Quererte así

Bela Marbel · Capítulo 22 de 25

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Quererte así

Capítulo 22

 

Caminos divergentes

 

Jeremy miró a su mujer, estaba durmiendo; afortunadamente las consecuencias de su pequeña escapada habían sido inocuas, solo estaba cansada y el médico le dijo que lo mejor sería que subieran a planta antes de que ella se hiciera daño. Esa noche le dejaron de nuevo quedarse con ella en la UCI, para prevenir posibles nuevas huidas. Había pegado el sillón a la cama y la había tomado de la mano, se había quedado dormida mirándolo a los ojos con una sonrisa, a él también se le cerraron y quiso continuar su paseo por el pasado, así es que se concentró en él.

Vivían en Houston desde hacía ya seis años, se casaron en cuanto terminaron las clases y se marcharon a Texas para que Jeremy comenzara con sus prácticas.

Durante los primeros años compaginó trabajo y estudios, apenas era un becario con un sueldo muy pobre y la Loba trabajaba como camarera en un pub y hacía prácticas en un taller de Harley, eso era algo que a Jeremy le costaba aceptar, ya que él seguía siendo fiel a Indian.

Se veían poco, hacían el amor mucho, y se adoraban. En aquella época eran absolutamente felices y pensaban que siempre iba a ser así.

Jeremy trabajaba para un bufete de la BIA, dedicado a los asuntos indios.

Defendía sus derechos y los sacaba de apuros. En Texas la comunidad india representaba el 1,1 por ciento, y él representaba a todos, no solo a los comanches. Disfrutaba con su trabajo, era feliz, pero pobre. Roxie se mataba a trabajar y aun así les costaba llegar a fin de mes y pagar sus préstamos estudiantiles y las facturas.

La Loba terminó por abandonar la mecánica en favor del trabajo en el pub, la nombraron gerente y aumentaron sus ingresos y su solvencia. Eso era algo que a él siempre le había pesado. Y entonces llegó su gran oportunidad, tras defender un caso en Oklahoma por blanqueo de capital en un casino, el dueño de este le ofreció la gerencia. Le pagó una comisión en acciones y le dio otras tantas en gratitud por haberle ayudado a acorralar al verdadero responsable de la mala praxis.

Junto con el puesto iba Clare, la que había sido asistente del director anterior. El señor Dumont, un indio antiguo, un excelente que había perdido la cabeza por su ayudante, Clare, y se había casado con ella en contra de la opinión de toda su familia, que lo había abandonado y de sus socios del casino, pero ella resultó ser de gran ayuda en el negocio y además cuidó del viejo en sus últimos meses de vida.

En un primer momento, Jeremy se marchó solo, Roxie se quedó en Houston y se veían cuando ambos estaban libres.

Pero cuando las semanas sin verse pasaban y los días sin hablar eran cada vez más habituales él se decidió a volver, y eso iban a hacer, retomar su vida en Houston, pero la Loba se presentó con la maleta en el casino una semana antes del tiempo que habían acordado que dejarían pasar antes de que él regresara.

Jeremy pensó que esa era la solución a todos sus problemas, pero la realidad fue otra. La Loba no se aclimató a la vida en el casino, no le gustaba el juego, ni su ayudante, ni el lujo, ni siquiera le gustaba él.

Discutían constantemente, y cada vez había menos reconciliaciones. Y llegó el día en que al entrar en la suite que ambos ocupaban en el hotel se encontró a Roxie sentada sobre una silla, y a su lado la maleta que había traído, solo una, a pesar de que Jeremy le había comprado un juego nuevo y suficiente ropa y complementos para llenarlo.

Jeremy dejó la tarjeta de la puerta sobre la consola y apoyó las manos en las caderas.

—¿Qué significa esto? —le preguntó.

—Me marcho, y no quería hacerlo sin despedirme.

—¿De qué estás hablando?

—Has cambiado, todo ha cambiado y no me gusta.

—¿Yo no te gusto?

—No mucho.

Kawosa sintió un puñetazo en el estómago. Se obligó a responderle.

—¿Ya no me quieres?

