Quererte así

Bela Marbel · Capítulo 17 de 25

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Quererte así

Capítulo 17

 

 

La verdad

 

Roxie continuaba en cuidados intensivos, todavía llevaba asistencia para respirar, la habían sacado del coma inducido, pero todavía no había conseguido despertar por sí misma. Los médicos habían dicho que tocaba esperar, que su cuerpo y su mente necesitaban tiempo.

Johny se había hecho con el control del casino, en la reunión con los ancianos —entre los que había alguno no tan anciano en realidad— lo que más impresionó fue Kin. Contar con ella había sido una gran idea y lo que movió la balanza a su favor para no encontrar resistencia, eso y que tenían pocas alternativas rápidas.

Él esperaba pelea con Clare, pero la joven se había comportado de forma sospechosamente tranquila. Cada vez que Johny la veía le corría un escalofrío por la espalda. Estaba seguro de que escondía algo y lo iba a averiguar.

Jenifer estaba en casa, se recuperaba de las lesiones físicas y psicológicas de un ataque, uno nunca se espera que le pasen esas cosas, aunque te dediques a ello.

Él recibía la visita de los agentes del FBI continuamente, y ya consideraba a Chama Benson como de la familia, pero seguían sin sacarle información. Él lavaba la ropa sucia en casa.

Todavía no había comenzado a presionar a Clare en serio, le estaba dando margen para que se sintiera segura, pero ya no iba a tardar. Sus hombres la seguían a todas partes esperando un paso en falso que no tardaría en llegar. Estaba seguro.

 

Clare se preparó para entrar en el despacho cargada de suficiencia, supuso que podría manejar a Johny con más facilidad incluso que a Jeremy, al fin y al cabo, era más joven e inexperto, ¡si tenía cara de niño! Era tan guapo que su cara podría ser la de una mujer. Solo debía averiguar cómo librarse de la india que era su sombra. Ella parecía más suspicaz, la miraba con desconfianza mal disimulada, a Clare siempre le había costado más entablar relación con las mujeres, a no ser que a la india le fuera… pero no, no lo parecía por la forma en que se comportaba con ella.

Allí estaban ambos, la mesa de reuniones estaba repleta de documentos esparcidos, Johny escuchaba atentamente mientras la chica señalaba alternativamente una hoja y la pantalla del ordenador portátil que habían instalado allí.

Se encontraban muy cerca, él sentado y ella de pie a su espalda, se estaban rozando, el joven se veía concentrado en la explicación, cualquier otro habría ya tumbado a la india sobre la mesa, era evidente que entre esos dos solo había trabajo. Quizá no fuera difícil librarse de ella, finalmente.

—No recuerdo haberte dado permiso para entrar —recalcó Johny sin levantar la vista de lo que le tenía absorto.

—Discúlpame, Johny, no tengo costumbre de hacerlo, con Jeremy…

—Sal y hazlo como se debe —le ordenó ante la estupefacción de la rubia.

—¿Bromeas? —titubeó Clare.

Johny se dignó a mirarla a los ojos, levantó una ceja y dispuso una sonrisa ladeada en su rostro.

Hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta y disfrutó observando el rostro enrojecido por la furia de la despampanante rubia.

A Clare le costó unos segundos procesar la situación, pero logró recomponerse, sonrió, agachó la cabeza y salió cerrando suavemente la puerta. Y juró por Dios que el sucio indio se las iba a pagar, le haría sufrir de la peor manera.

—Anuncia mi llegada —le indicó a la secretaria que se hallaba en el antedespacho de dirección.

—Pero si… —se extrañó la mujer.

—¿Acaso eres tonta?, he dicho que me anuncies, no creo que tenga que darte explicaciones. —Su voz suave y melodiosa no ocultó el veneno de su alma.

La señora Miles, la secretaria, no le contestó, descolgó el teléfono y marcó el nueve. Tras varios tonos escuchó la voz del nuevo jefe.

—¿Qué desea la secretaria más eficiente del planeta?

—En este momento estar en cualquier otro lugar. Tiene visita.

—No sabes cómo te entiendo.

—Aún no le he anunciado quién es —ironizó la señora Miles.

—Ambos sabemos que no es necesario. Siento haberte puesto en esta situación, prometo compensarte.

—Se lo recordaré.

—Me parece justo. Un último favor: deja que espere tres o cuatro minutos antes de hacerla pasar.

—Espero que la compensación merezca la pena.

—Lo hará.

La señora Miles le tenía mucho aprecio al señor Hunter, pero el encanto del señor Guitar la había conquistado por completo. Casi hacía que valiese la pena soportar tres largos minutos más la mirada asesina de esa psicópata.

