Quererte así
Capítulo 18
Despertares
Roxie no vio el túnel del que todo el mundo hablaba, no había una luz que le decía ven aquí, tampoco una fuerza misteriosa que tirase de ella hacia otro lado, pero estaba escuchando voces.
Esta vez eran voces normales; femeninas y masculinas. No podía entenderlos, pero estaban ahí, con ella. Sentía la necesidad de contestarles, pero para eso tendría que despertarse, porque no estaba segura de estarlo.
Hizo un repaso de su cuerpo. Creía que lo tenía todo en su sitio, o por lo menos le parecía que lo tenía. Bien, eso era bueno. El siguiente paso era intentar moverse, tenía que comenzar por algo sencillo como los dedos. Les ordenó a sus dedos que subieran, ¿cómo podían pesar tanto? Se esforzó al máximo, era una chica fuerte, había salido de… ¿de dónde? No lo recordaba con claridad, pero sabía que era un lugar pequeño y oscuro.
Tampoco recordaba cómo había llegado allí. Tenía que dejar de pensar, la cabeza le dolía horrores y sentía la garganta obstruida. Trataba de respirar, pero no estaba segura de estar consiguiéndolo.
—Tranquila, no pelees con la máquina, adáptate a ella, te está ayudando a meter aire en los pulmones. Ya llevas varios días con nosotros, no me digas que aún no te has acostumbrado.
Un momento, eso lo había entendido; por completo. Esa voz era la voz que le daba paz cuando miraba hacia el río que tenía a su derecha. Abrió los ojos para intentar concentrarse en ambos: el río y la voz, su salvación.
—Avisa a Ríos de que se está despertando y por fin ha abierto esos preciosos ojos negros —le pidió Jake a un compañero.
¿Por fin? ¿Cómo que por fin? Los había abierto un montón de veces. Lo recordaba, recordaba todo. Los árboles monstruosos, el agua… En ese momento se dio cuenta de lo absurdo que era lo que estaba pensando. La cabeza iba a estallarle; además del dolor, estaba la neblina que se apoderaba de ella y ese maldito tubo que le impedía respirar. Se sorprendió a sí mima al darse cuenta de que estaba levantando las manos y tirando de él. El dolor fue tan intenso que se le nubló la vista, aun así, no paró hasta que el maldito conducto estuvo fuera. Intentaba inhalar, pero no estaba segura de conseguirlo. Era consciente de que se estaba retorciendo sobre sí misma. En ese momento supo lo que sentía un pez fuera del agua.
Varias personas la estaban sujetando mientras el enfermero de la voz tranquilizadora le ponía una mascarilla.
—Hoy me voy a llevar una bronca por tu culpa. Uno nunca puede confiar en los pacientes, aunque sean tan encantadores como tú —le recriminó.
—Bueno, pues parece que la señora me ha evitado tener que extubarla. Jake, pasa luego por mi despacho —dijo la doctora en cuanto terminó de auscultar a la paciente.
—Ya te he dicho que me iba a caer, Roxie —continuó el enfermero mientras la recolocaba en la cama ahora que se había calmado.
—Te dije que no la desataras y no me hiciste caso, pues aquí tienes los resultados de tu buenismo, ahora acarrea con las consecuencias.
—Está bien, ¿no? —le contestó él con valentía.
—Sí, la saturación va bien, de hecho, si continúa así, puedes ponerle gafas nasales a tres. A mi despacho, y ponle las muñequeras antes de que se quite algo más.
—¡Que te jodan! —le soltó la joven, con un hilo de voz pastosa.
Roxie apenas se reconoció en aquel sonido, si habitualmente hablaba en un tono áspero, en ese momento su tono se veía agravado por el tubo que había ocupado su garganta.
Jake no pudo evitar una risotada, aunque la disimuló con un supuesto arranque de tos.
—Deberías ser más agradecida con la persona que te ha salvado la vida — le recriminó Ríos.
Ella volvió la cabeza hacia el enfermero.
—Gracias —le dijo.
El chico se puso rojo y una lágrima pugnó por salir.
—Hago mi trabajo —le contestó.
—Ha sido muy tierno, pero no vas a evitar que le lea la cartilla, esto te podía haber costado caro.
Roxie le mantuvo la mirada; a pesar de que lo único que quería en ese momento era dejarse llevar por los calmantes, que le pedían a gritos que entrara en el mundo de Morfeo, fue capaz de levantar el dedo corazón por encima de los otros.
La doctora no solo no se ofendió, sino que sonrió.
—Está bien, vosotros ganáis, pero me debéis una: los dos.
—¿Le pongo…? —Jake señalizó las correas.
—¿Señorita? —preguntó la doctora.
Ella entrecerró la mirada amenazadoramente como única respuesta. Sobre todo, porque no era capaz de decir una palabra más.