—No lo sé.

—¿Cómo no vas a saberlo? O se quiere o no, es así de fácil. Yo te sigo amando como el primer día. No entiendo qué es lo que ha cambiado.

—¡Tú! —explotó ella tirando la silla al levantarse—. ¡Tú has cambiado! Casi no te reconozco con esos trajes caros y esos… esos… zapatos raros y con la rubia esa babeándote todo el día.

—¿Es eso? ¿Todo esto es por celos? ¿Cómo puedes ser tan insegura? —le preguntó acercándose a ella.

Roxie lo empujó y agarró la maleta.

—No son celos, eres tú. Eres tú, porque no eres tú. No sé quién eres. — Sin decir nada más se dirigió a la puerta.

—¿Y ya está? ¿Dónde vas? ¿Cuándo piensas volver? —quiso saber apoyando la mano en la hoja de la puerta para que no pudiese abrir.

Roxie le contestó de forma apagada:

—No voy a volver. He cogido el traspaso de un bar en Wellstone, me ha salido muy bien de precio, me lo recomendó Byron.

Tenía su cabello a escasos centímetros de los labios, quería besarla, el aroma lo estaba volviendo loco, y habían pasado semanas desde la última vez que hicieron el amor.

—Byron; te vas con él.

—Es lo más parecido a una familia que tengo.

—Tu familia soy yo.

Ella negó con la cabeza.

—Kawosa no…

Decidió no dejarla continuar, cada vez que la escuchaba pronunciar su nombre indio con esa voz grave y rasposa perdía el control de sus actos.

Puso sus labios sobre el largo cuello de Roxie, y lo que comenzó como una caricia pronto se convirtió en algo más profundo. Quería tragársela entera, borrar esa estúpida idea de irse y dejarlo atrás.

La lamió y clavó los dientes, chupó su aroma empapándose de su sabor, de su esencia. La agarró de las caderas apretándola contra su erección. Ella no se alejó, al contrario, se restregó contra él y le agarró el cabello con las manos soltándoselo de la coleta con destreza.

La mano de Jeremy fue hacia el vientre de la chica y continuó bajando por dentro del pantalón hasta llegar a su sexo.

Lo encontró húmedo de anticipación, conocía el cuerpo de su mujer tan bien como el suyo propio.

Sabía lo que tenía que hacer para volverla loca, o para calmarla. Ese cuerpo que amaba y deseaba no podía abandonarlo.

Echó las bragas a un lado y rozó con los dedos el clítoris, se lo imaginó caliente e, hinchado de excitación, quiso probarlo. Se le hizo la boca agua. Pero antes un beso más. Con la mano libre cogió la cara de Roxie y la giró para alcanzarla con la boca. Ella se estaba mordiendo los labios y gemía, si seguí tocándola se correría en su mano.

Dejó descansar su sexo y con ambas manos en las caderas le dio la vuelta y la apoyó en la pared. Se puso de rodillas delante de ella y apretó su boca entre los muslos de su mujer por encima del vaquero. Se lo desabrochó y bajó mientras ella tiraba de su pelo para guiarlo a donde quería. Él rio. Sabía bien cuánto le gustaba así.

—Chis… cálmate, esto tiene que durar.

Roxie ya se estaba quitando los pantalones y, naturalmente, la ayudó.

Después la miró con toda el hambre que tenía y le arrancó el tanga de un tirón, esos bichos eran geniales para romperlos.

La tomó con la boca con ansia desmedida, con las manos le separaba los muslos y la mantenía quieta, ya que ella no paraba de moverse. Llevó una de ellas hasta su magnífico culo para apretarlo fuerte, sabía que así aceleraría las cosas, pero también sabía que a ella la volvía loca.

Roxie gritó, eso Kawosa lo esperaba, siempre había sido ruidosa, y a él lo ponía a mil escucharla.

El sabor dulce de la loción que usaba o lo que fuera lo estaba volviendo loco, si seguía comiéndosela terminaría corriéndose en los pantalones. Apretó más fuerte y succionó justo antes de meterle un par de dedos, los movió dentro y fuera mientras lamía y mordía el clítoris ahora duro como la punta de un diamante.

