Vargas Fred
Capítulo 81
-Tiberio acaba de irse, señor Valence. Buscaba a Laura -dijo el obispo.
-¿Eso quiere decir que les ha contado toda nuestra conversación?
-En dos palabras. Es inmundo.
-¿Que la señora Valhubert haya matado a su marido?
-No, usted, usted es inmundo. ¿Me equivoco o tenía por misión calmar el juego viniendo a Roma, entregar sus conclusiones en propia mano a su ministro?
-Exactamente.
-¿Ha decidido jugarse su carrera?
-Es posible.
-¿Por una mujer?
-No. Por la verdad. Está claro, ¿no?
-No tanto, me parece. ¿Te parece, querida Gabriella, que este hombre resulta claro?
Gabriella tuvo una mueca dubitativa y Valence tuvo la impresión de que ambos representaban aquella escena para hacerlo vacilar. Los dos parecían irónicos y distantes, cosa que él no se esperaba.
-Es evidente -dijo el obispo dirigiéndose a Gabriella y olvidando la presencia de Valence-. Este hombre no destruye su carrera por la verdad. La verdad es una palabra, no quiere decir nada. La destruye por una mujer, es decir, para ver el fin de esa mujer, para provocarlo él mismo. Es viejo como el mundo. «Ver al último romano en su último suspiro, ser yo sólo la causa y morir de placer», o algo por el estilo. Quiere destrozar a esa mujer, es decir, ya no puede evitar querer destrozarla.
En realidad, este hombre, lo ves, Gabriella, ya no se controla. Arrastrado por sus instintos como un leño en un río desbordado. No se nota, pero está fuera de sí. Hay gente en la que eso no se ve. Es interesante. Está así desde que lo vi por segunda vez en el Vaticano, pálido y mudo. Se percibían ya sobre ese rostro los remolinos del río que anuncian su trágico desbordamiento y también las huellas de una huida que comienza. Resulta fastidioso, ¿verdad, señor Valence?, cuando dos personas se ponen a hacer comentarios sobre usted como si no estuviese presente.
-Me da igual -dijo Valence.
-Por supuesto. Ves, Gabriella, este hombre no es impresionable. Tiene una naturaleza bastante particular y, en resumen, bastante agraciada. Pero su historia es bastante simple, como todas las grandes historias. ¿Hay que contarla?
-¿Es su sotana la que le da derecho a opinar sobre los otros, monseñor? -
preguntó calmadamente Valence sirviéndose de beber.
-No, es la larga frecuentación de los confesionarios. No puede saber hasta qué punto se habla siempre de la misma cosa...