—Su marido tenía razón, es usted fuerte y testaruda.
Roxie cerró por fin los ojos y se dejó llevar por el sueño sabiendo que había ganado. Su marido… la última frase de la doctora resonaba en su cerebro, como una pelota que botara sin parar.
Jeremy estaba a punto de marchar a la universidad, había decidido estudiar Derecho en la OU, así continuaría en casa, después de todo la Universidad de Oklahoma era de las mejores. A Roxie le emocionó que quisiera permanecer cerca. Ella aún no había terminado la secundaria y no tenía ni idea de qué haría en el futuro porque no era una estudiante brillante como él, en ese sentido se parecía más a Byron, solo que el chico tenía claro que se iba a dedicar a lo que fuera, pero con caballos. A ella le gustaban las motos, pero en la reserva a todo el mundo le extrañó su elección; su madre se enfadó, Byron se rio de ella, Little Grizzly le dijo que experimentara hasta dar con lo que realmente quería.
Nadie la tomaba en serio.
Un día decidió jugar con la vieja Indian de Jeremy y el resultado fue mejor de lo que ella misma se había propuesto. Las consecuencias fueron peores.
Desde que era una niña recordaba pasar el rato desmontando cosas para volver a crearlas, por lo general eran cosas pequeñas, esta vez le costó casi dos años prepararse. Tuvo que estudiar a conciencia, visitaba el taller de motos de Henry —en el pueblo— casi cada día, el hombre terminó tomándola como ayudante después de seis meses. Al principio le ocultaba a su madre a dónde iba por las tardes, después comenzó a mentir, le dijo que trabajaba en la cafetería del centro comercial —sabía que su familia nunca iba al centro comercial—. Jeremy le advirtió que estaba jugando con fuego y que era mejor enfrentar la verdad, pero ella escogió el camino más complejo. Su novio estaba ocupado con los estudios, pasaba mucho tiempo en la facultad o en la biblioteca y, cuando estaba en casa, casi siempre tenía un libro en la mano, o el ordenador. Menos mal que su inseparable amigo, Byron, la apoyaba en sus locuras.
El fin de semana antes de las vacaciones de verano, del segundo año universitario de Jeremy y su graduación de la escuela secundaria, Roxie decidió darle a Jeremy la sorpresa, había dejado la moto como nueva, era cierto que el mecánico le había echado una mano, pero lo había hecho casi todo ella sola.
Le había puesto un depósito nuevo, ya que el antiguo estaba lleno de abolladuras, lo encontró en un desguace, lo pintó y le serigrafió un Coyote; Kawosa en idioma comanche. Tuvo que cambiar el radiador, ya que se calentaba con frecuencia, y le puso ruedas y yantas nuevas, no pudo encontrar del modelo original, pero le quedaban fantásticas.
Por último, le pusieron una cubierta nueva en negro mate a la caja de cambios, había quedado increíble y había resultado cara, pero todo era poco por ver la cara de su chico.
—¿Es mi moto? —le preguntó Jeremy.
—Lo es.
—¿Cómo has podido? —le recriminó él.
Tal y como era Jeremy, no levantó la voz, claro que no hacía falta. Bastaba con la decepción que mostraba en su tono, en su postura, incluso en su mirada.
—¿Qué? —Roxie no fue capaz de decir nada más Se sintió morir. La ilusión que la embargaba antes de retirar la lona que escondía la sorpresa se convirtió en pesar. Era como si una lágrima gigante se hubiera apoderado de su pecho. Tenía ganas de llorar, y eso era algo que ella no hacía habitualmente.
—Era mi moto, no tenías derecho a tocarla, a… cambiarla.
—Pero…
—No hay peros. Yo te respeto a ti y tú a mí, ese es el trato. Lo tomas o lo dejas.
—¿De qué diablos hablas? Te he hecho un regalo. ¡Un maldito regalo! He invertido tiempo, dinero e ilusión. He mentido, he manipulado y he dejado todo a un lado por este proyecto, por ti, solo por ti. —Mientras los decía daba golpecitos con el índice en el pecho de su novio.
—En realidad no lo has hecho por mí —contraatacó el joven.
—Y entonces ¿por quién lo he hecho? ¿Eh?
—Lo has hecho por ti. Y ahora quieres mi aplauso, pero no la vas a tener. Esta moto era de mi abuelo, y la quería tal y como estaba, con sus abolladuras en el depósito, que me recordaban la primera vez que me la dejó y me caí, aún conservo el recuerdo de mi abuela persiguiéndonos con la escoba, por el susto.
—Creo que ahora sí puedo decir que nunca te he oído hablar tanto. Lo siento —declaró tras un momento de incómodo silencio—. No lo pensé. Yo solo…
—Sé que quieres dedicarte a esto, me parece bien, pero deberías haberme preguntado.
