Quererte así

Bela Marbel · Capítulo 15 de 25

Páginas del PDF

Quererte así

Capítulo 15

 

 

La tormenta

 

La joven pareja había decidido hacer senderismo por esa zona rural, aprovecharían que había algunas casas desperdigadas; quizá encontraran el lugar ideal donde formar una familia.

Durante el paseo habían visto pasar un helicóptero varias veces, uno de esos de búsqueda y rescate, algunos excursionistas eran muy imprudentes, pero no ellos, ellos siempre seguían los caminos.

El cielo comenzaba a cubrirse de nubes oscuras, lo hacía con rapidez, empezaron a plantearse volver o buscar refugio en alguna cabaña de la zona.

Desde donde estaban podían ver una casa enfrente, estaba bien situada ya que la carretera pasaba muy cerca, aunque un terraplén de bastante altura la rodeaba, eso era un inconveniente porque podía haber accidentes.

Llevados por la curiosidad se acercaron más y vieron pasar un coche patrulla por la carretera que tenía puestas las luces de emergencia; estaba claro que algo había pasado. Por la radio que siempre procuraban llevar conectada pudieron escuchar el aviso: había desaparecido una mujer, al parecer la habían retenido a la fuerza, se informaba del aspecto físico y se decía que la furgoneta en la que la habían introducido había sido encontrada cerca de esa zona.

La lluvia comenzó a caer.

Se abrazaron dispuestos a salir corriendo en dirección contraria, cuando algo llamó su atención. Entre los zarzales y las rocas que se veían en el terraplén, lo que parecía el cuerpo inerte de alguien descansaba en una postura forzada. Se quedaron paralizados, pero en ese momento el helicóptero volvió a batir las aspas por encima de sus cabezas, ambos salieron al claro y se pusieron a saltar y gritar intentando llamar su atención.

El agua ya caía a placer calándolos hasta los huesos, el viento que la acompañaba hacía más incómodos sus movimientos y difícil su intento de llamar la atención.

La mujer vació su mochila; una linterna frontal, un polar, un minibotiquín y por fin la manta térmica, con los dos últimos objetos salió corriendo hacia el lugar en el que la desconocida se hallaba atrapada. Los pies se le clavaban en el barro que había formado el agua. El chico, mientras tanto, ató varios pañuelos a sus palos de marcha nórdica y los clavó en el suelo, tras lo cual salió detrás de corriendo detrás de su novia.

 

Roxie no podía pensar con claridad, abrió los ojos y vio claramente un río que, repleto de agua, surcaba su cauce a gran velocidad, sintió la necesidad de alejarse corriendo de allí, le parecía que el cristalino líquido era capaz de tragársela, movió las manos con toda la fuerza que fue capaz de reunir mientras gritaba pidiendo ayuda. No podía ser, de nuevo sentía las muñecas enganchadas a algo, estaba segura de que se había librado de su agarre ¿cómo era posible que volviese a estar al principio? ¿La habían vuelto a atrapar? ¿La tenían retenida en ese agujero de nuevo?

¡Joder! Estaba segura de que había escapado, casi segura…

Tenía más dolores que antes, sobre todo en la cabeza, parecía que fuera a estallarle y no era capaz de pensar, miró hacia la derecha para evitar que las aguas la engulleran y distinguió el cambio en el paisaje, ahora estaba en un claro en la montaña, estaba rodeada de árboles majestuosos, se quedó mirándolos fijamente hasta que se percató de cada detalle, las copas de los más grandes eran como caras. —¡Dios! Debía estar volviéndose loca, no encontraba otra explicación— deformes, feas, aterradoras, se reían y entremezclaban dientes con ramas. Gritó de nuevo y, por un momento, unos segundos o tal vez horas, se vio rodeada de gente, no sabía qué le daba más miedo: si todos esos científicos locos de película de serie «b» que la rodeaban y trataban de calmarla o las caras de los malditos árboles.

Definitivamente escogía el agua. Empleó todas sus fuerzas para dirigirse hacia allí, y de repente la inconsciencia. Todo a su alrededor se apagó; la luz, el ruido, el miedo…

—Súbele el Propo, está demasiado despierta —indicó la doctora Ríos.

El enfermero ya estaba ajustando la sedación cuando la doctora se lo había pedido. Llevaban años trabajando juntos y se conocían a la perfección. Pensó en la Jane Doe recién llegada, seguían tratándola como a la desconocida número 19-1215, pero todos sabían que se trataba de la chica que había desaparecido tras un tiroteo en el centro de la ciudad. No obstante, hasta que alguien la identificara, seguiría siendo Jane Doe.

