Quererte así
Capítulo 19
Perseguida
Clare miró hacia atrás, solo vio gente y más gente de todas las tipologías existentes. Le llamó la atención una joven mujer con aspecto indígena, aunque tampoco era tan raro con los casinos y la reserva ocupando la ciudad.
No sabía por qué, pero se le había erizado la piel. Se estaba volviendo paranoica, no obstante, decidió que no la perdería de vista. Era cierto que su vida se había complicado bastante por culpa del niñato que había sustituido a Jeremy y, cómo no, por lo que le había pasado a la Loba.
Ya se había encargado de Ricky, la policía había encontrado una bolsa llena de coca en su casa, gracias a un chivatazo. Ella le había pagado la fianza y al día siguiente lo habían encontrado tirado en el suelo de la cocina de su pequeño apartamento con una sobredosis. No pudieron hacer nada por él. Una verdadera pena.
Había mil formas de coger a Roxie, y el pobre idiota escogió ir dando tiros por una de las principales avenidas de la ciudad. La había metido en la furgoneta delante de testigos y con cámaras grabándole, a él no se le distinguía, pero sí al vehículo, al que, por cierto, había abandonado cerca del lugar en el que habían encerrado a la mujer. Era de locos, no se podía hacer peor. Lo mínimo que se merecía era la muerte, después de todo le había procurado su mejor viaje.
Ese pensamiento la hizo reír.
No era la primera vez que mataba —una mujer blanca salida de la nada no se posicionaba como ella porque sí, ni por su más que demostrado talento, era necesario que desaparecieran ciertos obstáculos, como Johny Guitar—, pero sí era la primera vez que sentía más placer que indiferencia.
Decidida a confiar en su instinto entró en una cafetería. La Indian Maiden S. Shope le pareció divertida en ese momento, si iba a ver indios en todas partes, mejor hacerlo a conciencia. Se posicionó en la ventana, vio a la joven nativa, de la que antes había sospechado, salir corriendo hasta llegar a los brazos del que parecía su amante.
Tomados de la mano desaparecieron por una de las callejuelas que cruzaban con la avenida Ferris NW.
—¿Desea tomar algo?
La voz le hizo dar un pequeño salto, ¡Dios! ¿Qué le pasaba? Ella, por lo general, mantenía sus nervios a raya.
Una joven de pelo corto y oscuro, alta, delgada y fibrosa que portaba una bandeja en una mano, limpiaba su pequeña y moderna mesa mientras esperaba una respuesta.
Definitivamente se estaba volviendo loca, esa chica se parecía mucho a Roxie. Esperaba ver malditos indios, pero esperaba a esa…
—¿Señora? —insistió—. ¿Le pongo algo?
Clare se levantó de manera brusca golpeando a la chica al intentar salir prácticamente corriendo.
—¡Eh! ¿Está loca o qué? —se quejó esta siguiéndola en su huida hasta la puerta.
Cuando la rubia dobló la esquina, la joven sacó el teléfono y tecleó: «Este nuevo corte de pelo ha merecido la pena. Va hacia la posición de Roberts».
La respuesta fue un pulgar hacia arriba. La chica volvió a ocupar su posición a la espera de nuevas instrucciones.
—¿Todo bien? —quiso saber Kin.
—Lo estamos consiguiendo, está perdiendo los nervios. En breve hará algo que la traicione.
—¿Cómo lo sabes?
—Llevo mucho tiempo dedicándome a esto.
—¿Mucho tiempo? Eres demasiado joven para hablar en esos términos.
—Lo parezco, pero en ocasiones las apariencias engañan. Como tú, por ejemplo —le aseguró.
Estaban en la sala de seguridad del casino, habían adaptado gran parte de las cámaras de vigilancia para el seguimiento.
Habían pirateado el sistema de la ciudad y su personal había colocado pequeñas cámaras ocultas.
La cara de Clare al ver a la supuesta camarera no tenía precio.
—Ha cogido un taxi en la esquina de Ferris con la Octava —les informó uno de los técnicos de seguridad—. No hay problema, es Roberts.
Johny alcanzó el auricular con el que se comunicaba con todos.
—Roberts, habla con ella —ordenó Johny.
—¿Me vas a explicar ese comentario? —le preguntó Kin cruzándose de brazos.
—Quiero que sigan presionándola. Créeme, lo que menos le apetece en este momento es que un taxista cualquiera se ponga a contarle sus problemas.
—Eso lo entiendo, hablaba de lo que has dicho acerca de mí.
El chico se volvió hacia ella y le contestó con una media sonrisa:
—Lo haré, te lo aseguro. —Tras lo cual se volvió hacia los monitores de nuevo.