—La volveré a dejar como estaba.
Él sonrió de forma ladina.
—En realidad, me conformo con que le pongas el depósito viejo, las ruedas están genial y el radiador es una pasada —le confesó acariciando el sillín recién tapizado.
—¡Serás capullo! —Se acercó a él y le dio un puñetazo en las costillas sin demasiada convicción.
—Ven aquí, peleona —le agarró las muñecas y se las cruzó detrás de la espalda para tenerla a su merced.
—¡Déjame! —le gritó ella, riéndose.
—¿Cuánto dinero te has gastado?
—Mucho.
—¿Cuánto es mucho?
Ella le miró a los ojos y se mordió el labio inferior.
—Todos mis ahorros y algo que me ha dejado Byron.
Jeremy echó la cabeza hacia atrás sin soltarla y gruñó.
—Ese es otro problema.
—Sí, pero es mi problema, no el tuyo.
—No, si nos vamos a vivir juntos —le soltó como si tal cosa.
Tras un momento de absoluta estupefacción, Roxie contestó:
—¿Has dicho irnos a vivir juntos?
—No sé tú, pero yo estoy cansado de echarte de menos. Si solo puedo estar contigo por las noches, que así sea.
Ella se quedó mirándolo sin saber qué decir.
—Creo que es la primera vez que te dejo sin palabras —se rio él.
—Estás más loco que tu primo. Para empezar, de qué vamos a vivir, y ¿dónde?
Jeremy la soltó, le cogió una mano y fue hasta el banco que se apoyaba en la pared del garaje. Entrelazó los dedos de ambos y acercó el nudo de manos para besar la palma de ella.
Roxie seguía mirándolo con ansiedad mal disimulada.
—Me han ofrecido unas prácticas en bufete de Houston, son remuneradas. No es mucho, pero será suficiente si tútambién encuentras algo.
—No sé qué decir.
—Quiero estar contigo. Empezar mi vida contigo. No puedo rechazar esa oportunidad, pero si no quieres que vaya…
—No, no —se apresuró a negar ella—. Claro que quiero, es solo que no me lo esperaba. Yo…
—Piénsatelo —le dijo él.
—Lo haré.
—Vale.
Ambos se quedaron mirando al infinito. Tras un par de minutos Jeremy volvió a hablar:
—¿Y? —le preguntó.
—¿Y? ¿Qué? —respondió ella.
—Que si te lo has pensado ya.
Roxie soltó una carcajada.
—Eres idiota, ¿lo sabías?
—Nada nuevo bajo el sol.
—Sabes que Little Grizzly te va a matar por no casarte conmigo, ¿verdad?
—¿Eso es un sí? —Por toda respuesta ella se soltó de su agarre para abrazarle.
Notó las grandes manos del chico frenándola en seco al cogerla de los hombros.
—Perdona, ¿quién ha dicho que no me voy a casar contigo?
—Has dicho irnos a vivir juntos, no has hablado de boda, además yo no quiero casarme.
Él la soltó con brusquedad.
—O nos casamos o nada.
—¡La madre que…! —Se levantó airada y le dio una patada a una lata.
Por la cara que tenía Jeremy se dio cuenta de que esa batalla no la iba a ganar. Se había cruzado de brazos y miraba hacia afuera, casi podía escuchar el engranaje de su cerebro ideando maneras de convencerla.
—Todavía eres menor, todo será más fácil si estamos casados.
—¡Lo sabía! —gritó ella.
—¿El qué?
—Que estabas dándole a tu dura mollera para ver cómo me hacías entrar por el aro.
—Te juro que te va a encantar mi aro —le contestó caminando hacia ella despacio. Como un depredador al acecho, como el coyote que era.
—Un coyote y una loba. Bonita pareja.
—Tú lo has dicho.
—¡De rodillas! —le ordenó.
—¿Perdona? —La cara de extrañeza del chico era digna de pintar.
—Quiero una petición en toda regla.
—Soy indio. No es mi tradición.
—Ya, pues yo soy blanca, así es que… —Esta vez fue ella la que se cruzó de brazos y miró hacia afuera.
Cuando sintió un movimiento delante de ella, lo vio con una rodilla en el duro suelo de cemento y una arandela grande y dorada en la mano.
Roxie sintió algo húmedo en la mejilla, también calor. Unas susurrantes palabras llegaron hasta su oído, el aliento que surgió de ellas le llenó el alma y dio fuerza.
—Loba, estoy aquí, estoy contigo. Gracias, cariño. Gracias por volver, por no dejarme. Gracias, gracias… —La humedad seguía corriendo por su mejilla, no sabía si las lágrimas eran suyas o de él, pero le gustaba compartirlas, le gustaba haber vuelto.