Quererte así

Bela Marbel · Capítulo 16 de 25

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Quererte así

Capítulo 16

 

Salir de la noche más oscura

 

Jeremy sintió que se le cerraba la garganta, las piernas le temblaban lo suficiente como para necesitar apoyarse en el marco de la puerta de cristal que separaba el box en el que se hallaba su Roxie de la zona médica. Porque sí, era Roxie, su Roxie.

Un nudo le apretaba el estómago, la rabia recorría sus venas como si la sangre fuera su única fuente de poder.

Pero lo peor era el miedo. Era consciente de que todo podía salir mal, pero no debía dejarse convencer por él, tenía que creer en que lo iba a superar.

Era tozuda como una mula.

Si la perdía a ella, perdía su vida. No había más, no había nada más para él aquí, salvo la venganza. Si la perdía, buscaría a los culpables y les arrancaría la piel a tiras. ¿A quién estaba engañando? Eso lo iba a hacer de cualquier modo.

Notó una mano en su espalda tratando de infundirle ánimos, sabía que la doctora le estaba hablando, pero era incapaz de escuchar otra cosa que no fuera el latir de su propio corazón. La inercia lo llevó hasta la cama en la que la Loba se hallaba conectada a varios tubos y diferentes aparatos médicos que él no entendía. Solo era capaz de escuchar los sonidos, los bips y las alarmas que salían de ellos. En un mundo paralelo la doctora seguía hablando.

Le cogió la mano con mucho cuidado, tenía heridas en los dedos, como rasguños, no quiso pensar a qué se debían. Se dio cuenta de que llevaba vendas en los antebrazos y estaba atada a la barandilla de la cama.

—¿Esto es necesario? —preguntó señalando los agarres.

—No mientras usted esté aquí con ella.

—Ríos hizo una señal y rápidamente el enfermero que estaba a su lado procedió a desatarla.

—Es muy fuerte —les informó Jeremy.

—Eso ayudará —contestó la doctora.

—Y obstinada —apuntilló él.

—Eso también hará lo suyo.

—¿Me escuchará?

—Probablemente. Estamos totalmente a favor del refuerzo positivo. Háblele de momentos buenos, anécdotas que haya compartido, las cosas que usted piense que la puedan reconfortar. Es importante que se mantenga sosegada. Ahora no podemos quitarle la sedación, pero en cuanto lo hagamos, veremos realmente cómo va.

—¿Qué es eso que lleva en la cabeza? —preguntó.

—Es para tener controlado su nivel de conciencia.

Él asintió. Aunque no estaba muy seguro de qué le estaba diciendo con eso, prefería no indagar más.

—No se asuste por los pitidos y las alarmas, estamos aquí, estamos pendientes —le dijo el enfermero.

La oscuridad que entraba por la ventana le indicó que se había hecho de noche. Levantó la vista y se dio cuenta de que estaba solo. La doctora y el enfermero habían salido de la estancia, no sabía cuándo. No podía dejar de mirar a Roxie más de unos segundos, le daba miedo perderse alguna respiración de esa máquina ruidosa. Casi no se distinguía a su mujer entre todos esos aparatos y cables. Pero era ella, estaba allí, y eso era más de lo que tenía hacía unas horas.

Se sentó en una silla que colocó cerca de la cama y volvió a cogerle la mano.

Su teléfono sonó por enésima vez. Sabía que todo el mundo estaba preocupado, pero él no era capaz de hablar con nadie. Dejó que siguiera sonando. Con cuidado acercó los dedos a su rostro y le acarició la mejilla ligeramente, casi como si fueran plumas. Le daba miedo hacerle daño, a ella, si pudiera oírlo le gritaría, ella no se rompía con facilidad.

Cómo le gustaría poder haberla salvado, pero no, su mujer se salvaba sola. Y eso era lo mejor, porque él había intentado protegerla y había fracasado estrepitosamente.

Sabía que nunca podría perdonarse a sí mismo el error. Escuchó ruido en el mostrador médico y levantó la vista, Johny y el poli de la reserva estaban allí. Una enfermera señaló con el dedo hacia él.

Entraron despacio, sin decir nada, solo la miraban igual que él.

