Quererte así

Bela Marbel · Capítulo 25 de 25

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Quererte así

Epílogo

 

—¡Las diez de la mañana! —se asustó Candy.

—¿Y? —le contesto Byron mientras seguía lanzando a su hijo por los aires en ese juego que tanto les gustaba a ellos y tan nerviosa la ponía a ella.

—Los invitados comenzarán a llegar enseguida y mírate, aún no te has arreglado. Y deja ya a Angel que lo vas a manchar.

Byron se acercó a ella con el niño en una cadera, el cabello le había crecido y lo llevaba ya por los hombros, por la mañana había estado cuidando a sus queridos caballos, lo que hacía que oliese como ellos.

—¡Ni se te ocurra! ¡Aléjate de mí, diablo! —gritó mientras corría hacia la puerta más cercana, que era la que daba al porche trasero desde la cocina.

—Aún no hemos desayunado y queremos comer —la amenazaba Byron —, y mejor se es una rubia, nos encantan las princesitas rubias y pijas.

—No le enseñes esas cosas a tu hijo, lo vas a convertir en un salvaje como tú —le recriminó ella escondiéndose detrás del columpio del porche.

—Sí, somos unos salvajes, por eso comemos jóvenes inocentes — continuó con voz amenazante.

Ella le tiró un cojín que él esquivó sin problema.

—No os tengo miedo —les dijo sin mucha convicción—, pero no pienso bañarlo de nuevo como le pegues ese olor a estiércol. Tendrás que hacerlo tú, señorito.

Byron soltó una enorme carcajada ante el calificativo. Candance no había cambiado, seguía siendo tan cursi como cuando la conoció, y estaba adorable.

¿Adorable? ¡Dios, se le estaba pegando!

—Hay cosas que no cambian nunca, ¿eh? —les interrumpió una voz masculina.

Jeremy y Roxie bajaban de una furgoneta grande, muy grande. Byron se fijó en que su primo sonreía, parecía feliz, por fin. A ambos les había costado mucho conseguir llegar a ese momento en que los problemas que les acuciaban no eran ni más ni menos que los que perseguían a todo el mundo: pagos, quehaceres diarios, algún que otro resfriado… nada que mereciese la pena ser contado, y eso era maravilloso.

De la parte trasera del vehículo salieron Nina —que ya era toda una mujercita—, y George y Nat. Que Nat y Jeremy hubiesen estado en el mismo vehículo y no tuvieran heridas era buena señal, nunca se habían llevado especialmente bien.

Enseguida llegó otra camioneta en la que iban los abuelos de George.

Salieron y sacaron varios paquetes y cestas. Mamá Rosa vestía unos vaqueros y su inseparable sombrero, exactamente igual que su marido.

Vio acercarse otro coche, en ese caso uno familiar de esos que se llevaban tanto en la ciudad; detrás, una Harley. El gigante rubio y su familia; a pesar de sentir aprecio por ese hombre, seguía pensando en que le debían una paliza.

Cuando el coche llegó hasta ellos, empezaron a salir niños de dentro, tres en total, rápidamente se unieron a Nina y desaparecieron por la parte lateral de la casa para adentrarse en la zona de juegos.

—¡Esperad, chicos! —intentó frenarlos Candy.

—No te preocupes, dame ese pequeño y nosotros iremos con ellos —le sugirió Mamá Rosa—. Adelántate con ellos, Georgie, yo voy a llevarle todo esto a Magui para que pueda empezar a organizar.

Candy se echó las manos a la cara, avergonzada.

—¡Dios mío! Habéis venido muy pronto, no me ha dado tiempo a preparar nada. Esto va a ser un desastre —se quejó de nuevo.

Byron la abrazó y la besó en la frente.

—Son nuestros vecinos y amigos, nuestra familia, lo único que quieren es acompañarnos en este día, no esperan que nada esté perfecto.

—Pero yo sí lo espero —le contestó ella dándole un empujón—, y ve a quitarte ese olor de una vez.