Era evidente que había sido retenida contra su voluntad; cuando llegó, y después de que el equipo de urgencias la estabilizara, la policía se encargó de quitarle las abrazaderas de plástico que asían sus muñecas a unas argollas, le habían dejado la piel en carne viva, y en ese momento ellos habían tenido que atarla para evitar que se hiciera daño.

La mantenían en un coma inducido de momento hasta que sus constantes fueran más estables y se hicieran con el control del dolor.

—Esa tensión no me gusta, sube la nora, quiero unos gases y… ¿dónde coño están los de banco?

—Si no te conociera diría que estás de mal humor, los resultados de la gasometría están en la historia, sacados de hace diez minutos, nora subida y banco justo detrás de ti.

—Perfecto —contestó Ríos buscando los resultados entre la documentación.

—Buenos días a todos, incluso a ti, doctora —dijo mientras tomaba la temperatura a la paciente y colocaba la bolsa de sangre para la transfusión.

—Sí, bueno —contestó esta, que siguió a lo suyo.

Roxie cometió el error de abrir de nuevo los ojos, el árbol más grande y viejo gritaba: «¿Dónde coño están…?»

¿El qué? ¿Qué era lo que quería? No podía entenderlo, vio mover a otra de las copas esas ramas en forma de boca para contestar. Tenía que mirar al río, se concentraría, vamos, vamos, se animó.

—Sigue alterada —informó el enfermero.

—Lo sé, Jake, pero con esa tensión… —contestó la doctora.

Jake afirmó en silencio y se acercó a la paciente. Puso una mano sobre la de ella y la acarició con suavidad.

—Vamos, cariño, tienes que calmarte, ayúdanos un poquito, ¿vale? Te prometo que cuidaremos de ti, tú solo descansa hasta que pase la marea.

Roxie sintió una paz repentina, el arrullo del agua le había llevado una voz hipnótica y llena de esperanza, la voz del descanso, la que le decía que dejarla de luchar. Alguien iba a cuidarla, alguien estaba con ella. ¿Jeremy?

Una enfermera en su primer grado entró corriendo al box, se la notaba alterada y parece que tenía razón para ello, ya que se oían voces desesperadas que provenían de afuera.

—Sigue haciendo tu magia, Jake, voy a ver si nuestra Jane Doe puede dejar de serlo de forma oficial.

 

Jeremy estaba desesperado por entrar y esos capullos no le dejaban, por un momento quiso ser Byron y dejarse llevar, arrastrar a todos esos patanes y pasar a la fuerza. Se conformó con dar un golpe en la pared, una pared que ya había sufrido unos cuantos. Los policías que esperaban con la misma cara de frustración que ellos, solo lo miraron con cierta envidia, ya que también habrían disfrutado dando algún que otro golpe. El personal de la Unidad de Cuidados Intensivos era la única ley allí. Una chica bajita había salido para decirles que estaban estabilizando a la paciente y que en cuanto estuviera todo controlado la doctora saldría a hablar con ellos. Y lo dijo como diez veces seguidas, cada vez que Johny, los policías o él mismo trataban de sacar algo de información.

—Señores —Jeremy se cogió la cabeza con las manos al escuchar esa irritante voz.

Chama Benson llegó a la sala de espera de Cuidados Intensivos, conduciendo hasta el 1923S Utica Ave, de Tulsa. El Hospital St. John no estaba nada mal, por lo menos a primera vista.

Un par de torres altas, unas ocho plantas, bien distribuido y a simple vista bastante limpio. La sala era amplia, miró a todos los allí presentes, Jeremy y su inseparable amigo y tres agentes federales; una mujer y dos hombres con sus trajes de saldo. Los habían llevado a esa sala, que era algo así como una sala de reuniones para los profesionales, dado lo delicado de la situación, no quisieron mezclarlos con el resto de los pacientes, o tal vez, los federales así lo habían exigido.

El guapito fue el único que se dirigió a él, los sabuesos del gobierno lo miraban con recelo y el afectado ni siquiera le dirigió un vistazo.

Johny se levantó al ver al agente Benson. Se dirigió hasta él y le tendió la mano. El indio estaba valorando todo lo que había a su alrededor, tenía los ojos entrecerrados, la barbilla ligeramente levantada y la boca en un rictus que ya había visto durante su entrevista en el hotel del casino, algo entre el fastidio y la grandilocuencia.

El policía se había quitado el sombrero texano y le daba vueltas entre las manos, lo agarró con una sola para poder saludarlo con la otra; un apretón fuerte pero no molesto.

—¿Es ella? —le preguntó directamente.

—Eso nos han dicho, pero no nos dejan verla. La están… —Miró a Jeremy antes de continuar— estabilizando.

