Quererte así
Capítulo 5
Senderos
Se arrebujó bajo la manta, comenzaba a hacer frío. Le encantaba la época del año previa a la Navidad. Dentro de poco comenzaría a comprar regalos y decorar, tanto el bar como la casa. Sus padres habían sido católicos y, a pesar de que vivía en Estados Unidos desde hacía muchos años, seguía con esa tradición; cuando estaba casada con Jeremy, él solía ayudarla, y después, se implicaba siempre de algún modo. Pero ese año sería diferente, ahora estaban separados de verdad, y ella tenía gripe por primera vez desde que era una adolescente.
El timbre del teléfono comenzó a sonar. Lo descolgó con pereza. Escuchó su propia voz, normalmente ronca, casi de ultratumba.
—¡Prepárate!
—Nat, ten compasión de mí, estoy enferma, ¿puedes bajar un poco tu nivel de energía?
—Se te oye como si estuvieras muerta.
—Eso es porque lo estoy, casi.
—No importa, ahora solo importa una cosa.
—Tampoco tengo ganas de jugar a las adivinanzas.
—Está aquí.
—¿Quién?
—Tu ex.
Roxie se incorporó de golpe, la manta cayó al suelo y, con mano temblorosa, dejó la taza de té sobre la mesilla.
Kawosa había vuelto, no había estado por allí ni tampoco había llamado desde que se despidió. Sabía que George había intentado que le ayudase con el caso de la chica indígena, pero pensó que nunca aceptaría, ese ya no era Jeremy, sus luchas ahora eran más a golpe de talonario y poder. Seguía siendo un ídolo para los nativos, por las confrontaciones que había mantenido anteriormente y por el dineral que seguía dejando caer en la comunidad, pero hacía muchos años que no bajaba a pelear a las cloacas. Ese era Kawosa, el hombre del que se enamoró perdidamente. El chico del que se enamoró perdidamente, en realidad.
—Roxie, ¿sigues ahí? —La pelirroja interrumpió sus pensamientos.
—¿Ha venido por el caso?
—Sí, pero no tardará en ir a verte, ya lo verás.
—¿No tardará? ¿Cuándo llegó? —Estaba allí y no la había llamado, ni la había visitado en el bar. Una señal más de que esa vez era para siempre, eso la hizo sentir peor de lo que lo hacía la fiebre.
—Estuvieron unos días en Houston y ahora está aquí, en Wellstone.
—¿En el hotel?
—No, en casa de Candy. Si Jack levantara la cabeza, se moría otra vez, sin duda.
—Ya, claro, es normal, está con su primo. Pero Byron no me ha dicho nada y he hablado con él hoy mismo. ¿Estás segura?
—Segurísima. Oye, ¿te estás alimentando bien? ¿Quieres que te lleve un caldo de pollo o algo así?
—Me he pedido una pizza.
—Deberías tomar caldo —se quejó Nat.
—Ya.
—¿Te duele? —quiso saber.
—Un poco la garganta, pero es más malestar general y fiebre.
—Me refiero a que no se haya puesto en contacto contigo.
Tardó un poco en contestar, porque prefería negarse la verdad incluso a ella misma. Finalmente se sinceró, quizá la fiebre la hacía hablar de más, no lo sabía, no solía estar enferma.
—La verdad es que sí, mucho, demasiado. Tal y como me recuerda Byron, es mi elección.
—¿Quieres que vaya al rancho Shaw a ver qué se cuece? —le ofreció.
—Eres un tormento, pero la mejor y más leal de las amigas.
Un mensaje sonó en su móvil. Era Candy.
CANDY_17:45
Me ha dicho Byron que estás con gripe, he preparado caldo de pollo, te lo llevo
en cinco minutos.
—Candy me acaba de mandar un mensaje.
—¿Te ha dicho lo del estúpido?
—No es estúpido.
—No claro, contigo no, contigo solo es un capullo. ¡Hombres! Le voy a dar una buena a Mandy por no decirte que está aquí.
Habían pasado varios años desde que Candy y Nat se conocieron, a pesar de haber forjado una gran amistad seguían comportándose como el perro y el gato.
—Gracias por llamar, Nat. Voy a tomarme algo para el dolor de cabeza y a acostarme en cuanto me zampe la pizza. Mañana hablamos.
—No sufras por él, estoy segura de que recapacitará y, además, lo estará pasando fatal por no ir a verte. Se lo merece.
—Gracias, pelirroja.
—¡Serás capulla! Yo que te llamo… —Roxie le colgó con una sonrisa en los labios.