Johny colgó el teléfono y soltó una carcajada.

—¿De verdad conquistas a las mujeres con esa labia trasnochada y vomitiva? —le preguntó la india.

—No lo sé, dímelo tú —le contestó girando la silla hacia ella para encararla poniendo la mejor de sus poses seductoras.

—Ni siquiera lo intentes —le advirtió ella.

—Pues yo creo que te gustaría.

—Tanto como comer cianuro.

—Puede que estés en lo cierto.

—¿Crees que me gustaría comer cianuro?

—Si lo usas en la dosis adecuada, cuando te das cuenta ya es tarde y estás totalmente tomado por él.

—Johny, estás muy mal de la cabeza, amigo —se rio ella.

—Ya veremos.

—Sigue soñando, en cualquier caso, ¿no crees que te has pasado con doña Ambición?

—¿Alguna vez has visto El encantador de perros?

—Sí, claro, pero… —Hizo un gesto de desconcierto, esperando que se explicase.

—Los bichos agresivos necesitan límites y limitaciones y… yo estoy reclamando mi espacio.

—A mí me da, que este perro te va a morder y… sigo pensando que no te funciona bien la cabeza.

Él tan solo se rio más fuerte.

La señora Miles pasó los tres minutos más largos de su vida mientras los tacones de la rubia perforaban la alfombra a cada pasó, el humo que salía de su cabeza era tan real como el color rojo de su cara.

—El señor Guitar la espera.

Clare le dedicó una fría sonrisa y tocó a la puerta antes de abrirla.

La joven entró y Johny siguió jugando.

—Justo la persona a la que quería ver —le dijo con una gran sonrisa mientras se levantaba y apartaba una silla invitando a la rubia a sentarse con ellos.

Las dos mujeres lo miraron como si se hubiera vuelto loco. Clare estaba completamente descolocada y fuera de sus casillas, así no podía enfrentarse a él. No sabía qué le estaba pasando, pero necesitaba recomponerse.

—Te… te importa que use tu baño, necesito refrescarme —le dijo para ganar tiempo.

—Por supuesto, pero mira primero este consentimiento, no es razonable, y lo has firmado tú.

Ella se acercó despacio, observó el documento que era la aceptación de un presupuesto de bebidas muy común. No entendía nada.

—Yo… yo… de verdad que necesito tiempo, quiero decir, el baño, por favor.

—Sí, claro. Ve.

Cuando se oyó cerrar la puerta del lavabo, la india se dirigió a Johny.

—Cuando ha entrado he pensado que te habías vuelto loco, pero con este presupuesto me he convencido, esto es una tontería, ¿por qué quieres verlo con ella?, hay muchas otras cosas que sí nos tiene que explicar.

—César —nombró él por toda respuesta.

—César —repitió ella que seguía sin comprenderlo.

—El Encantador de Perros. Soy adicto a ese programa. ¿No lo has visto nunca?

—No veo mucho la tele.

—Eso explica muchas cosas —se burló—. En fin, la cosa va así: primero compensación y afecto por algo bien hecho, después la dejo recomponerse, pero cuando yo lo diga. Y, finalmente —y esto es cosecha propia—, hago del presupuesto un problema porque ahora está tan preocupada pensando qué tendrá este documento que ella no recuerda, que no le da tiempo a reestructurar la estrategia con la que venía aquí.

—Deberían poner tu foto en el diccionario al lado de la palabra manipulador.

—Gracias.

La blanca sonrisa de Johny se iluminó aceptando como alago el insulto, y la joven se afianzó en su convicción de mantenerse alejada emocionalmente de ese hombre.

—Piensas que tiene algo que ver con la desaparición de la mujer de Jeremy.

—No fue una pregunta.

—Estoy convencido —afirmó mirando hacia la puerta del baño, que continuaba cerrada.

—¿Lo has hablado con él?

—Jamás creería hasta dónde es capaz de llegar esta mujer para conseguir sus objetivos. No, de esto me encargo yo.

—Pero si está en peligro… —Él le envió una mirada siniestra, aunque no dijo nada. Ambos levantaron la cabeza al escuchar el sonido de los tacones de la rubia acercarse a la puerta.

Cuando salió se dirigió a ellos con una sonrisa tensa, parecía dispuesta para la lucha.

—Quisiera hablar contigo a solas, Johny, supongo que no le importará a tu… hum… —dudó intencionadamente.

—Socia, por tanto, no hay nada que me puedas decir que ella no deba escuchar —le aclaró él. Se levantó y cambió de asiento, se acomodó detrás del gran escritorio cruzándose de piernas y apoyando las puntas de los dedos de una mano en los de la otra. La actitud y la postura demostraban una distante cortesía y algo de impaciencia.