—Impresiona verla así, pero es fuerte, saldrá adelante. Imagínala con su escopeta encima de la barra apuntando a los payasos que entraron al bar. Esa es ella, puede con todo.

—Sí.

De nuevo se quedaron callados.

—¿Quiere que avisemos a alguien? —le preguntó Chama.

—No, yo lo haré… en un momento.

En cuanto esté preparado.

—He hablado con Byron. Me llamó al ver que no le cogías.

Jeremy asintió.

—Tenemos que acelerar el proceso de tu toma de dirección en el casino. —Jeremy miró a Johny apretando la mandíbula—. Deja que llame a Clare para que lo organice todo con el Consejo, no creo que te pongan problemas dadas las circunstancias.

—No —contestó su amigo—. Prefiero hacerlo a mi manera.

Kawosa suspiró y volvió a mirar a la Loba, tan solo una pequeña negación mostraba su desacuerdo en el asunto, pero no discutió, si era Johny el que se iba a hacer cargo, estaba en su derecho de equivocarse, o acertar. No le importaba.

—Traeré la documentación que falta por firmar. Kin me ha dicho que llegará a primera hora de la mañana. Solo necesito que me des las claves necesarias para los accesos y nosotros nos encargaremos de lo demás.

—¿Sigues pensando que Clare tiene algo que ver con esto? —le preguntó sin apartar la mirada de Roxie.

—Sí —fue la escueta respuesta de Johny.

—¿Clare? —preguntó Benson. Ambos se habían olvidado de él. No le contestaron y él decidió esperar para interrogar al más joven.

Cuando Kawosa se quedó solo con ella, no pudo evitar recordar todo el camino que habían recorrido juntos. No iba a rendirse, y ella tampoco, la conocía, sabía que lucharía hasta su último aliento, aunque este dependiera de una máquina.

—Vamos, Loba, pelea, sal de la noche oscura, vuelve conmigo.

 

Roxie sentía algo raro, no era capaz de identificar las sensaciones que la rodeaban, no se trataba del dolor agudo que la había despertado antes, tampoco era la impresión de que se estaba ahogando, ni el miedo a los monstruos que querían atraparla. Estaba corriendo libre por el campo. Eso era bueno, si no fuera porque no podía moverse. Se dejó llevar por sus sentidos y la visión que la estaba acunando, fuera lo que fuera.

Corría sin control, las zapatillas nuevas que le había comprado Little Grizzly eran una pasada, jamás había ido tan rápida. Siempre había sido larguirucha y delgada, a su madre le gustaba decir fibrosa, bueno sí, sonaba mejor, pero eso no hacía que ella no envidiara las formas redondeadas de otras chicas a su edad, o de su propia madre, ella había salido a su padre.

Seguro que si tuviera tetas Jeremy se fijaría en ella, no le había dicho más de dos palabras desde que vivía allí. Era tan guapo, con esos ojos azules que contrastaban con el negro cabello y resaltaban especialmente en su piel aceitunada. ¡Además tenía una moto! A ella le encantaban esos trastos. Era algo mayor que ella, pero eso era bueno porque los chicos de su edad eran unos críos, como Byron. Byron era el primo de Jeremy, lo llamaban también Caballo Loco; un poco loco sí que estaba, siempre metía en líos a Jeremy, al que también llamaban Kawosa, que significa Coyote; los ancianos decían que, como ellos, era rápido, atlético e inteligente.

Pero el nombre se lo puso su abuelo Búho, ya que, según la mística de estos animales, su presencia significa vida, y eso era él, la vida nacida de una desgracia.

En las dos semanas que llevaba en la reserva ya se había ganado varias broncas de su madre por seguir a Byron en sus aventuras, lo que quería decir que también ella estaba un poco loca, pero la verdad era que lo pasaban en grande y, además, al final siempre aparecía Jeremy para salvarles el trasero.

