Vargas Fred
Capítulo 83
-Y usted, monseñor, ¿se divierte con todo esto? ¿Encubre este tráfico sin decir una palabra?
-Señor Valence, Laura nunca me ha encargado que vele por su alma, con la que tiene intención de arreglárselas ella solita. Sólo me ha encomendado a su hija.
-A mamá le horroriza que la gente interfiera en su concepción de la moral -
comentó Gabriella.
-Laura Valhubert trafica, miente. ¡Cría a su hija con el dinero del hampa, pero su amigo el obispo cierra los ojos y su hija agradecida se ríe! ¿Y en medio de todo eso soy yo el que soy inmundo, es eso?
-Es eso, más o menos -dijo Gabriella.
-El destino de tu madre, ¿no te preocupa entonces?
-Sí, me preocupa desde que usted lo ha convertido en un asunto personal.
Su obstinación ha conseguido desquiciar a Tiberio que acaba de irse de aquí como un loco. Pero Tiberio en seguida se vuelve loco cuando se trata de mamá, pierde la cabeza. Yo no. Porque yo sé que usted no conseguirá nunca derrotarla. Ella lo mirará, se reirá o quizás llore y después se irá, mientras que usted, después de haberla embestido, se estrellará la cabeza contra un muro.
-La famosa caída -comentó Vitelli.
-Tu madre ha liquidado a su marido... ¿No te inspira nada ese tipo de abominación?
-La abominación -dijo Gabriella- es una idea confusa. Se puede ser abominable matando una mosca y magnífico matando a un hombre.
Lorenzo, estoy harta.
Valence conseguía mantenerse casi en calma diciéndose que al menos tenía lo que había venido a buscar: la confirmación de que Gabriella recibía ingresos regulares y de que todo el mundo que la rodeaba estaba tranquilamente al corriente del origen insalubre de éstos. Y que todo el mundo se divertía con aquello, excepto Henri Valhubert, que había muerto por esta misma razón. Dejó su vaso suspirando.
No tenía más que completar su informe con los nuevos datos. E irse.
-Su protegida es una furia, monseñor.
-No tiene ni idea -dijo Vitelli.
-¿Y desde cuándo los obispos saben de mujeres?
-Es una larga historia. Desde la noche de los tiempos -respondió el obispo.
-¿Qué quería decirme esta mañana?
-Demasiado tarde. Vaya a buscar a su asesino y deje que yo me encargue del mío.