzaron que su intención era matarla. Mientras rodaba golpeándose contra las piedras y las raíces que poblaban la cuesta, su cuello hizo un giro extraño y su cabeza impactó contra algo duro, y después, la oscuridad más absoluta.

Clare la vio caer y la felicidad estalló en su interior, pero tenía que serenarse, no debía dejarse llevar ni impacientarse.

Paró el automóvil a un lado y con cuidado fue bajando por la pendiente, consiguió agarrarse a unas ramas, pero las piedras se desprendían y se dio cuenta de que no iba a poder llegar hasta el lugar en el que estaba la Loba, la miró desde la seguridad de su agarre: no se movía, no parecía respirar, se sacó el móvil y le hizo una foto, subió de nuevo hacia el coche, no sin esfuerzo. Una vez dentro amplió la foto, ¡bingo! Eso que se veía esparcido bajo su cabeza era un gran charco de sangre. Ya solo tenía que dejar que el tiempo hiciera su trabajo.

Se sacudió un poco el polvo de la ropa, se acomodó el pelo y puso en marcha el motor, el ronroneo del deportivo le dio más aplomo y llamó a Ricky, sería él quien tendría que encargarse de limpiar la basura, ella ya había hecho bastante, después ya arreglaría cuentas con él. Bajó la solapa del parabrisas para mirarse en el espejito, se sonrió y se dio la enhorabuena. Tras aclarar las cosas con Ricky puso rumbo al casino, ensayó su cara compungida dispuesta a consolar al joven viudo.

Sonaron varios tonos de llamada, pero no fue Jeremy quién cogió el teléfono, fue el odioso de Johny, ese hombre era un verdadero imbécil. Aún no había descubierto cómo manejarlo, claro que tampoco le había hecho falta, y no lo haría, en breve ella estaría al mando y una de las primeras cosas que iba a hacer era deshacerse de él.

—Quiero hablar con Jeremy —le ordenó.

—Si no tienes noticias sobre Roxie, no hay nada que tengas que hablar con él.

—¿Desde cuando eres su portavoz? Te recuerdo que no eres más que un matón a sueldo, y yo la subdirectora del casino, haz lo que te he pedido.

—Este matón a sueldo acaba de ascender y tú no eres más que la ayudante del antiguo director, ahora en justificada excedencia. Mueve tu escuálido culo hasta aquí inmediatamente, tenemos que hablar.

—¿Qué demonios…? —La pregunta quedó en el aire, Johny había cortado la comunicación.

Clare tiró con rabia el teléfono contra el asiento del acompañante. ¡Mierda, mierda, mierda! Esto no podía estar pasando, ni en un millón de años hubiera pensado que Jeremy lo dejaría todo para buscarla, pero qué clase de… y sin comunicárselo. Eso era lo peor, ¿acaso había dejado de confiar en ella? Pero qué diablos estaba pasando, siempre había sido ella la que se había hecho cargo de todo en ausencia del puto indio, a qué venía esto, ¿había dejado al mando al matón? No podía ser… pero claro, era hombre y era indio, dos cosas que ella no podía cambiar.

Tenía que pensar… de repente unas luces la cegaron, por un momento perdió el control del vehículo, consiguió enderezar el volante justo antes de chocar con el coche que venía de frente y tocaba el claxon con desesperación ante la imposibilidad de apartarse más hacia la cuneta. Una vez en su lado de la carretera con el peligro dejado atrás, respiró hondo para calmarse, sentía el pulso en el cuello a una velocidad endiablada, la boca se le había quedado seca y un único pensamiento se mantenía en su mente: venganza.