Vargas Fred
Capítulo 5
Ahora, en cambio, ya no. Ya habían pasado dieciocho años e incluso Miguel Ángel lo llenaba de melancolía. Henri Valhubert detestaba los recuerdos.
¿Por qué venía este tipo a ponerle delante de las narices aquel apestoso papel? ¿Y por qué seguía él siendo aún lo bastante esnob como para disfrutar diciendo «La Vaticana», igual que si se tratase de una vieja amiga, en vez de decir «la Biblioteca Vaticana»
como todo el mundo, con respeto? ¿Y por qué Laura se iba a Roma casi todos los meses? ¿Acaso sus padres, que se pudrían lejos de la gran urbe, exigían tal cantidad de viajes?
Ni siquiera tenía ganas de revelar su descubrimiento a aquel tipo, y eso que le resultaba muy fácil. El tipo podía guardarse su muslo de Miguel Ángel, si tal era su deseo, a él le resultaba completamente indiferente.
-Después de todo -continuó-, puede provenir perfectamente de cualquier pequeña colección italiana. ¿Qué aspecto tenían los dos hombres que se lo ofrecieron?
-No tenían ningún aspecto en concreto. Me dijeron que se lo habían comprado a un particular en Turín.
Valhubert no respondió.
-Entonces, ¿qué hago? -preguntó el hombre.
-Ya se lo he dicho, ¡cómprelo! Está tirado. Y sea amable. Hágame llegar un cliché y avíseme si encuentra otros. Nunca se sabe.
En cuanto estuvo solo, Henri Valhubert abrió de par en par la ventana de su despacho con la intención de aspirar el aire de la calle de Seine y ahuyentar aquel olor a papel viejo y a la Vaticana. Laura debía de estar llegando en estos momentos a la estación de Roma. Y ese joven majara de Tiberio estaría probablemente esperándola para llevarle las maletas. Como siempre.