Vargas Fred

Los que van a morir te saludan · Capítulo 32 de 106

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Vargas Fred

Capítulo 42

-Rigidez y cierto espanto. Cuerpo tenso, equilibrio titubeante, temblor de los dedos y de los labios, voz ronca, dos cigarrillos. Ningún desafío, simplemente esfuerzo para permanecer derecha. Estaba muy bella.

-¿Y eso tiene importancia?

-A mi parecer, tiene una importancia enorme -respondió Ruggieri bruscamente.

-¿Ah sí?

Valence separó la sábana con una mano crispada. El rostro era desagradable a la vista.

-Los hombres pueden enloquecer por ella -dijo Ruggieri.

-¿Y después?

-Después pueden matar.

Valence se encogió de hombros. Ruggieri lo observaba sin decir nada.

-¿Qué ocurre Ruggieri? ¿Quiere ver si a mí también me ha hecho temblar ese rostro horrible? ¿Qué le revelaría eso? Aquí está mi mano, si le divierte.

Examínela cuanto le plazca...

-Se lo ruego, señor Valence. No vamos a jugar a eso entre nosotros. Usted es resistente, nadie lo pone en duda.

-Es un error, Ruggieri. Soy frío, eso es todo. En cuanto a Laura Valhubert, que sus dedos tiemblen o no, no cambia nada: no hace más que demostrarnos que no es fría. Pero no hay que confundir la emoción con la fragilidad ni la fragilidad con la inocencia. ¿Entiende, Ruggieri? También puede ocurrir que los lobos tiemblen.

-¿Por qué dice todo eso?

-Hablo en términos generales y porque en el espacio de unos cuantos minutos silenciosos ya le ha perturbado. Le pongo en guardia frente a sí

mismo, eso es todo, se trata de un asesinato. Sea una mujer eterna o no lo sea.

-Estaba en Francia -dijo Ruggieri endureciendo el tono.

No iba a ser ese tipo recién llegado aquella misma mañana el que iba a darle lecciones de vigilancia sobre los polis y las mujeres eternas.

-Ya lo sé -dijo Valence sonriendo-. Hablaba teóricamente, esté seguro. Y

quería demostrar, de paso, la vulnerabilidad de los investigadores.

-¿Y si lo dejásemos aquí por esta noche?

-Sólo una palabra. He tenido razones para sospechar que un editor romano, su nombre carece de importancia, un habitual de la Vaticana, había tocado unos croquis inéditos. He ido a verlo a última hora de la tarde. Es un pez gordo, bastante demoníaco. Pero no tengo ninguna razón para creer que pueda haber corrido riesgos 43

personales robando en la Vaticana. El dibujo inédito que me preocupaba ha sido adquirido legalmente en una colección privada, me ha proporcionado pruebas.

Conservémoslo siempre en la memoria pero, a mi parecer, la pista no es buena. Este asunto de manuscritos no es un golpe para un pez gordo.

-¿Cómo puede decir cosas semejantes? Es absurdo.

-Lo cual no impide que pueda tener razón.

-¿Se aferra aún a la hipótesis del ladrón que asesina a Valhubert para salvaguardar su seguridad?

-Por el momento. ¿Y usted?

-Yo me voy a acostar.

Richard Valence volvió andando porque se sentía de repente demasiado incómodo para coger un coche. Se negó a que lo llevase Ruggieri. Estaba harto de Ruggieri. Esta noche Roma le parecía de una tristeza insondable y no entendía por qué. Su cabeza estaba repleta de imágenes confusas que lo hacían sufrir, no podía darles nombre y ponerles freno, y sobre todo no sabía cómo hacerlas desaparecer.

Llegó casi corriendo a su hotel. La respiración agitada parecía sentarle bien.

Cuando se acostó estaba mejor. Al día siguiente, todo habría terminado.