Quererte así

Bela Marbel · Capítulo 2 de 25

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Quererte así

Capítulo 2

 

Camino inverso

 

El teléfono despertó a Byron sacándolo de un necesario y reparador sueño. Habían pasado dos meses desde que todo acabó y su vida pudo comenzar. El molesto ruido continuaba martilleándole la cabeza, gruñó como si la persona al otro lado de la línea pudiera oírle.

Notó un codo clavarse en sus costillas… qué tiempos aquellos en los que esa mujer le tenía miedo.

—¡Coge el santísimo teléfono! —casi le gritó Candy.

Algunas cosas no cambiaban, finalmente se decidió a estirar el brazo enterrado hasta ese momento bajo la almohada y coger el móvil que descansaba en la mesita de noche.

—¿Sí? —contestó sin mirar quien le llamaba.

—Me ha dejado.

Se sintió aturdido, ni siquiera sabía de qué le estaba hablando la Loba.

—Tendrás que perdonarme si no te sigo. ¿Qué hora es?

—No sé, de madrugada.

—¿Dónde estás?

—En el bar.

—Aún en el bar ¿eh? Bien, repite lo que me has dicho.

—Me ha dejado, Jeremy, me ha dejado.

—Jeremy te ha dejado.

—Sí —afirmó con voz apenas audible.

—Roxie, estáis separados desde hace varios años ya.

—Lo sé.

—Y entonces, ¿qué ha cambiado?

—Que ahora me ha dejado él a mí, me lo ha dicho.

—¿Y no era lo que querías?

—Supongo que sí.

—Pero…

—Nada. En realidad, debería sentirme agradecida.

—Parece que no es así.

Byron notó un movimiento en la cama y escuchó un suave llanto. Su hijo se había despertado y, ya que estaba, pediría comer, en cuestión de segundos el suave murmullo se convertiría en algo parecido a la tercera guerra mundial.

—Encárgate de tu familia, yo…

—¿Estás bien?

—Supongo que sí. Sí, sí, estoy bien.

Byron oyó el monótono tono de corte en la línea, dejó el teléfono, se levantó, se puso el pantalón del pijama y se dirigió al cuarto del bebé.

Vio a Candy sentada en la mecedora con Angel en sus brazos, mamaba plácidamente.

—¿Quién era? —le preguntó Candance.

—La Loba, parece que mi primo la ha dejado.

—No me lo puedo creer —le contestó ella.

Byron se sentó a los pies de la mecedora disfrutando del momento de intimidad y absoluta dependencia de su hijo y su mujer. Cogió uno de los pies de Candy y comenzó a darle un suave masaje.

—Hum, qué gusto.

—No es tan raro, al fin y al cabo, están separados.

—¡Ja! Jeremy nunca ha creído en eso y, puesto que Roxie sigue por aquí y dejándole hacer, supongo que ella tampoco.

—Es posible. Mi primo no renuncia fácilmente a lo que quiere o tiene. Si ha decidido renunciar a ella quizá sea lo mejor.

—No seas obtuso.

—Ni siquiera sé lo que significa eso.

Candy sonrió, le gustaba jugar al salvaje y la pija, le traía tantos recuerdos… Su hijo se había quedado dormido, lo devolvió a la cuna y le pidió el teléfono a Byron.

—¿Y el tuyo?

—En el mío no tengo el teléfono de Nat, creo que me lo dio en algún momento, pero lo borré en uno de mis arrebatos. Además, si la llamo desde el mío igual no me responde.

Observó cómo Byron la miraba con cara de sorpresa mientras le ofrecía el aparato.

—Y vas a llamar a Nat a estas horas porque…

—Porque Roxie nos necesita.

—Me ha llamado a mí, si me necesitara me lo habría dicho, créeme, la conozco bien.

—Esto es cosa de chicas.

—Roxie no es exactamente una chica.

—¿Ah no? ¿Y qué es si puede saberse? —lo interrogó mientras buscaba en la agenda el número de su enemiga.

—Ella es más como un chico, como mi colega ¿sabes?