La petulancia de ese chico no conocía límites, pensó Kin. Lo cogió por el codo y tiró de él hacia una esquina de la estancia, sabía que no era necesario, Johny confiaba en su equipo, y en realidad ella también, aun así, prefería hablar con él con cierta discreción.
—¿Por qué estás tan seguro de que está implicada? —le exigió.
—Llámalo intuición —contestó él a la vez que le recolocaba un mechón de pelo detrás de la oreja.
Kin le dio un manotazo.
—No uses truquitos de novela conmigo. —Johny sonrió y levantó las manos con las palmas hacia arriba en señal de rendición—. Hasta ahora todo lo que hemos encontrado de ella ha sido un trabajo impecable, es muy buena con los números.
—Demasiado.
—No hay indicios de desfalco o desvío de dinero.
—Que no hayamos encontrado indicios no significa que no lo haya hecho.
—¿Crees que Jeremy es idiota? Tú lo conoces mejor, pero no me da la impresión de que…
—Mira, Jeremy tiene experiencia cero con las mujeres…
—No estamos hablando de mujeres, sino de negocios. —Kin se cruzó de brazos beligerante.
—Ella no es simplemente una mujer de negocios. Utiliza todas sus armas, y con todas, me refiero a todas. Por lo que, no podemos saber a quién ha convencido o chantajeado o extorsionado para conseguir sus propósitos.
—Eso son solo suposiciones.
—No lo son, la he visto en acción. Lo ha intentado conmigo.
Kin abrió los ojos de par en par, se le descolgó un poco la mandíbula y apretó los puños, y todo sin darse cuenta.
—¿A qué te refieres? —le preguntó.
Johny dio un paso hacia ella y le acunó la cara en las manos.
—Tranquila, nena, nadie va a pisar tu territorio.
—Eres idiota, Johny, un idiota muy guapo, pero idiota, al fin y al cabo.
Johny se agachó y con su rostro aún en las manos le dio un ligero beso en los labios.
—Eso ha estado fuera de lugar —le recriminó ella, sin apartarlo.
—No veo que me eches.
—Dime qué pasó exactamente, si quieres que te apoye en esta persecución ilegal, porque te recuerdo que esto está totalmente fuera de la ley…
—Ya no trabajas para la fiscalía, nena. —Con los dedos continuaba acariciando su rostro.
—El uso de la palabra nena implica paternalismo y es peyorativo cuando se refiere a una mujer adulta y capaz.
—Me encanta cuando te pones en plan sabelotodo, me pone a cien.
—Desembucha —le ordenó dándole un pequeño puñetazo en el estómago.
—Así de brusca también me pones. —Intentó volver a besarla, pero esta vez ella se separó de un empujón.
—Solo lo estás posponiendo. Lo sabes, ¿no?
—¿Qué pasó, nene? —remarcó la última palabra mientras cruzada de brazos se sentaba en el borde de la mesa más cercana.
Johny suspiró y se acomodó a su lado, apoyando las manos en la tabla, la derecha rozando la cadera de ella.
—Intentó seducirme para conseguir… no lo sé, supongo que poder, básicamente.
Kin intentó mantener la cara de póker antes de continuar el interrogatorio:
—¿Y qué pasó? —Casi había conseguido mantenerse indiferente.
—Si lo que quieres saber es si me acosté con ella, deberías preguntarlo — la retó.
—¿Te acostaste con ella? —Mientras lo preguntaba, consiguió mantenerle la mirada.
—No.
—Y si no hubo sexo, ¿qué pasó? —le preguntó mientras tomaba la fría taza de café, que había dejado allí abandonada hacía ya varias horas.
Johny esperó a que se tragará el asqueroso líquido antes de contestarle.
—Yo no he dicho que no haya habido sexo.
Kim se atragantó, estaba segura de que él lo había hecho aposta. Se vio obligada a escupir lo que le quedaba en la boca si no quería morir asfixiada. Se dio cuenta de que algunos técnicos se volvían a mirarla.
Johny le dio unas palmaditas en la espalda.
—Si hubiese pensado que te afectaría tanto, habría tenido más cuidado.
—No te hagas el inocente, sé perfectamente que ha sido a propósito.
Él soltó una risita.
—Vale, lo confieso. —De repente se puso serio y la miró fijamente—. Yo también sé usar esas armas, y no me da complejo utilizarlas, no es solo terreno abonado para mujeres, aunque vosotras tengáis más fama.
—Pues conmigo puedes guardártelas. Ya tienes lo que quieres de mí, estoy aquí y te voy a ayudar incluso con esto. Pero deja que hable con Stu, tal vez nos consiga una orden que lo haga todo más legal.
Entonces fue el turno de él para ponerse tenso.
—¿Stu? ¿Ahora es Stu? Tienes buena pegada.