Por la puerta que se mantenía abierta, entró una mujer completamente vestida de morado, era bajita y con algo de sobrepeso, sobre la nariz llevaba apoyadas unas pequeñas gafas de montura rojas, la seguía un chico que bien podría ser su nieto; alto, enjuto y de mirada esquiva, vestía camisa y pantalón formales con una corbata de color rojo, protegía el atuendo con una bata blanca, en su identificación lo presentaban como abogado.

Jeremy saltó de su asiento, apartó de un empujón a Johny y pasó entre los hombres del gobierno hasta situarse delante de la doctora con las manos en las caderas y las piernas abiertas.

—Soy la doctora Ríos, este es mi colega el señor… hum… —Desvió la mirada hacia el joven.

—Pinwother —aclaró él.

—¿Quién está al mando aquí? —quiso saber la mujer.

—¿Cómo está? Tiene que recuperarse y yo… necesito verla —contestó Jeremy mientras los demás trataban de hacer valer su rango.

—De acuerdo, pues usted. Acompáñeme —le indicó girando hacia la zona de hospitalización.

—Doctora, esto no es correcto —se quejó el más joven de los federales.

Ríos no hizo el menor caso, no era de las que perdía el tiempo, continuó su camino seguida por Jeremy.

Chama puso una mano sobre el brazo del que había protestado.

—Deles unos minutos, agente especial. —Lo de especial, le valió una aceptación velada.

—Yo les pondré al día, agentes, pero necesito ver identificaciones — objetó el joven abogado.

Todos sacaron la suya, Johny los miró con frustración porque como personal de seguridad privada no tenía derecho a estar allí realmente, no obstante, lo intentó con ella, los federales no prestaron atención, el joven se conformó con que todos tuvieran una. Chama lo miró con sorna, levantó una sola ceja —Johny siempre había admirado esa habilidad— y sonrió dando un paso al frente.

—De acuerdo, caballeros, no perdamos más el tiempo.

—Según las fotografías facilitadas a este hospital por la agencia federal, podemos confirmarles que nuestra Jane Doe es en realidad Roxanne Hunter. A falta de que la persona que ha entrado lo confirme de forma definitiva, momento en que se hará oficial. En estos instantes, por la información que me han dado los especialistas, se encuentra estable dentro de la gravedad. Hay que ver cómo evoluciona.

—¿Podemos interrogarla? —preguntó el agente de pelo cano.

Se oyó un gruñido al fondo de la sala, Johny se dio cuenta de que había sido él, y sintió la mano de Benson sobre su hombro.

—Todos queremos coger a quien haya hecho esto, no podemos andar con sutilezas; la chica que la protegía aún no sabe si podrá volver a caminar, y si quiere gastar sus energías tachándonos de insensibles, hágalo, pero no aquí, ni ahora, no podemos perder más tiempo.

A Johny le habría gustado encararse con él, pero se dio cuenta de que el joven federal tenía razón.

Los acontecimientos se habían sucedido con tanta rapidez que no había vuelto a pensar en Jenny, se sintió culpable y miserable. Apretó la boca y asintió aceptando el golpe.

—En cualquier caso, me temo que no va a ser posible, está en coma inducido, y antes de que sugieran la posibilidad de retirarlo, les diré que en este momento no es posible, sería demasiado peligroso y, además, ahora mismo lleva respiración asistida, ya saben: un tubo en la boca que…

—Creo recordar que usted no es médico, no puede valorar la situación — le interrumpió la agente.

—En realidad sí lo soy, en este momento represento la parte legal pero sí, también soy médico. Ya saben: un prodigio y todo eso. —Sacó una tarjeta que le entregó al federal de más edad, pensando que era el agente al cargo.

La mano de la mujer se interpuso.

—En realidad esto es para mí, ya sabe: un prodigio y todo eso. —También ella sacó una del bolsillo interior de la chaqueta y se la dio—. Llámeme en cuanto podamos hablar con ella, aunque estaremos pendientes, en cualquier caso. Y ahora, queremos conversar con los sanitarios que la trajeron hasta aquí.

—Sí, claro —contestó el joven con un tono admirativo—. Pueden hablar también con los chicos que la encontraron, están en urgencias, nada grave, una ligera hipotermia y el susto.

—Gracias, ya nos hemos encargado de eso, de hecho, ya no están en su hospital. —Le dio una palmada en la espalda y le dedicó una sonrisa petulante —. Detrás de usted.

Los tres salieron de la habitación llevándose su aire de autoridad y a un geniecillo empollón bastante impresionado.

—Se lo va a merendar —comentó Chama.

—Y escupirá sus restos —afirmó Johny.