Quererte así

Bela Marbel · Capítulo 6 de 25

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Quererte así

Capítulo 6

 

 

Con todo en contra

 

Estaban el piso protegido en el que custodiaban a la víctima y testigo, el dinero lo ponía la fiscalía, nada de programa de protección de testigos del FBI. Stuart se había metido hasta el fondo y no quería interferencias, menos sabiendo que un juez federal estaba implicado. Recelaba de todo su entorno.

El indio no le gustaba, lo consideraba prepotente y ofensivo, pero podía fiarse de él, de hecho, confiaba más en él que en su propio equipo.

La chica salió de la habitación del fondo, vio cómo daba un involuntario paso atrás al ver a los allí reunidos. Se rodeó con los brazos como intentando protegerse. Era algo normal en las víctimas de violación, pero en la mirada de Lucy había algo más, algo que sustituía la derrota y humillación habituales. Un punto de rebeldía que se ponía especialmente de manifiesto cuando lo miraba a él.

Stuart era consciente de su parecido físico con los agresores, especialmente con el que fue más cruel, el cabecilla.

Siempre había un cabecilla, un líder que llevaba a los demás por donde quería, lo sabía porque él era uno de ellos, lo era desde siempre, en el instituto: delegado de clase, quarterback del equipo de fútbol, rey de todos los bailes… y siguió en la universidad, semiprofesional en deportes, jefe de debates, las mejores notas, una ambición desmedida y, por supuesto, mujeres por todas partes, chicas a las que no valoraba, a las que nunca quiso. Él sabía que venía con un defecto de fábrica, tenía el corazón de hielo, no era capaz de amar. Había querido a sus padres, sentía afecto por su tía que vivía en una residencia en Los Ángeles, apreciaba a sus compañeros de trabajo, pero nada más intenso que eso.

Le hubiera gustado poder echar la culpa a algún trauma, pero no era así, su infancia fue feliz; su adolescencia, idílica, y su juventud, plagada de éxitos.

La chica miró con anhelo la puerta de la habitación de la que acababa de salir.

Él estaba de pie junto a la ventana; Kin se hallaba al lado de ella, era la que hacía ese turno de vigilancia dentro de la casa; George y Jeremy estaban sentados en el sofá; finalmente, Johny Guitar estaba apoyado en la puerta de entrada con lo que parecía la funda de una guitarra colgando a su espalda.

—Lucy, estos son Jeremy y Johny, nos van a ayudar con el caso. Como ves son nativos, lo que nos dará ventaja en el tribunal y ayudará a que los tuyos se pongan de tu parte, después de todo el chico indio tiene mejor reputación que tú. —La joven se limitó a mirarlo con cara de rabia contenida y dolor.

—Lo que este alcornoque ha querido decir es que vas a necesitar toda la ayuda posible. Si no hubiese implicado otro de los nuestros, por lo menos nos aseguraríamos el apoyo de la Nación Comanche, pero así… estarán divididos.

—Jeremy remarcó la palabra nuestros intentando molestar al ayudante del fiscal, pero este se limitó a levantar los hombros.

—Que lo digas más dulcemente no cambia los hechos —se quejó mientras se acercaba a la mesa que llenaba gran parte del salón.

Retiró una silla y le indicó a Lucy que se sentara. Ella dudó y miró a George.

El ranger se levantó y se sentó en la silla que Stuart había dispuesto.

—Gracias, Stu. ¿Quieres sentarte aquí, Lucy? —le preguntó a la chica, retirando la silla que tenía más cerca.

Stuart volvió a encogerse de hombros y se acomodó en el lugar más alejado de la mesa.

Lucy se acercó despacio a George y le habló en comanche.

—Por desgracia, Lucy, el ayudante es un mal necesario —confirmó el ranger.

Jeremy se dirigió hacia la mesa y se sentó flanqueando el otro lado de la joven. Lucy se encogió en su silla. Kin se acercó a ellos.

—Jeremy, ponte cerca del fiscal por si te tiene que pasar notas, yo me sentaré al lado de Lucy. —Kawosa la entendió a la primera y se movió hacia Stuart.

—Te han subido el rango, amigo, esta chica escala posiciones a pasos agigantados —bromeó quitando gravedad al momento.

—Sí, ya ves, es posible que el jefe se jubile pronto, y estoy bien situado.

—Y esto te ayudará.

—O me hundirá.

—¡Dios no lo quiera! —La batalla dialéctica terminó con la intervención de Kin.

—Señores, no estamos aquí para que se midan sus… atributos.

—Nunca está de más, no obstante, tenemos un verdadero problema si no confías en ninguno de los abogados que representan tus intereses. —Stuart se dirigió directamente a Lucy.