Nat siempre terminaba haciéndola reír.
Sonó el timbre de la puerta y, antes de abrir, le mandó un mensaje de vuelta a Candy, la verdad era que estaba algo resentida con ella. Debería haberle avisado de que Jeremy estaba aquí.
¿Acaso no eran amigas? ¿No era eso lo que hacían las amigas?
ROXIE_17:55
«Gracias, no hace falta, acaba de llegar mi pizza».
Dejó el móvil sobre la mesita de café con desgana y se arropó bien con la manta, como si fuera una bata. Se sonó con fuerza los mocos de la nariz y tiró el pañuelo a la papelera que había dejado al lado del sofá.
Abrió la puerta y vio al chico de las pizzas. Era tonta, había llegado a pensar que era él, sí, como en las novelas, solo que no era una novela; él llevaba aquí varios días y no se había interesado por ella. Cogió el paquete, lo dejó sobre un mueble, pagó al joven y cerró la puerta.
Apenas había dado un pasó cuando recordó que no le había dado propina, rebuscó por el cajón de la consola de la entrada y cogió lo primero que vio, un billete de diez, excesivo, pero se lo merecía por tener que haberla visto con esa cara. Abrió la puerta de golpe y se chocó con una fuerza inamovible. Un cuerpo, un hombre, bastante más grande que el pobre chico. No pudo reconocer el aroma, su olfato estaba totalmente atrofiado, pero su tacto… era él, con varios días de retraso, pero ahí estaba.
Jeremy tuvo que agarrarla porque había perdido la estabilidad al caer sobre él. Se la veía terrible, la nariz roja, los ojos llenos de lágrimas, la piel pálida y sudorosa. Candy estaba en lo cierto, su Loba estaba enferma. Se había propuesto no ir a verla expresamente, tal vez coincidir con ella de manera accidental, o si iba al bar con su primo o algo así, pero al saber que se encontraba tan mal como para no ir a trabajar, no lo pudo resistir, cogió la sopa de las manos de Candy y fue directo a su casa.
—Será mejor que te eches en el sofá, tienes mal aspecto.
Ella quiso separarse de él bruscamente, en el intento le estornudó encima. Sacó del bolsillo un pañuelo de papel y se lo restregó por la pechera del abrigo.
—Lo siento, te he manchado.
—Eso parece, ¿puedo pasar? —Roxie se alejó de la puerta y fue hasta el sofá.
Jeremy se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero, llevaba uno de sus trajes de trabajo, uno de esos que ella odiaba.
Y mocasines.
—Te he traído caldo. —Fue hacia la cocina y volvió con una cuchara y un cuenco con el humeante guiso dentro.
Ella había cogido un trozo de pizza y se lo estaba comiendo con una mano, mientras con la otra se limpiaba la goteante nariz.
—No sé qué os ha dado a todos con el caldo, prefiero mi pizza; si quisiera caldo me lo habría hecho yo misma.
—No sabe igual cuando te lo hacen para mimarte, tú me lo dabas a mí ¿recuerdas?
Por toda respuesta, Roxie tiró el trozo de pizza en la caja.
—Se me ha quitado el apetito —se quejó.
Jeremy se armó de paciencia y se acercó hasta ella, se había quitado la chaqueta y la corbata y remangado la camisa, había desabrochado varios botones de esta. La Loba tenía la mirada fija en ese triángulo de piel, él lo notó, la pasión seguía crepitando entre ellos como siempre. Levantó la manta por una esquina y se sentó en el sofá junto a ella, se tapó como si también él sintiera frío: no, no era frío lo que sentía en ese momento.
—Prueba un poco de sopa —le ordenó acercándole una cucharada a la boca.
—No seas absurdo, puedo comer sola.
—Pues empieza.
Roxie cogió el cuenco y comenzó a tomar el caldo, le sentó bien, le entraba mejor que la pizza; desde luego, se le había olvidado lo que era que alguien la cuidase. Tenía amigas, pero no familia, y no era lo mismo. Sus padres habían muerto, primero su padre en España, cuando aún era una niña; luego su madre en la reserva, siendo ya adolescente, y hacía varios años, su padrastro.
Cuando su padre murió, su madre y ella viajaron a Estados Unidos con la señora de la casa en la que trabajaba su madre, una americana excéntrica que no tenía familia. A los pocos años murió dejándoles lo justo para sobrevivir unos cuantos meses, su madre comenzó a trabajar en una cafetería y un día entró un indio muy grande vestido de vaquero, y con plumas en el trenzado cabello. Su madre siempre le contaba que fue amor a primera vista, a los tres días estaban viviendo en la reserva de Oklahoma donde también ella encontraría el amor, su alma gemela, su águila. O eso pensó.