—Supongo que tienes razón, pero es algo personal…

—Te conozco desde hace años y nunca ha habido ningún tema personal entre nosotros, Clare.

—Las circunstancias han cambiado, Johny —pronunció su nombre haciendo un mohín erótico con los labios.

Johny sonrió; ya la tenía. No obstante, jugaría un poco más.

—No a nivel personal.

—Tengo cosas que hacer —les interrumpió la india—, volveré en media hora.

—Está bien —claudicó él.

Johny cogió el teléfono móvil y lo desbloqueó con su huella, Clare lo miró con interés. Una vez a solas, la joven comenzó a hablar.

—La situación que se ha creado es muy compleja, Johny… Por cierto, nunca te he preguntado tu verdadero nombre, me encantaría saberlo…

—Estoy seguro de ello. —Dejó de teclear un instante para indicarle con la mano que se mantuviera callada y a la espera.

Ella suspiró y, aunque se mantuvo en silencio, rodeó el escritorio y se sentó encima de la tabla cruzando las piernas de modo que rozaban el brazo de él. Se apoyó hacia atrás en las manos para permitir a su blusa abrirse y mostrar un muy sugerente escote.

Johny ensanchó la sonrisa; ahora sí, ya la tenía. Con parsimonia dejó el móvil sobre la mesa y le puso una mano en el muslo, que fue subiendo mientras se levantaba. Sus dedos siguieron el camino de la lujuria hasta rozar el pubis, metió los dedos por el borde de las bragas y acercó su boca a la de ella, la sintió dispuesta, mojada a pesar del teatro, él sabía que era atractivo y sabía que provocaba reacciones extremas en las mujeres y en muchos hombres, pero creía que estaba batiendo algún tipo de récord, no era normal la velocidad a la que esta mujer se había puesto cachonda.

Tenía pensado presionarla un poco más, movió los dedos arriba y abajo mirándola a los ojos sin llegar a besarla, pero con la boca casi pegada a la suya.

Ella soltó un jadeo y se movió inquieta.

La repulsión que sintió el indio, le hizo acabar con el encuentro más rápido de lo que hubiera deseado, le habría gustado darle una humillación total.

Se apartó de ella para abrir un cajón, la rubia lo miró expectante, seguro que pensaba que sacaría condones, pero lo que sacó fue un bote de desinfectante de manos y se lo aplicó diligentemente.

Disfrutó de forma insana de la cara que puso Clare, que evidentemente se había quedado sin palabras y sin estrategia.

—He probado la mercancía. No me interesa. Si no tienes nada mejor que ofrecer puedes marcharte. De ahora en adelante, cíñete a los negocios.

Clare levantó la mano con intención de abofetearle. Él la agarró por la muñeca con suficiente fuerza como para hacerle daño.

—Eres un mongrelo —escupió ella con la voz rota.

Johny soltó una sonora carcajada.

—En todos los sentidos. Así es que procura no confundirme con Jeremy. Yo no soy cortés, no soy un caballero y, desde luego, no soy buena persona —le soltó con tal brusquedad la mano que ella estuvo a punto de caer—. Ahora será mejor que te largues.

Clare salió corriendo del despacho con la cara anegada en lágrimas de pura frustración, Johny sabía perfectamente que lo que realmente dolía a la rubia era no haber podido salirse con la suya.

Aunque que te negasen el orgasmo no era agradable.

Agarró el teléfono y envió un mensaje a Kanuk.

JOHNY_ 12:15

Prepárate, está saliendo. La he alterado lo suficiente como para que haga alguna tontería. Si la tiene, va a ir a verla para desquitarse; no podemos perderla de vista.

Al momento recibió la respuesta en forma de pulgar hacia arriba. Serpiente era un hombre de pocas palabras incluso por mensaje. En ese momento estaba encargado de dirigir parte del equipo de seguridad que trataba de localizar a la Loba. Toda la calle estaba rodeada de hombres y mujeres con órdenes de seguir, pero no intervenir. Habían tenido que cambiar los trajes por ropa actual e informal: en esos momentos no se trataba de impresionar, sino de esclarecer.

Johny se preguntó una vez más cómo era posible que Jeremy no hubiese descubierto en todos esos años qué tipo de persona era la rubia. Pero su amigo, aunque era un hombre inteligente y carismático, no tenía ninguna experiencia en cuanto mujeres y artes de seducción; para él la única mujer había sido Roxie. Johny se había reído de él en muchas ocasiones, pero en el fondo le envidiaba, él no se creía capaz de tener sentimientos tan profundos por nadie.