Vargas Fred

Los que van a morir te saludan · Capítulo 1 de 106

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Vargas Fred

Capítulo 4

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II

A Henri Valhubert no le gustaban las cosas perturbadoras. Abrió la mano y la dejó caer sobre la mesa con un suspiro.

-Sí, lo es -dijo.

-¿Está seguro? -preguntó su visitante.

Henri Valhubert alzó una ceja.

-Discúlpeme -dijo el hombre-. Si usted lo dice.

-Se trata de un boceto de Miguel Ángel -continuó Valhubert-, un fragmento de torso y un muslo, y nos lo encontramos circulando por París.

-¿Un boceto?

-Exactamente. Es un boceto tardío, y vale millones porque no proviene de ninguna colección privada o pública conocida. Es un inédito, lo nunca visto.

Un esbozo de muslo circulando por París. Cómprelo y hará un negocio estupendo. A menos, claro, que se trate de un robo.

-Hoy en día ya no se puede robar un Miguel Ángel. No es que abunden.

-En el Vaticano, sí. En los inmensos fondos de archivo de la Biblioteca Vaticana... Este papel huele a la Vaticana.

-¿Huele?

-Huele, en efecto.

¡Qué estupidez! Henri Valhubert sabía muy bien que cualquier papel viejo huele exactamente igual que otro papel viejo. Sin embargo, lo apartó molesto. ¿Por qué estaba tan turbado? No era el mejor momento para pensar en Roma. Claro que no. Aquel calor de entonces, cuando en la Biblioteca Vaticana se había visto envuelto en una búsqueda frenética de imágenes

barrocas, y los papeles crujían en medio del silencio al ser hojeados. ¿Se sentía frenético en la actualidad? Ya no, en absoluto.

Dirigía cuatro negocios de edición artística, manejaba un montón de pasta, la gente se apresuraba a pedirle su opinión, se disculpaba antes de dirigirle la palabra, su hijo lo evitaba; e incluso Laura, su mujer, titubeaba antes de interrumpirle. Sin embargo cuando se habían conocido, a Laura no le importaba lo más mínimo interrumpirlo.

Venía a esperarlo por las tardes bajo las ventanas del palacio Farnesio en Roma, con una gran camisa blanca de su padre ceñida a la cintura. Él le contaba lo que había sacado en limpio de aquella jornada calurosa en la vieja Vaticana, y Laura lo escuchaba gravemente con el perfil arqueado. Y

luego, de repente, le daba igual y lo interrumpía.