La vio echarse su hermoso cabello rubio —que también había ya crecido tanto como el suyo— hacia atrás y bajar los escalones como una gran dama del antiguo Texas para recibir a sus invitados, los besó e hizo gestos para indicarles que pasaran, hasta que llegó al gigante, este la cogió en brazos y dio varias vueltas con ella en el aire como si fuera una niña. Y ella rio como tal.

Byron se sintió de nuevo el hombre más dichoso en la tierra, se dio media vuelta y marchó a cumplir las órdenes de su mujer.

Jeremy observó a Roxie, todos estaban repartidos por el porche trasero y el terreno que lo rodeaba, había bancos y mesas como las de los comederos y una enorme barbacoa.

Barriles antiguos repletos de hielo y muchos envases con diferentes comidas que no dejaban de surtir desde el interior de la casa. Pero Roxie estaba algo más alejada con el gigante rubio, ambos agachados, sin parar de hablar y toqueteando la moto del tipo. Byron le había hablado de él, decía que todas las mujeres se volvían tontas con él, y ahora se dio cuenta de que era verdad, si hasta Roxie caía en su embrujo. Su Roxie no era la típica mujer, ella era una chica dura, pero ahí estaba, con el guapito.

De repente Roxie se abrazó al rubio con tanta fuerza que casi cayeron, Jeremy se descubrió frunciendo el ceño y gruñendo.

—Tranquilo, primo, es por la melena. Siempre podemos cortarle la cabellera —le azuzó Byron, que estaba sentado a su lado en el columpio del porche.

—Sabes que no me hacen gracia esos chistes que mitifican…

—Eh, no me des la charla, ¿vale?

Jeremy suspiró. La Loba se había levantado y corría hacia él. Se arrodilló delante de él y le cogió las manos.

—Tengo algo muy importante que decirte.

—¿Te vas a comprar otra Harley?

—No seas idiota, uno no cambia su moto porque sí, es mi niña, le voy a hacer algunos arreglos, eso sí… —Él le acarició la cara con la punta de los dedos.

—No has dejado de hacerle arreglos desde que la tienes.

—En cualquier caso, no es eso. Mañana… —Hizo un gesto de redoble de tambores para darle emoción a la noticia— ¡comienzo a trabajar en el taller de Chad!

Jeremy la abrazó, porque sabía que eso para ella era un sueño. Algunas mujeres soñaban con ser madres y esposas, como Candy; otras, como Doble M, vivían para los caballos; algunas, como Nat… bueno, esa chica era una pesadilla en sí misma; pero Roxie, para ella, desde que le estropeó su querida Indian, lo único que la había llenado por completo eran las motos.

—Solo hay un problema —se opuso él.

—¿Qué problema? —contestó ella recelosa.

—Que este tío solo toca Harleys, y todos sabemos que las Indian son mucho mejor.

—Quizá pueda introducirlo poco a poco, si me dejas volver a tocar la tuya…

—El negocio va bien, entonces —intervino Byron.

—Parece que Beatrix está embarazada, ¡y de gemelos! Yo podré ayudar en cuestiones prácticas, ya que ya he llevado un negocio, y meterme en el taller hasta que me ponga al día; hace mucho que solo las toco por afición. Necesito practicar.

—¿Has dicho gemelos? ¡Bea, tú sola te bastarías para repoblar el planeta en caso de apocalipsis!

Leo. Jeremy se dio la vuelta al escuchar la voz del joven, no lo conocía mucho, pero sabía que tenía algo con el primo de Candy, Lester, y que este se iba a presentar también en la fiesta. Dos mujeres corrieron hacia él para abrazarlo, Candy y Bea. Los tres desaparecieron dentro de la casa, seguidos muy de cerca por el gigante.

—Empieza a parecerme bien lo de la cabellera —le dijo Jeremy a Byron.

Este asintió mientras daba un trago a su cerveza.

—¿Dónde está Lucy? —le preguntó Kawosa.

—Encerrada en las caballerizas, está con Doble M y Justin, no se encuentra cómoda entre tanta gente.