—No tienes ni idea —se rio ella.

—Además, tampoco es que ellas dos se conozcan tanto.

—De nuevo te equivocas.

—Pero…

Candy lo frenó con un gesto de la mano.

—¿Pasa algo? —contestó Nat con tono de verdadera preocupación.

—Eso creo —respondió Candy.

—¿Mandy?

Candy puso los ojos en blanco ante los apelativos usados por su amiga-enemiga, el día que la llamara por su nombre se acabaría el mundo tal y como era conocido.

—La misma. Te pongo en manos libres.

—Pero, vosotros…

—No, nosotros no. Es Roxie, Jeremy la ha dejado —le contó mientras se colocaba un vestido fresco y vaporoso.

—No me lo puedo creer —le contestó Nat.

—Créetelo, acaba de llamar a Byron y se lo ha dicho.

—Os recuerdo que están separados —intervino Byron metiéndose de nuevo en la cama. Se quedó apoyado en el cabecero con el torso desnudo, se acarició despacio el pecho de forma provocadora.

—No lo pienses ni por un momento, caballero —le dijo sin importarle lo que pudiera pensar Nat.

—¡Eh! sigo aquí —les informó ella desde el otro lado de la línea.

Byron puso cara de enfado y se cruzó de brazos, Candy se apoyó y lo besó despacio.

—¡Qué asco! —gritó Nat—. Puedo oír cómo saliváis.

—Estaré en tu casa en diez minutos —informó Candy.

La mujer de George colgó sin contestar.

Roxie se había quedado muda, no había sido capaz de responder o atacar.

Simplemente, se había quedado cerca de media hora mirando a la puerta trasera por la que su exmarido había salido de su vida. Sin gritos, sin peleas, sin discusiones, se había ido sin más. Lo conocía lo suficiente como para saber que sería así, y probablemente fuera lo mejor, pero no podía entenderlo.

Salvo por esa llamada. Esa maldita llamada. ¿Era posible que hubiese ido allí solo para echar un polvo de despedida? Su Jeremy no era así. No, el suyo no, pero este, este… no lo sabía, ya no lo conocía, ¿habría cambiado tanto?

Estaba segura de que tenía algo con la rubia, probablemente lo había llamado para asegurarse de que terminaba con ella. De repente sintió la rabia inundando sus venas, lucharía, pelearía por él, esa no iba a salirse con la suya.

Se agarró el flequillo con ambas manos y tiró de él hasta dejarlo de punta, luego se tapó la cara con las manos y evitó, a base de tesón y orgullo, que las lágrimas cayeran. Se puso en pie y comenzó a pasear por el bar, llegó hasta un taburete, lo alzó y lo estampó contra la puerta de entrada.

No, no lo haría. Él tenía razón, todo eso no los llevaba a ninguna parte y debía acabar.

Cuando llamó a Byron solo pretendía decir en voz alta lo que había pasado, quería escucharse decirlo para creerlo, o tal vez lo que esperaba era que su amigo le dijera que no pasaba nada, que no era real, pero no, claro, Byron conocía bien a Jeremy y sabía que, si había tomado esa decisión, la llevaría a cabo.

Unos tímidos golpes en la puerta trasera interrumpieron sus pensamientos.

No era él. Jeremy no golpeaba tímidamente. Arrugó el entrecejo para concentrarse en los sonidos. Escuchó susurros, susurros de mujer. Mujeres, se corrigió, varias. Agarró el bate de béisbol que guardaba detrás de la barra y fue hacia el sonido. Los golpes sonaron algo más fuertes.

—Abre, Roxie. Somos Sandy y Nat.

—Eres ridícula.

—¿Tú crees, Barbie?

—A freír espárragos.

—Oh, qué horror, es terrible eso que me has dicho.

La puerta amortiguaba el sonido de la discusión, pero Roxie las imaginaba perfectamente, esas dos parecían un dúo cómico. No tenía ni idea de qué podían estar haciendo allí a esas horas. Abrió la puerta y se apoyó en el bate.