Byron y ella enseguida habían congeniado, él la trataba como a un igual, y eso le encantaba. Cuando su madre le dijo que iban a vivir en una reserva india, ella se imaginó que se instalarían en una tienda de campaña; tipi lo llamaban. Había visto muchas películas de indios, cuando era pequeña, con su padre, nunca podría haber imaginado que terminaría viviendo en una reserva de verdad. No se parecía en nada a lo que había imaginado: la casa de Little Grizzly era modesta, pero tenía todas las comodidades, sobre todo una gran cocina con chimenea que era el centro del hogar, y un gran patio con muchas macetas que a su madre le encantaban y con las que pasaba mucho tiempo. Byron vivía justo al lado en una casa exactamente igual a la que ahora era la suya.

La primera vez que la vio la miró entrecerrando los ojos de manera especulativa, luego giró a su alrededor continuando con su evaluación —con el tiempo supo que eso era algo que hacía a menudo—, después se plantó delante de ella y le hizo un gesto brusco con las manos a la vez que decía algo así como ¡buh! Si estaba intentando asustarla iba a tener que hacerlo mejor. Roxie se limitó a levantar una ceja interrogativa y desviar la mirada hacia la izquierda, lugar donde otro chico algo más alto y de aspecto serio, los observaba sin hacer el menor gesto. Era guapo, muy guapo de hecho. Se enamoró unos quince segundos después, cuando él se acercó, empujó a su primo y se dirigió a ella mirándola directamente a los ojos.

—Vas a ser muy feliz aquí —le dijo.

Y esa había sido la frase más larga que le había oído pronunciar, pero esos ojos parecían capaces de mirar dentro de ella, de escrutar toda su alma. Se puso roja hasta la raíz del pelo, notó el calor del rubor apoderarse de su rostro poco a poco.

—Tío, ya te vale, ya te has ligado también a esta —se quejó Byron; Jeremy le dio otro empujón, esta vez algo más fuerte, y salió de la habitación. El chico apenas había vuelto a ponerse en pie cuando otro golpe lo llevó de nuevo hasta el suelo.

Roxie sintió una gran satisfacción al ver la cara de su vecino desde arriba, sí, lo había tirado al piso de un envite y en ese momento sacudía las manos una contra otra, en señal de trabajo bien hecho. El chico se levantó y le gritó:

—Pero ¿qué os pasa? ¿Qué he dicho para que os enfadéis los dos?

—¿Eres idiota? —lo acusó ella.

—Pues vale. Me voy a dar una vuelta a caballo, son menos complicados que las personas. ¿Te vienes?

—Acabo de zurrarte —le recordó ella, sorprendida de que aun así la invitara a acompañarlo.

Byron se encogió de hombros. Roxie sonrió: definitivamente, le gustaba aquello.

Desde ese momento Byron y ella se habían hecho casi inseparables, ella lo acompañaba a casi todas sus aventuras y aguantaba los sermones de los mayores.

Fueron muchas las veces que Kawosa —como llamaban a Jeremy los ancianos— tuvo que rescatarles o cubrirles las espaldas. Aun así, no hablaba más que lo justo. Y ella era una tonta que se estaba enamorando de sus silencios.

—El chico de Búho, ¿te gusta? —le preguntó en una ocasión Little Grizzly.

—¿Jeremy? —se alteró ella.

—Kawosa no es un chico —le contestó ceñudo el indio.

—Tiene casi la misma edad que yo —apostilló ella.

—En realidad, nunca ha sido un chico. De todas formas, en nuestra cultura y siendo hombre… —Ella puso los ojos en blanco dispuesta a pelear ante el comentario, pero su padrastro levantó una mano, signo inequívoco de que debía esperar su turno para hablar—. Lo que quiero decir, es que los hombres estamos preparados antes para el sexo y corremos menos riesgos, si tonteas con Caballo Loco, lo haces con un igual, pero Kawosa… eso es diferente, debes estar preparada para algo serio, y no creo que ese sea el caso ¿o sí? Tampoco creo que a tu madre le hiciera gracia.

—¡Por favor! En primer lugar, yo no he dicho que quiera tontear con ninguno de los dos, Byron y yo solo somos amigos, me divierto mucho con él y me ha ayudado adaptarme. Y en cuanto a Jeremy, él ni siquiera me habla, así es que tampoco creo que tengas que preocuparte.

—Interesante.

—¿El qué?