—Se encuentra a salvo con Doble M y los caballos.

—Tú sí que sabes montar fiestas, tío —le comentó Jeremy señalando con su botella de agua el camino que llevaba a la parte trasera de la casa.

Un coche estaba levantando tanto polvo que casi llegaba hasta la casa. Un pequeño y rápido deportivo.

—¡Joder! —se quejó Byron—, ¿qué coño hará este aquí hoy?

—Le he invitado yo —le informó Candy, que había salido a recibir al visitante.

—¿Stuart? Candance, ¿en serio? ¿No lo aguantamos ya suficiente?

—Pero siempre es por trabajo, esto es una fiesta y espero que os comportéis adecuadamente.

—¿Nunca va a dejar de hablar así? —le preguntó Jeremy.

—A mí me pone —le contestó Byron.

—No seas vulgar —le reprendió ella.

—¡Eh, Sandy! Me he encontrado a alguien en la puerta delantera que quizá quieras recibir tú.

Detrás de Nat estaba Lester, con la boca apretada, gesto de pocos amigos y evidente nerviosismo.

—Cariño, tu buen corazón te está metiendo en problemas.

—En realidad, yo me encargo de ese problema —señaló a su primo—, y tú te encargas de ese. —Y señaló en esa ocasión a Stuart que se acercaba ya hasta ellos.

—¿En serio? —se quejó.

—¿Prefieres el otro?

—Qué generosa eres, tengo que escoger entre el que me dio una paliza de muerte o el que quiso meterme entre rejas.

—No seas rencoroso, cariño, eso está feo.

Byron la miró entrecerrando los ojos y con los brazos cruzados, incluso cierto puchero en los labios. Candy no pudo resistirse y le dio un bocadito en ellos.

—Eso es jugar sucio. Primo, te vienes conmigo.

Jeremy se rio y lo siguió para recibir al ayudante del fiscal.

 

Lester se sentía nervioso, veía alcohol por todas partes y sentía la sangre hervir en su interior. Sabía que Candy le seguía con la mirada, casi no se había alejado más de dos metros de él, desde que había llegado, sabía también que Leo estaba en la casa, pero no se atrevía a entrar. No quería verlo, aún no estaba preparado. Se dio cuenta de que todos escondían sus cervezas cuando él pasaba, quería evitar que las viera y sintiera tentaciones. Lo había visto en otras ocasiones, ¡cómo si fuera posible no sentirlas!, iba a ser así para el resto de su vida.

¿De verdad quería arrastrar a alguien a ese infierno con él? Sobre todo, a alguien tan bueno como Leo. No lo sabía, se sentía solo constantemente y nada le aliviaba; nada ni nadie. Desde que comenzara el tratamiento ya había recaído una vez, y tampoco alivió su soledad, ni sus demonios. En una ocasión bajó al pueblo. Le pareció que todo el mundo le miraba y hablaba de él.

En ocasiones se despertaba pensando que Jack Shaw entraba en la habitación y… no podía continuar allí. Se paró en seco, se dio media vuelta y se dirigió a la salida principal del que había sido su rancho y ahora era el rancho de un indio.

Curiosamente no sabía si eso le desagradaba realmente, pero estaba tan acostumbrado a pensar en Byron de forma despectiva, que no podía evitarlo.

Pasó delante de uno de esos barriles llenos de cerveza y sintió náuseas, se le secó la garganta y su mano se dirigió a uno de los botellines, el frío tacto lo calmó.

Su corazón comenzó a acompasarse y su cuerpo envió descargas de dopamina, el placer por la anticipación le quemaba.

—Por favor. —El ruego de esa voz le hizo frenarse.

Candy, siempre Candy cuidando de él. Tenía que alejarse, aprender a sobrevivir solo o morir.

Soltó la botella y siguió caminando sin mirar atrás.

—¡Lester, por favor, no te vayas! ¡Vuelve! ¡Lester!

Pero Lester ya se había marchado.

