Vargas Fred

Los que van a morir te saludan · Capítulo 5 de 106

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Vargas Fred

Capítulo 8

-Me ahogaré en la sangre de la familia -dijo Nerón sonriendo.

-Se refiere a la familia imperial -susurró Tiberio-. Los Julio-Claudios. Es una manía que tiene. Muy grave. Nerón el Parricida fue el criminal más peligroso de todos. Prendió fuego a Roma.

-No existen pruebas -dijo Nerón.

-Lo sé -dijo Laura-. Y se hizo dar muerte diciendo: «¡Qué artista muere conmigo!». O algo así.

Tiberio le tendió la mejilla a Laura y Laura le dio un beso. Nerón le estrechó la mano.

Sobre la acera, los dos chicos la miraron mientras se alejaba de espaldas, a grandes zancadas, arropándose con su abrigo negro, los hombros un poco arqueados como si tuviese frío. Se volvió para hacerles una seña. Nerón entornó los ojos. Nerón era miope: se estiraba con los dedos las comisuras de sus ojos verdes para «ver claro» porque se negaba por completo a llevar gafas. Un emperador romano no puede permitirse el llevar gafas, explicaba.

Sobre todo si tiene los ojos verdes, que son muy delicados. Resultaría indecente y grotesco. Nerón se había hecho cortar el pelo a la antigua, corto, dejando sobre la frente algunos bucles rubios y regulares que aplastaba cada mañana con gomina.

Tiberio lo sacudió suavemente.

-Puedes dejar de estirarte los ojos -dijo-. Ha doblado la manzana. Ya no se la ve.

-No sabes describir a las mujeres -suspiró Nerón-. Ni a los hombres.

-Cierra la boca -dijo Tiberio-. Venga, vamos a tomar un café.

Tiberio se sintió aliviado. Le hubiese horrorizado que su querido Nerón no apreciase a Laura. Por supuesto confiaba en las fascinaciones extremadas de su amigo, pero, aun así, siempre se corre un riesgo. Por ejemplo, hubiese podido mostrarse simplemente tibio. Hubiese podido no entender nada y decir, sí, que era bastante guapa, pero que ya no era joven y que se le podían reprochar algunos pequeños detalles, que todo aquello distaba de ser

perfecto o algo así. Por esa razón, Tiberio y Claudio habían titubeado largamente antes de enseñarle a Laura. Pero Nerón sabía reconocer todo lo que valía la pena en este mundo.

-No, no sabes describir a las mujeres -repitió Nerón revolviendo su café.

-Bébete el café. Me pones nervioso cuando lo revuelves de esa forma.

-Claro, tú estás acostumbrado. La conoces desde que eres un niño.

-Desde los trece años. Pero uno no se acostumbra nunca.