—¿Está rica? —se interesó Jeremy.
—No lo sé, no detecto sabores ni olores.
—Están íntimamente relacionados.
—¿Quién?
—El olfato con la capacidad de notar los sabores.
—No lo hagas.
—¿El qué?
Ella tomó una última cucharada y dejó el cuenco sobre la mesilla de café. Se recostó en el sofá, se tapó bien con la manta y cerró los ojos.
—Contarme cosas absurdas, me encantaba que lo hicieras.
—Y a mí hacerlo, me sigue gustando en realidad.
—Pues no lo hagas.
Roxie notó que se levantaba, el frío que dejó en el hueco del sofá fue aterrador.
—Sé que no tengo derecho a pedírtelo, pero quédate, por favor, solo esta noche —le susurró.
—Solo voy a dejar esto en la cocina, me quedaré, te cuidaré siempre.
Ella respiró despacio con tranquilidad, Jeremy observó cómo le volvía algo de color a las mejillas, sería por la sopa, aunque prefería pensar que tenía que ver con él.
Roxie sintió algo fresco en la frente que le alivió el dolor de cabeza, las manos de Jeremy le acariciaban los pies tal como a ella le gustaba y se quedó dormida.
Se despertó en medio de la madrugada, por la ventana apenas entraba la luz de la media luna que pendía del cielo esa noche. Sintió mucho calor y un peso sobre su cuerpo, intentó moverse, pero le fue imposible. La cabeza comenzó a funcionarle de repente, ese cuerpo que se rozaba con el suyo, ese brazo que descansaba sobre su cintura, las largas piernas enredadas con las propias, el pecho que protegía su espalda, todo era conocido, siempre habían dormido así, hasta cuando se enfadaban; no se hablaban, pero se abrazaban, y era algo que no habían hecho durante los últimos años, ella siempre lo echaba después de hacer el amor, o lo que fuera que hicieran si no era amor.
No se había dado cuenta hasta ese momento cuánto echaba de menos esa intimidad, reconocer cada rincón del cuerpo del otro, sentirse tan cómoda como con su propia piel. Estar completa y a la vez vacía.
Pensó en despertarlo, pero no pudo, necesitaba eso, ya pensaría mañana, —sí, mañana—, en ese momento solo quería dormir.
Jeremy sentía cosquillas en la nariz, intentó apartar lo que le picaba y notó el corto cabello de la Loba acariciando su rostro. La Loba abrió los ojos de golpe, su mente procesó todo lo que había pasado la noche anterior, en realidad casi nada, pero fue fantástico. Ella le pidió que se quedase, esa vez no se revolvió contra él, claro que no había habido sexo. Le acarició el brazo con los dedos recordando cómo se había quedado dormida mientras él le masajeaba los pies. Después de un rato observándola la tomó en brazos y la llevó a la cama, su intención era acostarse en el sofá, pero era tan tentador estar así de cerca. Se había desnudado y acostado abrazándola, como antes, como siempre. Y había sido la mejor noche desde hacía mucho tiempo.
El teléfono que había en la mesilla comenzó a sonar y él estiró el brazo para contestar.
—Jeremiah Hunter.
—¿Perdón?
—¡Joder! De verdad que eres un grano en el culo, pelirroja.
—No me lo puedo creer, son las ocho de la mañana ¿se puede saber qué haces ahí a estas horas? ¿Dónde está Roxie? ¿Qué le has hecho?
Jeremy decidió divertirse un poco.
—Está aquí a mi lado, en la cama, durmiendo, pero me alegro de que hayas llamado. ¿Está George contigo? Tenía que hablar con él de todas formas.
—¿Quién es? —La voz rasposa de la Loba lo puso a cien; Sí, así era como sonaba por las mañanas, como un sueño erótico.
—Tu amiga Natali.
—Oh…
—¡Dios mío! ¡Te has aprovechado de ella estando enferma! ¡No me lo puedo creer! Eres aún más rastrero de lo que imaginaba. ¡Jorge!
—Parece que se ha enfadado, está hablando en español.
—Dios, me va a freír a preguntas —le contestó poniéndose la almohada sobre la cabeza.
—Toda tuya, voy a preparar el desayuno. —Se levantó de la cama en todo su esplendor.