—Señoras, ¿saben qué hora es? —les preguntó.

Ellas no se pararon a contestar, entraron como en tropel y cerraron la puerta, seguían con sus puyas. De repente Candy le dejó un bote de helado de chocolate en las manos y Nat le dio un gran abrazo con ese minúsculo cuerpecito suyo que apenas le llegaba a la barbilla.

—¿Se puede saber qué os pasa? —les preguntó.

—A nosotras nada, venimos a apoyarte a ti —respondió Nat, a la vez la cogía de la mano y la llevaba hasta uno de los sillones, donde se sentó a su lado.

Mientras tanto, Candy había encontrado tres cucharas en un recipiente sobre la barra y se había acercado hasta ellas, le cogió el helado de las manos lo destapó y volvió a dárselo junto con una cuchara.

La intención de Roxie era echarlas, pero la verdad era que comerse ese helado y maldecir a Jeremy y su fulana era lo que más le apetecía en el mundo.

—¡Es un cabrón! —soltó a bocajarro.

—Un cerdo egoísta y sin escrúpulos —confirmó Nat.

—Tal vez, aunque… —protestó Candy. Las otras dos la miraron con rabia contenida en los ojos.

—Lo es, sin duda, lo es —confirmó finalmente.

—Es que lleva años mareándome y ahora de repente se acabó. ¿Por qué? ¿Porque él lo diga? ¿Ahora? ¿Porque él lo ha decidido? ¿Y yo? ¿No cuento?

—Pues claro que cuentas, hermana, esto no termina hasta que tú lo digas —reafirmó Nat.

—Tal vez… —intentó mediar de nuevo Candy. Recibió otra mirada asesina—. Vale, pues nada, lo que digáis.

—Necesito algo más fuerte, ¿queréis una copa? —En realidad no fue una pregunta. Roxie se levantó y se sirvió un chupito de Jack Daniels.

—Llámale y dile que esto no se acaba hasta que tú lo digas.

—Nat, para ya —intervino Candy.

—No, es buena idea —aseguró Roxie cogiendo el teléfono.

Roxie escuchó varios tonos antes de que la voz grave de Jeremy saliera por el auricular.

—Jeremy Hunter —contestó.

—Ya sé quién coño eres, te he llamado yo, por una vez podrías mirar el identificador de llamadas, no es tanta molestia.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Como si te importara. ¿Estás con tu puta rubia? —le soltó a bocajarro, ganándose la aprobación de Nat y la mirada recriminatoria de Candy.

Pasaron un par de eternos minutos de silencio.

—Solo voy a decirte esto una vez. Nunca más. La única mujer a la que he querido, a la que he necesitado en mi cama y fuera de ella, no me quiere como soy, está enamorada de un chaval que ya no existe. Es la única mujer a la que he tocado, la única a la que le he hecho el amor en toda mi vida. La única a la que he querido hacérselo. Pero ni siquiera por ella voy a dejar de ser quién soy. No he sido capaz ni de besar a otra, he vuelto una y otra vez a por las migajas que me dabas, sabiendo que no me quieres, sabiendo que me rechazarías al momento. Pero ya no puedo más, cuando he ido esta noche quería hacerte entender que podemos resolverlo, iba a darte a elegir, conmigo o sin mí, pero en cuanto he salido de ti me has atacado como siempre y he decidido ponerle fin. Ambos tenemos que aceptar que no me amas. No culpes a la rubia, o a cualquier otra cosa, se trata de que nosotros, ya no somos nosotros, ahora tú eres tú y yo soy solo yo.

—Yo…

—Has sido la única mujer para mí, pensé que serías para siempre, parece que me equivoqué. Te amo. Adiós. —El odioso zumbido sustituyó su maravillosa voz.

Roxie, aún con el teléfono en la mano, se dejó caer al suelo, le temblaban las rodillas, y entonces sí, lloró.

Sus amigas se arrodillaron a su lado y la abrazaron.

—Nunca… nunca… le había… nunca… había dicho… tanto… tantas… palabras… —balbuceó entre sollozos.