—En eso estoy de acuerdo con él —confirmó Jeremy.

Lucy se retorcía las manos por debajo de la mesa, estaba bloqueada, siempre que veía al ayudante del fiscal volvía el infierno y su mente se paralizaba. Había pasado ya bastante tiempo de los hechos, incluso llegó a rehacer su vida, mientras otros luchaban porque su causa siguiera adelante. George se empeñó en sacar algo bueno de todo eso; en realidad, en su momento, ella solo quiso olvidarlo y continuar. Cuando leyó el libro que el ranger dejó en su buzón, todo cambió, odió la resignación que suponía su postura y se decidió a luchar, pero, aunque siempre supo que sería duro, no imaginó hasta qué punto. La persona que debía meter entre rejas a los agresores era como ellos.

Su cuerpo se inundaba de rabia con solo mirarlo; rabia y miedo, era irracional, era como aquellos que temían a los nativos solo por serlo, lo sabía y, aun así, no podía evitarlo. Se dio cuenta de que le temblaba todo el cuerpo.

Sintió el calor de la mano de Kin sobre las suyas. La voz de barítono del ayudante del fiscal la atravesó, acelerando más sus pulsaciones.

—Comencemos, cuéntanos qué pasó la noche de autos.

—Lo he contado muchas veces —susurró.

—Y lo contarás muchas más —le contestó Stuart.

—Es la primera vez que yo te voy a escuchar; si me convences a mí, será que puedes convencer a los nuestros, si no, lo trabajaremos, tranquila — intervino Jeremy.

Entonces ella hizo algo que ninguno esperaba. Se dirigió directamente a Stuart, mirándolo a los ojos sin amilanarse.

—¿Usted me cree? —le preguntó.

—Lo que yo crea no importa.

—A mí sí.

—¿Por qué?

—Si no me cree, ¿cómo va a luchar sabiendo que meterá a unos chicos inocentes en la cárcel?

—Sé que no son unos chicos inocentes, y ahora, comencemos. Voy a grabar la conversación. —Apretó la tecla y dijo la fecha y el nombre de los allí reunidos.

Y entonces, el infierno comenzó una vez más.

 

Una vez acabada la reunión, Jeremy y Johny fueron directos a Wellstone, al bar de la Loba. Ella no estaba allí. Se sentaron a una mesa de los reservados.

Una camarera se acercó hasta ellos.

—Hola, jefe —saludó a Jeremy—. Hace mucho que no te veíamos.

—Sí, así es.

—Y tú eres… —La morena se dirigió a Johny, que estaba acomodando su guitarra cerca de él.

—Tu más fiel admirador —contestó este, la chica se rio como una hiena.

—¿Qué te pongo, jefe?

—Cerveza. Como Roxie te escuche llamarme así, se va a enfadar.

—Lo sé. —De nuevo se rio.

—Cerveza sin alcohol para el jefe.

¿Y para ti?

—A mí ponme una cerveza de verdad y una sonrisa.

La chica estiró sus labios todo lo que le dieron de sí, y la molesta risa salió una vez más a la superficie. Se dio la vuelta y se dirigió a la barra moviendo el trasero enfundado en unos vaqueros ajustadísimos.

—Parece que ya tienes plan para esta noche —se mofó Jeremy.

—No, gracias.

—¿No?

—No.

—¿Y puedo saber por qué?

—Su risa.

—Tus excusas son cada vez más extravagantes.

El otro se encogió de hombros por toda respuesta.

Una vez con las bebidas en la mesa, Johny hizo la pregunta que estaba en el aire.

—¿La crees?

—Sí. ¿Y tú?

—También, pero me cuesta admitir que uno de los nuestros haya tenido algo que ver con esto.

—Existe en todas las culturas, Johny.

—Pero esto es algo más que una violación, se trata del derecho que creen tener de poseer a nuestras mujeres, de tratarlas como basura.

—No son vuestras mujeres, Johny, son mujeres y punto —les interrumpió la voz de Roxie.

Ahí estaba ella, tenía mala cara aún, pero era evidente que se había recuperado lo suficiente como para atacar. Jeremy se dio cuenta enseguida de la actitud combativa y apretó los labios; estaba cansado.

—Loba, hacía mucho que no tenía el placer de verte. —El aludido se puso de pie para abrazarla.

—Johny, estás tan guapo, como siempre. Por cierto, deja en paz a mi personal, ¿de acuerdo?

—Sí, señora. ¿Te sientas con nosotros? —la invitó.

—No, tengo trabajo, solo me he acercado a saludarte, y, por cierto —giró la cabeza para mirar a Jeremy—, te ha llamado tu ayudante, quiere que te pongas en contacto con ella.