—No has negado que te guste.

Roxie no supo qué contestar, la había pillado, su padrastro era un hombre muy intuitivo, igual que Búho —el abuelo de Byron y Jeremy— tal vez, el mayor de los primos hacía bien en mantenerse callado la mayor parte del tiempo.

Ella se sentó en el columpio que estaba en el porche, donde mantenían esa conversación. Se cruzó de brazos y compuso un gesto enfadado. Little Grizzly se acomodó a su lado.

—Anímate, los hombres no siempre mostramos lo que sentimos.

—Tú se lo dijiste a mi madre nada más verla.

—Sí. —Roxie lo miró, tenía la vista perdida en el horizonte y una sonrisa enorme en el rostro—. La juventud a veces no nos deja actuar y otras, nos hace hacerlo precipitadamente. Es difícil cogerle el ritmo a la vida. Pero con el tiempo se aprende.

—Yo no voy a aprender nunca —se quejó ella.

—En realidad, me refería a Kawosa, pero con lo rebelde que tú eres y lo mucho que te gusta luchar por cambiar los roles de las mujeres en la sociedad ¿no se te ha ocurrido dar el primer paso?

Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

—Sabes que si mamá se entera de que me has dicho eso te va a cortar esa trenza ¿no?

—Será nuestro secreto. —Él la envolvió entre sus enormes brazos.

—¿Por qué te llaman Pequeño Grizzly? En realidad, eres muy grande.

El hombre soltó una carcajada que reverberó en su pecho.

—Mi padre era Gran Grizzly, yo seré Pequeño hasta el día que me muera.

—Pues para mí eres el más grande, el mejor —le contestó ella.

 

De repente Roxie se dio cuenta de que ya no era esa jovencita, otra realidad trataba de abrirse camino en su cabeza, era una adulta y tenía que hacer algo, algo importante, no sabía qué, pero debía abrir los ojos. Sí, eso era, tenía que abrir los ojos. Pero cuando lo hizo, la imagen de los árboles de bocas dentudas la asustó lo suficiente como para volverlos a cerrar.

Escuchaba voces a su alrededor, sobre todo una que la envolvía en un manto de calma.

—Vamos, Loba, pelea, sal de la noche oscura, vuelve conmigo.

Loba, sí, esa era ella. La Loba.

 

—Yo quiero un nombre como el vuestro —le dijo a Byron.

—¿Quieres un nombre de chico? —preguntó él—. No sé por qué, Roxie no está mal.

—A veces no sé si eres tonto o te lo haces —le contestó ella.

Él se llevó la mano a la tripa de tanto reír.

—¿Qué tal Perezosa? —siguió chinchándola él.

—Yo no soy perezosa.

—Pues Larguirucha, eso sí que lo eres.

—Continuó comiéndose los cereales del desayuno, a pesar del pescozón que le había dado su abuela.

Estaban en la cocina de la casa de Búho, acababa de amanecer y los chicos tenían que hacer sus tareas antes de salir a corretear y divertirse, el verano les dejaba mucho tiempo para inventar nuevas aventuras.

—Los ancianos te pondrán un nombre apropiado cuando lleves un tiempo entre nosotros, Roxie —le dijo la abuela.

—Loba.

Roxie dio un brinco en la silla cuando escuchó su voz.

—Kawosa, sabes que los nombres los ponen los ancianos.

—Es peleona y delgada, le gusta ir en pareja y pertenecer a nuestra manada. Además, siempre va vagabundeando por ahí.

Ella sonrió. Búho y su padre entraron en la cocina.

—¿Le has puesto un nombre indio a mi niña? —le preguntó a Jeremy, cerniéndose sobre él con sus casi dos metros de altura.

En favor del chico había que decir que apenas tembló.

—Sí, señor —le contestó.

—Me gusta, pero puesto que viene del otro lado del atlántico, de tierras ancestralmente celtas, la llamaremos Loba Celta.

Ella no lo pudo evitar, saltó de su silla y abrazó con fuerza a Jeremy, el joven separó los brazos todo lo que pudo para demostrar que no iba a tocarla, mientras ella continuaba enganchada a su cuello.