 

Lucy le dio un trozo de manzana a Survivor, ese Mustang era maravilloso.

Los colores marrón y blanco se entrelazaban en un patrón extraño, como un cuadro, como si a alguien se le hubiese derramado un bote de pintura marrón encima de un lienzo blanco.

No era una descripción muy poética, pero es que Lucy no se sentía poética.

Desde que dejó que George la convenciera para plantar cara a los salvajes que le hicieron… eso —ella seguía sin poder pronunciar la palabra—, se creía una mujer más valiente, pero en realidad no lo era; allí estaba, escondida entre los caballos porque no se atrevía a mezclarse entre tanta gente.

El ruido de la fiesta se oía desde allí, música, gritos, niños jugando, perros ladrando… hacía ya una hora que les había pedido a Justin y a Doble M que fueran con sus amigos y la dejaran sola, desde entonces habían pasado por allí casi todos, eso sí, de uno en uno o, como mucho, dos. Eran buena gente, pero un tipo enorme la había asustado, era muy rubio, muy grande y muy dulce, se acostumbró a él enseguida, le rodeaba un aura tranquila, y el perro que lo acompañaba había sido increíble. Quizá adoptara uno de esos, podría llevarlo a todas partes y nadie se atrevería a meterse con ella.

Entonces recordó que no debía plantear su vida en términos de ataque seguro. Así lo llamaba su terapeuta. Le hizo ver que todo lo que planteaba en su vida estaba planeado, pensando en el momento en que la iban a atacar, y debía dejar de pensar así, pero era tan difícil…

—Creo que solo faltaba yo, todos los demás han pasado a saludarte. No sé si te das cuenta, pero esconderte donde todo el mundo sabe que estás, no es la mejor forma de pasar desapercibida.

A Lucy el corazón comenzó a latirle aceleradamente, toda la paz que había sentido cepillando a su querido caballo, o acariciando al enorme perro, despareció, se esfumó, el instinto tomó las riendas, tenía… Escapar, atacar, matar, morir. Escapar, atacar, matar, morir.

Ese era el orden que tenía que seguir: si no podía escapar, atacaría y si no era suficiente, mataría o moriría.

Se subió a Survivor de un salto, no estaba ensillada y ni siquiera llevaba el bocado. Se aferró a su larguísima crin y le clavó las rodillas en los flancos con todas sus fuerzas. La yegua pasó por delante de Stuart, derribándolo.

Escapar, escapar, escapar. Rio con fuerza, lo había conseguido, había escapado gracias a Survivor.

Stuart salió cojeando, una vez en la puerta vio cómo Byron, Jeremy y Candy corrían hacia él, gracias a Dios, ayuda, el golpe lo había dejado maltrecho, además de haberle roto el traje. Se estaba sacudiendo los restos de heno y tierra cuando sitió unos puños que le alzaban y lo estampaban contra la puerta.

—¡Joder! ¿Qué coño te pasa, tío? ¿Estás loco? ¿Es que no ves que es ella la que me ha atacado a mí?

—¿Qué parte no entiendes de no te quedes a solas con ella? —Mientras lo decía, Byron sacó a un elegante caballo que de tan negro parecía azul, lo montó a pelo, tal y como había hecho Lucy, y salió en su busca.

Jeremy ayudó a Stuart a levantarse, para que se enfrentara a la cara de reprobación de Candy.

—No me mires así, incluso ese gigante ha venido a verla y ha estado hablando con él. Y es blanco y rubio. Habla con Justin y George y con el tal Leo ese. ¿Por qué sigue teniendo problemas conmigo? —Caminó hacia la salida mientras seguía quejándose—. Nunca debí dejar que me afectara de forma personal, sabía que sería un error. ¡A la mierda! Desde este momento me limitaré a hacer mi trabajo, no más fiestas, ni más gilipolleces. ¡A la mierda! —repitió.

—Stu —lo llamó Candy en tono conciliador.