La forma en que lo dijo evidenció rápidamente cuál era el problema, pero él no iba a volver a tener aquella conversación, lo expuso muy claramente la única vez que habló de ello.

—Gracias —le contestó.

Roxie se dio media vuelta dispuesta a desaparecer, cuando un grupo de jóvenes que se tapaban la cara con pañuelos y cascos entró en el bar.

Jeremy y Johny se levantaron y fueron hacia ellos con rapidez, igual que alguno de los moteros que estaban jugando al billar, pero ninguno fue tan rápido como Roxie.

Subida encima de la barra con la escopeta apoyada en el hombro, apuntando al que le pareció el líder, los amenazó:

—Si pensáis por un segundo que esto puede acabar bien para vosotros, estáis muy equivocados.

Jeremy vio entrar a los guardias de seguridad de la puerta, ya hablaría luego con ellos. Los chicos se miraron entre sí, no soltaron los palos, pero retrocedieron hasta chocarse con los hombres de Jeremy.

—Dejadlos salir, no quiero líos aquí.

—Tenemos que saber quién los manda —la interrumpió Kawosa.

—Me da igual quién lo haya hecho, esto se acaba aquí y ahora. ¡Largo!

Los guardias se apartaron y los chicos salieron sin quitar la vista de la escopeta. Antes de cerrar la puerta, el mandamás le dijo:

—Te tengo en mi lista, zorra.

Varios grupos salieron tras los asaltantes, pero no Jeremy, él se acercó a Roxie. Ella desvió la escopeta apuntándola al suelo.

—Tengo que dejar de cabrearte.

—Harías bien en recordarlo. —De un salto bajó de la barra quedando frente a él.

—¿Has tenido problemas en el bar últimamente?

—No —dijo apoyándose en el arma.

—¿Está cargada? —le preguntó.

—¿Tú qué crees?

—Preferiría que la guardaras —le pidió mientras sacaba el teléfono del bolsillo.

—¿A quién llamas?

—A Justin, hay que denunciarlo.

—Kawosa, esto es un bar, en los bares hay peleas, estas cosas pasan.

—Esos venían buscando algo más que pelea. Prefiero que me llames Jeremy —le pidió.

Ella levantó la vista extrañada, era algo que le había dicho otras veces.

—¿Por qué otros pueden llamarte así y yo no?

—Porque solo a ti tengo ganas de tumbarte y hacerte el amor cuando lo dices.

—Ambos se quedaron paralizados por la declaración.

—Sabes que aún tengo la escopeta en la mano, ¿verdad? —le atacó ella.

—No coge el móvil —contestó haciendo caso omiso de la amenaza de Roxie. La puerta se abrió y entró el sheriff, como si lo hubiesen conjurado.

Justin se fijó en la escopeta que portaba Roxie, sabía que la guardaba bajo la barra, justo al lado de un bate de béisbol. El por qué se había decidido por el arma más contundente, tendría que averiguarlo.

—Nunca la ley en este pueblo fue tan rápida.

—Tú no eres de este pueblo, Jeremy.

—Mi corazón vivía aquí.

—Hace ya mucho de eso.

—¿Quieres una cerveza, Justin? —le preguntó la Loba.

—Quiero que me digáis qué ha pasado aquí y por qué un grupo de motoristas y parte de tu equipo han salido detrás de no sé muy bien quién y varios de mis coches están ahora en una persecución.

—Nosotros no somos los malos, sheriff.

—¿Qué ha pasado?

Roxie dejó una taza de café sobre la barra, Justin la cogió y le dio un trago.

Adoraba ese café.

—Han sido unos gamberros. Como le he dicho aquí al abogado, esto es un bar, y en los bares, a veces, pasan estas cosas.

—Un grupo de jóvenes ha entrado engañando a mis hombres, portaban palos y cadenas, venían a asustar.

—Pero el susto se lo han llevado ellos, y como los cojan van a arrepentirse de su travesura —se rio Roxie.

—Has elegido la escopeta, si pensaras que es una simple gamberrada de chicos, te habrías decantado por el bate —le dijo Justin.

Jeremy levantó la ceja y afirmó en señal de aceptación.

—Había demasiada testosterona en el ambiente, he tenido que ponerme dura.

—En cualquier caso, voy a tomar declaración a todo el mundo.

—Justin, me estás asustando a la clientela —se quejó ella.

—Últimamente te juntas demasiado con la pelirroja.

Roxie sonrió al verlos ahí, parados el uno al lado del otro, ambos juzgándola, recordó el mote que la pelirroja les había puesto. El estúpido y el infeliz. A punto estuvo de decirlos en voz alta.

Johny entró en el bar frotándose los puños. Frenó en seco cuando vio al sheriff.