Roxie no pudo evitar observarlo, con el teléfono en la mano, pero sin contestar a los gritos de la española.
Seguía teniendo un culo perfecto, unas piernas largas y fibrosas y una espalda… recordaba perfectamente lo que era pintar en esa espalda, le encantaba hacerlo. Se mordió el labio justo cuando él se dio la vuelta buscando su ropa. Su excitación matutina no había perdido poder. Tragó saliva y se llevó el teléfono a la oreja, quizá la voz de su amiga la sacara del trance. Jeremy sonreía mientras se ponía el calzoncillo, slip, negro, clásico, como él. Se colocó los pantalones y, tras acomodar su erección, los abrochó. Lo vio acercarse a la cama e inclinarse para darle un beso, rápido, tierno, dulce… Sin decir nada salió de la habitación.
—Hum… —Se le escapó un suspiro.
—No me lo puedo creer ¿no estabas enferma? ¡Te lo has tirado! —la acusó.
—No, no lo he hecho, pero si lo hiciera no es asunto tuyo.
—¿Tengo que recordarte lo que has estado sufriendo estos meses?
—No, gracias, no es necesario. Solo ha dormido aquí, me trajo caldo, me dio un masaje en los pies y ahora me está haciendo el desayuno.
—Oh…
—¿Oh? ¿Qué significa eso?
—Es peor de lo que imaginaba, te está cortejando.
—No seas absurda, somos mayores para eso. Además, estuvimos casados y ahora estamos separados, no hay lugar para cortejos.
—Pero te gusta, ¿eh?
—Mucho.
—Ten cuidado —le aconsejó.
Jeremy entró en la habitación empujando la puerta con la cadera, en las manos llevaba una bandeja y, en la cara, la mejor de sus sonrisas.
—No puedo —le contestó, y colgó.
—¿Todavía hablabas con Nat? —indagó mientras dejaba la bandeja con el desayuno encima del regazo de la joven.
—Sí, me ha hecho un tercer grado. —Se acomodó apoyándose bien en el cabecero de la cama.
—Zumo, tostadas, café y huevos. ¿He salido muy mal parado? —le preguntó mientras se recostaba a su lado. Cogió la taza de café y le dio un sorbo.
—No más de lo normal, ya sabes que es una amiga incondicional. Si me duele, le duele.
—¿Y yo te produzco dolor? —Puso huevo en una de las tostadas untadas con mantequilla y se lo acercó a la boca.
Ella mordió.
—No hace falta que me des de comer —protestó a la vez que masticaba —. Sí.
—Lo siento.
—Y yo.
—Y ¿qué hacemos? —Se llevó la tostada a su boca y de un bocado comió la mitad.
—Me acabas de dejar sin tostada.
—Haré más si quieres. No has contestado a mi pregunta.
—No tengo una respuesta.
—Debo irme, tengo una reunión en un par de horas y aún he de ducharme y cambiarme.
—Vas a hacerte cargo del caso.
—Sí, necesito que tengas cuidado —le advirtió mientras terminaba de vestirse.
—¿Yo? ¿Por qué? —quiso saber ella.
—Son peligrosos. Los chavales, o sus familias, han amenazado al fiscal, y a la chica le han puesto protección. Se cree que pueden ir a por nosotros y nuestras familias.
—Como en los viejos tiempos.
—Sí, odiaba ponerte en peligro.
—En cambio, a mí, me encantaba saber que andabas luchando por los tuyos.
—Los míos… para mí solo existías tú, y te perdí igualmente, ¿no?
Ella no contestó. Él abrió el cajón de la mesilla para coger el reloj que había dejado ahí por costumbre, se fijó en algo que brillaba: la alianza de Roxie. La sacó, la miró, miró después su dedo anular desnudo y suspiró, volvió a dejarla donde estaba, y cogió el reloj.
Se le había hecho un nudo en la garganta, así es que no dijo nada. Se agachó y la besó, de nuevo, dulcemente.
Roxie siguió mirando la puerta durante un rato, no podía creer nada de lo que había pasado. ¿Estaría volviendo su Jeremy, su Kawosa, su amado marido? Un rayo de esperanza empezó a nacer en su pecho. El teléfono comenzó a sonar de nuevo.
—Dime, pesada —contestó dando por hecho que Nat insistía.
—Lo siento, no quería molestar, pero necesito hablar con Jeremy y no atiende el móvil. ¿Está contigo? —Clare.
Siempre la maldita Clare.
Aplastó el auricular contra la base, igual que aplastó el rayo de esperanza que casi no había llegado a nacer.