—No sé de qué me hablas —se defendió ella.
Vale, sí, tal vez había sido infantil, hablar así de su exjefe, pero se estaba regocijando tanto en la victoria que no podía sentirse culpable.
—Ya, claro. De todas formas, Stu no tiene jurisdicción en Oklahoma.
—Pero tiene amigos.
—Preferiría mantenerlo entre nosotros por ahora. —Ella apretó la boca obstinada—. Dame veinticuatro horas, si no encontramos nada sólido, te pongo al mando y puedes hacer lo que consideres conveniente.
Kin lo pensó, pero finalmente asintió aceptando la oferta.
—¿La besaste? —le preguntó.
Johny se acomodó de medio lado, con el cuerpo mirando hacia ella y una pierna medio apoyada en la mesa. Se cruzó de brazos.
—No.
Ella miró al suelo dejando que su melena negra cubriera su rostro, que estaba segura estaría bastante rojo en ese momento, pero quería saber, lo necesitaba.
—Si no te acostaste con ella ni la besaste, ¿qué hiciste entonces?
—Entre esas dos partes, hay una gama muy amplia. ¿Es que no has aprendido nada?
Su experiencia con los hombres era bastante escasa. Le había dedicado casi todo su tiempo primero al estudio y después al trabajo. Nunca se preocupó por experimentar, como hacían las chicas a su alrededor. Sus padres eran muy tradicionales y suponía que ella también.
Él le tomó la barbilla con dos dedos y le giró la cara para mirarla directamente a los ojos.
—Perdona, yo no quería ser tan… torpe. Lo siento —le dijo.
Kin sintió que la humillación la ocupaba por completo, haciéndola hervir de rabia.
—Deja ya de sobarme, Guitar —le soltó poniéndose de pie frente a él con las manos en las caderas.
Johny se dio cuenta de que se sentía mortificada y decidió volver a picarla, ya tendrían tiempo de retomar esa conversación pendiente.
—No te estaba sobando. Créeme, cuando lo haga, notarás la diferencia. ¿O quieres que te enseñe ahora mismo qué es lo que le hice?
Ella se imaginó un motón de escenas y con vergüenza se dio cuenta de que en su cabeza la protagonista era ella, y lo peor era que se estaba excitando.
—Jefes, esto es interesante —les llamó la atención el técnico.
Ambos se acercaron hasta los monitores.
—Esa dirección es… —comenzó a decir Johny.
—Sí, lo es —confirmó el especialista.
—Es el momento de que hagas esa llamada que tanto quieres hacer. Roberts —se dirigió ahora a su hombre de seguridad—, entretenla unos minutos, ya vamos para allá.
—¡Le he dicho que no me interesa su vida, ni su mujer, ni el amante de ella, ni sus hijos, ni toda esa sarta de estupideces! Puede coger el cambio y metérselo por donde le quepa —le gritó Clare al taxista.
—¡Ah no, señora! Que uno es pobre pero honrado, yo le doy su cambio, aunque este mes no pueda pasarle la pensión a mi segunda exmujer. ¿Quién me mandaría a mí casarme de nuevo? Si los cuernos me están bien empleados…
El hombre seguía hablando mientras contaba céntimo a céntimo el cambio.
Clare apoyó la cabeza en el asiento con impotencia y, tras respirar un par de veces y comprobar que la cabeza no le había explotado, decidió salir sin más por la puerta. Tras varios intentos se dio cuenta de que no abría.
—Déjeme salir de una vez.
Dio varios tirones muy fuertes a la vez que golpeaba en la puerta con la otra mano. Estaba a punto de ponerse a gritar cuando el hombre le dijo:
—Perdone, es que está rota, tal y como está la economía no he podido pagar la reparación, pero yo le abro desde fuera en cuanto le dé su cambio.
Clare lo miró con la boca abierta, no podía tener tan mala suerte justo ese día.
¡Por el amor de Dios! Ese inútil iba a acabar con su paciencia, era un hombre horrible con un bigote largo a lo mexicano antiguo y el pelo grasiento peinado hacia atrás, con esa sucia camiseta interior de tirantes… ¿Cómo había podido aguantar un trayecto entero con ese ser abyecto? Volvió a recostar la cabeza contra el asiento mientras una lágrima de impotencia rodaba por su mejilla, tenía que salir de ahí, no había nada que odiara más que estar encerrada, no existía nada peor en el mundo. En ese momento solo tenía ganas de gritar, y la poca energía que le quedaba la estaba usando para no ponerse histérica.
—Pues ya está, aquí tiene su dinero, enseguida le abro.
Clare cogió las monedas con bastante asco y salió corriendo en cuanto se abrió la puerta del coche.