—Ayudante —le saludó para irritarle.

—Johny, Johny, Johny… te duelen los puños ¿eh?

—En realidad no. —Se metió las manos en los bolsillos.

—¿Te has peleado con alguien?

Las puertas se abrieron de nuevo y entró un grupo de hombres, Justin pudo distinguir a uno de los guardaespaldas de Jeremy y a los dos hombres de seguridad del bar, faltaba el más peligroso a su juicio, el nativo mexicano, por otro lado, los demás mostraban también signos de haber participado en lo que fuera que había pasado.

Sonó la radio que llevaba enganchada en el hombro.

—Señor, hemos conseguido parar a un grupo de moteros, pero no hemos encontrado nada de interés, afirman que no perseguían a nadie, estaban… admirando el paisaje.

—Ya, bien, déjalo. Tengo justo enfrente a los que buscamos —cortó la comunicación y se acercó al más grande.

—¿Puedo saber cómo te has hecho eso de la cara? —le preguntó señalando el mentón amoratado con un gesto de cabeza.

Breakbones se acarició el golpe con la manaza.

—Tuvimos diferencias de opiniones —mintió Johny.

—Dejadlo ya —les ordenó Jeremy—. Justin será mejor que hablemos en un lugar menos concurrido.

Justin dudó, tenía muchas ganas de llevarse a ese par a comisaria, pero no iban a decirle la verdad ni en cien años.

—Me conformaré con el pez gordo —soltó.

Jeremy se rio y se dirigió a sus hombres:

—No os mováis de aquí y, después, acompañadla a casa. —Eso hizo que el sheriff frenara en seco.

—¿Qué coño está pasando, Kawosa?

—Ten cuidado con el nombre por el que lo llamas, o puedes encontrarte en una situación… comprometida. —Roxie terminó su chanza con una risa exagerada.

—Eso solo te afecta a ti —le contestó Jeremy.

—Te equivocas, a mí ya no me afecta —le respondió ella.

Kawosa se acercó a la barra y se encaramó para acercar su cara hasta que sus respiraciones se mezclaron. La Loba no retrocedió ni un centímetro.

—Puedes estar tranquila, cuando dije que se acabó, lo decía en serio. Sienta lo que sienta, se me pasará con el tiempo.

Se dirigió a la puerta seguido por un estupefacto sheriff que los miraba a todos con recelo.

Roxie sintió que el corazón se le cuarteaba y se partía en pequeños trocitos, estaba enfadada por la llamada de la idiota, pero después de la noche que habían pasado pensaba que tal vez… No sabía ni que pensar. Él era valiente, siempre, reconocía sus sentimientos y los enfrentaba, de una forma u otra. Ella no. Le resultaba imposible pensar en volver a pasar todo lo que pasó en su día: las noches sin dormir esperando a que llegara a casa, el móvil sonando a cada momento y siempre Clare al otro lado de la línea, los aniversarios olvidados… esos aniversarios tontos que les gustaban antes. Su favorito era el del día que descubrió que su sabor preferido era la fresa. Cada día seis, Jeremy inventaba una forma diferente de degustar la fresa en ella. Hasta que un seis de marzo, lo olvidó y ella se comió una tarrina de helado a solas. Casi podía decir que aquel fue el principio del fin.

Johny se acercó a la barra seguido de Breakbones.

—Loba… parece que vamos a pasar un tiempo juntos, como antes —le dijo.

—Pues va a ser que no. No me importa lo que te haya dicho tu jefe, yo no soy de su propiedad, por tanto, tú no vas a seguirme a ningún lado.

—Sí, bueno. Denúnciame.

—A lo mejor te pego un tiro… otra vez.

La carcajada del grandullón retumbó en todo el bar.

—No tiene gracia, dolió ¿sabéis? —les recriminó.

—Sí, bueno. Denúnciame —le contestó ella mientras colocaba pequeños vasos de chupito en la estantería.

—Loba, esto es serio, el caso en el que está metido tu marido implica a gente importante, hasta que podamos descartar que esto tenga algo que ver con ellos…

—En primer lugar —le interrumpió ella—, no es mi marido; en segundo lugar, si la cosa es así, cuanto más lejos de mí estéis todos, mejor.

—¿Alguna vez has pensado en el daño que puedes llegar a hacer solo con palabras? —contraatacó Serpiente.

—Chicos, ya está bien, no vamos a discutir. Pon unas cervezas.

—Mira ese cartel, grandullón. —En él, ponía «RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN».

—Tendrás que usar esa escopeta —contestó él.

La Loba se dio la vuelta con rabia y fue a encerrarse en el almacén, necesitaba pensar. No, lo que necesitaba era dejar de sentir.