—No soy Stu, yo soy Stuart K. Lyon, ayudante del fiscal del distrito, no soy uno de vuestros amigos y no tengo nada que ver con esto —señaló en general a la fiesta.

—No seas gilipollas, Stuart —le acusó Jeremy.

—Te mandaré un mail con la fecha y la hora de la próxima cita, tenemos que hablar del caso y será en mi despacho, se acabaron las visitas a domicilio.

Se dio la vuelta y lo vieron alejarse cojeando.

Byron encontró a Lucy en el suelo riendo sin parar mientras Survivor disfrutaba del pasto.

No había conseguido llegar muy lejos.

—¿Te has hecho daño? —le preguntó dando por hecho la caída.

—No, ha sido fantástico. Me he escapado, ¿lo has visto? El demonio estaba allí y yo, nosotras lo hemos tirado al suelo y hemos escapado.

—Ese no era el demonio, cariño. Es el imbécil que tiene que meter en la cárcel al demonio. Los has confundido.

Ella frunció el ceño y se levantó sacudiéndose.

—No. Era el mal y lo he vencido. He escapado —aseveró.

Byron suspiró, subió a su caballo y la subió a ella detrás, silbó dirigiéndose a Survivor, que los siguió dócilmente.

Cuando llegaron a los establos Jeremy, Candy y la Loba los estaban esperando.

—Me repito —reafirmó Jeremy—: nadie da mejores fiestas que vosotros.

 

Jeremy entró en el taller en el que trabajaba su mujer desde hacía un par de semanas, la vio enseguida, estaba admirando una de sus queridas Harleys, en este caso se trataba de una Tri Glide.

—Quinientos sesenta kilos y mil seiscientos kW, qué maravilla, chicos.

Ronroneaba y acariciaba la máquina de tal manera que a Kawosa se le fue toda la sangre a la entrepierna.

Además, hablaba en español, él entendía bastante y le encantaba escucharla hablar en su idioma.

La chica, una mujer rubia y pequeña con bastantes tatuajes, le dijo algo y los tres se rieron. El tipo que iba con ella era bastante corpulento, grandes brazos llenos de dibujos y espaldas anchas, calvo y con una de esas perillas largas.

Cogió con sus manazas a la pequeña rubia y la subió en voladas hasta depositarla en la moto, y de nuevo comenzaron a reír.

Roxie se dio cuenta en ese momento de que él estaba allí. Una sonrisa iluminó su rostro y Jeremy pudo decir con toda seguridad que su chica era completamente feliz. Y en cuanto viese lo que le había llevado, lo sería aún más.

—Disculpen, me la llevo un momento —les dijo cogiéndola de la mano.

—¡Eh! Espera, no puedo desaparecer, estoy a punto de vender esa moto, lo que nos reportará buenos beneficios y…

—Calla un momento —le replicó él.

—No me mandes callar —se quejó Roxie.

Entonces él la condujo hasta un camión remolque en la parte trasera y vio a Chack que bajaba una portezuela.

—¿Es lo que yo creo que es? —gritó ella nerviosa.

—Depende de que sea eso que crees que es.

—¡Oh! para ya. —Apartó de un empujón a Chack y se subió de un ágil salto a la parte de atrás del camión.

Retiró la funda gris y sucia que ocultaba la maravilla que ella pensaba y la vio.

—Es ella —dijo. Y la abrazó como si de un niño se tratara.

—Parece que voy a comenzar a trabajar con Indian —farfulló el gigante.

Jeremy se subió al camión y la Loba saltó a sus brazos enroscando las piernas en la cintura de su hombre.

—Voy a atender a los clientes, vosotros seguid con eso que estáis haciendo, o lo que sea. —Tras decirles aquello, se fue hacia el taller.

Roxie y Jeremy, o lo que era lo mismo, la Loba y Kawosa, se enzarzaron en un apasionado beso que interrumpió él con una pregunta.

—¿Vamos a poner fecha para la boda?

—Eh, sí, un día de estos. De momento, me conformo con quererte así.

FIN

Terminaste Quererte así

Bela Marbel

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