 

Jeremy miró por la ventana, la noche estaba completamente cerrada.

La doctora había estado allí y le había dicho que iban a intentar quitarle el tubo por la mañana. Le preguntó si había abierto los ojos o se había movido, si había estado inquieta.

Él le dijo que no. Ningún movimiento.

La enfermera que estaba con la doctora en esa ocasión tocó algo en las bombas que administraban la medicación. Se vio obligado a soltarle la mano mientras trabajaban con ella y sintió el picor del anhelo, necesitaba tocarla con desesperación.

Cuando la dejaron preparada para pasar el resto de la noche, él se sentó de nuevo en el sillón, puso en práctica los muchos años de meditación, le agradeció infinitamente a su abuelo que le hubiese enseñado los ritos nativos y lo guiara en la búsqueda de su espiritualidad; hacía años que no lo ponía en práctica, pero en este momento le resultaba imprescindible. Con la mano de la Loba entre las suyas, se permitió cerrar los ojos y viajar hasta otra meditación en otro lugar, en otra vida.

 

A sus diecisiete años se sentía todo un hombre. Llevaba toda la vida cuidando de Byron y ahora cuidaba también de la Loba, tal y como todos habían aprendido a llamarla. A ella le encantaba. Le gustaba su papel, disfrutaba con ella, pero de vez en cuando necesitaba sus momentos de paz. Y ese era uno de esos momentos.

Tenía que meditar, necesitaba averiguar qué iba a hacer con su futuro, no sabía si seguir un programa de estudios indígenas. —La Comanche Nation College ya le había invitado— o salir de la reserva y asomarse al mundo de los blancos. También tenía una opción intermedia, podía cursar estudios americanos nativos en la OU, pero lo que realmente deseaba era licenciarse en Derecho. Tenía escondidas varias cartas de prestigiosas universidades que le invitaban a visitarlos. Podía escoger.

Sus notas eran extraordinarias; sus trabajos para la comunidad, encomiables, y destacaba en deportes.

También podría estudiar leyes en la OU, así no tendría que salir de casa y quizá en futuro trabajar para la BIA. Levantó la vista y vio a Byron de pie encima del caballo, con los brazos en cruz y el cabello al viento. Era una imagen hermosa, que dejaría de serlo en cuanto se rompiera la crisma.

Cerró los ojos y respiró, dejó que el aire circulara por su cuerpo mientras la música de sus ancestros ocupaba su mente, y se imaginó haciendo lo que más quería en el mundo. Allí estaba él, delante de un montón de gente defendiendo a su pueblo, a pesar de sus ojos azules, eso era algo que odiaba y no podía cambiar. Se concentró más en sí mismo y en su futuro.

Sintió una presencia que perturbaba su paz. Abrió un ojo y luego el otro y miró sorprendido.

La preciosa Loba Celta imitaba su postura sentada frente a él.

—¿Qué haces? —le preguntó directamente.

—Qué intento hacer —contestó él de mal humor.

—¿No puedes? ¿Cuál es el problema?

Él la miró levantando una ceja, pero sin responder.

—¡Ah, ya! Perdona. Es por mí, claro. Verás, es que te he visto aquí sentado, mientras Byron está divirtiéndose con su caballo, y he pensado que te pasaba algo, pero…

—Todos no somos como tú y tu Byron, que siempre estáis corriendo por ahí —le espetó malhumorado.

—¡Mírate! Si sabes decir más de tres palabras seguidas. ¿Me enseñas a hacer eso? ¿Es una costumbre de tus antepasados?

Jeremy cerró los ojos. No sabía qué sentía, pero sentía algo, sentía mucho en realidad, quería cogerla y… no, no podía, su abuelo…

—¡Pues vale! Y no es mi Byron, que te enteres —se quejó ella levantándose dispuesta a darse la vuelta y dejarlo de nuevo a solas.

Él abrió los ojos y la miró con enfado.

—¿Entonces por qué estáis siempre juntos? Desde que llegaste no os habéis separado ni un momento.

Ella se sentó de nuevo frente a él.

—Lo siento. No pretendía separarte de él.

Kawosa se encogió de hombros.