Primero la sintió, y después la oyó.

Eso era lo que él quería, regalarle un buen orgasmo antes del suyo propio.

Cuando sintió que se ponía tensa mientras aumentaba la fuerza del grito, chupó con ganas y ella por fin se derrumbó dejándose caer laxa en sus brazos.

Jeremy la cogió en vilo y la llevó hasta la cama.

Pasaron algunos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada. Si conseguían salvar esa crisis, pensó, se harían más fuertes. Seguro que lo conseguían, eso había significado algo, ¿no? Estaba claro que él tendría que hacer algunos ajustes, pero no había nada que el amor que se tenían no pudiera salvar. O casi nada.

—¿En qué piensas? —le preguntó él.

—En nada, en realidad. —Se puso encima a horcajadas y se quitó la camiseta.

Jeremy llevó las manos hasta sus pequeños pechos, le acarició los pezones con los pulgares, los pellizcó tal y como ella le había enseñado que le gustaba, hacía ya años. Se incorporó y se metió un pezón en la boca, lo mordió y luego le sopló para calmarlo. Era puro terciopelo en sus labios.

Roxie le agarró el pelo y tiró de él para apoderarse de su boca, lo besó, le mordisqueó el labio inferior y luego lo calmó con un soplido, tal y como él había hecho con su pecho hacía un momento. Después metió la lengua en su boca y lo tomó como si lo estuviera poseyendo.

Jeremy sintió cómo levantaba el trasero y la ayudó guiando su miembro hacia la entrada, ella bajó poco a poco y lo acogió en su interior. La chica había comenzado el mismo movimiento con las caderas que con la lengua, él pensó que moriría de placer, quería que durase, necesitaba alargarlo en el tiempo, pero cuando sintió una descarga bajar por su columna, se dejó caer en la cama y levantó la pelvis para encontrarse con ella, mientras le sujetaba las caderas para llenarla por completo.

Esa vez el que gritó fue él, probablemente ella también, pero no podría asegurarlo.

Ambos se quedaron dormidos sin decir nada más.

Cuando Jeremy despertó, sintió frío, un frío intenso que se coló en su corazón al darse cuenta de que estaba solo.

Miró a su alrededor, todavía algo desconcertado, poco a poco la absurda conversación que había tenido con Roxie le venía a la cabeza. Se levantó de un salto y revisó la suite. Encima de la mesa del comedor había una nota.

Me ha despertado tu rubia, dice que la llames, aunque no es urgente. Lo que ha

pasado no cambia nada. Te llamaré cuando me instale.

Jeremy agarró el móvil y marcó el número de su primo.

—Estaba esperando tu llamada —le dijo nada más contestar.

—Sí, no habría estado de más que me avisases de que mi matrimonio se estaba yendo a la mierda.

—Tío, eso es cosa vuestra, a mí no me metas.

—Ya estás metido, a ella sí la has escuchado.

—Sí, será porque ella habla, cosa que tú no haces.

—No me toques las pelotas, Byron.

—Mira, si Roxie no tiene razón, ¿cómo es posible que no te hayas dado cuenta de lo que pasaba?

Jeremy no supo qué contestar, así es que colgó de un golpe.

Al momento, volvió a llamar.

—Jeremy, no me voy a meter en vuestras cosas, pero la voy a apoyar, no tiene a nadie más y tú estás tan centrado en tu jodida carrera y el casino que no ves más allá.

—Compra el bar ese, envíame la factura y el número de cuenta.

—Estás como una cabra.

—Aunque no pueda hacer nada más voy a cuidar de ella. Trabajó como una mula mientras yo terminaba mi carrera, y sé que no aceptará nada más.

—Eso tampoco lo aceptará.

—Tú hazlo y luego pondremos un alquiler ridículo.

—Está bien, veré cómo me las arreglo, pero no quiero saber nada cuando se entere.

Jeremy colgó el auricular.

Y eso marcó el tónico de lo que iba a ser su relación en los próximos años.