Vargas Fred
Capítulo 64
-El querido monseñor -continuó Nerón- se ocupa de Gabriella desde hace mucho tiempo, según lo que he oído. El querido monseñor va a visitarla el viernes, a veces el martes, ambos comen mucho pescado pero no follan.
Aparte del pescado, pasamos unas veladas encantadoras y el querido monseñor nos enseña un gran batiburrillo de cultura lujosa que no sirve absolutamente para nada y que es muy agradable. Cuando se va, miramos cómo baja la escalera desvencijada con su hábito negro con botones violeta, tiramos el pescado, sacamos la carne y preparamos nuestra arenga principesca del día siguiente para el pueblo romano. ¿Y todo eso qué tiene que ver con Henri Valhubert y la cicuta?
-Gracias a la muerte de Henri Valhubert -dijo Valence-, Laura y Claudio heredan la mayor parte de su fortuna, Gabriella sale de la sombra, Claudio sale de la sombra, todo el mundo sale de la sombra.
-Ingenioso y original -dijo Nerón con una expresión asqueada.
-El asesinato es raramente original, señor Larmier.
-Puede llamarme Nerón. Me gusta a veces la simplicidad, en algunas de sus formas.
-Henri Valhubert estaba a punto de confirmar la existencia de Gabriella. El escándalo era inminente, el divorcio con Laura, seguro, la pérdida de la fortuna, asegurada. ¿Gabriella tiene un amante?
-Déjame contestar a mí, Nerón, por favor -intervino vivamente Tiberio-. Sí, tiene un amante. Se llama Giovanni, es un chico de Turín con bastantes cualidades, y que no le gusta demasiado a monseñor.
-¿Qué le reprocha?
-Una animalidad un poco excesiva, creo -dijo Tiberio.
-Tampoco parece gustaros mucho a vosotros.
-El querido monseñor -cortó Nerón- no es muy entendido en las cosas del amor brutal y precipitado. En cuanto a Tiberio, su nobleza natural lo aleja justamente de los instintos groseros.
-Trata de calmarte un poco, Nerón -dijo Tiberio entre dientes.
Claudio no decía nada. Estaba despatarrado en una silla. Valence miró cómo se sujetaba la cabeza entre las manos. Y Tiberio vigilaba la mirada de Valence.
-No intente interrogar a Claudio -le dijo ofreciéndole un cigarrillo-. Desde que ha asesinado a su padre para proteger a Laura y a Gabriella y para apropiarse de su fortuna, el emperador Claudio está un poco agitado. Es su primer asesinato, hay que disculparlo.
-Exageras, Tiberio.
-Le tomo la delantera.