—No nos has separado. Si no estoy más con vosotros es porque no quiero.

—¿Y por qué no quieres? —indagó la chica.

—No me gusta veros juntos —le confesó él.

—¿Y por qué? ¿Tan mala te parezco? ¿Es porque no soy nativa?

—India o indígena si quieres, no digas nativa.

—¿Por qué?

—Eso se lo inventaron los blancos para hacernos creer que nos tienen en consideración, pero es solo un lavado de cerebro.

—Eres muy rarito, ¿sabes?

Él se encogió de nuevo de hombros.

Sí, lo sabía.

—No me has dicho por qué no te gusto.

—Yo no he dicho que no me gustes.

Roxie emitió una especie de gruñido.

—Me estás dando dolor de cabeza, ¿sabes?

Él se limitó a mirarla fijamente, quería leer en su alma.

—¿Y bien? —insistió la chica.

—Porque te quiero para mí.

Hubo un momento de tensión, Jeremy pensó que se abrirían los cielos y la tierra se hundiría bajo sus pies, pensó que tal vez ella saldría corriendo a decirle a su padre que le diera una paliza al idiota ese, pero nada de eso pasó. Ella le mantuvo la mirada y sonrió. En ese momento él se dio cuenta de que le había dado todo el poder, estaba en sus manos, y le encantaba; también sonrió.

—Se llama meditar, es bueno para el alma —la informó rompiendo el momento.

—¿Por qué? —continuó preguntando ella, como si no hubiera pasado nada, como si la tormenta que los había succionado hacía un momento no hubiera estado ahí.

—Porque te ayuda a conectar con los espíritus —le dijo muy serio, aún sin abrir los ojos.

—No jorobes, qué miedo.

Jeremy se rio, fue una carcajada limpia y corta que alivió la tensión.

—Serás capullo, ¡es mentira! —Él continuaba riéndose.

Una furia de cincuenta kilos se le echó encima dejándolo tirado en el suelo, él la sujetó e hizo algo que deseaba con toda su alma. La besó. Y no lo hizo despacio ni con cuidado, no había besado a muchas chicas, no era un experto, su pequeño primo sabía más de eso que él. Pero sí lo hizo con intensidad y con todo el deseo que tenía concentrado dentro. Ella se aferró a su pelo, Jeremy sintió cómo le tiraba de él mientras se lo enredaba en la mano. Las delgadas y fibrosas piernas de la chica lo atraparon y las manos de él fueron veloces a tocar ese culo que tanto había admirado.

Tardaron un rato en separarse jadeantes y con anhelos desconocidos por ambos.

—¿Por qué es bueno meditar?

—Eres muy preguntona.

—Contesta.

—Te ayuda a conocerte a ti mismo, a visualizar el futuro y a comprender lo que quieres, y, a veces, si eres afortunado y lo haces muy bien, tus deseos se cumplen.

Ella sonrió, seguro que era consciente de que su mayor deseo en ese momento era ella.

Oyeron el ruido de cascos acercarse, suponían que era Byron, así es que no se molestaron en salir de su abrazo.

—¡Ya era hora! Pero ahora no os vayáis a pasar todo el rato ñaca ñaca — les dijo el joven Caballo Loco.

—¡No seas idiota, Byron! —le gritó Jeremy.

Roxie se limitó a reírse hasta tener que sujetarse la tripa.

 

Kawosa volvió a mirar al por la ventana, apenas había dormido en toda la noche, la noche más oscura de su vida. El sol ya estaba ganando la batalla cuando la doctora, con cara de sueño, apareció por allí acompañada de varios enfermeros.

—Vamos a trabajar con ella, será mejor que se marche a descansar.

Jeremy no contestó, tan solo giró la cabeza en sentido negativo.

—Está bien, entonces baje a tomar un café o lo que quiera, pero no vuelva hasta la hora de la visita, ya hemos hecho una excepción dejando que se quedara esta noche. Esta situación se va a prolongar días, tal vez más, intente administrar sus fuerzas.

De nuevo no contestó, apretó la mandíbula y se acercó a Roxie, la besó en la frente.

—Sal de la noche oscura, por favor, vuelve conmigo —le susurró al oído.